Romanos 11.29
Todos los creyentes llevamos en nosotros la convicción del llamamiento recibido. Sabemos que, cuando conocimos al Señor, vino a nosotros un deseo, la necesidad, de hacer algo que nunca se nos habría ocurrido. Nos vimos a nosotros mismos sirviendo de una manera especial: predicando, misionando, consolando, ayudando, etc., a otros. Era como un fuego interior que nos consumía, queríamos hacer lo que, sabíamos, era el llamado de Dios a participar en su obra. Tales sueños tienen su razón de ser. De acuerdo con la Biblia, quienes hemos nacido de nuevo estamos reconciliados con Dios. Romanos 5.1 Ello significa que estamos en comunión, en sintonía, con él y por lo tanto el deseo de su corazón y la obra que él realiza se vuelven nuestro deseo y nuestra tarea.
Una de las experiencias vitales más complejas es cuando tenemos que enfrentarnos con el hecho de que personas a las que amamos, y que nos aman, dicen cosas falsas en nuestra contra. Cuando nos levantan falso testimonio. Desde luego, las emociones dominantes parecen ser la molestia, el coraje y los deseos de revancha. Pero, creo que, en realidad, las emociones más fuertes que experimentamos cuando somos difamados son la decepción, la sensación de impotencia y, desde luego, la confusión que resulta del no poder entender el porqué de tales conductas.
Alguna vez hemos asegurado que si podemos contar los días es porque estos son pocos. Pero, ¿será cierto? Según dicen, Einstein propuso que el tiempo es relativo porque no se cuenta con algo contra lo que se le pueda medir. De ser esto cierto, ¿la cuenta numérica tiene algún sentido? Al contar los días, ¿qué nos dice sin pocos o muchos?
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