Archive for the ‘Compromiso’ category

Virtud: Excelencia, Valor-Bravura

12 noviembre, 2011

2 Pedro 1.3-11

Construir sin cimientos lleva a la ruina. Pero, construir solo los cimientos no hace la casa, y la inversión inicial termina convirtiéndose en pérdida total. En asuntos de la fe sucede algo similar. Quien construye su fe en meras experiencias, sentimientos o emociones, corre el riesgo de terminar confundido, defraudado y en fracaso. Quien solo llega al nivel inicial del caminar cristiano, la fe, pronto encontrará que la misma no es suficiente, ni tiene sentido a menos que se siga adelante en el conocimiento y servicio de Cristo.

Para Pedro no es suficiente con tener fe. A esta hay que agregarle otros valores. El primero de ellos es la virtud. Es este un término interesante. Su primer significado es “[el] estado de una cosa que constituye su excelencia propia y la capacidad para realizar bien su función”. Los Padres de la Iglesia, sucesores del liderazgo apostólico, consideraron como virtudes cardinales las siguientes cuatro: prudencia (sabiduría), fortaleza, templanza y justicia. Dado que según el diccionario virtud es también la potestad de obrar, entendemos que los creyentes hemos sido capacitados para actuar con excelencia en el cultivo de tales virtudes.

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Poniendo toda Diligencia

6 noviembre, 2011

2 Pedro 1.3-11

Poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.

San Pedro

La vida del creyente es, dice el escritor bíblico, como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto. Proverbios 4.18 San Pablo, por su lado, nos invita a olvidar lo que queda atrás y proseguir al blanco de nuestra soberana vocación, Cristo. Filipenses 3.13 Por ello resulta tan importante el dicho de nuestro Señor Jesús, en el sentido de que los creyentes sin fruto se secan, son cortados y echados al fuego, donde arden. Juan 15.6

Tales aseveraciones hacen claro el hecho de que los cristianos somos llamados a crecer, progresar y alcanzar, día a día, niveles más altos de conocimiento, amor y servicio. Es en este contexto que iniciamos el estudio de la exhortación de San Pedro para que, poniendo toda diligencia, nos esforcemos por añadir virtud sobre virtud a nuestra vida toda.

Nuestro punto de partida es el hecho incontrovertible de que los creyentes somos llamados a vivir una vida nueva. Nueva en su calidad, en su propósito y en su sentido. Quienes hemos renacido en Cristo somos, dice la Escritura, nueva creación. 2 Corintios 5.17 Siendo nosotros mismos diferentes a lo que éramos antes de Cristo, no resulta válido el que nuestra vida nueva sea una mera extensión de nuestra pasada manera de vivir.

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Sabiduría y Ciencia, Dones Trascendentes

25 septiembre, 2011

1Corintios 12.1-11

Como hemos dicho, los dones espirituales tienen una triple función: preventiva, capacitadora y correctiva. Consecuentemente, la relevancia de tales dones está determinada por el cómo contribuyen al bien de la Iglesia en cada una de dichas funciones.

Quizá el orden en que aparecen en las listas paulinas los diferentes dones espirituales sea un indicador de los que podemos considerar como los dones espirituales trascendentes. Es decir, los que son útiles tanto en la prevención de situaciones nocivas, la capacitación para la tarea integral de la Iglesia, así como la corrección de los errores y, sobre todo, las desviaciones en la enseñanza (doctrina), de Cristo. En la que sería la lista más elaborada, la de 1Co 12, el Apóstol empieza refiriéndose a la palabra de sabiduría, seguida de la palabra de ciencia.

Aunque algunos estudiosos pretenden que se trata de sinónimos, sabiduría y ciencia, son dos dones espirituales diferentes, aunque complementarios el uno del otro. Para Clemente de Alejandría, citado por William Barclay, la palabra de sabiduría es el conocimiento de las cosas humanas y divinas y de sus causas. Barclay propone que la palabra de ciencia, consiste en el conocimiento práctico que sabe cómo actuar en cada situación. Conviene considerar la conclusión que el mismo autor hace respecto de la interrelación existente entre ambos dones:

Las dos cosas son necesarias. La sabiduría que conoce por su comunión con Dios las cosas profundas acerca de él, y la ciencia que, en la vida y trabajo diario del mundo y de la Iglesia, puede poner en práctica esa sabiduría. (Barclay, W. 1973)

Así que se trata del conocimiento profundo de Dios: su carácter, su propósito y el cómo de su voluntad, llevado a la práctica en el aquí y ahora de la Iglesia. Conviene parafrasear al filósofo español José Ortega y Gasset y recordar que la Iglesia es ella y sus circunstancias. Ello porque la Iglesia es llamada a mantener su identidad y su fidelidad a Cristo bajo la presión que sus circunstancias (accidentes de tiempo, lugar, modo, etc., que está unido a la sustancia de algún hecho o dicho.), le ocasionan.

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En Cuestión de los Dones Espirituales, Pongamos la Vida

18 septiembre, 2011

Colosenses 3.23

Antes de que entremos en la consideración particular del qué son y para qué sirven cada uno de los dones espirituales, conviene que recuperemos esta reflexión. La misma nos ayuda a comprender la intensidad debida en el ejercicio de los dones y la importancia del servicio a Dios que se expresa, siempre, a partir de nuestro servicio a los demás.

En la declaración paulina que sirve como sustento de nuestra reflexión, la palabra pas, “significa radicalmente todo”. Es decir, da a las palabras del Apóstol una carga totalitaria, por lo que no hay nada del pensar, hablar y quehacer del creyente que quede fuera de la admonición: [todo] háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.

La expresión háganlo de corazón puede ser traducida como: poniendo la vida en lo que hacen; y el llamado como para el Señor, añade la que podemos considerar como la dimensión del Reino; pues, de acuerdo con nuestro Señor Jesús, lo que hacemos con nuestros semejantes lo hacemos, en realidad, para él. Mt 25

Así, pues, Pongan la vida en todo lo que hacen porque, en realidad, todo lo hacen para el Señor; sería una traducción que hiciera más lógica la conclusión del vs 25: Porque ustedes sirven a Cristo, que es su verdadero Señor.

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Miembros los Unos de los Otros

25 julio, 2011

Romanos 12

Siempre conviene, cuando se empieza algo, saber cuál es el propósito que se persigue, en sentido figurado, el lugar a donde se pretende llegar. En el camino de Dios la razón que anima todos nuestros esfuerzos es, siempre, una sola: glorificar a Dios con nuestra vida. Ro 11:36; 1 Co 10:31; Sal 73:25,26 Lo que somos y hacemos como personas, como familia, como iglesia y como miembros de nuestra sociedad, alaba u deshonra a Dios. Así, en realidad cada nueva etapa, cada nuevo esfuerzo o manera de hacer las cosas forman parte de una sola tarea, de un solo propósito: llevar el fruto abundante y permanente con el cual Dios es glorificado. Jn 15.8

Nuestro pasaje es un llamado a la renovación constante. También se ocupa de un hecho fundamental para la vida cristiana: los cristianos somos parte de un todo mayor y más importante que cada uno de nosotros individualmente. Somos el cuerpo de Cristo, somos la Iglesia. Asumirnos “miembros los unos de los otros”, es el primer paso, el cimiento, de nuestra ofrenda a Dios. Pablo se refiere a nuestro “culto racional”. Es esta una expresión importante puesto que Pablo nos exhorta a ser nosotros mismos la ofrenda que entregamos al Señor. No nuestro dinero, no nuestras alabanzas, no nuestros dones, sino nosotros mismos es la ofrenda que Dios espera y quiere recibir.

¿Cómo podemos ofrendarnos a nosotros mismos? ¿Cómo podemos llevar el fruto que honra a Dios? Alguna vez nuestro Señor Jesucristo se refirió al misterio de la fructificación. Aseguró que “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”. Jn 12.24 Dado que se refería a sí mismo y nosotros somos sus discípulos, sus seguidores, encontramos en tal declaración el misterio de la fructificación: necesitamos morir, disolvernos en el cuerpo de Cristo para poder, unidos a nuestros hermanos en la fe, llevar el fruto que se nos demanda.

Pablo entiende bien esto y por ello nos exhorta a reconocernos “miembros los unos de los otros”. Es decir, a reconocer que “cada miembro está unido a todos los demás”. Esto implica que ninguno de nosotros está completo en sí mismo; por lo tanto que nadie es  sin la participación del otro y que, en consecuencia, nadie puede hacer lo que se le encomienda si no es en colaboración con sus hermanos en la fe y compañeros de camino. Nos necesitamos unos a los otros y solo estamos completos, es decir, cumplimos el propósito divino para cada quien en lo individual y como cuerpo de Cristo, cuando estamos en comunión proactiva unos con otros.

El don de la comunión que Dios nos ha dado en Jesucristo es una obra de gracia, pero también requiere de nuestro esfuerzo y trabajo duro. No se trata, sin embargo, de hacer cosas para fortalecer nuestra comunión. Más bien, se trata de desaprender lo que hemos aprendido acerca de nosotros y de los demás, dado que uno de los principales obstáculos que enfrenta el cuerpo de Cristo, la Iglesia, son los prejuicios. Es decir, las opiniones generalmente desfavorables del otro, que se basan en un conocimiento parcial de él y sus circunstancias.

Para contrarrestar el poder de los prejuicios, el Apóstol nos invita a empezar con la renovación de nuestro entendimiento. Es decir, nos convoca a que cambiemos nuestra manera de pensar acerca de nosotros mismos (no empezamos pensando de manera diferente acerca de los demás). Dice Pablo que “no debemos tener de nosotros más alto concepto que el que debemos tener… que debemos pensar de nosotros mismos con cordura”. Una traducción afortunada de este término es “moderación”. Es decir, evitando el exceso.

Hay quienes se sienten la encarnación de la gracia divina. Otros, por el contrario, se sienten menospreciados por los demás. Ni una, ni otra cosa. Se trata de vernos a nosotros mismos con los ojos de la fe en Cristo. Y esta fe nos enseña que lo que somos y tenemos es pura gracia. Que en Cristo hemos sido justificados, que Cristo quita lo que está de más y añade lo que hace falta. Es decir, que nos iguala, nos equipara. Por eso es que podemos estar en comunión, porque somos de la misma calidad, somos hijos de Dios y hermanos en la fe.

En cada nueva etapa de nuestra vida cristiana somos llamados a honrar a Dios, hemos dicho. Les animo a que lo honremos asumiéndonos miembros los unos de los otros. A ver y considerar a nuestros compañeros de camino como a nosotros mismos. A que vivamos en plenitud la bendición recibida por nuestra salvación pues a nosotros, que en otro tiempo estábamos lejos, ahora Dios nos ha acercado “mediante la sangre de Cristo”. Ef 2.13

Nadie, ni Nada, Primero

10 julio, 2011

Lucas 9.57-62

El nuestro es un pasaje interesante, es un pasaje incómodo. Acostumbrados a pensar en Jesús como una persona bonachona, comprensiva, condescendiente, etc., sorprende escuchar en sus labios demandas tan tajantes y tan, en apariencia, intolerantes. ¿Qué para Jesús la familia no es importante? ¿Qué Jesús no se da cuenta, o no le afectan, los asuntos importantes de la vida? ¿Qué se cree Jesús cuando exige que sus asuntos sean más importantes que los de quienes le hacen el favor de seguirlo?

El hecho es que Jesús, Dios mismo, no nos pide nada que no resulte congruente con lo que él ha hecho por nosotros. A veces olvidamos lo que el Señor ya ha hecho, cuando sólo nos enfocamos en lo que necesitamos o deseamos que él haga en y por nosotros. Pero, lo que Dios ha hecho por amor a nosotros es lo más valioso, y lo más costoso, que nadie pueda hacer en nuestro favor. Juan nos lo recuerda de una forma hermosa y contundente: … Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna.

Lo que el Señor ya ha hecho por nosotros, el costo y la importancia eterna de ello, es suficiente sustento para cualquier exigencia que él haga de nosotros. Sobre todo, porque la obra redentora no es un evento atado al pasado, sino un proceso que se renueva día en día y que sólo se consumará en la eternidad misma. Ello implica que Dios sigue haciendo en nuestro favor aquello que contribuye a nuestra salvación y a nuestro crecimiento. Dios sigue ocupado en la tarea de facilitar el que tanto en lo individual como corporativamente, todos lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios, y alcancemos la edad adulta, que corresponde a la plena madurez de Cristo. Efesios 4.13

Ahora bien, el estudio de nuestro pasaje revela los dos extremos del llamado y compromiso cristiano. Primero, ante el espontáneo ofrecimiento de alguno, nuestro Señor tiene el cuidado y la decencia de prevenirle respecto de los costos del discipulado cristiano. El Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza, le advierte. Ello no sólo hace referencia a la precariedad económica, sino al riesgo que resulta del ser llevados por el viento [que] sopla por donde quiere, y aunque oyes su ruido no sabes de dónde viene ni a donde va. Así son también todos los que nacen del Espíritu. Juan 3.8 En el otro extremo, nuestro Señor advierte que quien ha asumido los costos y aún así se ha determinado a seguirlo, debe cumplir y completar la tarea recibida. De otra manera, su vida y su seguimiento resultarán en un fracaso. La TLAD traduce el no es apto (RVA), no sirve (DHH), del versículo 62, de esta manera: Al que se pone a arar el terreno y vuelve la vista atrás, los surcos le salen torcidos.

El centro de la enseñanza tiene que ver con el que nadie, ni nada, sea primero que nuestra fidelidad, nuestro seguimiento y nuestro servicio a Cristo. Desde luego, seguir a Cristo es ser uno con él. Tal el significado y la trascendencia del bautismo en agua. Pero esto, que empieza siendo una experiencia interna, se hace evidente en lo público, en el cómo de nuestras relaciones con la Iglesia y con los que no han sido redimidos.

El servicio cristiano empieza en la Iglesia. Es en la participación de la vida de la misma que inicia el principio de preferir a Cristo por cualquier otra persona o cosa. Preferir a Cristo es preferir a la Iglesia porque esta es el cuerpo del Señor. Ello implica, por lo tanto, la necesidad de dar una atención prioritaria a la vida de la comunidad de fe que es la iglesia particular, la congregación, en la que el Señor nos ha llamado a servir. Asistencia fiel, participación comprometida, servicio mutuo, serían los indicadores de nuestra fidelidad a Cristo en relación con nuestra forma de ser Iglesia.

El servicio cristiano se perfecciona en la evangelización. La Iglesia ha sido llamada a servir a los enfermos, a llamar a los pecadores al arrepentimiento. Lucas 5.31,32 La tarea de la redención humana es la tarea principal y prioritaria de Dios. Nada le resulta más importante que el que los hombres sean salvos. Por ello, es que Dios el Padre estuvo dispuesto a ofrecer a su propio Hijo en la cruz del Calvario. No resulta extraño, por lo tanto, que quien ha pagado tan alto precio, no sólo el que representa la pérdida, sino el de la entrega voluntaria del don más preciado –su Hijo-, pida que nosotros actuemos en consecuencia.

Aquí conviene tomar en cuenta que los problemas no son, necesariamente, conflictos. Que los problemas escalan al nivel de conflictos como resultado de nuestra percepción. Para los hombres de nuestro pasaje, la muerte y la atención de los familiares se convirtieron en un conflicto porque no supieron dimensionarlos ante el llamado de Jesús.

No es que no fueran importantes, pero eran menos importantes que seguir a Cristo. Además, enterrar a nuestros muertos y atender a nuestros familiares puede ser el espacio de oportunidad donde el diablo nos atrapa, impidiendo así que cumplamos con la tarea superior que se nos ha encargado. Desde luego, esto nos lleva al conflicto. ¿Cómo podemos abandonar a nuestros familiares? ¿Cómo podemos desentendernos de aquello que nos resulta tan importante?

La respuesta tiene que ver con la fe, con lo que sabemos y lo que creemos de Dios. Entre lo mucho que podríamos destacar al respecto, sólo nos ocuparemos de una promesa bíblica: Pero el Señor es fiel, y él los mantendrá a ustedes firmes y los protegerá del mal. 2 Tesalonicenses. 3.3 Quienes seguimos al Señor a pesar de todo, poniéndonos en situación de riesgo, pronto comprobamos la fidelidad divina. Vemos cómo Dios toma el control de todo aquello que nos preocupa, lo resuelve de acuerdo a su voluntad y nos sostiene y fortalece en medio de la prueba.

Concluyo recordando, y animando a que sigamos su ejemplo, a los jóvenes judíos quienes ante el riesgo de ser asesinados por quien les exigía privilegiar sus vidas por sobre sus convicciones, respondieron: Nuestro Dios, a quien adoramos, puede librarnos de las llamas del horno y de todo el mal que Su Majestad quiere hacernos, y nos librará. Pero, aun si no lo hiciera, sepa bien Su Majestad que no adoraremos a sus dioses ni nos arrodillaremos ante la estatua de oro. Daniel 3.17,18 Sólo cuando vayamos más allá de lo que ahora nos ocupa y preocupa, descubriremos el poder de Dios. Sólo cuando estemos dispuestos a poner nuestros pies en el agua, corriendo los riesgos que ello implique, estaremos en condiciones de que nuestros surcos sean rectos y podremos así cumplir la tarea que se nos ha encomendado.

Hablemos del compromiso con la familia

29 enero, 2011

La importancia del compromiso con la familia

Cuando Dios llegó a la conclusión de que no era bueno que Adán estuviese solo, hizo evidente el papel fundamental de los miembros de la familia. Estos tienen la tarea de completarse mutuamente; es decir, de contribuir cada uno para que el otro (los otros), sea una persona plena, completamente ella. En este sentido, el compromiso de cada uno con su familia parte de un principio de complementariedad mutua. Es decir, los miembros de la familia están obligados a favorecer que sus familiares se constituyan en individuos plenos; unidos sí por el vínculo familiar, pero otros, diferentes y autónomos respecto del resto de la familia.

Definición y propósito del compromiso con la familia

Podemos definir, entonces, el compromiso con la familia como la contribución que se hace para que cada miembro de la misma pueda, en primer lugar, cumplir con el rol que le corresponde en su sistema familiar. Así como la contribución para que cada miembro de la familia pueda desarrollar su propio proyecto de vida y cuente con los recursos necesarios para instrumentarlo. De tal suerte, la obligación de cada uno de sus integrantes con el resto de la familia tiene un propósito facilitador y apoderante: cada uno facilita que el otro sea y haga lo que le es propio y conveniente. No sólo no se impide o nulifica el proyecto de su familiar, sino que se contribuye al cumplimiento del mismo.

El cómo del compromiso con la familia

Resulta interesante que el compromiso familiar resulta y se fortalece en la medida que cada miembro de la familia está obligado consigo mismo. Sólo puede facilitar y empoderar a su familiar, aquel que está en equilibrio consigo mismo, se respeta a sí mismo y está desarrollando su proyecto de vida personal. La razón es simple, quien carece de identidad propia se ve en la necesidad de sumarse a proyectos ajenos, o a hacer de los otros su proyecto personal. Por lo tanto, lejos estará de este tipo de personas el facilitar que sus familiares sean y hagan lo que les es propio y conveniente. Mientras más sean ellos mismos ellos, más se hará evidente la falta de identidad de quien carece de un proyecto propio. Por lo tanto, procurará, conciente e inconcientemente, boicotear a los suyos (ya procurando mimetizarse con ellos o ya luchando en contra suya).

Los recursos del compromiso con la familia

La persona comprometida consigo misma puede, sin temor ni recelo alguno, procurar entender y conocer mejor a cada uno de los miembros de su familia. Predispuesto a favor de la otredad de cada uno de los miembros de su familia, procurará discernir el quién y el qué de cada uno. Para ello, su primer recurso es la oración. Desde luego, la oración que intercede a favor del otro, pero también la oración que busca el conocerlo y comprenderlo. ¿Quién es mi esposa, quién es mi hijo, quién es mi hermano?, etc., son las preguntas que dan sentido a tal oración. El llamado del Señor Jesús a no juzgar por las apariencias, adquiere aquí una especial relevancia. La cercanía no significa, necesariamente, conocimiento suficiente. Es más, a veces la cercanía cotidiana se convierte en el principal obstáculo para conocer realmente a nuestros familiares. Nuestra experiencia personal con ellos perfila, ajusta, la opinión que tenemos de ellos. Los vemos al través del filtro de nuestra propia opinión, de lo que a nosotros nos parece, de la apariencia que nosotros mismos hemos construido. De ahí la necesidad de, para juzgar acertadamente al otro, orar buscando la sabiduría divina que trasciende nuestro aquí y ahora. No resulta desproporcionado ni absurdo pedirle a Dios que nos ayude a ver a nuestros familiares como él mismo los ve.

Sólo entonces podremos saber qué es lo que tenemos que hacer y qué lo que tenemos que dejar de hacer a favor de nuestros familiares. Es nuestra ignorancia lo que nos lleva a establecer modelos de relación familiar sinceros, pero equivocados. De la ignorancia de nuestra propia identidad, así como del ignorar la identidad particular de los otros, surge el temor como la fuente de nuestra relación. Por temor tendemos a controlar y, por temor también, renunciamos a la obligación que tenemos de facilitar y empoderar al otro para que sea quien es y cumpla la tarea que le es propia. Pero, cuando comprendemos, y aceptamos, la identidad y tarea del otro, podemos sin temor y en esperanza contribuir a su realización personal.

En cierto sentido somos responsables del otro. La relación familiar tiene el poder de hacer fructificar a sus miembros o de acabar con sus ilusiones y posibilidades de vida. Al asumirnos responsables del otro, estamos dispuestos a velar por su bienestar y aun a entregar de lo nuestro con tal de que ellos puedan crecer. En un entorno familiar sano, las mermas que se sufren en favor del otro hacen las veces la poda, por que, lejos de representar una pérdida definitiva, simplemente nos dan la oportunidad de ser más, de poder más y de tener más.

Los mínimos y máximos del compromiso con la familia

¿Hasta dónde llega nuestro compromiso? ¿Hasta dónde estamos obligados con nuestros familiares? ¿Cuándo es suficiente, cuando es poco? Son estas preguntas complejas que más que con recetas, se responden con un principio. La cantidad, el costo y el límite de nuestro quehacer están determinados por la medida en que contribuyen a la realización integral del otro. En lo que hacemos y damos, debemos tener presente el equilibrio integral de la persona: Su espíritu, su mente y su cuerpo. Hay que hacer y dar todo lo que contribuya a tal equilibrio. Cualquier cosa que hagamos o demos que ponga en riesgo tal equilibrio, es un exceso. También, todo lo que dejamos de hacer o lo que dejamos de dar y que afecta la integridad de nuestros familiares, resulta en un exceso, en una agresión. No dar al que necesita, es igualmente irresponsable que dar al otro lo que realmente no le hace bien.

Pero, también damos y hacemos en función de nuestro equilibrio personal. Como en el caso de los otros miembros de la familia, el punto de nuestro equilibrio personal se modifica por nuestras circunstancias, tanto las naturales como las excepcionales. Por lo tanto, nuestro aporte a los demás miembros de la familia cambia en forma y grado, dependiendo de nuestras circunstancias y de las de ellos. Sin embargo, independientemente de las circunstancias, persiste el principio de complementariedad mutua. Cada quien, de acuerdo con lo que tiene, a cada cual, de acuerdo con lo que realmente necesite.

El compromiso con la familia nunca acaba

La obligación que tenemos para con nuestra familia nunca acaba. Ni siquiera acaba con la muerta, mucho menos termina cuando la familia se divide, ya sea porque los padres se separan o porque alguno de sus miembros se aleja física y/o afectivamente del resto de la familia. Es más, ni siquiera el desamor nos libera del compromiso familiar.

Cuando los miembros de la familia se alejan entre sí, se separan, o de plano se mueren, el compromiso mutuo persiste aunque adquiera otras formas y grados. Obviamente los muertos ya no pueden hacer nada por sus familias. Pero, el compromiso con la familia incluye el vivir de tal forma que cuando la muerte llegue, nuestra herencia sea de bendición y no de maldición.

En el caso de quienes se separan y de las parejas que se divorcian; si bien el cómo y la forma de la relación cambian, esta no termina. Las relaciones no terminan, simplemente se modifican. Persiste, entonces, el principio de complementariedad mutua. Tomemos el caso del hijo que permanece al lado del padre o de la madre, cuando la separación o el divorcio se han dado, también sigue siendo hijo de quien se fue. De ahí la necesidad del respeto, de la caridad y del desarrollo de relaciones funcionales con el ex, para así contribuir a que siga siendo y haciendo lo que le es propio en función con quienes siguen formando parte de su familia.

En conclusión

El cimiento sobre el que descansa la paz de la familia se compone de una mezcla de caridad mutua y de firme comunión con Dios. Podemos hacer de nuestra familia un espacio del Reino de Dios en el que la justicia, la paz y el amor fraternal sean pan de todos los días y nos ayuden a permanecer juntos y unidos para beneficio de todos y, desde luego, para la honra y la gloria de Dios.