Archive for the ‘Hijos de Dios’ category

Dios comprende

24 mayo, 2020

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Salmos 103

1578235539666Uno de los salmos que acompañan frecuentemente el caminar de los creyentes es, precisamente, el Salmo 103. ¿Quién no sabe lo que significa decir desde lo más profundo de su corazón?: Bendice, alma mía a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficiosRVR1960 No cabe duda de que tales palabras forman parte de los diálogos interiores que los cristianos conscientes de la presencia y del quehacer de Dios en su vida, establecen con su propio corazón.

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Por gracia, en él y para él

12 junio, 2016

Juan 15.1-8

Hemos dicho que uno de los peores pecados de la iglesia, si no el peor de ellos, es el reduccionismo que se hace del evangelio y, consecuentemente, de la gracia. La mayor evidencia de tal reduccionismo consiste en nuestro asumir que todo lo de Dios gira alrededor de nosotros, de nuestros intereses y nuestras necesidades. Domesticamos la fe, la hacemos apenas relevante para las cuestiones personales y familiares. En consecuencia, la tarea de la iglesia se vuelve en un mero asistencialismo; es decir, a prestar ayuda a quienes se hayan enredados y sufren las consecuencias de una vida que se agota en sí mismos. La tarea pastoral se deforma y resulta incapaz de preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia. Efesios 4.11

Una de las causas que explican tal perversión del evangelio y de la gracia consiste en el acercamiento meramente intelectual como presupuesto de la fe. Es decir, al conocimiento teórico de Dios mismo, así como de la persona y obra de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo. Huelga decir que, en no pocos casos, tal conocimiento ni siquiera es propio de la persona, no resulta de su propio esfuerzo y raciocinio. Más bien, se nutre del testimonio de otros que, se pretende, conocen más que él.

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Todos ustedes son hijos de Dios

13 marzo, 2016

Gálatas 3.26-28

Jesús prometió que el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad. Juan 3.16 Tal nuestra convicción, tal nuestra confianza. En virtud de ello conviene considerar que la comprensión del qué, del cómo, de cuándo y del adónde, requiere, primero, de la convicción del quién. Cuestión toral, básica de la vida es saber quiénes somos. La conciencia de nuestra identidad, la capacidad para saber quiénes somos, a diferencia de quién hemos aprendido a ser, resulta una cuestión determinante en la comprensión del sentido, el propósito, de nuestra vida y la pertinencia de las relaciones que establecemos y las tareas que realizamos.

Sin embargo, sucede que las dinámicas relacionales en las que participamos desde antes de nuestro nacimiento contribuyen al desarrollo de una conciencia de identidad deformada. Bajo la influencia del pecado, las personas dejan de ser quienes en realidad son y se convierten en caricaturas de sí mismas. Son influenciadas negativamente por quienes tampoco tienen una conciencia sana acerca de su identidad. Se creen así ambientes enfermos, disfuncionales, pecaminosos. En estos, las personas se ven presionadas a ser lo que los demás han determinado y esperan que sean, aun cuando ello vaya en contra de la dignidad propia y contribuya a una espiral perversa en la que cada vez más se aleja uno de su verdadera identidad y vive confundido y desgastándose tratando de ser lo que no es. Romanos 1.21-25

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Te Elegí antes de que Nacieras

3 agosto, 2014

Jeremías 1.1-10; 18,19

Conocí a una muchacha que descubrió que su madre trató de abortarla. Como muchas otras personas en tales circunstancias iba por la vida sintiéndose miserable, poca cosa. Asumió el rechazo inicial de su madre como la constante en su relación con los demás. No sólo se consideraba rechazada por unos y otros, sino que se rechazaba a sí misma.

Cuán diferente posición existencial respecto de aquellos que se saben fruto de la intención amorosa de sus padres. Estos van por la vida sintiéndose seguros y valiosos. Confiados. Se saben elegidos. Es decir, elegidos por Dios desde la eternidad para lograr la gloria. Como Jeremías, a quien Dios le hace saber que lo escogió antes de que naciera para encomendarle una tarea especial, para enviarlo con un propósito, dándole el poder necesario para cumplirlo y para estar con él para cuidarlo.

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