Salmo 23
La vejez en particular representa una crisis tanto para quien se hace viejo, como para quienes le aman y acompañan. Resulta cuando menos curioso, el hecho de que siendo la vejez una etapa natural de la vida estemos tan poco preparados, y dispuestos, para enfrentarla. Resulta difícil asumir que uno se hace viejo. Pero, también resulta difícil que los familiares de los viejos estén dispuestos y en condiciones de aceptar la vejez de aquellos a quienes aprendieron a ver siempre fuertes, capaces y llenos de conocimientos y habilidades.
Todos los creyentes llevamos en nosotros la convicción del llamamiento recibido. Sabemos que, cuando conocimos al Señor, vino a nosotros un deseo, la necesidad, de hacer algo que nunca se nos habría ocurrido. Nos vimos a nosotros mismos sirviendo de una manera especial: predicando, misionando, consolando, ayudando, etc., a otros. Era como un fuego interior que nos consumía, queríamos hacer lo que, sabíamos, era el llamado de Dios a participar en su obra. Tales sueños tienen su razón de ser. De acuerdo con la Biblia, quienes hemos nacido de nuevo estamos reconciliados con Dios.
Una de las experiencias vitales más complejas es cuando tenemos que enfrentarnos con el hecho de que personas a las que amamos, y que nos aman, dicen cosas falsas en nuestra contra. Cuando nos levantan falso testimonio. Desde luego, las emociones dominantes parecen ser la molestia, el coraje y los deseos de revancha. Pero, creo que, en realidad, las emociones más fuertes que experimentamos cuando somos difamados son la decepción, la sensación de impotencia y, desde luego, la confusión que resulta del no poder entender el porqué de tales conductas.
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