Archive for the ‘Llamamiento Cristiano’ category

Vivir en modo cristiano

10 noviembre, 2019

Juan 17.15 DHHK

1572719896915~2¿Qué es la vida cristiana? La vida cristiana es el aquí y ahora que se vive en la realidad del Reino de Dios. Vivir la vida cristiana es vivir lo mismo, pero de manera diferente. Así lo estableció nuestro Señor Jesucristo cuando, en su oración sacerdotal dijo: No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del mal. Juan 17.15 DHHK Tiene que ver más con el cómo que con el qué de la vida. En efecto, tiene que ver con el cómo vivimos la vida en cada una de las llamadas esferas vitales: como esposos, como padres, como hijos, como trabajadores y estudiantes, como ciudadanos, etc. La vida cristiana se distingue no por lo que hacemos, sino por el cómo lo hacemos. La diferencia la establece, de entrada, la manera en que se cumple en nosotros una doble dinámica: la del llamamiento y la vocación.

La Biblia nos enseña que el cristiano, el discípulo de Cristo, ha sido llamado con llamamiento santo. 1 Timoteo 1.9 LBLA La cualidad de santo tiene que ver con quién hace el llamamiento: Dios, mismo. Además, tiene que ver con el hecho de que en tal llamamiento hay un propósito y hay gracia. Tal propósito no es otra cosa sino el deseo de Dios, mismo que ha de cumplirse en nosotros y con nuestra colaboración. Desde luego, el creyente participa de tal deseo de Dios, cuando es animado por el mismo Espíritu del Señor. En la salvación hay una incorporación, no sólo a la Iglesia, sino, sobre todo, al sentir de Dios. A esto se refiere nuestro Señor cuando pide: como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Juan 17.21 DHHK

Por otro lado, el Apóstol Pablo, en Efesios 4.1, hace una especial convocatoria: os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados. Añade al hecho del llamamiento santo, la cuestión de la vocación. En principio parecería que nos encontramos ante una redundancia. Llamamiento y vocación serían sinónimos; sin embargo, podemos distinguir un matiz en ambos. Primero, el llamamiento se origina en Dios, como hemos visto y es, por lo tanto, un estímulo externo que apela a la persona. La vocación sigue siendo un llamado, pero actúa desde el corazón del creyente, quien ante el impacto de la gracia recibida se asume y siente motivado a responder al llamado que Dios le hace. En el binomio llamamiento-vocación, hay una doble fuerza de atracción y empuje para cumplir con el propósito divino en y para nosotros.

Esta doble fuerza se manifiesta y pone a prueba el todo de nuestro quehacer cotidiano. De acuerdo con Romanos 8, la calidad de vida está determinada por el espíritu que anima a las personas. Estas pueden ser animadas por la carne, o ser animadas por el Espíritu. Ser animados por la carne no significa, necesariamente, tener la intención de hacer cosas malas. Tiene que ver, sobre todo, con el hecho de que la razón para la vida es la satisfacción prioritaria del interés personal, vivir para uno mismo. En tal caso, la persona, lo suyo, se convierte en origen y propósito de su quehacer todo. Este egoísmo, [el] inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás, afecta el todo de nuestra vida, lo familiar, lo laboral, lo social, etc. Desde luego, también afecta el cómo de nuestra relación y servicio a Dios. En todo la pauta es la misma, nosotros primero, los demás, después.

Ser animados por el Espíritu de Dios no significa desatendernos a nosotros mismos. Por el contrario, nos obliga a prestar a lo nuestro la atención debida. Dios quiere fortalecer la obra de nuestras manos: nuestra persona, nuestra familia, nuestra ocupación, etc. Dios tiene para nosotros propósitos de bien, porque sólo en la medida que haya un equilibrio en nosotros, en la medida que seamos fuertes y estemos firmes, podremos servir mejor al propósito divino. Por ello, con honrosas excepciones, tales como quienes somos llamados al ministerio pastoral, Dios no saca a las personas de su dinámica diaria. No provoca el rompimiento familiar, ni el abandono laboral o escolar, ni la marginación social de los suyos. Por el contrario, Dios quiere que cada quien siga viviendo su propia vida, que cumpla sus sueños y alcance sus metas. Sí, pero que lo haga de una manera diferente.

¿En qué consiste tal diferencia?, podemos preguntarnos. Primero, se trata de que en todo lo que hacemos tengamos conciencia de que somos llamados, escogidos y fieles. Es decir, se requiere, hemos dicho, de asumirnos a nosotros mismos como diferentes. No basta con que nuestro hacer sea diferente, es indispensable que reconozcamos y nos ocupemos de ser diferentes. Pedro nos llama extranjeros y residentes temporales. 1 Pedro 2.11 En razón de tal cualidad, debemos, dice, abstenernos de los deseos pecaminosos que combaten contra la vida. De tal suerte, el primer elemento que marca la diferencia es que nuestro quehacer vital es santo: tanto porque es limpio, puro, por cuanto está consagrado para glorificar a Dios. Tratamos al esposo de manera limpia, porque queremos glorificar a Dios en nuestra relación matrimonial. Trabajamos honesta y comprometidamente, sin corrupción alguna, porque queremos que Dios sea glorificado y conocido por nuestro trabajo.

El segundo elemento diferenciador consiste en asumir como propias las prioridades divinas. Todo lo que hacemos, todo, tiene como propósito reconciliar a los hombres con Dios. El Señor nos ha llamado a ello y su llamamiento es irrevocable. Romanos 11.29 De ahí que toca a nosotros mantenernos firmes en el cultivo de nuestra vocación, es decir del impulso interior que nos lleva a responder al llamamiento divino. Esto, que empieza por la conciencia de nuestro ser diferentes, se traduce en que debamos asumir cuestiones tales como el éxito en la vida, la felicidad, la trascendencia, etc., de manera diferente. Debemos hacerlo a la luz de la eternidad. De ahí la importancia que tiene la exhortación que hace nuestro Señor:  No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Más bien amontonen riquezas en el cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan a perder ni los ladrones entran a robar. Pues donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón. Mateo 6.19-21

Con tristeza vemos como muchos, en el afán de ganar su propia vida, la van perdiendo. Teniendo más, cada día tienen menos. Haciendo más, cada día cosechan menos bueno. Conviene que animemos nuestra vocación, para así responder a nuestro llamado, tomando cotidianamente la advertencia-exhortación hecha por Jesucristo: Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? Marcos 8.35-36

A esto los animo, a esto los convoco

Dios los ha llamado y escogido

3 noviembre, 2019

2Pedro 1.10 DHHD; Eclesiástico 11.21 BDO1573

1572719896915~2Los cristianos somos diferentes. Sí, diferentes de quienes no honran al Dios de Jesucristo. La razón para ello es que los cristianos somos llamados, tenemos vocación[i]. Hemos recibido un llamado, somos inspirados de parte de Dios, para llevar una forma particular de vida, religados a Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Es decir, hemos sido llamados a vivir permaneciendo fuertemente atados a Dios, y para él.

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Vivan una vida digna de su llamado

2 junio, 2019

2Pedro 1.10 NTV[i]; 2 Tesalonicenses 1.11[ii]

iCP Retos a la fe 2019 2Somos diferentes porque somos llamados. Llamados a salvación y llamados a servir. Ello implica que nuestro llamamiento da sentido y propósito a nuestra vida. Le da sentido porque le da razón de ser, esta es la que explica el por qué existimos. Nuestra razón de ser es Dios, existimos para que él sea glorificado en nosotros. Isaías 43.7; Romanos 14.7,8  Es decir, para que seamos instrumentos y colaboradores de su propósito eterno: la salvación de la humanidad. Nuestro llamamiento establece el propósito, es decir, la finalidad personal y comunitaria de los creyentes. Se trata de la tarea particular que se les llama a realizar con el fin de colaborar para hacer posible el propósito divino. De esta manera, nuestro llamamiento afecta de manera integral el todo de nuestra vida en cada una de sus esferas: personal, familiar, vocacional, laboral, etc.

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Propuso en su corazón no contaminarse

29 octubre, 2017

Daniel 1.6-17

De tanto en tanto la predicación parece una cuestión ridícula, una locura, un sinsentido. 1 Corintios 1.21, 22 Para algunos así puede parecer nuestra aseveración de que los creyentes somos diferentes porque hemos sido llamados individual y personalmente para vivir en comunión con Dios y con su iglesia. Mayor tontería puede parecer el que ahora digamos que no solo somos diferentes, sino que también somos privilegiados.  Es decir, que gozamos de características y cualidades que nos hacen excepcionales, lo que nos permite destacar entre quienes no gozan de la gracia de Dios. A los filipenses (2.15), el Apóstol les recuerda que deben vivir de acuerdo con su llamamiento pues, les dice: Entre ellos brillan ustedes como estrellas en el mundo.

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Identidad en Cristo, clave del sentido de la vida

10 enero, 2016

Efesios 2.10

Volvemos a uno de los pasajes más reveladores del sentir de Dios acerca de nosotros. Desde el contraste de su perfección Dios no nos menosprecia, nos considera su obra maestra, según el testimonio de Pablo. Es esta una declaración sólo comprensible a la luz de la gracia divina, pues se refiere a la obra salvífica de Dios en Cristo. Dios nos ha rehecho, nos ha vuelto a crear. En Cristo y por él hemos dejado de ser y hacer lo que éramos antes de ser redimidos por su sangre preciosa.

Pablo destaca que la característica principal de nuestro antes de Cristo es que seguíamos los deseos de nuestras pasiones y la inclinación de nuestra naturaleza pecaminosa. Aquí Apóstol explica lo que significa vivir animados por la inercia, esa resistencia que oponen los cuerpos a cambiar el estado o la dirección de su movimiento. De un plumazo, Pablo revela la incapacidad de que padecíamos antes de Cristo para sobreponernos a las presiones internas y externas que nos mantenía esclavos de nuestros temores, deseos desordenados y heridas. Sin Cristo, asegura el Apóstol, estábamos muertos por causa de nuestros pecados. Es decir, viviendo sin vivir, sepultados en vida, incapaces de ser los que Dios creó a su imagen y semejanza. Vivíamos llevados por la inercia de nuestros sentidos y nuestros deseos desordenados.

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