Archivo para enero 2011

Hablemos del compromiso con la familia

29 enero, 2011

La importancia del compromiso con la familia

Cuando Dios llegó a la conclusión de que no era bueno que Adán estuviese solo, hizo evidente el papel fundamental de los miembros de la familia. Estos tienen la tarea de completarse mutuamente; es decir, de contribuir cada uno para que el otro (los otros), sea una persona plena, completamente ella. En este sentido, el compromiso de cada uno con su familia parte de un principio de complementariedad mutua. Es decir, los miembros de la familia están obligados a favorecer que sus familiares se constituyan en individuos plenos; unidos sí por el vínculo familiar, pero otros, diferentes y autónomos respecto del resto de la familia.

Definición y propósito del compromiso con la familia

Podemos definir, entonces, el compromiso con la familia como la contribución que se hace para que cada miembro de la misma pueda, en primer lugar, cumplir con el rol que le corresponde en su sistema familiar. Así como la contribución para que cada miembro de la familia pueda desarrollar su propio proyecto de vida y cuente con los recursos necesarios para instrumentarlo. De tal suerte, la obligación de cada uno de sus integrantes con el resto de la familia tiene un propósito facilitador y apoderante: cada uno facilita que el otro sea y haga lo que le es propio y conveniente. No sólo no se impide o nulifica el proyecto de su familiar, sino que se contribuye al cumplimiento del mismo.

El cómo del compromiso con la familia

Resulta interesante que el compromiso familiar resulta y se fortalece en la medida que cada miembro de la familia está obligado consigo mismo. Sólo puede facilitar y empoderar a su familiar, aquel que está en equilibrio consigo mismo, se respeta a sí mismo y está desarrollando su proyecto de vida personal. La razón es simple, quien carece de identidad propia se ve en la necesidad de sumarse a proyectos ajenos, o a hacer de los otros su proyecto personal. Por lo tanto, lejos estará de este tipo de personas el facilitar que sus familiares sean y hagan lo que les es propio y conveniente. Mientras más sean ellos mismos ellos, más se hará evidente la falta de identidad de quien carece de un proyecto propio. Por lo tanto, procurará, conciente e inconcientemente, boicotear a los suyos (ya procurando mimetizarse con ellos o ya luchando en contra suya).

Los recursos del compromiso con la familia

La persona comprometida consigo misma puede, sin temor ni recelo alguno, procurar entender y conocer mejor a cada uno de los miembros de su familia. Predispuesto a favor de la otredad de cada uno de los miembros de su familia, procurará discernir el quién y el qué de cada uno. Para ello, su primer recurso es la oración. Desde luego, la oración que intercede a favor del otro, pero también la oración que busca el conocerlo y comprenderlo. ¿Quién es mi esposa, quién es mi hijo, quién es mi hermano?, etc., son las preguntas que dan sentido a tal oración. El llamado del Señor Jesús a no juzgar por las apariencias, adquiere aquí una especial relevancia. La cercanía no significa, necesariamente, conocimiento suficiente. Es más, a veces la cercanía cotidiana se convierte en el principal obstáculo para conocer realmente a nuestros familiares. Nuestra experiencia personal con ellos perfila, ajusta, la opinión que tenemos de ellos. Los vemos al través del filtro de nuestra propia opinión, de lo que a nosotros nos parece, de la apariencia que nosotros mismos hemos construido. De ahí la necesidad de, para juzgar acertadamente al otro, orar buscando la sabiduría divina que trasciende nuestro aquí y ahora. No resulta desproporcionado ni absurdo pedirle a Dios que nos ayude a ver a nuestros familiares como él mismo los ve.

Sólo entonces podremos saber qué es lo que tenemos que hacer y qué lo que tenemos que dejar de hacer a favor de nuestros familiares. Es nuestra ignorancia lo que nos lleva a establecer modelos de relación familiar sinceros, pero equivocados. De la ignorancia de nuestra propia identidad, así como del ignorar la identidad particular de los otros, surge el temor como la fuente de nuestra relación. Por temor tendemos a controlar y, por temor también, renunciamos a la obligación que tenemos de facilitar y empoderar al otro para que sea quien es y cumpla la tarea que le es propia. Pero, cuando comprendemos, y aceptamos, la identidad y tarea del otro, podemos sin temor y en esperanza contribuir a su realización personal.

En cierto sentido somos responsables del otro. La relación familiar tiene el poder de hacer fructificar a sus miembros o de acabar con sus ilusiones y posibilidades de vida. Al asumirnos responsables del otro, estamos dispuestos a velar por su bienestar y aun a entregar de lo nuestro con tal de que ellos puedan crecer. En un entorno familiar sano, las mermas que se sufren en favor del otro hacen las veces la poda, por que, lejos de representar una pérdida definitiva, simplemente nos dan la oportunidad de ser más, de poder más y de tener más.

Los mínimos y máximos del compromiso con la familia

¿Hasta dónde llega nuestro compromiso? ¿Hasta dónde estamos obligados con nuestros familiares? ¿Cuándo es suficiente, cuando es poco? Son estas preguntas complejas que más que con recetas, se responden con un principio. La cantidad, el costo y el límite de nuestro quehacer están determinados por la medida en que contribuyen a la realización integral del otro. En lo que hacemos y damos, debemos tener presente el equilibrio integral de la persona: Su espíritu, su mente y su cuerpo. Hay que hacer y dar todo lo que contribuya a tal equilibrio. Cualquier cosa que hagamos o demos que ponga en riesgo tal equilibrio, es un exceso. También, todo lo que dejamos de hacer o lo que dejamos de dar y que afecta la integridad de nuestros familiares, resulta en un exceso, en una agresión. No dar al que necesita, es igualmente irresponsable que dar al otro lo que realmente no le hace bien.

Pero, también damos y hacemos en función de nuestro equilibrio personal. Como en el caso de los otros miembros de la familia, el punto de nuestro equilibrio personal se modifica por nuestras circunstancias, tanto las naturales como las excepcionales. Por lo tanto, nuestro aporte a los demás miembros de la familia cambia en forma y grado, dependiendo de nuestras circunstancias y de las de ellos. Sin embargo, independientemente de las circunstancias, persiste el principio de complementariedad mutua. Cada quien, de acuerdo con lo que tiene, a cada cual, de acuerdo con lo que realmente necesite.

El compromiso con la familia nunca acaba

La obligación que tenemos para con nuestra familia nunca acaba. Ni siquiera acaba con la muerta, mucho menos termina cuando la familia se divide, ya sea porque los padres se separan o porque alguno de sus miembros se aleja física y/o afectivamente del resto de la familia. Es más, ni siquiera el desamor nos libera del compromiso familiar.

Cuando los miembros de la familia se alejan entre sí, se separan, o de plano se mueren, el compromiso mutuo persiste aunque adquiera otras formas y grados. Obviamente los muertos ya no pueden hacer nada por sus familias. Pero, el compromiso con la familia incluye el vivir de tal forma que cuando la muerte llegue, nuestra herencia sea de bendición y no de maldición.

En el caso de quienes se separan y de las parejas que se divorcian; si bien el cómo y la forma de la relación cambian, esta no termina. Las relaciones no terminan, simplemente se modifican. Persiste, entonces, el principio de complementariedad mutua. Tomemos el caso del hijo que permanece al lado del padre o de la madre, cuando la separación o el divorcio se han dado, también sigue siendo hijo de quien se fue. De ahí la necesidad del respeto, de la caridad y del desarrollo de relaciones funcionales con el ex, para así contribuir a que siga siendo y haciendo lo que le es propio en función con quienes siguen formando parte de su familia.

En conclusión

El cimiento sobre el que descansa la paz de la familia se compone de una mezcla de caridad mutua y de firme comunión con Dios. Podemos hacer de nuestra familia un espacio del Reino de Dios en el que la justicia, la paz y el amor fraternal sean pan de todos los días y nos ayuden a permanecer juntos y unidos para beneficio de todos y, desde luego, para la honra y la gloria de Dios.

Hablemos del compromiso con uno mismo

23 enero, 2011

Como sabemos, compromiso es una obligación contraída. Es decir, es algo que se está obligado a hacer dada la naturaleza de la persona. Persona es un individuo, así que nuestra condición de personas humanas distingue la dimensión individual de cada uno de nosotros. Somos individuos, particulares, diferentes a cualquier otra persona. Sin embargo, durante el proceso de formación de nuestra personalidad somos influidos de diferentes maneras y en distintos grados por aquellos que están a nuestro alrededor. Ellos y ello nos dan forma, generalmente una distinta a lo que somos, podemos y queremos ser. De ahí que la madurez, la emancipación de nuestras familias, la recuperación de nuestra propia identidad, sean integrantes de la obligación que tenemos con nosotros mismos de identificar y hacer evidente quiénes somos. Estamos comprometidos con nosotros a ser nosotros mismos, diferentes de los demás y otros distintos a lo que los demás quisieron hacer de nosotros.

La importancia de tal compromiso reside en el hecho de que sólo quien se asume un individuo, uno distinto a los otros, puede tomar el control de su vida y realizar lo que es propio de su identidad e interés. Quien no se obliga consigo mismo sigue estando a expensas de otros, siendo y actuando de acuerdo a lo que los demás han hecho de él: con unos sumiso, con otros valiente; con unos fuerte, con otros débil; con unos triunfador, con otros un mero perdedor. Dejan de ser ellos para ser con cada cual lo que éste espera que sean. Terminan viviendo vidas esquizoides, sin control ni satisfacción. Y, lo que es peor, sin sentido ni esperanza.

Asumir el compromiso de ser nosotros y no lo que otros hacen de nosotros, requiere del cumplimiento de tres condiciones o, mejor aún, del desarrollo de tres características fundamentales:

Un nuevo orden interno. Proverbios 16.32. Resulta interesante el símil de nuestro pasaje, pues tanto el que conquista una ciudad como el que domina su espíritu, se ven en la necesidad de establecer un nuevo orden. El conquistador de ciudades hace lo que se tiene que hacer con aquello con lo que cuenta, con lo que ha encontrado en la ciudad que ahora está bajo su dominio. Altera el viejo orden, desecha lo que no está de acuerdo con su interés y establece lo que resulta necesario para el cumplimiento de su propósito. Así, asume la responsabilidad de que la ciudad sea lo que él quiere y puede hacer de ella. Entierra a los muertos, derriba lo que no sirve o conviene, destierra o encierra a sus enemigos y hace de la ciudad, su ciudad.

De manera similar, cuando se llega a la edad adulta la persona ya está bajo un orden establecido. Sometida o influenciada por fuerzas ajenas y siendo lo que, en buena medida, otros han hecho de ella. La madurez requiere de la emancipación respecto del poder y la trascendencia de tal orden. Requiere, por lo tanto, que la persona asuma la responsabilidad de sí misma y se ocupe de establecer el orden que le es propio. Las personas maduras s asumen obligadas a responder por sí mismas. Es decir, se obligan a dejar de explicarse a sí mismas en función de lo que los demás hicieron de y con ellas. Como el que conquista una ciudad, alteran el viejo orden, desechando lo que no está de acuerdo con su interés y estableciendo lo que resulte necesario para ser lo que son.

La Biblia llama a este proceso, conversión. Se sale de un orden que es según la carne, el pensamiento humano limitado y deformado, para pasar a un nuevo orden, el que es según el Espíritu y que produce vida plena, vida abundante.

Determinación. Lucas 9.51. La vida está llena de puntos de inflexión, de momentos y circunstancias que determinan el curso de la misma. En el caso de Jesús, se llegó el momento en que había de ser recibido arriba; es decir, el momento clave de su razón de ser, de su para qué había venido al mundo. Y llegado ese momento, Jesús, afirmó su rostro. Jesús fijó los términos de su identidad y misión, es decir, tomó la determinación de ser y hacer lo que le era propio. Muchas personas siguen siendo la misma ciudad de siempre, atrapadas en lo que no les es propio, porque les falta determinación. Porque no se deciden a afirmar, a establecer, lo que se requiere para su propio crecimiento e independencia respecto de personas y hechos que les impiden madurar. No se trata de falta de conocimiento, ni de la aceptación como propia de la circunstancia que se vive. Se trata de falta de determinación, de falta de osadía y valor para el establecimiento del orden que conviene a sus vidas. Esta falta de osadía les mantiene como extranjeros en su propia vida; mientras que el valor y arrojo les liberan y permiten construirse a sí mismos.

Compasión. 1 Pedro 3.1,8. Compasión es, también, sentir con el otro. Comprender, entender al otro. Uno podría preguntarse qué tiene que ver la compasión con el comprometerse con uno mismo. La verdad es que tiene que ver mucho. De acuerdo con nuestro pasaje, la compasión tiene un efecto liberador, liberalizante, respecto de las acciones del otro y que nos han afectado, particularmente de manera negativa. Quien entiende las razones, y aun las sinrazones, que sustentan las actitudes y conductas de los demás puede liberarse de la compulsión de devolver mal por mal. Quienes permanecen bajo la influencia y el poder de la ciudad en la que son extranjeros, cultivan la necesidad de la venganza. No les importa si esta la obtienen al castigar a quienes les dañaron, o si la obtienen al castigar a quienes pueden hacerlo. Lo que les importa es sentirse satisfechos de poder castigar a alguien, aunque ello signifique mayor miseria para sus propias vidas.

El que cultiva la compasión se mantiene libre y, por lo tanto, puede responder con el bien a quienes le han hecho mal. Puede bendecir a quienes le han maldecido. Puede, por lo tanto, ser señor de su ciudad, enterrando a los muertos, derribando las casas de mal, al mismo tiempo que cultiva la vida y edifica casas en las que el bien y la justicia propician la paz y el crecimiento de todos.

Pero, dirá alguno, con qué puedo hacer todo esto. ¿Dónde mis soldados, cuál mi armamento, en la conquista de mi propio espíritu? Como en ningún otro, es en este terreno que cobran relevancia las palabras de Pablo cuando nos asegura que Dios, no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. 2 Timoteo 1.7. No hay conquista de uno mismo que sea posible, fuera de Dios. Sólo nuestro Señor Jesucristo tiene poder para deshacer las obras del diablo. 1 Juan 3.8.

Por ello es que debemos volvernos a Dios buscando no solo su mano, sino su rostro. Es decir, debemos convertirnos a él y reconocerlo como el Señor de nuestra vida. Debemos estar dispuestos a que el orden de Dios altere nuestro propio orden. A hacer y dejar de hacer, a vivir de tal manera que seamos el espacio en el que la voluntad de Dios se cumpla día a día. Si lo hacemos así, y esta es mi invitación a que lo hagamos, podremos comprobar que quien vive en el orden de Dios, vive en la libertad que él nos provee al través de Jesucristo y disfruta de la vida plena, la vida abundante, en la ciudad, nosotros mismos, que hemos conquistado por el poder de su Espíritu Santo.

Jesús los convence, pero la Iglesia no*

15 enero, 2011

Juan 13.15; Hebreos 10.23-25

Dan Kimball ha escrito un libro con el título Jesús los convence, pero la iglesia no. Kimball verbaliza la que para muchos resulta una experiencia difícil, conflictiva y aun enajenante: La asistencia a iglesias que cada vez menos, resultan relevantes para la vida diaria de las personas. Diversos estudios muestran que el número de asistentes a las reuniones congregacionales está disminuyendo significativamente, especialmente entre los hombres y los jóvenes. Dichos estudios también muestran que un alto porcentaje de quienes todavía asisten a la iglesia se han convertido en consumidores pasivos de los bienes religiosos. Buscan diversos beneficios pero están lejos de comprometerse vitalmente con la vida congregacional. Como buenos consumidores y ante la variedad de ofertas religiosas a su alcance, cuando su congregación no recompensa sus expectativas, simplemente la cambian por otra. Muchos están más dispuestos a dar su dinero que su tiempo. Así, la pertenencia a una congregación suele convertirse en un problema complejo, costoso y no siempre satisfactorio.

¿Por qué habrían de comprometerse las personas con su congregación? ¿Qué razones podría tener un cristiano para hacer de su iglesia una de sus prioridades vitales? Desde luego, el Nuevo Testamento nos da muchas razones para ello. La primera tiene que ver con una cuestión ontológica, del ser mismo de la Iglesia: Esta es el cuerpo de Cristo quien al través de la misma actúa entre los hombres. Donde Cristo, la Iglesia; donde la Iglesia, Cristo. Además, la Iglesia es el espacio primario de servicio de los discípulos; en la misma crecen, maduran y se capacitan en el ejercicio de los dones espirituales, para así estar en condiciones de servir con el evangelio a los no creyentes e incorporarlos a la Iglesia. También, al contribuir de manera comprometida con sus recursos intelectuales, sociales, económicos, etc., los miembros de la Iglesia sirven como vasos comunicantes de la gracia divina, propiciando así la capacidad y la disposición de la comunidad de creyentes para realizar las tareas que se le han encomendado: la evangelización, el trabajo pastoral, la asistencia a los necesitados, el testimonio profético ante la injusticia social, etc. Una última razón a mencionar aquí es que la hermandad, otro nombre para congregación, facilita el fortalecimiento mutuo, es decir, para que los cristianos se animen (acicateen), mutuamente en la lucha espiritual a que son llamados.

Sin embargo, hay una razón fundamental para el compromiso congregacional. En Juan 13.35, nuestro Señor Jesús previene: Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos. El contexto del dicho de Jesús es de por sí relevante y revelador, Jesús está a punto de ser entregado a sus asesinos y, por lo tanto, la comunidad de sus discípulos surge como una comunidad distinta y alternativa a las multitudes que se ocuparán de destruir a Jesús y su obra. Como nunca antes en la vida y el ministerio de Jesús se hace evidente el contraste entre la luz y las tinieblas, entre el reino de este mundo y el Reino de Dios.  De ahí que Jesús encomiende a los suyos que desarrollen y fortalezcan un modelo de vida y de relaciones que, como hemos dicho, los distinga de, y sirva como a quienes viven sin Dios y sin esperanza.

La comunidad cristiana en general y cada congregación cristiana en particular tienen una doble tarea: Anunciar la realidad de Cristo, tanto de palabra como por obra; y, atraer a Cristo a quienes viven en tinieblas y bajo el poder del pecado. El Apóstol Pablo exhorta a los filipenses (2.15,16): Para que nadie encuentre en ustedes culpa ni falta alguna, y sean hijos de Dios sin mancha en medio de esta gente mala y perversa. Entre ellos brillan ustedes como estrellas en el mundo, manteniendo firme el mensaje de vida. Según el Apóstol, los cristianos brillamos como estrellas en el mundo; con tan poética frase, Pablo actualiza el dicho de Jesús, quien nos asegura (Mateo 5.13,14): Ustedes son la sal del mundoustedes son la luz del mundo. Resumiendo así a la doble función de la Iglesia: Su ser diferente y su encarnación en medio de los sin luz, para traerlos a Cristo.

Schökel y Mateos, en las notas de su traducción de la Biblia, salen al paso de quienes presumen que dado que la experiencia salvífica es una cuestión intimista e individual, el Reino de Dios no tiene por qué afectar el todo de nuestra vida, ni el de la comunidad en la que estamos insertos. Tales autores aseguran: El Reino de Dios no es pura interioridad, sino un hecho social con exigencias muy definidas; no se trata de proponer una ideología, sino de realizar un modo nuevo de vida… Jesús quiere realizarlo en un grupo que refleje las características del Reino de Dios, para que sea sal de la tierra y luz del mundo, por presentar de hecho la meta que él propone. Así, “entrar en el Reino de Dios” y hacerse discípulo de Jesús llegan a ser equivalentes.

Retomemos el núcleo de tal declaración: Un hecho social con exigencias muy definidas… [se trata] de realizar un nuevo modo de vida. Como creyentes somos llamados a ser agentes de cambio en un ambiente distinto y hostil a Cristo; y, para lograrlo debemos constituirnos en una comunidad alternativa cuya característica principal es el amor. El amor como mandamiento, como compromiso y no como mera sensación o sentimiento; mucho menos que como mera amistad. Juan 13.34,35

El amor de los creyentes es fruto de su unidad con Cristo y del cultivo de la unidad entre la comunidad cristiana. De ahí que el amarse de los discípulos no es otra cosa sino el que estos, procuren mantener la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos. Efesios 4.3 Desde luego, esto sólo es posible en la medida que los discípulos, (1) permanecen juntos (congregados); (2) en unidad de propósito; y, (3) procurando mutuamente el bien de cada uno. Hebreos 10.23-25 Es decir, los creyentes son llamados a desarrollar entidades sociales que contrasten con aquellas agrupaciones u organizaciones sociales carentes de Cristo; procurando convertirse en modelos alternativos y atractivos para estas últimas.

La actividad de la iglesia no puede limitarse exclusivamente a las reuniones de la misma. Los creyentes agrupados en cada congregación son llamados a desarrollar redes relacionales incluyentes de todos y cada uno de los espacios vitales de unos y otros. Pero, desde luego, resultan fundamentales para el desarrollo de tales redes relacionales, las reuniones cultuales, sociales y de crecimiento de la congregación. Mientras menos se reúna la iglesia, más débiles los cimientos del modelo alternativo. De hecho, los cristianos que tiene como costumbre el no congregarse, pueden, y en muchos casos sucede, terminar siendo asimilados por los modelos de vida ajenos a Cristo.

Es un hecho que a menor compromiso, menor fruto y, por lo tanto, mayor insatisfacción. Así que podemos sintetizar nuestra respuesta a las preguntas planteadas diciendo que hemos de comprometernos con la congregación a la que pertenecemos porque sólo así podremos ser el tipo de personas y de comunidad que puedan brillar como estrellas en medio de una generación perversa; al mismo tiempo que resultaremos un testimonio viviente de la realidad de Cristo y, por lo tanto, su palabra se volverá relevante y atractiva para quienes ahora viven vacíos de él.

En la medida que crezcamos en el propósito de ser cada vez más miembros los unos de los otros (Romanos 12.5); y en la medida que nos esforcemos para permanecer unidos, sostenidos y ajustados por todos los ligamentos, realizando la actividad propia de cada miembro, (Efesios 4.16), habremos de comprobar el valor y la importancia del compromiso con nuestra congregación y podremos alegrarnos al comprobar que honramos a Dios con nuestro fruto abundante y permanente. Juan 15.16

* Esta frase corresponde al libro del mismo nombre, escrito por Dan Kimball, Editorial VIDA