Archive for the ‘Guerra Espiritual’ category

Y hace con ellos lo que quiere

22 abril, 2018

Lucas 8.26ss; 2 Timoteo 2.25,26

La historia que da lugar a nuestra reflexión es difícil, dramática y, para no pocos, atemorizante. Presenta un claro ejemplo del poder destructor del diablo. Sobre todo, hace evidente dos cosas importantes: No hay tregua en la lucha espiritual, y, al diablo nada le resulta suficiente, siempre va por más de nosotros hasta que logra su objetivo último: Destruirnos a nosotros por completo. Lucas hace evidente la degradación infligida al hombre de nuestra historia. Destaca que vivía en el cementerio y que andaba desnudo. Me parece que Lucas destaca así que era un vivo que vivía como muerto y donde los muertos, aislado cada vez más de los vivos. Vivo físicamente, pero espiritualmente muerto. Además, en la Biblia la desnudez es signo de la pérdida de la identidad. Al ser poseído por el diablo, había dejado de ser quien era y se había convertido en un esclavo al servicio de quien sólo buscaba su total destrucción.

(más…)

Las armas que usamos

15 abril, 2018

2 Corintios 10.1-5 TLA

Nuestro pasaje resulta atípico, no es un tratado teológico sino meramente un relato testimonial. Se refiere a la experiencia cotidiana de Pablo y de las dificultades propias de su relación con algunos de sus hermanos en la fe. Sin embargo, es un pasaje muy valioso porque es un ejemplo de cómo es que las relaciones humanas son el campo de batalla por excelencia en la guerra espiritual que los cristianos vivimos en el día a día.

Cuando hablamos de la existencia del mundo espiritual y de la influencia que el mismo tiene en las personas, generalmente consideramos que tales cosas son extraordinarias. De inmediato pensamos en personas poseídas, en apariciones, etc. Pero, nuestro pasaje devela que la influencia de lo espiritual es una cuestión real y presente en nuestro día a día y que tiene que ver, sobre todo, con nuestro espíritu, con nuestra mente, con nuestra manera de pensar.

(más…)

Todo empieza en uno mismo

7 agosto, 2016

Romanos 12.2 DHH

Todas las relaciones familiares se desgastan y terminan desgastando a los miembros de la familia. El desgaste resulta de las transiciones, los cambios y los conflictos que la familia o sus miembros enfrentan. Estos agregan tensión -oposición u hostilidad-, independientemente de si se trata de cuestiones positivas o negativas, o de cuestiones personales o familiares. Dado que la familia es un sistema, lo que sucede -positiva o negativamente- a alguno de sus miembros termina por afectar al todo familiar. Desde luego, mientras más traumático el evento de que se trate, mayor el impacto sufrido por la familia. Sobre todo, cuando se trata de conflictos entre los familiares o tragedias a las que se enfrentan.

Decepciones, traiciones, decisiones equivocadas, enfermedades, pérdidas, etc., sobre todo, alteran el equilibrio familiar provocando caos y distanciamiento entre sus miembros. De ahí la necesidad de preguntarnos si cabe la posibilidad de que una familia afectada de manera significativa por tales factores puede ser restaurada. Tal pregunta nos lleva, irremediablemente, al terreno de la fe. Ello, porque las crisis familiares afectan de manera integral tanto a la familia como a sus miembros. Afectan su psique, su físico y su espiritualidad. Desde la fe nos acercamos a las crisis familiares estando conscientes de las mismas incluyen un factor espiritual. Efesios 6.12 Este resulta determinante, ya se trate de que sea el iniciador de, o que aproveche los diferendos existentes. Nuestro Señor Jesús nos recuerda que el propósito de nuestro enemigo el diablo es robar, matar y destruir. Juan 10.10

(más…)

¿Con espada, lanza y jabalina?

12 julio, 2015

1 Samuel 17.25-51

Serie de meditaciones pastoralesEn la vida de todos nosotros cada día se hace evidente que estamos en guerra. En una guerra a muerte. Nuestro enemigo es poderoso y bien organizado. Para nosotros sólo tiene un propósito: nuestra destrucción. Jesús nos advierte sobre ello cuando dice: El propósito del ladrón es robar, matar y destruir. Juan 10.10 Esto explica buena parte de nuestra vida y de nuestras pérdidas. Sobre todo de aquellas que no tienen una aparente explicación lógica ni sentido alguno. Son pérdidas complejas o compuestas pues no sólo destruyen o afectan alguna de las áreas de nuestra vida, sino que desencadenan una serie de circunstancias que, si no es por la gracia divina, pueden destruirnos.

En Efesios 6, el Apóstol Pablo nos recuerda: Pues no luchamos contra enemigos de carne y hueso, sino contra

  • gobernadores malignos y autoridades del mundo invisible,
  • contra fuerzas poderosas de este mundo tenebroso y
  • contra espíritus malignos de los lugares celestiales.

En este pasaje, el Apóstol establece dos extremos o realidades que se sobreponen mutuamente: seres de carne y hueso versus mundo espiritual. Con esto en mente, vayamos a la historia de David y Goliat.

(más…)

Sabiduría y Ciencia, Dones Trascendentes

25 septiembre, 2011

1Corintios 12.1-11

Como hemos dicho, los dones espirituales tienen una triple función: preventiva, capacitadora y correctiva. Consecuentemente, la relevancia de tales dones está determinada por el cómo contribuyen al bien de la Iglesia en cada una de dichas funciones.

Quizá el orden en que aparecen en las listas paulinas los diferentes dones espirituales sea un indicador de los que podemos considerar como los dones espirituales trascendentes. Es decir, los que son útiles tanto en la prevención de situaciones nocivas, la capacitación para la tarea integral de la Iglesia, así como la corrección de los errores y, sobre todo, las desviaciones en la enseñanza (doctrina), de Cristo. En la que sería la lista más elaborada, la de 1Co 12, el Apóstol empieza refiriéndose a la palabra de sabiduría, seguida de la palabra de ciencia.

Aunque algunos estudiosos pretenden que se trata de sinónimos, sabiduría y ciencia, son dos dones espirituales diferentes, aunque complementarios el uno del otro. Para Clemente de Alejandría, citado por William Barclay, la palabra de sabiduría es el conocimiento de las cosas humanas y divinas y de sus causas. Barclay propone que la palabra de ciencia, consiste en el conocimiento práctico que sabe cómo actuar en cada situación. Conviene considerar la conclusión que el mismo autor hace respecto de la interrelación existente entre ambos dones:

Las dos cosas son necesarias. La sabiduría que conoce por su comunión con Dios las cosas profundas acerca de él, y la ciencia que, en la vida y trabajo diario del mundo y de la Iglesia, puede poner en práctica esa sabiduría. (Barclay, W. 1973)

Así que se trata del conocimiento profundo de Dios: su carácter, su propósito y el cómo de su voluntad, llevado a la práctica en el aquí y ahora de la Iglesia. Conviene parafrasear al filósofo español José Ortega y Gasset y recordar que la Iglesia es ella y sus circunstancias. Ello porque la Iglesia es llamada a mantener su identidad y su fidelidad a Cristo bajo la presión que sus circunstancias (accidentes de tiempo, lugar, modo, etc., que está unido a la sustancia de algún hecho o dicho.), le ocasionan.

(más…)

Como Vasijas de Barro

28 marzo, 2011

El pasaje que hemos leído, en 2Corintios 4.7-10, es uno de los pasajes más hermosos y poéticos de la literatura neotestamentaria. Parte de un supuesto que ha sido descuidado y desperdiciado, más aún, menospreciado por los muchos predicadores de la Teología de la Prosperidad. Se trata del supuesto de la fragilidad, como el punto de partida de nuestra experiencia cristiana. El Apóstol Pablo no se ocupa de dorarnos la píldora y animarnos a creer que somos lo que no somos. Por el contrario, se refiere a los creyentes, los describe, como meras vasijas de barro. Es decir, de una manera tan sintética y poética, el Apóstol asume nuestra fragilidad, nuestra impotencia y nuestra pobreza ante las vicisitudes de la vida.

Desde luego, no podemos encontrar belleza en la fragilidad, la impotencia y la pobreza, a menos que la contrastemos con aquello que hace de la fragilidad, la impotencia y la pobreza algo hermoso. Lo que contrasta y transforma tales realidades es, precisamente, el tesoro que procede de Dios: la salvación de nuestras almas y la incorporación al cuerpo de Cristo, la Iglesia; es decir, la verdad de Cristo en nosotros. Para Pablo, mientras más evidentes nuestras limitaciones, más resplandeciente la gloria de Dios que habita y se manifiesta en nosotros. Mientras mayor nuestra pequeñez, mayor la grandeza y el brillo de Cristo en nosotros; con todo lo que incluye su amor, su cuidado, su poder y su propósito en nuestra vida.

Pablo hace una relación contrastante de las circunstancias de la vida. Se ocupa del acoso que sufren los cristianos, de los apuros o dificultades que estos enfrentan, de las persecuciones a las que la fe en Cristo nos expone, a las caídas que el creyente enfrenta de tanto en tanto, etc. Asombra la honestidad del Apóstol. Ciertamente, debiera ser considerado como un mal publicista de la fe cristiana. Me decía alguna vez un pastor: hermano, no debemos hablar de problemas a los que vienen a la iglesia, la gente lo que quiere es oír de paz, de  tranquilidad, de gozo. Bueno, me temo que tales pastores no invitarían a Pablo a predicar en sus púlpitos, porque el Apóstol reconoce públicamente que la vida cristiana también se compone de acoso, apuros, persecución y que los cristianos caen en su fe muchas veces más de las que imaginamos.

Creo que Pablo lo hace, precisamente, para destacar el hecho y la importancia de la gracia divina. Este, el de la gracia de Dios, es un tema de primordial importancia para el creyente. Vivimos y andamos por gracia. Es decir, hemos sido salvos y nos mantenemos firmes en la comunión con Cristo, por su gracia, por su disposición favorable hacia nosotros. Hay quienes han aprendido que su comunión con Cristo depende, prioritariamente, de sus propios méritos. Que mientras más buenos sean y más cosas buenas hagan, más seguros pueden estar en Cristo. Otros viven aterrorizados por sus dudas, sus faltas y sus temores. Han aprendido a pensar que no pueden dar la medida de santidad que les asegure la entrada a la comunión y el amor de Dios en Cristo.

En nuestro pasaje, Pablo nos recuerda que somos, simplemente, vasijas de barro. Despostilladas, de tanto uso, poco agradables en su apariencia y, siempre, en el riesgo de agrietarse y terminar rotas. Pero, estas vasijas que somos nosotros, llevamos, poseemos, contenemos, el tesoro del poder de Dios que no sólo habita en nosotros, sino que se manifiesta en y al través de nuestra vida. Sólo por gracia, sólo porque Dios ha querido amarnos y privilegiarnos con su poder maravilloso, mismo al que no limita ni nuestra debilidad, ni nuestras propias limitaciones. Es cierto que somos llamados a hacer las buenas obras que Dios preparó desde el principio, para que anduviésemos por ellas. Es cierto, también, que somos llamados a santidad y a esforzarnos en la práctica de la justicia. Pero, también es cierto que si podemos hacer buenas obras, que si podemos mantenernos santos y practicando la justicia, ello se debe al poder que habita en nosotros y no a la calidad de vasijas que somos.

Ahora bien, la gracia se manifiesta de manera muy concreta en relación a nuestras fragilidades. Pablo destaca lo que debe ser entendido como un quehacer divino que convoca a un quehacer humano: estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados,  pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. En este juego de contrastes, el Apóstol se refiere tanto a lo que Dios hace, como a lo que somos llamados a hacer. Permítanme tratar de explicarme.

Recuerdo a una mujer a la que, cuando sus hijos eran muy pequeños, la abandonó el marido. Fueron años difíciles los que enfrentó, literalmente a sus hijos para que estos salieran adelante en la vida. Desarrolló una muy especial relación con el mayor; desde pequeño este le proveyó de amor, comprensión y compañía. Los hijos salieron adelante, la mujer se hizo vieja. Llegaron los nietos y la vida parecía recompensar todo lo que antes había negado. Sin aviso previo, el hijo mayor muere. La madre se queda tan sola como nunca antes lo había estado. Se derrumba, se viene abajo y parece que todo hubiera acabado para ella. La muerte de su hijo mostró de manera ostensible la tremendamente frágil que era esta mujer y la absoluta carencia de recursos propios para enfrentar los apuros de la vida.

Los que estábamos a su lado temimos por ella. Guardábamos silencio cuando la acompañábamos, porque sabíamos que nuestras palabras eran insuficientes para remediar su pena. Pero, el que estaba y está en ella, ni tuvo temor, ni se quedó callado. La gracia de su Señor se hizo evidente en ella. La mujer encorvada por el dolor, la mujer que suspiraba por el hijo perdido, ella, esa vasija frágil, se levantó de entre la tragedia y dio testimonio de que si bien, la vida la había derribado, no había logrado rematarla.

Estoy seguro que la primera sorprendida fue ella misma. Como madre amorosa vivía temiendo siempre que algo malo pasara a alguno de sus hijos. Cuando la muerte de su primogénito la sorprendió, creyó que su propia vida había llegado a su fin. Lloró, se aisló, se derrumbó. Pero, una mañana se despertó temprano, se levantó y descubrió que podía seguir viviendo porque algo dentro suyo la animaba, la fortalecía y la guiaba a una nueva vida.

Como esta mujer, todos nosotros hemos enfrentado, y quizá estamos enfrentando, situaciones que parecieran tener el poder de acabar con nosotros. Déjenme decirles y asegurarles algo: nada tiene el poder para destruir a los que estamos en Cristo Jesús. Quienes llevamos en nosotros el Espíritu de Dios, ese tesoro al que se refiere el Apóstol, podemos salir delante de cualquier situación y circunstancia que enfrentemos. Podemos hacerlo no por nuestros propios méritos y fortaleza, sino por el Espíritu que habita en nosotros por la pura gracia de Dios.

Los días malos son, también, días de confianza y esperanza. El creyente puede estar seguro que los valles de sombra de muerte se acaban, y que al final abren espacios de bendición nunca antes conocidos. Que en las dificultades que enfrentamos la gracia sobreabunda. Que Dios es fiel y él nos sostiene cuando las fuerzas se nos acaban y él mismo se encarga de fortalecernos ante la adversidad. Hace muchos años, el Profeta Isaías, se refirió a esta confianza cuando le dijo a Dios: Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado. Sea esta nuestra confianza, nuestra seguridad que se mantiene a pesar de la fragilidad de nuestro barro.