¿No ardía nuestro corazón?

Lucas 24.25-35 NTV

Hablar de la resurrección provoca una serie de reacciones complejas. La razón para ello es que se parte de prejuicios entendibles a la luz de la ignorancia que padecemos acerca de la vida y de la muerte. Uno de tales prejuicios, quizá el más extendido sería aquel que asegura que nos muertos no resucitan. Se nos dice que científicamente no se ha demostrado que haya vida después de la muerte. Sin embargo, quienes aseguran esto desconocen los miles de casos, que diariamente se dan alrededor del mundo, en los que personas que han caído en paro cardíaco y, por lo tanto, en un estado de término del proceso homeostático, son reanimados -es decir, se vuelve a dar vida al cuerpo-, después que, médicamente, han sido declarados, o asumidos como, muertos. Es decir, al enfatizar la no existencia de vida después de la muerte, están dispuestos a ignorar que, en la práctica, miles son vueltos a la vida, resucitados, diariamente.

La resurrección de Jesús es uno de los elementos torales de la fe cristiana. 1 Corintios 15.12-19 Si Cristo no ha resucitado, entonces toda nuestra predicación es inútil, y la fe de ustedes también es inútil, asegura Pablo. Sin embargo, los prejuicios a los que he hecho referencia dificultan de tal modo nuestro acercamiento, como resurreccionistas vergonzantes, al tema que nos llevan en una de dos direcciones. La primera consiste en un acercamiento superficial, apenas políticamente correcto, en el que simplemente aceptamos la resurrección de Cristo sin ocuparnos de profundizar en lo que la misma representa. Ello explica que, aún quienes no se asumen católicos, siguen enfatizando en ocasión de la Semana Santa, la muerte de Jesús antes que su resurrección.

Por el otro lado, aunque en menor número, están aquellos que se han propuesto descubrir evidencias históricas, legales y científicas que sustenten la enseñanza de la resurrección de Jesús. Josh McDowell, con su libro Evidencia que Exige un Veredicto, es uno de los más destacados ejemplos de esto. Desde luego, para quienes han decidido no creer en tal acontecimiento tales evidencias resultan insuficientes. Y, en no pocos casos, quienes las ofrecen como argumento a favor de su fe, tampoco encuentran en las mismas una respuesta suficiente y confiable para los flancos que quedan abiertos sobre el tema.

Debemos decir aquí que no es esta una situación exclusiva de los cristianos del Siglo XXI. Nuestro pasaje destaca el conflicto que los mismos discípulos de Cristo enfrentaron ante el hecho de su resurrección. Buen ejemplo de ello son nuestros dos discípulos, casi anónimos. La muerte de Jesús había cargado sus rostros de tristeza, luchaban entre el desánimo y la esperanza. Desde lejos, habían sido testigos de la muerte y del entierro de Jesús. Y ahora, habían escuchado el testimonio de las mujeres que habían encontrado vacío el sepulcro y que aseguraban que ángeles les dijeron que Jesús estaba vivo. Al testimonio de las mujeres se sumaba el de los discípulos más cercanos a Jesús, Pedro y Juan, quienes también habían encontrado el sepulcro vacío y la mortaja de Jesús cuidadosamente puesta a un lado.

Tantos hechos provocaron que, según Lucas, discutieran profundamente en su camino a Emaús. En tales condiciones el resucitado se les une, sin que ellos puedan, por decisión divina, reconocerlo. El incógnito Jesús parece desesperar y los acusa de necios. Es decir, de ser ignorantes y no saber lo que debían saber. Pero, conviene que nos acerquemos detenidamente al pasaje, para entender el cómo es que Jesús los ayudó a superar la confusión que surgía de su ignorancia.

En primer lugar, les reclama que no crean todo lo que los profetas escribieron en las Escrituras. Con ello, el Señor lleva la cuestión al terreno de la fe. Creer, significa: Tener algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado. Es, prácticamente, lo mismo que tener fe, pues esta es: La fe es la confianza de que en verdad sucederá lo que esperamos; es lo que nos da la certeza de las cosas que no podemos ver. Hebreos 11.1 NTV Si relacionamos las palabras de Jesús con la declaración de Hebreos, podemos entender que lo que Jesús reclama es que sus discípulos no tengan por cierto lo que los profetas dijeron acerca de él.

La fe cristiana tiene un marco teórico de referencia: las Escrituras. Los cristianos hemos decidido creer que lo que la Biblia dice acerca de Jesucristo es verdad incuestionable. Estamos ciertos de lo que no podemos ver, confiamos en aquello que no está comprobado o demostrado. Nuestra convicción resulta de nuestra fe, de nuestra confianza. Y nuestra confianza resulta de lo que encontramos en las Escrituras. Estas no hablan sólo de las cosas que pasarán en el futuro o de lo que pudiera ser posible. Dan testimonio del quehacer de Dios a lo largo de la historia. En buena manera, contienen la crónica de la experiencia personal e histórica de aquellos que, como nosotros, decidieron poner su confianza en Dios.

Como los discípulos de Emaús, nosotros leemos y examinamos las Escrituras a partir de un momento toral e histórico. Cuando Jesús los dejó, ellos comprendieron que habían caminado y cenado con el resucitado. Las palabras de Jesús tomaron sentido a partir de lo que podemos llamar una experiencia relacional. En efecto, lo que ellos habían aprendido de Jesús, gracias a los escritos de Moisés y los profetas, pudo corresponderse con la experiencia personal de ellos con Jesús. La manera en que Jesús partió el pan provocó que ellos tomaran consciencia de que sus corazones ardían cuando Jesús les hablaba en el camino y les explicaba las Escrituras.

La fe se traduce en experiencia y, a su vez, la experiencia dimensiona nuestra fe. Son dos las acepciones de la palabra experiencia. La primera es: [el] Hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo. La segunda: Conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas. El Dios de Jesucristo es un ser relacional. Jesucristo mismo, se relaciona con el Padre, con el Espíritu Santo y con nosotros. Lo que la Biblia dice de él se hace cierto en nuestra experiencia y esta confirma la verdad de las Escrituras. A Jesús lo conocemos por lo que las Escrituras declaran acerca de él, pero también por las circunstancias y situaciones que vivimos a la luz de su presencia.

No hay conocimiento de Cristo si no hay la aceptación por la fe de lo que las Escrituras dicen acerca de él, aunado a la experiencia de nuestra relación cotidiana con él. Ambas se retroalimentan, aunque las Escrituras son las que dan sustento y sentido a nuestra experiencia. Fe y experiencia se convierten en la práctica cotidiana del creyente. La experiencia confirma la fe y esta anima, da lugar, a una nueva y más enriquecedora experiencia de vida.

Creer que Jesús resucitó nos capacita y anima a vivir a la luz de su vida y de su presencia. Vivir así le da la oportunidad de revelarse en nuestro constante aquí y ahora. Somos transformados, somos dirigidos, somos siervos útiles que actúan como su voz, sus manos y sus pies para llevar su amor en una y mil manifestaciones diferentes. Dado que el amor y la bondad de nuestras vidas encuentran su origen en nuestra fe, nuestra experiencia de vida se convierte en constante testimonio de su resurrección.

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