La Doctrina del Bautismo en Agua

Publicado 22 mayo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Bautismo en Agua, Biblia, Conversión

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El capítulo dos del libro de los Hechos de los Apóstoles, contiene información privilegiada sobre el surgimiento de la Iglesia. Conviene leerlo con atención. Podemos, para efectos de su estudio, dividir dicho capítulo en tres secciones principales: la primera compuesta por los versículos 1 al 13, relata el descenso del Espíritu Santo sobre los creyentes. La segunda parte, versos 14 al 42, contiene el llamado Discurso de Pedro. La última parte contiene información esencial sobre el modelo de la iglesia primitiva, el que estudiaremos en sesiones siguientes.

En el Discurso de Pedro, hay un parte aguas que conviene atender: Pedro ha venido informando a sus oyentes del plan divino para salvar a la humanidad. Destaca el papel de Jesucristo, su pasión y muerte, su resurrección y su carácter de «Señor y Mesías». En ese momento de su predicación, Pedro es interrumpido por los oyentes con una pregunta clave: “¿Qué debemos hacer?” La respuesta petrina resulta fundamental para nuestra fe y es uno de los elementos básicos de la doctrina cristiana. Veamos:

Pedro les contestó: vuélvanse a Dios y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo, para que Dios les perdone sus pecados, y así el les dará el Espíritu Santo. Hch 2.38.

En esta declaración encontramos los siguientes elementos:

1. Vuélvanse a Dios. Obviamente aquí Pedro está haciendo un llamado a la conversión. Sin embargo, añade un elemento muy interesante: arrepiéntanse, metanoeo, que la versión Reina Valera traduce como arrepiéntanse. Literalmente se refiera a un “dar media vuelta” y en su sentido figurado apela al “cambio en la manera de pensar”. “Piensen de manera diferente”, les dice Pedro. Llamado que se repite como el principio y el sustento de la nueva vida en Cristo. Ro 12.2; Ef 4.23; Flp 2:5; 3.15; 2 Tes 2.2

2. Bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo. De acuerdo con el libro de los Hechos, la Iglesia Primitiva utilizó siempre la fórmula bautismal “en el nombre de Jesucristo” y sus variantes. No existe una contradicción con Mateo 28.19, fórmula que se empezó a utilizar a fines del primer siglo. El hecho es que la invocación del nombre sobre el creyente significa que este “pasa a ser propiedad de”, o “a quedar bajo la autoridad de”, aquel cuyo nombre es invocado sobre él. Además implica la identificación que el creyente hace con Jesucristo en el bautismo, sin la cual no podría gozar de la nueva vida que es resultado de la resurrección de Cristo y, por lo tanto, del creyente mismo. Ro 6.3-14.

Aquí cabe destacar que arrepentimiento-conversión y bautismo en agua van de la mano. Los cristianos en general han considerado al bautismo en agua como un sacramento u ordenanza. Entendiendo estos como los ritos religiosos que son «fuente o signos de gracia». Es decir, aquellos mediante los cuales Dios hace algo extraordinario, sólo propio de él, en el creyente; así como en el que este [el creyente] hace algo extraordinario, sólo propio de él, en respuesta al quehacer divino. Hch 2.38; 8:16; 10:48; 19:5; 22.16.

En el bautismo en agua se hace evidente el perdón de los pecados del creyente, así como la reconciliación de Dios con él por medio de Jesucristo. Por su parte, el creyente hace pública su fe en Dios, su aceptación del sacrificio de Cristo y su compromiso de vivir consagrado a Dios. Ro 5. 1-5

Conviene señalar que hay distintas tradiciones cristianas que no consideran necesario el bautismo en agua. Otros insisten en un modelo bautismal particular: inmersión o aspersión; otros de si se debe o no bautizar a los niños; otros más discuten sobre la fórmula del nombre a ser utilizada, la corta de Hechos o la posterior de Mateo. Para cada inquietud hay diferentes respuestas que deben ser estudiadas y meditadas a la luz de la diversidad del Cuerpo de Cristo.

Pero, también conviene decir que en CASA DE PAN consideramos que aunque el bautismo de los niños tiene un cierto valor testimonial de la fe de los padres y como un elemento del proceso de conversión a Dios, el bautismo en agua del adulto que viene a Cristo y establece un compromiso personal, voluntario e intencional, resulta en un necesario y conveniente paso de obediencia. Por ello, no tenemos problemas en lo que algunos consideran el rebautismo. Ello porque entendemos que el bautismo del infante tuvo como sustento la fe de sus padres y padrinos, mientras que el bautismo del creyente adulto es expresión de su fe y ratificación de su compromiso personal.

3. Para que Dios les perdone sus pecados. La declaración oficial del perdón de Dios es recibida en el bautismo en agua y por el testimonio de la Iglesia que avala la legitimidad del bautismo recibido. Por lo tanto, requiere del arrepentimiento personal, voluntario y sincero del creyente; así como de la manifestación de su compromiso de santidad, resultante de la nueva vida en Cristo. No es la inmersión, ni el agua, lo que produce el quehacer divino; sino la “conciencia limpia” del creyente, la que produce la salvación. 1 Pe 3 21.22.

4. Y así él les dará el Espíritu Santo. Junto con la reconciliación con Dios, la nueva vida en Cristo, la comunión de la Iglesia y los dones del Espíritu, el creyente recibe gracias al bautismo en agua, la promesa del bautismo del Espíritu Santo. Este es particular y diferente al primero. Implica el apoderamiento espiritual del creyente para realizar de manera extraordinaria las tareas que le son propias, sobre todo en el trabajo de la evangelización y el discipulado. Jn 14,15-31; 20.19-23; Hch 1.8; 2.1-13.

En Conclusión

El bautismo en agua es el medio por el cual el creyente se incorpora al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, dado que es testimonio público del Pacto de Salvación que Dios establece con quienes aceptan el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo como el único medio de redención.

Siguiendo la tradición apostólica, en CASA DE PAN utilizamos la llamada fórmula corta, atestiguada de manera reiterativa en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como la utilizada por la Iglesia Primitiva. Sin embargo, reconocemos como válido el bautismo celebrado bajo la fórmula larga o trinitaria, siempre que este se haya realizado como expresión de la voluntad de la persona y en la comprensión del significado pleno del bautismo, según lo que enseña la Palabra de Dios.

Dado que la Biblia nos enseña que el bautismo nos incorpora a un estado de gracia, muertos para el pecado y vivos para Dios, animamos a quienes no se han bautizado a que lo hagan. Al mismo tiempo que animamos a quienes ya han sido bautizados a que perseveren en su comunión y servicio a Dios, fortalecidos por el poder del Espíritu Santo.

La de la Maternidad no es una Tarea Fácil

Publicado 15 mayo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Familia, Maternidad

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La de la maternidad no es una tarea fácil. Las mujeres que son madres han de vivir enfrentando en primer lugar, no los retos de los hijos, sino el desafío que los mismos representan a su propio ser y quehacer. Contra lo que pudiera parecer, la fuente de las dificultades maternales no son los hijos, sino las propias limitaciones, reales o supuestas, que las mujeres enfrentan para proteger, formar y satisfacer las necesidades de sus hijos.

La maternidad hace evidente lo mejor de las madres, sus capacidades y virtudes; al mismo tiempo que pone de manifiesto lo peor de las mismas, sus limitaciones y, en no pocos casos, su incapacidad para cumplir las expectativas propias y de terceros, mismas que no siempre son, ni saludables ni propias de su tarea materna. De cualquier forma, la maternidad no es una tarea fácil.

De lo que la Biblia nos enseña respecto de la tarea materna, comprendemos que la maternidad consiste en una sucesión de etapas encaminadas a la emancipación, la autonomía, de los hijos y, en consecuencia, la de la madre misma. Es decir, aunque la maternidad es un estado que no termina sino con la muerte de la madre (pues se sigue siendo madre aún de los hijos muertos), el cómo de la relación maternal estará determinado por la edad y las circunstancias de los hijos. En la niñez, la madre, de manera particular, desarrolla una relación simbiótica con sus hijos. Se convierte en la primera fuente de cuidado, provisión y decisiones de los niños. El éxito o la consumación de la tarea materna en esta etapa consisten en propiciar que sus hijos vivan plenamente su niñez. Que el niño viva con gozo, libre para experimentar la vida, siendo amado y participante de un entorno familiar equilibrado, empoderante. Entorno que propicie en el niño el desarrollo de su espiritualidad integral, el amor y gusto por lo bello, lo sano, lo que trasciende, todo ello a la luz del fortalecimiento de su connatural fe en Dios.

En la etapa de la adolescencia, la tarea de los padres consiste, principalmente, en proporcionar la guía y el ánimo que sus hijos requieren en la búsqueda de su propia identidad. Se trata de ofrecer de manera objetiva una propuesta de los valores espirituales, morales y éticos, que el adolescente requiere para estar listo para su emancipación. Es esta una etapa de crisis, por lo que los padres tienen que aprender a buscar de manera constante el equilibrio entre la disciplina y la libertad, como elementos fundamentales de su tarea paterna. La tercera etapa, la más larga del quehacer materno, es la que está determinada por la adultez de los hijos. En esta, la tarea de la maternidad consiste en el acompañamiento respetuoso de la autonomía y responsabilidad de los hijos. Parte del reconocimiento del derecho que los hijos tienen de ser ellos, así como de la responsabilidad que los mismos tienen respecto de las decisiones tomadas, ya pasiva, ya activamente.

Cada etapa tiene sus propias expresiones de conflicto, riesgo y crisis. Quienes son madres, pueden identificar las fuentes de dolor que corresponden a cada una de ellas. Pero, otra vez, no se trata, primero, de las dificultades que los hijos viven, sino del cómo es que sus madres las enfrentan. Buen ejemplo es la ansiedad de las madres cuando no saben el paradero de sus hijos adolescentes, mientras que estos están tranquilos porque saben que, ellos mismos, están bien. No siempre lo que las madres ven, temen o esperan, tiene razón de ser. Así que, en no pocos casos, el dolor materno es causado no por la realidad sino por sus expectativas incumplidas.

De tal suerte, la de la maternidad es una tarea que no puede realizarse sólo en las fuerzas de la mujer que es madre. Lo que la madre es, por mucho y muy valioso que esto sea, no es suficiente, ni para ella, ni para sus hijos y su familia toda. Necesita de algo, más bien, de alguien más. Toda madre que está comprometida en su tarea maternal necesita de Dios.

Primero, porque Dios es la fuente de la vida que, en cada madre engendra, vidas nuevas, las de los hijos. Así, la vida de los hijos, lo que pasa con ellos, es tarea compartida entre Dios y las madres de estos. Dios, quien entrega a las mujeres la libertad de convertirse en madres, asume un papel de acompañante interesado, escucha atento y proveedor complementario de las fuerzas y los recursos maternos. La maternidad es una sociedad, entre la madre y Dios, mismos que enfrentan juntos las alegrías y las tristezas provocadas por los hijos. Y, sobre todo, es una sociedad solidaria cuando la madre y Dios tienen que enfrentar, impotentes, las situaciones que son propias de cada hijo; aquellas que resultan de sus decisiones o de las vicisitudes o incidencias de la vida misma.

En segundo lugar, las madres necesitan de Dios para crecer en sabiduría y discernimiento respecto de lo que sus hijos son y de lo que ellos hacen y enfrentan en la vida. La comunión con Dios da a las madres un sentido de perspectiva. Les permite ver más que el aquí y el ahora de sus hijos. Les permite prevenir y les permite mantener la fe y la esperanza, ser visionarias, cuando pareciera no haber razón para ello. En la comunión con Dios las madres encuentran razón para sentirse seguras, para mantenerse en equilibrio, ante los hechos de la vida de sus hijos. La comunión con Dios se traduce en sabiduría, fortaleza y poder personales que, desde luego, pueden ser puestos al servicio de los hijos.

Finalmente, las madres necesitan de Dios para seguir siendo ellas mismas, mujeres antes que madres. La maternidad es un rol, una función a desarrollarse, pero no es el todo de la vida de las mujeres. Mientras menos es ella misma, menos funcional como madre resulta. En Dios la mujer encuentra la razón de su ser y hacer en ella misma, puesto que Dios está en ella y él es la razón de su vida. Estando ella misma en equilibrio, puede permanecer firme ante las alegrías y las tristezas de la maternidad. Pudiendo así desarrollar la empatía necesaria para ser la clase de madre que sus hijos necesitan en cada etapa de sus vidas.  Aún cuando se identifiquen mental y afectivamente con sus hijos, las madres necesitan mantener la distancia necesaria que les permita seguir siendo ellas, crecer como personas y abundar en el desarrollo y los logros de su propia identidad. La madre que se ahoga en las alegrías o en las tristezas de los hijos, no cumple con su papel de modelo y no contribuye a la emancipación y autonomía de sus hijos.

Dios ama a las mujeres y se identifica con las que son madres. Pero, ni ama más  las que son mamás, ni ama menos a las que no lo son. Dios quiere estar en comunión con todos, también, y a veces me parece, especialmente, con las mujeres. Así que a las mujeres a quienes la maternidad les resulta una tarea difícil, siempre les queda el abundar en su comunión con Dios y así estar en condiciones de ser plenamente mujeres… y también madres, si así está bien que lo sean.

Hablemos de la Conversión a Cristo

Publicado 8 mayo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Conversión, Salvación

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Sólo siguen a Cristo aquellos que se han convertido a Dios, que se han vuelto «de las tinieblas a la luz». Dado que la conversión es siempre una decisión personal, requiere de la capacidad de la persona para tomar decisiones por sí misma y, sobre todo, de que estas sean tomadas de manera conciente y voluntaria. La conversión da pie al bautismo, por ello es que el bautismo, que es para el perdón de los pecados, es propio de quienes piensan por sí mismos y toman la decisión voluntaria de bautizarse.

La Biblia nos enseña que todos los seres humanos necesitamos convertirnos a Dios. Primero, porque que todos nos hemos hecho solidarios con Adán en la inclinación al pecado y, por lo tanto, todos hemos pecado. Así que todos estamos destituidos de la gloria de Dios. Ro 3.23 Es decir, por culpa del pecado personal, todos nos hemos hecho enemigos de Dios al alejarnos de su voluntad y al negarnos, por lo tanto, a vivir de manera conciente e intencional para él.

El pecado esclaviza. Mientras más se aleja la persona de Dios, mayor el poder del diablo sobre ella. Por esto es que podemos hablar de la espiral del pecado: a mayor práctica del pecado, menor resistencia ante el mismo. San Pablo explica cómo es que el pecado se convierte en un proceso de degradación integral. Degradación que lleva no sólo a la práctica y participación personal del pecado, sino a permanecer bajo la influencia de quienes contribuyen a dicha degradación creciente. Pablo describe tal degradación diciendo: Saben muy bien que Dios ha decretado que quienes hacen estas cosas merecen la muerte; y, sin embargo, las siguen haciendo, y hasta ven con gusto que otros las hagan. Ro 1.32

Sólo se explica en función de la gracia y la misericordia divinas el que en tal condición de oscuridad y dureza de corazón, el pecador pueda reconocer la luz de Cristo y estar dispuesto a volverse a Dios. ¿Cómo puede un muerto darse cuenta de la oportunidad de vida que se le presenta? La Biblia asegura: Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Efesios 2.1-3

Cuando, por la gracia, nos damos cuenta de nuestra condición, surge en nosotros la necesidad y la intención de hacer algo para librarnos del juicio que nos condena. En Pentecostés, el Apóstol Pedro explicó a sus oyentes lo que hay que hacer, les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;  y recibiréis el don del Espíritu Santo. Hech 2.38 Es decir, Pedro hace un llamado a la conversión.

La palabra bíblica para la conversión es: epistrofe, del verbo epistrefo. Puede traducirse como «dar un giro en derredor» e implica una doble dinámica:

1) Volverse de, y

2) Volverse hacia.

A los tesalonicenses, Pablo les reconoce cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero. 1 Tes 1.9. La versión Dios Habla Hoy (DHH), traduce: cómo ustedes abandonaron los ídolos y se volvieron al Dios vivo y verdadero para servirle. Como podemos ver, convertirse implica el dejar de vivir alejados y alejándonos de Dios, para volvernos a vivir en la plena conciencia de su señorío y procurando agradarlo en todo. De acuerdo con las la doctrina bíblica, peca el que sabe hacer lo bueno y no lo hace. Lc 12.47; Stg 4.17. De acuerdo con esta enseñanza, aún cuando la persona no haya robado, asesinado o hecho alguna cosa reprobable, ha pecado por cuanto no se ha ocupado de vivir conciente, intencional e íntegramente para Dios.

Ahora bien, el término bíblico epistrofe también implica una doble participación dinámica en la conversión: primero es la gracia divina la que actúa en la persona llamándola a la conversión. Después, es a la persona a quien toca responder adecuada y oportunamente a tal impulso divino. De acuerdo con Jesús, es Dios quien toma la iniciativa de reconciliarse con el hombre, firmemente presionado por su amor: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Jn 3.16

Como podemos comprobar, la iniciativa la toma Dios que por amor ha dado a su Hijo; en consecuencia toca a las personas responder adecuada y oportunamente ante tal expresión del amor e interés divinos, para que todo aquel que en él cree: Sólo así puede cumplirse el propósito de la conversión: [que] todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Quien no cree, es decir, quien no acepta que Dios existe, que somos criaturas suyas y que debemos vivir para su gloria, ya está condenado, independientemente de si hace o no alguna de las cosas tradicionalmente llamadas pecado. Jn 3.17ss.

La respuesta del hombre ante el amor de Dios manifestado en Jesucristo implica un compromiso de vida. La persona empieza asumiendo la responsabilidad por su propio pecado. Sin dejar de tomar en cuenta las circunstancias que le llevaron a pecar, sin dejar de reconocer lo que el pecado de otros contribuyó a su propia degradación, la persona se reconoce pecadora y enemiga delante de Dios. Por lo tanto, se propone vivir para Dios. El bautismo en agua es el signo con el cual la persona establece su compromiso de vivir para Dios y el signo mediante el cual el Señor declara el perdón de los pecados de la persona y restablece una relación de armonía, paz y comunión con ella.

Pero la conversión es mucho más que el hecho de bautizarse. Es un proceso que se renueva día a día en y por el poder del Espíritu Santo. La conversión es una constante de negación al pecado y de práctica de lo bueno, así lo establece la Palabra del Señor: No entreguen su cuerpo al pecado, como instrumento para hacerlo malo. Al contrario, entréguense a Dios, como personas que han muerto y han vuelto a vivir, y entréguenle su cuerpo como instrumento para hacer lo que es justo ante él. Ro 6.13 En el capítulo doce de la misma carta, Pablo abunda: Por tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer.

Quien se vuelve, se convierte a Dios, está en paz con él y le ofrece cotidianamente el culto –el servicio-, que le es propio. Podemos, cada día, renovar nuestro compromiso con el Señor y vivir una vida a su servicio. Esta vida es plena, libre y propiciadora de bendición y bien para nosotros mismos y para quienes están a nuestro lado. Por ello, creamos a Dios cuando nos dice: en tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación. 2 Co 6.2