Posted tagged ‘Conflicto’

De fuera, conflictos, y de dentro, temores

27 julio, 2015

2 Corintios 7.5-7

Cuando Pablo utiliza la expresión: “de fuera, conflictos, y de dentro, temores”, para describir la crisis enfrentada en Macedonia, nos hace un gran favor. Sí, nos ayuda a expresar adecuadamente la complejidad de las crisis que enfrentamos y como es que las resentimos personalmente. “Luchas a nuestro alrededor y temores en nuestro interior”.

Con su definición Pablo se anticipó varios siglos a la definición de esa realidad tan conocida en nuestro tiempos, el estrés. Este, no debemos olvidar, es la consecuencia de la incapacidad de la persona para responder adecuadamente a las amenazas físicas o emocionales, reales o imaginarias, de su entorno. Está estresado quien ha perdido el equilibrio interior por la correlación de fuerzas externas y fuerzas internas, en determinadas circunstancias.

(más…)

Cuando un ser humano tiene un para qué

5 julio, 2015

Efesios 3.10, 11; 4:17ss

manzanas completasDicen los que dicen que saben que la Iglesia es una institución en crisis. Aseguran que característica del postmodernismo, es el reconocimiento que se da a la importancia de la espiritualidad; al mismo tiempo que se menos-precia la importancia de la Iglesia en el cultivo y la manifestación de las cuestiones espirituales. Ante esta realidad destaca la importancia que el Apóstol Pablo da a la Iglesia cuando asegura que esta responde al propósito de Dios de utilizarla para mostrar la variedad de su sabiduría a todos los gobernantes y autoridades invisibles que están en los lugares celestiales. De tal manera, para Pablo, lo que la Iglesia es en su aquí y ahora humano y terrenal, trasciende hasta convertirse en el argumento de la verdad y el poder divinos ante el diablo y sus legiones espirituales.

No deja de llamar la atención que, apenas unas cuantas líneas adelante, Pablo describa la realidad de la iglesia de Éfeso, como una similar a lo que viven los que no conocen a Dios. De estos dice que están irremediablemente confundidos. Pero, asegura, los efesios no lo están menos. De ahí que los llame a recordar lo que han aprendido de Cristo y a que se pongan la nueva naturaleza, creada para ser a la semejanza de Dios. Lo que Pablo describe es a una iglesia que ha sido desgarrada por la guerra de la vida cotidiana.

(más…)

La Fe y Nuestras Zonas de Confort

24 agosto, 2010

Se dice que uno de los valores más apreciados por los seres humanos es el de la estabilidad. Valoramos el poder mantenernos ajenos al peligro de cambiar, preferimos permanecer en el mismo lugar o circunstancia antes que enfrentar los riesgos aparejados a los cambios. Más vale viejo por conocido, que bueno por conocer, aprendimos desde muy pequeños. Y, es cierto, nos sentimos más a gusto en los territorios y en las circunstancias que conocemos… hasta que las mismas resultan tan costosas que permanecer en ellas representa cada vez más sufrimiento, frustración y resentimiento.

Especialmente en lo que se refiere a las relaciones humanas, casi todos anhelamos el que las mismas sean lo más cómodas y placenteras posible. Sobre todo, cuando se trata de relaciones que son de gran importancia para nosotros en lo sentimental, lo emocional y aún en los laboral, aprendemos que es mejor conservar lo que se tiene aún a costa del precio que mantenernos en ellas representa. Ello explica, por ejemplo que haya parejas que en la práctica están separadas e insisten en vivir creyendo que permanecen unidas. O que en los ambientes laborales aparentemos que no pasa nada, cuando la verdad es que la relación con nuestros compañeros lejos está de ser, ya no digamos placentera, sino llevadera al menos.

En alguna medida, todos apreciamos la que los estudiosos de la conducta humana han llamado nuestra zona de confort. Raúl Hernández González cita la siguiente descripción respecto de la zona de confort: Esta es definida como el conjunto de creencias y acciones a las que estamos acostumbrados, y que nos resultan cómodas. Aquello que está dentro de nuestra zona de confort lo podemos hacer muchas veces sin mayor problema y no nos produce una reacción emocional especial; en cambio, lo que está fuera de nuestra zona de confort nos incomoda, nos produce un cierto rechazo, nos provoca ansiedad o nerviosismo, nos da palo.

Gráficamente la zona de confort puede ser representada como un vado. Es decir, como una especie de cuneta o depresión del piso, misma que permite ir de un lado al otro sin tener que salir de ella. Nosotros haríamos las veces de una pelota que se desliza hacia atrás y hacia adelante, pero siempre teniendo el cuidado de no salirnos de ella. Aprendemos a llegar al límite, pero siempre nos aseguramos que permaneceremos dentro de la realidad que conocemos. Como la mujer que le pone las peras a catorce al marido desobligado, lo amenaza con que lo abandonará si no cambia, pero siempre encuentra justificación para darle una segunda oportunidad. O el empleado cansado de los malos tratos del jefe, o del mal ambiente de la oficina, que se pone fechas para dejar ese trabajo, pero siempre encontrará una razón para permanecer en el mismo un poco más.

Lo curioso, y trágico al mismo tiempo, es que en la mayoría de los casos sabemos, o cuando menos intuimos, que ni debemos permanecer en tal condición, ni está bien que nos mantengamos haciendo lo mismo. Hay un testimonio interior, al que conocemos como la voz de la conciencia, que nos recuerda que ni ese es nuestro lugar, ni esa la vida que hemos sido llamados a vivir. Esa voz de la conciencia nos recuerda que vivir en ansiedad, desperdiciando la vida y llenándonos de amargura no es, de ninguna manera, la voluntad de Dios para nosotros. Pues, como asegura el Profeta Jeremías, los planes que Dios tiene para nosotros son planes de bienestar y no de calamidad, como traduce la Nueva Versión Internacional de la Biblia.

¿Qué es lo que explica, entonces, que nos resulte tan difícil abandonar nuestra zona de confort y tomar las decisiones apropiadas y hacer lo que conviene? Permítanme proponerles que son tres las causas de nuestra resistencia al cambio benéfico:

La Confusión. Esta consiste en un estado de desorden de las cosas o los ánimos. Es decir, la persona se equivoca en cuestiones fundamentales, aprende a creer que lo que siente es más importante que lo que sabe. Así, le confiere a sus sentimientos y emociones un papel determinante para la toma de sus decisiones. La Biblia nos enseña, sin embargo, que el cambio en nuestra vida empieza cuando cambiamos nuestra manera de pensar. Cuando pensamos a la luz, debo insistir en esto, a la luz de la Palabra de Dios, de lo que Dios nos ha dicho. Quienes permanecen en situaciones indignas han aprendido a pensar que no valen, que no merecen y que, por lo tanto, deben soportar lo que están viviendo. Dios nos dice otra cosa, él nos ha hecho personas dignas, valiosas y merecedoras del respeto y de una vida plena. Para ello es que envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para buscar y salvar lo que se había perdido; para destruir las obras del diablo y llevarnos a una vida plena… aquí en la tierra.

La Ignorancia. Muchas veces permanecemos en nuestra zona de confort porque no sabemos cómo salir de ella. Hemos vivido tanto tiempo haciendo y padeciendo lo mismo. A veces cambiamos: de personas, de lugares, de circunstancias, para descubrir que seguimos en lo mismo. ¿Cómo saber lo que debemos hacer? ¿Cómo hacer lo que sabemos debemos hacer? Cosa difícil esta, cierto; pero menos difícil cuando creemos lo que Dios nos dice en su palabra. Otra vez, el Profeta Jeremías viene en nuestra ayuda, nos recuerda el llamado de Dios: Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Dios no solamente es sabio, es la Sabiduría misma. Y, Dios no juega a las escondidillas. Siempre que lo buscamos, lo encontramos. Siempre que clamamos a él, él nos responde. Así que cuando no sabemos, él sí sabe. Cuando dudamos, él tiene la respuesta segura.

El Temor. Temor es la pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera arriesgado o peligroso… es el recelo de un daño futuro, dice la Real Academia de la Lengua. Es resultado del hecho de que nosotros no podemos ver el futuro desde nuestro presente. No sabemos qué nos espera del otro lado de la curva. Es comprensible, por lo tanto, que prefiramos mantenernos donde estamos; al fin y al cabo, aquí ya sabemos qué y cómo hacer. La verdad es que nunca sabremos lo que está al otro lado de la curva, hasta que demos vuelta. Así que la razón de nuestra confianza no puede descansar en lo que sabemos, sino con quién estamos. Nuestro Señor Jesucristo prometió que él estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Eso significa que está con nosotros de este lado, y al otro lado, de las curvas de la vida. Él está donde nosotros todavía no hemos llegado. EL Profeta Isaías nos recuerda que el Señor ha prometido: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Lo que aquí quiero decirte es que no tienes que permanecer en la circunstancia que, ni es propia de ti, ni te está haciendo bien. Puedes, y si me dejas ir un poquito más allá, debes salir de ella. Tomar las decisiones adecuadas y oportunas; hacer lo que conviene en el momento preciso, es lo único que alimentará tu estima propia. Porque solo cuando asumes la responsabilidad de tu propia dignidad y pagas el precio de ser tú mismo, tú misma, puedes recuperar el equilibrio de tu vida. La buena noticia es que puedes, podemos hacerlo. La razón es sencilla, contamos con la comprensión, la disposición y la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, mismo que dijo: Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Corre el riesgo, sal de tu zona de confort y vive la vida abundan que nuestro Señor Jesucristo ha hecho posible para ti.

Como quieran que los demás hagan con ustedes

25 octubre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Mateo 7.12

San Pablo asegura que nuestra predicación es locura para muchos que la escuchan. Una de las razones para ello es que el mensaje de Cristo resulta extraño a quienes han aprendido a vivir de cierta manera. En muchos casos, aún la insatisfacción provocada por tal clase de vida no les impide rechazar, muchas veces a priori, el mensaje de vida.

Tal el caso del pasaje que nos ocupa. La llamada regla de oro se enfrenta con un hecho absoluto en quienes no viven la realidad del Reino de Dios: se asumen como los acreedores de cuantos les rodean. Es decir, asumen que tarea de los demás es tratarlos como les es debido, hacer por y para ellos lo que necesitan y responder a sus expectativas, sin importar lo que ellos mismos sean o hagan. Es decir, se trata de personas que, por las razones que sean, van por la vida convencidas de que si de responsabilidades se trata, estas se les deben a ellas y si de derechos hablamos, estos les corresponden aún a costa de la dignidad, la paz y el equilibrio de los demás.

En efecto, muchos de los problemas relacionales: de pareja, filiales, amistosos, laborales, etc., se complican porque las partes en conflicto esperan que sean los otros los que hagan lo que es propio. Si de parejas se trata, se espera que el marido o la esposa cambien; si de los compañeros de trabajo, se espera que sea el otro el que se dé cuenta y haga lo que yo pienso, etc.

Nuestro Señor Jesús hace evidente que en el origen de los conflictos relacionales se encuentran necesidades insatisfechas de las personas en lucha. La insatisfacción insatisfecha genera una mayor necesidad, hasta llegar al grado de que la persona necesitada resulta incapaz de controlar su frustración, su ira y deseos de revancha, lo que expresa con su intolerancia, persecución y diversas formas de agresión al otro. No solo ello, su capacidad de juicio se reduce de tal forma que se vuelve insensible a sus propios errores y propicia un mayor daño para sí misma y para con quienes está en conflicto.

El “como quieran que los demás hagan con ustedes” de la frase de Jesús, evidencia que Dios no solo no ignora nuestras necesidades y deseos, sino que los legitima en la medida que los mismos son expresión de nuestra condición y naturaleza humana.

En los conflictos relacionales, sean estos del tipo que sean, uno de los problemas que los exacerban es tanto el temor a que el otro no reconozca mis necesidades, como el efectivo menosprecio que el otro hace de las mismas. Por ejemplo, el esposo necesita que su mujer le escuche, pero también que le hable. Sin embargo, por la experiencia vivida, puede temer que a su mujer no le interese hacer ninguna de las dos cosas. Si a ello suma la incapacidad y/o el desinterés de la esposa en comprender su necesidad, generalmente actuará exigiendo al esposo que la escuche y le hable.

Lo que Jesús dice es que la necesidad del marido es real y es legítima. Y esto resulta fundamental entenderlo. Todos tenemos necesidades sentidas, si algunas no tiene lógica o al otro le parecen que no son reales, siguen siendo nuestras necesidades. Sin embargo, tal no es el tema que ocupa a nuestro Señor. Él se ocupa de un modelo de satisfacción de necesidades que es propio del Reino de Dios. En cierta manera, a lo que Jesús nos llama es a dejar de buscar la satisfacción de nuestras necesidades en el modelo que es según la carne. Los que siguen tal modelo, no pueden agradar a Dios (Ro 8.8), ni, por lo tanto, satisfacer sus necesidades sentidas. La carne lo único que produce es corrupción. Como a muchos nos consta.

De lo que se trata, según el modelo propuesto por Jesús, es que quien está en necesidad tome el control del proceso para garantizar que encontrará lo que le hace falta. En este proceso, quien necesita ser tratado de cierta manera, actúa de la misma para con quien puede contribuir a la satisfacción de sus necesidades. Creo que aquí podemos aplicar uno que llamaremos principio de género. Género es la clase o tipo a que pertenecen personas y cosas. Otra forma de decirlo es iguales atraen a iguales. En la propuesta de Jesús está presente este principio, para recibir lo que deseas debes dar el mismo género, la misma clase, de lo que esperas recibir. Porque, si das una clase distinta a lo que esperas recibir, nunca recibirás lo que esperas.

Es como salirse de curso, no importa cuánto avances en el mar o en el aire, cada vez estarás más lejos del destino deseado. Tan cierto es esto que nuestro Señor Jesucristo concluye que en eso se resumen la ley y los profetas. Es decir, no hay duda acerca de la validez de tal principio.

Los seres humanos tenemos mucho más capacidad y poder para definir nuestro destino que lo que generalmente estamos dispuestos a creer y aceptar. Si el futuro es cosecha, el mismo depende en buena medida de lo que sembramos hoy. Es cierto que nuestra siembra puede ser atacada y que habrá quienes en nuestro trigal siembren cizaña. Pero, según aseguró Jesús, en el día de la cosecha el trigo seguirá siendo trigo. Es decir, podemos confiar que el fruto de la justicia, siempre será justicia. Santiago3.18 asegura: los que procuran la paz, siembran en paz para recoger como fruto la justicia.

En la búsqueda de la satisfacción de nuestras necesidades, dejemos de actuar de la manera equivocada, mejor hagamos con los demás como queremos que hagan con nosotros.