Archive for the ‘Hijos’ category

Sabias, amadoras de sus esposos

6 octubre, 2019

Tito 2.4,5

FlyerMaker_05102019_201003Cada vez más crece el número de mujeres que no aman a sus maridos, que no son amadoras de sus maridos. Les son fieles, pero no los aman. Viven con ellos, pero no los aman. Los apoyan y toleran, pero no los aman. Los ayudan y defienden, pero no los aman. Ciertamente es difícil amar a los maridos y puede haber muchas razones para no hacerlo. Pero si estamos interesados en preservar la salud del sistema familiar al que pertenecemos, debemos saber que este requiere del que las esposas sean amadoras de sus maridos. En las versiones inglesas de la Biblia, a la indicación de ser “amadoras de sus maridos”, se antepone la expresión “que sean sabias[i], que sean amadoras de sus maridos”. Así que amar al esposo requiere de sabiduría, del que la mujer muestre buen juicio, prudencia y madurez en sus actos y decisiones.

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Lo que realmente importa

22 septiembre, 2019

Filipenses 1.9,10

FlyerMaker_22082019_094400La vida nos enseña que, no obstante, todo lo que hacemos en su favor, resulta muy poco lo que los padres podemos hacer por los hijos. No se trata de la cantidad de cosas que hacemos, sino de las que impactan de manera significativa en sus vidas. Nos lastima el saber que, con todo lo que hacemos, no siempre logramos que nuestro quehacer se traduzca en menos sufrimiento, menos errores o más aciertos y mayor felicidad en la vida de quienes tanto amamos. La cuestión se complica cuando el quehacer conveniente cambia de acuerdo a la identidad, la edad, las circunstancias, los intereses y la disposición de los hijos respecto de sus padres.

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¿Encontrará fe en este mundo?

1 septiembre, 2019

Lucas 18.8

FlyerMaker_22082019_094400Una de las preguntas más desesperanzadas respecto de la fe en Jesucristo, la escuchamos, precisamente, en los labios del mismo Jesucristo. En efecto, según el relato de Lucas, nuestro Señor, al concluir de relatar la parábola de la Viuda y el Juez Injusto, arroja la pregunta: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”. Hay quienes aseguran que no fue el Señor quien se hizo tal pregunta. Más bien, nos dicen, el escritor encargado de copiar el manuscrito que contenía los relatos de Lucas, impresionado por la fe de la mujer viuda y ante la promesa que Jesús hace de que Dios escuchará y responderá el clamor de los que le buscan, es quien se pregunta: “cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará todavía fe en la tierra?”. Como en muchos otros casos, la nota al margen del copista se incorporó posteriormente al texto original y ello es lo que pone en labios de Jesús tan desesperanzada pregunta.

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A los hijos, como a extraños

21 febrero, 2016

Salmo 127

Después de la relación de pareja, no hay otra que resulte más profunda y compleja que la relación filial. Esta tiene, aún, el poder de separar, distanciar, a las parejas. Por los hijos, el esposo -más frecuentemente-, pero, también la esposa, pasan a un segundo plano respecto de la lealtad, el sentido de pertenencia y la preferencia (entendiendo esta como la ventaja concedida a los hijos por sobre la pareja). Debemos decir que, generalmente, esta disposición materna y paterna, lejos de traducirse en un beneficio real en favor de los hijos, erosiona el todo de la estructura familiar. Ello porque la relación de la pareja viene a ser el cimiento de dicha estructura y del sistema familiar todo. Cuando la razón de los esposos se convierte en la razón de los padres, estamos ante una inevitable e integral crisis familiar.

Tres son los fenómenos típicos que expresan tal desviación de los principios y quehaceres familiares:

Alianzas disruptivas. La preferencia por los hijos o por alguno de ellos se traduce, invariablemente, en la ruptura o interrupción inesperada de la alianza matrimonial. Las relaciones que privilegian a los hijos convierten a estos en sustitutos de roles propios de la relación matrimonial. Confidentes, referentes, depositarios de la intimidad de los pensamientos y sentimientos, etc. Ello, desde luego, altera el equilibrio de la pareja y de la familia toda. (más…)

Las Virtudes de los Padres

22 junio, 2014

Ser padre es una bendición y un reto. Cuando Jacob se bendijo a su primogénito, Rubén, le llamó “el principio de mi vigor” (de mi poder generativo). En cierto sentido, el hombre sólo es tal cuando genera otras vidas. Desde luego, ser hombre es mucho más que ser padre, pero hoy hablamos de los padres.

La Biblia nos muestra los aciertos y errores de muchos padres. Hoy quiero destacar algunos de los retos de la paternidad haciendo referencia a ciertos personajes bíblicos. Quizá no solo quienes ya son padres quieran oírme, sino también aquellos que contemplan la posibilidad de llegar a serlo.

Primera virtud deseada: Visión[1].

Los hijos son “flechas en manos de valientes”. Las flechas se disparan, se envían más allá de donde se encuentra el arquero. Igual pasa con los hijos, vienen a la vida para ir más allá de sus padres. Llegar a su destino es responsabilidad de los hijos, sin embargo, “dispararlos” en la dirección correcta y con la fuerza adecuada es responsabilidad de los padres.

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El Precio de Ser Padre

9 junio, 2013

Tito 1.6-9

La estrecha vinculación existente entre la delincuencia juvenil y la ausencia de figuras parentales equilibradas, así como las dificultades para madurar integralmente de los hijos de padres disfuncionales, está suficiente y dramáticamente comprobada. En contraparte, diversos estudios constatan que la supervisión parental directa… son elementos básicos en el sostenimiento de un ajuste adecuado de los adolescentes. Confirman que el alto monitoreo parental, sin importar el nivel socioeconómico, está asociado con un desempeño académico más elevado, menor delincuencia y menor actividad sexual en los jóvenes. (Chan Gamboa, 2006)

Seguramente el Apóstol Pablo tenía esto en mente, ya sea por revelación o como resultado de su propia experiencia, y por ello establece que el éxito de la tarea de liderazgo, de la actividad profesional, diríamos en nuestros días, está sustentado en la calidad de la paternidad del hombre. En el pasaje paralelo de Timoteo 3, el Apóstol agrega una reflexión fundamental: Pues el que no sabe gobernar su propia casa,  ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios? Podemos parafrasear tal pensamiento y decir que quien no sabe dirigir a los de su propia casa, tampoco puede realizar satisfactoriamente su quehacer profesional o laboral.

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Principios de Sabiduría para las Madres Ancianas

21 marzo, 2011

La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar, animar, y de orar por ella, a una mujer anciana que sufre una de las formas más comunes y dolorosas del maltrato familiar: el abandono y la indiferencia de sus hijos. Al través de sus palabras escuchaba su dolor, su tristeza y aún su resentimiento. Se sentía y sabía abandonada en una jaula de oro. Cubiertas sus necesidades de alimento, pero carente de las expresiones de amor y cariño que muchas veces resultan más necesarias y aún nutricias que la mera comida. Pero, como en muchos otros casos, escuché al mismo tiempo la defensa firme, la justificación que algunas madres hacen de sus hijos ingratos. No me salvé de oír el típico: “pobrecitos, como tienen tantas cosas que hacer, no se dan tiempo para estar conmigo.”

También tuve la oportunidad de escuchar a otras dos mujeres, madres de familia, referirse a sus hijos, con cariño y preocupación, diciendo: “estos niños”. Tal expresión no tendría nada de particular si no se tratara, en ambos casos, de mujeres de más de setenta años y de hijos cincuentones. Al oírlas pensé, para mis adentros, que sus hijos, para niños, ya están bastante creciditos.

En uno y otro caso se trata, desafortunadamente, de mujeres que sufren el síndrome canguro. Es decir, mujeres que siguen llevando a cuestas a sus hijos, haciéndose responsables de ellos y de los hijos que han tenido. En no pocas ocasiones, de sus magras pensiones, destinan cantidades significativas para resolver lo que “sus niños” no pueden y, con desafortunada frecuencia, intervienen para enfrentar a “esas mujeres” (las nueras), con las que sus pobres hijos se casaron.

Así, estas mujeres, como muchas otras ancianas, a los conflictos propios de su vejez suman los resultantes de una maternidad prolongada. Mucho de su cansancio, de sus temores y enfermedades son fruto de su pretensión de que ellas pueden, porque la consideran su obligación, arreglar la vida de sus hijos. Déjenme decir, con temor y temblor, que se trata de mujeres amorosas, abnegadas, nada egoístas, ciertamente; pero también de mujeres poco sabias. Porque, en ellas se hace evidente que el amor no conduce, necesariamente a la sabiduría. Que más amor no significa, siempre, más sabiduría, ni más corrección en lo que se hace o deja de hacer.

Me explico, los términos con los que muchas ancianas se refieren a sus hijos revelan lo que hay en su corazón. Por un lado, la resistencia a dejar que sus hijos “se vayan”, es decir, que sean ellos mismos y no una prolongación de la madre. Por otro, tales palabras revelan los temores, la decepción y la preocupación generados por los hijos que no han madurado. Ante las debilidades evidentes de los hijos, el instinto maternal se fortalece y la madre sigue viéndose a sí misma como el soporte de sus hijos e hijas y a estos como a los niños que todavía necesitan a su mamá, aunque ya estén casados y tengan sus propios hijos.

La Biblia enseña que la boca habla de lo que abunda en el corazón. También enseña que las palabras tienen el poder de modelar el carácter de quien las habla. Tomando en cuenta estas dos enseñanzas, permítanme proponer a las madres ancianas que me escuchan, y a las que van para abuelas, tres principios de sabiduría en la relación con sus hijos. Creo que si, con la ayuda de Dios, las madres ancianas se esfuerzan en seguir tales principios no solo abundarán en su propia paz, salud y tranquilidad, sino que contribuirán a la madurez de sus hijos.

Primero, las madres sabias saben cuándo es tiempo de callar. En ocasiones, la madurez del hijo se ve fortalecida con el silencio de sus padres. Las personas inmaduras “tiran el lazo” tratando de atrapar a quienes los escuchan. No siempre piden abiertamente, pero sí sugieren o manipulan para terminar pidiendo de manera indirecta lo que esperan que sus madres y padres hagan en su favor. Así, hay hijos que se quejan, se lamentan, reniegan, etc., porque han aprendido que haciéndolo así, mamá o papá, harán lo que ellos quieren. Y, no siempre lo que los hijos quieren es lo que conviene. Por ello, las madres sabias han de discernir el tiempo cuando lo mejor es callar, aún cuando parezca que tienen mucho qué decir.

En segundo lugar, las madres sabias saben cuándo es tiempo de hablar. A veces para confrontar, para encarar al hijo y animarlo a que sea responsable; para, de la mejor manera, “decirle sus verdades”. A los hijos les hace bien oír la verdad de sí mismos en los labios de sus madres y padres. En otras ocasiones, las madres sabias deben hablar para decir “no”. “No quiero”, “no puedo”, “no tienes derecho”. ¡Cuántas tristezas, decepciones y dolor se hubieran evitado! si mamá hubiera dicho “no” a tiempo y a la persona indicada. En no pocas ocasiones, y ante el evidente desinterés de los hijos mayores en madurar y asumir la responsabilidad de su propia vida, la mejor palabra que pueden escuchar en labios de mamá es, precisamente, “no”.

Finalmente, las madres sabias saben cuándo es tiempo de hacer lo que conviene. Los hechos hablan, las decisiones que se toman dicen mucho más que mil palabras. Conozco a otra mujer, también anciana y madre de un montón de hijos. Algunos de estos hacían de ella lo que querían. Si cambiaban de sala, llevaban a la casa de mamá la que habían desechado. Si querían celebrar una fiesta, lo hacían en casa de su madre… dejándole el tiradero cuando la fiesta acababa. Con frecuencia, le encargaban a los nietos, porque ellos tenían otras cosas qué hacer. Por años, esta mujer hizo lo que sus hijos e hijas quisieron. Se enfermó y se amargó. Se sabía usada y se sentía menospreciada… hasta que se decidió e hizo lo que convenía hacer. Fijó límites, exigió respeto y pago el precio de respetarse a sí misma. Algunos de sus hijos se enojaron y la criticaron, otros se apartaron de ella, los menos la comprendieron y respetaron. De cualquier forma, ella está en paz consigo misma y, por cierto, su salud ha mejorado.

Termino recordando a las lindas viejas que me escuchan que las madres ancianas son llamadas a ser “maestras del bien”. Que sus familias, la Iglesia y la sociedad toda las necesitamos, sí, pero no complacientes, sino sabias. Lo que menos necesitan los hijos, sean niños o adultos, es madres barco, madres tontas de las cuáles puedan aprovecharse cada que les convenga. Lo que los hijos necesitamos es que nuestras madres sean sabias, dueñas de sí mismas y dignas, siempre dignas. Por ello, sería bueno que empezaran aceptando que si sus hijos siguen siendo niños, después de los doce años, se trata de verdaderos fenómenos. Que conviene que a los hijos adultos los traten como a tales, reconociendo sus derechos, sí, pero contribuyendo también a que cumplan con sus responsabilidades. De las cuales forma parte, de manera importante, el que los hijos vean por sus padres y que en la vejez de estos los honren, los ayuden y los amen como no lo han hecho antes. A las madres viejitas les recuerdo que, en la vejez, ellas son llamadas a ocuparse de sí mismas, a servir de ejemplo y, sobre todo, a gozar de las muchas bendiciones que Dios les depara en etapa final de sus vidas y de las cuales no siempre forman parte sus hijos.