Archivo para marzo 2016

¿No ardía nuestro corazón?

27 marzo, 2016

Lucas 24.25-35 NTV

Hablar de la resurrección provoca una serie de reacciones complejas. La razón para ello es que se parte de prejuicios entendibles a la luz de la ignorancia que padecemos acerca de la vida y de la muerte. Uno de tales prejuicios, quizá el más extendido sería aquel que asegura que nos muertos no resucitan. Se nos dice que científicamente no se ha demostrado que haya vida después de la muerte. Sin embargo, quienes aseguran esto desconocen los miles de casos, que diariamente se dan alrededor del mundo, en los que personas que han caído en paro cardíaco y, por lo tanto, en un estado de término del proceso homeostático, son reanimados -es decir, se vuelve a dar vida al cuerpo-, después que, médicamente, han sido declarados, o asumidos como, muertos. Es decir, al enfatizar la no existencia de vida después de la muerte, están dispuestos a ignorar que, en la práctica, miles son vueltos a la vida, resucitados, diariamente.

La resurrección de Jesús es uno de los elementos torales de la fe cristiana. 1 Corintios 15.12-19 Si Cristo no ha resucitado, entonces toda nuestra predicación es inútil, y la fe de ustedes también es inútil, asegura Pablo. Sin embargo, los prejuicios a los que he hecho referencia dificultan de tal modo nuestro acercamiento, como resurreccionistas vergonzantes, al tema que nos llevan en una de dos direcciones. La primera consiste en un acercamiento superficial, apenas políticamente correcto, en el que simplemente aceptamos la resurrección de Cristo sin ocuparnos de profundizar en lo que la misma representa. Ello explica que, aún quienes no se asumen católicos, siguen enfatizando en ocasión de la Semana Santa, la muerte de Jesús antes que su resurrección.

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¿Padre, líbrame de esta angustia?

20 marzo, 2016

Juan 12.20-27 DHH

Para muchos cristianos, la Semana Santa es la semana más importante del año. No en balde, al través de los siglos muchos se refieren a ella como “la Semana Mayor”. Muchas son las formas en las que la gente procura aprovechar el impacto de la misma. Por ejemplo, no es de extrañar que en la víspera de Semana Santa diversas editoriales saquen al mercado revistas y libros con temas religiosos. Algunas veces esta celebración se ha aprovechado hasta para la realización de actos terroristas en aquellos lugares considerados sagrados por cristianos. En fin, la Semana Santa es una sola y, sin embargo, significa muchas cosas, desde la oportunidad para el recogimiento más íntimo, hasta el disfrute de las más gratificantes vacaciones.

En lo personal, Semana Santa me permite ir al encuentro de Jesucristo el hombre. Sí, sé que Jesucristo es Dios verdadero y verdadero hombre. Que en él habita la plenitud de la divinidad y que es uno solo con el Padre y el Espíritu Santo. Pero, también sé que es plenamente hombre, el hijo de María. Sé, por lo tanto, que Jesús hace evidente que los seres humanos podemos ser fieles… hasta el extremo de la cruz. Es decir, que podemos, por la gracia de Dios en nosotros, servir al Señor de tal manera que él sea glorificado en y por nosotros. Que, al igual que Jesucristo, podemos negarnos a nosotros mismos para que Dios actúe y hable en y al través nuestro.

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Todos ustedes son hijos de Dios

13 marzo, 2016

Gálatas 3.26-28

Jesús prometió que el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad. Juan 3.16 Tal nuestra convicción, tal nuestra confianza. En virtud de ello conviene considerar que la comprensión del qué, del cómo, de cuándo y del adónde, requiere, primero, de la convicción del quién. Cuestión toral, básica de la vida es saber quiénes somos. La conciencia de nuestra identidad, la capacidad para saber quiénes somos, a diferencia de quién hemos aprendido a ser, resulta una cuestión determinante en la comprensión del sentido, el propósito, de nuestra vida y la pertinencia de las relaciones que establecemos y las tareas que realizamos.

Sin embargo, sucede que las dinámicas relacionales en las que participamos desde antes de nuestro nacimiento contribuyen al desarrollo de una conciencia de identidad deformada. Bajo la influencia del pecado, las personas dejan de ser quienes en realidad son y se convierten en caricaturas de sí mismas. Son influenciadas negativamente por quienes tampoco tienen una conciencia sana acerca de su identidad. Se creen así ambientes enfermos, disfuncionales, pecaminosos. En estos, las personas se ven presionadas a ser lo que los demás han determinado y esperan que sean, aun cuando ello vaya en contra de la dignidad propia y contribuya a una espiral perversa en la que cada vez más se aleja uno de su verdadera identidad y vive confundido y desgastándose tratando de ser lo que no es. Romanos 1.21-25

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