Todos ustedes son hijos de Dios

Gálatas 3.26-28

Jesús prometió que el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad. Juan 3.16 Tal nuestra convicción, tal nuestra confianza. En virtud de ello conviene considerar que la comprensión del qué, del cómo, de cuándo y del adónde, requiere, primero, de la convicción del quién. Cuestión toral, básica de la vida es saber quiénes somos. La conciencia de nuestra identidad, la capacidad para saber quiénes somos, a diferencia de quién hemos aprendido a ser, resulta una cuestión determinante en la comprensión del sentido, el propósito, de nuestra vida y la pertinencia de las relaciones que establecemos y las tareas que realizamos.

Sin embargo, sucede que las dinámicas relacionales en las que participamos desde antes de nuestro nacimiento contribuyen al desarrollo de una conciencia de identidad deformada. Bajo la influencia del pecado, las personas dejan de ser quienes en realidad son y se convierten en caricaturas de sí mismas. Son influenciadas negativamente por quienes tampoco tienen una conciencia sana acerca de su identidad. Se creen así ambientes enfermos, disfuncionales, pecaminosos. En estos, las personas se ven presionadas a ser lo que los demás han determinado y esperan que sean, aun cuando ello vaya en contra de la dignidad propia y contribuya a una espiral perversa en la que cada vez más se aleja uno de su verdadera identidad y vive confundido y desgastándose tratando de ser lo que no es. Romanos 1.21-25

De acuerdo con Santiago, las personas en tales circunstancias viven animadas por sus malos deseos. Estos no son, necesariamente, deseos perversos, sucios, inhumanos. Se trata de deseos desordenados animados fundamentalmente por el temor. Santiago 1.14 NTV Quien no sabe quién es, vive dominado por el temor, por el miedo. El temor de no ser plenamente humano, digno y capaz de ser él mismo. También dominado por el temor de no ser apreciado y, consecuentemente, por el temor a sufrir emocionalmente ante la no aceptación y la violencia de quienes le presionan para que sea lo que ellos quieren que sea.

El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo sabe esto y actúa en nuestro favor. Para poder guiarnos y, sobre todo, para que nosotros podamos entender su guianza y seguirlo en la misma, empieza por lo primero. Da testimonio a nuestro espíritu, a nuestra mente, de que somos hijos de Dios. Que aquellos que hemos sido redimidos por Jesucristo, somos hijos de Dios y, por lo tanto, herederos suyos. Nuestra traducción asegura: Y ustedes no han recibido un espíritu que los esclavice al miedo. En cambio, recibieron el Espíritu de Dios cuando él los adoptó como sus propios hijos. Ahora lo llamamos «Abba, Padre». Pues su Espíritu se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios. Romanos 8.15-16

Como sabemos, una de las acepciones de la palabra padre es: origen, principio. Nuestro ser está determinado por nuestro origen, por nuestro principio. Así, si nuestro genus es Dios, luego entonces, nuestra identidad resulta de Dios mismo. A este se refiere el Apóstol cuando asegura que él los adoptó como sus propios hijos. Romanos 8.15 En Jesucristo Dios nos ha regenerado, nos ha hecho de nuevo. Somos nuevas criaturas y todas las cosas que tiene que ver con nosotros son nuevas también. 2 Corintios 5.17 En el sentido de que dada nuestra novedad de vida podemos acercarnos de una manera diferente, empoderada, tanto a lo nuevo de la vida como a las cosas que pertenecen a nuestro pasado. Lo que esto significa es que nuestro pasado deja de tener el poder para determinar nuestro presente, al mismo tiempo que lo que desde lo que somos ahora podemos redimensionar nuestro pasado y las consecuencias del mismo.

Desde luego, resulta difícil, cuando menos complicado, el aceptar esta capacidad y esta oportunidad inherentes a nuestra nueva vida. Por ello es, precisamente, tan necesaria e importante la obra del Espíritu Santo, el cual, asegura Pablo: Pues su Espíritu se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios. Romanos 8.16 Da testimonió a nuestro espíritu, dicen otras versiones. Es decir, nos da pruebas de que, en verdad, somos hijos de Dios.

Que, ¿cómo lo hace? De acuerdo con el contexto se trata de un diálogo de Espíritu a espíritu, mismo que se traduce en una convicción interior. En un pensamiento gobernante. La Biblia describe tal pensamiento gobernante. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús. Filipenses 4.7

Pero, hay más. De acuerdo con nuestro pasaje, como somos sus hijos, tenemos derecho a todo lo bueno que él ha preparado para nosotros. Obviamente, el pasaje no se refiere, primero a cosas, sino a las características que nos distinguen como hijos de Dios. A nuestra condición de seres dignos, merecedores del aprecio y del respeto, de nosotros a nosotros mismos, y del de los demás. A nuestra capacidad para ser co-creadores con Dios de aquello que nos compete. Y, desde luego, al derecho a ejercer responsablemente nuestra condición de seres libres, ínter-dependientes, pero autónomos de los demás.

Somos hijos de Dios. Somos personas dignas, capaces y libres. Podemos, entonces, hacer la vida de manera diferente a como la hemos hecho estando en la esclavitud del pecado. Podemos ser nosotros mismos, trazar nuestros propios objetivos y caminar con quienes los complementan mutuamente, dado que Dios nos ha revelado su voluntad en Cristo. Juan 5.19 Si escuchamos con atención lo que Dios susurra a nuestro espíritu. Si entendemos lo que su Palabra nos revela. Si sabemos discernir los acontecimientos que vivimos. Si hacemos todo esto, creyendo que somos hijos de Dios, podremos, entonces, vivir plenamente la novedad de vida a la que hemos sido llamados en Cristo Jesús. En cada circunstancia de la vida podemos ponernos a Cristo como si nos pusiéramos ropa nueva.  Gálatas 3.27

Y todo ello, por pura gracia. Porque Dios tomó la iniciativa y nos ha dado a su Hijo y con él, la potestad, el poder, el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Juan 1.12 Derecho que, por gracia, es una realidad potenciadora en nuestra vida, puesto que Juan asegura: Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos! Pero la gente de este mundo no reconoce que somos hijos de Dios, porque no lo conocen a él. Queridos amigos, ya somos hijos de Dios, pero él todavía no nos ha mostrado lo que seremos cuando Cristo venga; pero sí sabemos que seremos como él, porque lo veremos tal como él es. Y todos los que tienen esta gran expectativa se mantendrán puros, así como él es puro. 1 Juan 3.1-3

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