Efesios 6.10-13
Llama mi atención, en nuestro pasaje, que lo que Pablo llama una palabra final siga al largo tratamiento que el Apóstol ha dado al tema de las relaciones familiares. Pudiera tratarse de una mera coincidencia, de una especie de síntesis que destaca la importancia de todos los temas tratados en su carta.
Pero, dada la atención e importancia que Pablo concede al qué y el cómo de las relaciones familiares, pudiera tratarse de una indicación particular respecto de la trascendencia espiritual de dichas relaciones.
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Las personas que escribieron la Biblia no sabían que lo estaban haciendo. Mucho menos pudieron imaginarse que, a miles de años, los estaríamos leyendo. Muchos de ellos escribieron para sí mismos, registrando sus pensamientos, sus emociones, sus derrotas y sus anhelos. Ello nos permite, primero, apreciar la sinceridad de sus sentimientos. Además, nos permite apreciar la fortaleza de sus convicciones, ya que el dejar constancia de estas no responde a un propósito proselitista pues, al no saber que los leeríamos, no tuvieron razón alguna para tratar de convencer a nadie.
Nuestro Señor Jesús le dijo a Nicodemo que los que nacen del Espíritu son como el viento, ignoras de dónde viene y a dónde va. Es decir, son animados por Dios siempre a lo nuevo, a lo diferente, más aún, a lo mejor. Proverbios 4.18 Como hemos visto, ello se debe al hecho de que quien ha nacido de nuevo se encuentra bajo el reino de Dios, bajo su gobierno y, por lo tanto, vive realmente la novedad de vida a la que ha sido llamado.
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