Archivo para febrero 2010

Amarse a Uno Mismo

27 febrero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

2 Samuel 13.10-22

Amarse a uno mismo resulta de primordial importancia. Quien se ama está en paz consigo mismo, por lo tanto puede conservar su equilibrio interior en cualquier circunstancia. Sobre todo, quien se ama a sí mismo puede mantener su dominio propio ante los retos implícitos en toda relación humana. Es más, amarse a sí mismo es una capacidad inherente a la condición de ser humano. La misma naturaleza humana, el diseño divino con que hemos sido creados hace que el amarnos, tanto como capacidad como necesidad, esté unido a nuestra identidad. Por ello quien no se ama a sí mismo sufre un desgarramiento de su identidad, pues no sólo no se ama, sino que se priva a sí mismo de lo que le es propio. Atenta contra sí mismo, de la misma manera que lo hace quien destruye las columnas que sostienen a una construcción.

Son muchas las razones que explican la falta de amor a uno mismo, el desamor. Fundamentalmente se originan tanto en el interior de la persona, como en su entorno social inmediato, la familia. La persona, al nacer, es maleable en su carácter por lo que resulta especialmente sensible a los estímulos familiares que recibe. Se dice que el carácter emocional de las personas se define en los primeros años de vida. Así, la persona no solo aprende a sentir respecto de los demás, sino que también aprende a sentir respecto de sí misma. Uso de manera reiterativa la expresión aprende a sentir, porque  no necesariamente lo que la persona siente respecto de sí mismo y respecto de los demás es natural, propio de su identidad. Más bien, aprehende lo que los demás sienten y perciben de ella. Es decir, hace propio, coge, lo que los demás tienen para ella. Dada su inmadurez emocional, la persona no tiene el juicio que le permite distinguir lo verdadero de lo falso, lo propio de lo impuesto, lo bueno de lo malo.

Un personaje bíblico que nos permite entender mejor esto es Absalón, el hijo de David. Absalón fue uno de los 19 hijos varones de David y tuvo una hermana. La familia de David era una familia en extremo disfuncional. El padre era un hombre pasional, inestable y sensual. Sus hijos sufrieron las consecuencias del pecado de su padre, fueron marcados existencialmente por el ambiente familiar, especialmente Absalón. En él podemos descubrir un peculiar sentido de lealtad familiar, protege y venga su hermana por la deshonra ocasionada por su hermano mayor, Amnón. Pero, también traiciona a su propio padre, al extremo de ponerlo en peligro de muerte. La historia de David y Absalón descubre a un hijo consentido, que había aprendido a sentirse superior, con mayor derecho y enfermamente cercano y enfrentado a su padre.

Absalón difícilmente podía amar a otros, puesto que no estaba en equilibrio consigo mismo… no parece que pudiera amarse a sí mismo.

Los conflictos de los padres, el alejamiento entre ellos y la separación de facto que los hijos pueden percibir, así como el abandono real o virtual que enfrenten, atenta contra el amor propio de estos. Lo mismo sucede con las relaciones diferenciadas y privilegiadas respecto de los hijos, los que resultan menos favorecidos por sus padres aprenden que no hay en ellos qué los haga dignos de ser amados. Pero, también, los que son amados en exceso aprenden a sentir lo que no es propio, lo que no les ayuda a desarrollar y conservar el equilibrio interior. Como Amnón sienten que los demás están a su servicio y disposición, necesitan someter a los otros para sentirse completos, todavía dignos de ser amados.

Si todo esto resulta importante y digno de ser tomado en cuenta, no es, con todo, lo más importante. Dios creó al hombre para vivir en comunión con él, lo hizo digno [merecedor] de ser amado y Dios es el primero que ama al ser humano de manera incondicional. Porque lo ama, el hombre es lo que más importa a Dios, más que la naturaleza, más que el Universo, más que los ángeles. Por amor al hombre, Dios entregó a su propio Hijo con el fin de recuperar la relación de amor que inicialmente se propuso. Sin embargo, el diablo no sólo ha querido arrebatarle a Dios su gloria y señorío; ya que no pudo hacerlo se propuso arrebatarle a quien Dios más ama: el hombre, creado a su imagen y semejanza. Satanás quiso hacer del hombre un ser indigno de ser amado, por ello es que, según la enseñanza de Jesús nos revela: el diablo ha venido a robar, matar y destruir lo que de Dios hay en el hombre.

Lo interesante es que Satanás destruye dando, incrementando aquello que daña al hombre. Santiago nos enseña que el pecado, el errar, empieza cuando cada uno de su concupiscencia es atraído y seducido. [1.14] Una traducción más actual dice que cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seduce. [NVI] Los malos deseos, la concupiscencia, no son otra cosa sino deseos desordenados.

La construcción de nuestro carácter, desde la infancia, generó, desarrolló deseos de dos clases: deseos ordenados y deseos desordenados. Los primeros animan y fortalecen lo que nos es propio, la superación, el gusto de lo bueno, el servicio a los demás. Los deseos desordenados, por el contrario, animan y fortalecen actitudes y conductas que atentan contra nuestra dignidad propia y, por lo tanto, dificultan de manera creciente el que nos amemos a nosotros mismos.

Más y más de lo que los deseos desordenados producen, poder, sensualidad, dinero, promiscuidad, etc., nunca producen mayor amor propio. Como Absalón, no se amó más cuando derrocó a su padre, ni siquiera se amó más cuando se acostó con las mujeres de David. Por eso es el diablo nos quita dándonos. Él sabe que mientras más tengamos de lo que es fruto de nuestros deseos desordenados, más vacíos estaremos y menos razón tendremos para amarnos a nosotros mismos.

Jesucristo dijo que él había venido para destruir las obras del diablo y para que nosotros tuviéramos vida en abundancia. ¿Cómo lo hizo? Recuperando en nosotros el amor del Padre. No que el Padre hubiera dejado de amarnos, sino que nuestro pecado hizo que dejáramos de ser amables; es decir, dignos de ser amados. Lo hizo, destruyendo las obras del diablo y dándonos un nuevo espíritu, una nueva manera de pensar y de sentir. Pablo lo define así: Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio. [2 Ti 1.7]Es decir, en Cristo ha traído a nosotros el equilibrio perdido y, por lo tanto, ha recuperado la paz que nos permite amarnos a nosotros mismos y amar a nuestros semejantes.

Siempre me ha parecido excepcionalmente importante y atractiva la declaración paulina: Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. [Fil 4.7] Lo importante es la promesa: la paz de Dios guardará nuestros corazones y pensamientos. Es decir, lo que sentimos y lo que pensamos. El término sugiere que la paz de Dios pondrá una guardia militar que impida el ataque del enemigo. Más aún, resulta interesante que el Apóstol se refiere, como paz, a la armonía entre Dios y el hombre y, por consiguiente la armonía de este consigo misma y, en consecuencia la capacidad para poder permanecer en equilibrio en las vicisitudes de las relaciones humanas.

En conclusión

La Biblia nos enseña que en y por Cristo, aquellos que han perdido el derecho de ser amados por Dios y por lo tanto la capacidad de amarse a sí mismos, recuperan tanto el derecho como la capacidad de hacerlo. Pero, también nos enseña que se ama a sí mismo quien se sabe amado por Dios y permanece en una relación nutricia con su Señor. Enseña que nuestro amor a nosotros mismos se nutre del amor que el Padre nos tiene y manifiesta. Que, a final de cuentas, nos amamos con el mismo amor que somos amados.

Y que ese amor en nosotros, el amor de Dios, recupera definitiva, aunque paulatinamente, el equilibrio interior que nos permite ser libres del poder de nuestros más íntimos deseos desordenados. Sabiéndonos amados, podemos amarnos a nosotros mismos.

Amar a Dios

21 febrero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Deuteronomio 11.1

Los seres humanos llevamos el aliento de Dios en nosotros mismos. La Biblia dice que Dios, al formar a Adán, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. Más allá de las complejidades de tal aseveración está el hecho de que llevamos algo de Dios mismo en nosotros. Este aliento de vida (sea lo que ello signifique), tiene la capacidad para provocar una doble atracción: Dios nos atrae a sí mismo y nosotros experimentamos la necesidad de Dios. Es decir, existe en Dios y en nosotros la necesidad de permanecer en comunión, en armonía; así que el amor a Dios no es otra cosa sino el amar a quien está en nosotros mismos, así como el amor de Dios no es otra cosa sino el que Dios ama lo que de él está en nosotros.

La historia de vida de cada persona explica cómo es que la misma responde al amor de Dios. En el Antiguo Testamento el amor de Dios es entendido como misericordia. Es decir, que Dios ama a quien no merece ningún favor por su pecado. Y es que la historia de vida de cada uno explica las razones por las que nos hemos separado de Dios. Resulta incómodo asumirnos pecadores, pero lo cierto es que lo somos. Tan cierto como que nuestro pecado se ha convertido en rebelión contra Dios, al negarnos a seguir sus mandamientos; como cierto es que al pecar hemos ido contra nosotros mismos, contra nuestros intereses, nuestra conveniencia, nuestra paz y nuestra integridad. Por ello es que el amor de Dios también es entendido como gracia, dado que se trata del amor al culpable. Sí, los seres humanos somos víctimas y culpables de nuestra historia de vida. Sufrimos, cierto, las consecuencias de los errores de otros, pero también sufrimos las consecuencias de nuestras propias equivocaciones.

La Biblia declara que Dios nos ha amado, ha seguido sintiéndose atraído hacia nosotros, a pesar de nosotros mismos. Ro 5.8 Nuestro pecado no ha sido suficiente razón para que Dios renuncie a su propósito de mantener la comunión con nosotros. Más aún, no se trata solo de una atracción nostálgica, sino de un deseo ardiente que la Biblia describe así en Santiago 4.5: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente. Ello explica que Dios se haya propuesto proveer el recurso único para recuperar con la humanidad toda, y con cada uno de nosotros en particular, esa relación armónica que él y nosotros necesitamos. Así, Dios ha provisto en Jesucristo el camino a la recuperación del amor de Dios el Padre. Juan (3.16), lo dice así: Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.

Fijémonos que esta declaración trascendental contiene una condición clave: que todo el que cree en él no se pierda. No muera, traduce DHH. Es decir, Jesucristo, expresión excelente del amor de Dios no es suficiente para cumplir el propósito divino de mantener viva la relación con el hombre. Se requiere que este, que es amado incondicionalmente, actúe en consecuencia ante la evidencia del amor divino. Se espera del hombre que crea; ¿Qué crea qué?, que crea que Dios lo ama.

La respuesta de la persona al amor de Dios empieza en el terreno de la fe, de lo que se cree. El término bíblico pisteuo contiene dos elementos complementarios: primero, se trata de estar persuadido, convencido de algo o de alguien, y luego, de confiar en consecuencia. Creer en la Biblia significa aceptar la validez de algo y actuar en consecuencia. ¿Qué es aquello de lo que debemos estar convencidos?, de que Dios nos ama, hemos dicho. Pero, se trata de entender y acepar que Dios nos ama porque él es amor, no por lo que hemos hecho o dejado de hacer. En no pocos casos, la experiencia de vida nos hace dudar, no de que Dios ame, sino de que él pueda amarnos a nosotros. Y, en verdad, Dios tendría muchas razones para no amarnos, sin embargo lo hace. ¿Por qué?, porque Dios es amor. Asumir esto nos lleva a permanecer confiados en el Señor. A confiar en su disposición favorable para nosotros. Así como los hijos saben que sus padres están favorablemente dispuestos a favor suyo, o los amigos saben que sus amigos están incondicionalmente a favor suyo. O, de plano, como quien tiene una mascota sabe de la disposición de esta a su favor, aun cuando en ocasiones la haya lastimado injustamente. Bueno, todas estas situaciones son apenas débiles intentos de explicar lo que significa permanecer de Dios, a partir del presupuesto de su amor.

Ahora, quien se sabe amado por Dios y permanece en él, se ocupa de guardar los mandamientos del Señor. Nuestro Salvador Jesucristo aseguró: El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a élEl que no me ama, no guarda mis palabras. Jn 14.21,24 Jesús se refiere a la necesaria tarea que el creyente tiene de obedecer aquello que garantiza el que se mantenga la relación de amor y armonía entre Dios y él. Contra lo que resulta ser una desafortunada insistencia en los ambientes religiosos, los mandamientos de Jesús no tienen que ver tanto con el no hacer, sino, más bien, con el hacer aquello que nos permite permanecer en Dios.

El amor de Dios da al hombre la oportunidad de que este asuma la responsabilidad de su vida. Lo anima a escoger el bien y lo ayuda a perseverar haciendo lo bueno. Además, el amor de Dios siempre recompensa, siempre facilita y hace viable la bendición, el éxito del creyente. 1 Samuel 2.30; Col 3.24 El amor obliga, cierto, pero también es verdad que el amor recompensa. Por eso es que los mandamientos de Dios no son gravosos, porque siempre el resultado, la bendición que genera el cumplirlos es mucho más rica y enriquecedora que el costo o, aún el sacrificio, que hayamos tenido que hacer para observarlos.

Finalmente, amamos a Dios cuando nuestra respuesta abunda en la fe de Cristo. Me gusta la expresión: que por fe Cristo habite en sus corazones. La fe es una cuestión de relaciones, de nuestra relación con Dios y su Hijo Jesucristo. Su Espíritu Santo mora en nosotros y quiere habitar permanentemente en nuestro corazón. Se trata de un permanecer intenso, no una mera visita, no una cuestión superficial. Siguiendo la figura doméstica, se trata de que Cristo se meta hasta la cocina de nuestro ser y quehacer. La fe, el deseo de algo más, de ir más allá de lo que hemos alcanzado, la convicción del ad maiora nátí sumus, nos lleva a permanecer arraigados y cimentados en amor a Dios, a Cristo y a nuestro prójimo.

Es en el camino, en la zona de incertidumbre y no en la comodidad de nuestra zona de confort, donde podemos descubrir cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo. Respondemos al amor de Dios cuando, por la fe, salimos de las situaciones que impiden o nos amenazan con hacerlo, el que nos mantengamos unidos a Cristo. Cuando nos negamos a permanecer en relaciones indignas, a cultivar actitudes negativas, a detenernos en el camino de la superación personal, familiar y social. Es decir, cuando nos negamos a seguir asumiendo como propio lo que nos es ajeno, lo que no corresponde a nuestra condición de amados de Dios.

Salir al camino y enfrentar el riesgo de la incertidumbre, la soledad, la incomprensión y aún el sacrificio no requiere de mayor conocimiento, ni siquiera de un entendimiento pleno de lo que dejamos y adonde nos dirigimos. Requiere de nuestra confianza, de nuestro responder confiado al amor de Dios. Es en el camino de la fe en el que encontramos la plenitud de Dios. Es cuando respondemos a su amor confiando que se hace cierta en nosotros la promesa divina que dice: Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Josué 1.5 O, más aun, aquella que nos recuerda: pero el Señor me ha dicho: “Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.” Así que prefiero gloriarme de ser débil, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 2 Corintios 12.9

Amar a la Pareja

14 febrero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Efesios 5.21ss

Las relaciones matrimoniales, de pareja, son de por sí conflictivas, dificultan el ejercicio del amor. Ello no deja de ser paradójico, por cuanto, se cree, el matrimonio es causa y efecto del amor de la pareja. Es mayor la paradoja cuando asumimos que lo que dificulta el ejercicio del amor no es la mera existencia de problemas en la relación de pareja, sino que los esposos asumen los problemas como conflictos; es decir, como situaciones que les amenazan en la individual y que, por lo tanto, los convierten en enemigos de su pareja.

Tres son las principales áreas de conflicto en las relaciones matrimoniales. La primera, tiene que ver con el poder, que no la autoridad, dentro del vínculo matrimonial. Quién manda, quién decide, quién marca el camino a seguir. El ejercicio del poder se convierte en un conflicto porque los esposos asumen que si ceden poder, estarán en peligro. De ahí que recurran a todos los artilugios disponibles con tal de conservar el poder. Si el otro, o la otra, ejercen poder, se asume como una afrenta a la libertad personal y como un abuso que se sustenta en la capacidad, los recursos y la experiencia del otro. De ahí que se actúe pasiva y activamente de tal forma que se pueda garantizar que mi ejercicio del poder me mantenga a salvo del poder del otro. Se presume que quien ejerce más poder, está más seguro. Y esto tiene su lógica cuando la pareja ha dejado de asumirse uno, para considerarse como dos individuos en conflicto y, por lo tanto, en competencia.

La segunda área tiene que ver con el poder del dinero; más bien, el poder que se le reconoce al dinero. En no pocos casos, el dinero se convierte en la razón de ser de la vida de las personas. Dentro del matrimonio, a mayor dinero, se presume, mayor poder y, por lo tanto, mayor derecho. El dinero deja de ser un mero instrumento al servicio de la pareja, en cuanto medio para la satisfacción de las necesidades familiares y el logro de las metas de quienes forman la familia, para convertirse en el referente que determina quién está bien, quien puede, quien tiene derecho y viceversa.

La sexualidad, es la tercera área de conflicto entre los esposos. También esto resulta paradójico ya que en el plan de Dios, el sexo cumple la doble función de unir íntimamente a la pareja y hacer evidente el placer de la relación matrimonial. De manera lateral, la sexualidad produce hijos. Pero la procreación ni es la razón principal del matrimonio, ni el fin último de la práctica sexual. Esta tiene como razón fundamental el fomentar y fortalecer la unidad física, emocional y hasta espiritual de la pareja. En la práctica del amor conyugal se hace evidente que ambos dejan de ser uno más uno, para convertirse en una nueva persona. Sin embargo, las parejas en conflicto frecuentemente hacen de la práctica de su sexualidad un espacio que les permite fortalecer su individualidad. Es en este campo donde puedo hacer evidente que se trata de mí, de mi cuerpo, de mis sensaciones, etc. Así, te doy en la medida que lo que te doy sirve para reafirmar que yo soy yo y que yo tengo el control sobre mi mismo.

El factor común de tales áreas de conflicto es la conciencia de individualidad. Quienes pelean constantemente por cuestiones de poder, dinero y sexo, solo hacen evidente que han fracaso en la tarea de convertirse en una nueva persona, el nosotros que da sentido y explica a la pareja. Yo, mío y mi, son los referentes que animan, o desaniman, el proceso de constituirse en una sola carne. Quienes así proceden, cada vez menos son una nueva persona, la pareja, y cada vez más se distancian, aíslan y resienten respecto de la persona a la que amaron, prometieron amar y ahora se preguntan si de verdad la aman y si, siendo la respuesta positiva, vale la pena que lo hagan.

En los matrimonios en conflicto todo se hace o se deja de hacer por causa de sí mismo.

Detrás de toda pareja en conflicto existe una razón pocas veces atendidas. Las parejas en conflicto, o se han alejado de Dios, o nunca se han acercado a él, ni lo han reconocido como su Señor y guía. Es decir, todo conflicto matrimonial, o de pareja, evidencia un fracaso en la relación de los esposos con Dios, tanto en el terreno individual, como en el terreno conyugal. Ya sea por ignorancia, porque se desconoce lo que Dios ha establecido como los fundamentos de la relación matrimonial; o por rebeldía, porque no se está dispuesto a obedecer lo que Dios ha establecido como lo justo, lo propio, para los esposos, la identificación espiritual se pierde. Así, las parejas en conflicto intra matrimonial, terminan en conflicto con Dios. No solo se separan entre sí, los esposos en conflicto también hacen notorio su alejamiento de Dios.

Si en el origen de los conflictos matrimoniales se encuentra una relación disfuncional con Dios, resulta lógico asumir que la solución de los conflictos matrimoniales pasa por un sintonizarse con Dios. Es decir, que en la medida que los miembros de la pareja, individualmente, y la pareja de manera conjunta, se vuelvan a Dios y procuren cumplir sus preceptos para el matrimonio y hacer suya la voluntad divina, estarán en camino del éxito matrimonial.

La Biblia revela la voluntad de Dios para el matrimonio cuando define un patrón relacional para la pareja. El pasaje que, en mi opinión, mejor describe este patrón es el de Efesios 5.21-28. La clave del pasaje está en el primer versículo: estén sujetos los unos a los otros, por reverencia a Cristo. El cómo de la relación matrimonial complementaria, satisfactoria y generadora de gozo y alegría, tiene a Cristo como su referente primario. Ni al esposo, ni a la esposa, menos a los hijos: a Cristo. Toda pareja que tiene un referente distinto a Cristo, está en curso de colisión. Es decir, está camino del conflicto, este llegará, tarde o temprano.

Reconocer a Cristo, reverenciarlo, en la intimidad del hogar empieza por darse cuenta que él está presente en el hogar. Que es testigo del quehacer conyugal y familiar. En consecuencia, se trata de vivir de tal manera, de que los esposos se relacionen de tal forma, que evidencien su respeto al Señor. Es decir, se trata de acatar, honrar, al Señor con la manera en que nos relacionamos como esposos.

Obviamente, solo estará interesado en honrar a Dios quien le teme y le ama. Quien lo reconoce como su Señor. Por eso es que hemos dicho que se trata de una cuestión espiritual, del cómo de nuestra relación con Dios y del grado de nuestra comunión con él. Quien menosprecia a Dios, lo ignora – lo deja aparte-, del todo de su vida, incluyendo su vida matrimonial.

En el matrimonio cristiano todo se hace, o se deja de hacer, por causa de Cristo.

El modelo de matrimonio cristiano, del matrimonio exitoso, requiere que la sujeción mutua se exprese de dos formas complementarias. A la mujer se le pide que se someta a su marido y al hombre que ame a su esposa. No debemos perder de vista que ambas indicaciones se refieren a la forma en que ambos muestran su sometimiento mutuo. Por ello es que el sometimiento de la mujer a su marido no es mayor que el de este a su esposa y viceversa.

Alguien ha dicho que, de acuerdo con el evangelio de Cristo, la sujeción mutua es inseparable del amor verdadero. El amoroso sí que produce la sujeción voluntaria al otro, siempre es expresión de la libertad de la persona y no resultado de la imposición violenta de la voluntad del otro. En este modelo de relación, el yo comete un suicidio temporal por cuanto el ego del cónyuge es silenciado por causa del bienestar de su pareja. Se trata de un suicidio temporal y espacial en el que uno muere en aras de que el otro viva. Se trata de un negarme a mí mismo, para que el otro pueda realizarse en mayor grado y así contribuir a la realización plena de la pareja. Pues, cuando uno se duele, ambos padecen; y cuando uno se alegra, ambos son bienaventurados.

En esta disposición de sometimiento mutuo, la instrucción a la mujer resulta redundante: las esposas deben estar sujetas a sus esposas como al Señor. No cabe duda que tal principio corresponde a un modelo matrimonial tradicional, patriarcal, hasta, en apariencia, machista. Sin embargo, la aclaración como al Señor, redimensiona el mandato. El sometimiento debido al esposo no se equipara al exigido por un déspota. No tiene como razón de ser al esposo, sino al éxito matrimonial, entendiendo este como el resultado feliz de la relación de esposos.

Además, la referencia como al Señor destaca que la cabeza y el cuerpo son una sola unidad. Así, el reconocimiento al liderazgo del marido contribuye al bienestar de la mujer misma. Al mismo tiempo que el marido, al cumplir fielmente con su tarea de cabeza de familia, dirige a los suyos a la obtención del bien común. El sometimiento de la mujer al esposo no es otra cosa que el respeto a la función y responsabilidad del mismo. La mujer no atropella, no invade y no exime de las responsabilidades que le corresponden al esposo y le deja ser y hacer lo que le es propio. Es esta una tarea que exige de la mujer paciencia, esperanza y comprensión, desde luego. Pero, también exige firmeza pues requiere que se mantenga haciendo lo bueno, aun cuando su marido parezca haber perdido el paso.

Esto nos lleva a la cuestión de cómo seguir a quien no parece tener, o de plano no tiene, rumbo. Cómo seguir a un marido que ni a brújula llega, es una cuestión que no puede dejarse de lado. La instrucción de Pedro, en el sentido de que la mujer debe someterse a su marido aun cuando este no sea creyente, destaca la confianza que el Apóstol tiene en el poder del testimonio de la mujer sujeta a Cristo. El que ella persevere haciendo el bien puede animar y conducir al marido a que él retome el camino adecuado. Es como cuando dos personas cantan y una de ellas desafina. Si la compañera de esta se deja llevar por el desentono, ambas darán al traste con la interpretación que hacen. Sin embargo, en la medida que la persona afinada se mantiene en el tono correcto, quien se ha desviado de este podrá recuperarlo y contribuir así a la armonía musical. Lo mismo sucede en la pareja. Respetar al marido significa no dejar de ser lo que la mujer es en Cristo, reteniendo sus responsabilidades y negándose a manipular, condescender o asumir como propias las responsabilidades del otro.

Cumplir con el mandato de Cristo requiere que las mujeres dejen hacer mucho de lo que han venido haciendo y que empiecen a hacer lo que les es propio, tanto en cuestiones de liderazgo familiar, como en las que tienen que ver con la generación y administración de los recursos económicos, como en el modelo de sexualidad propio de su pareja. Por ejemplo, hay mujeres que no solo cocinan, lavan y limpian para el esposo; también le dan casa y le financian sus juguetes, pero, a más de ello tienen que contribuir a partes iguales para el gasto familiar. Nada más alejado del principio bíblico que asocia al liderazgo masculino el cumplimiento mayoritario de la generación de recursos, la prestación de servicio y el cuidado de la esposa y de los hijos, en ese orden.

A los esposos la Biblia les exige, no que obedezcan a sus mujeres, sino que las amen. ¿Estamos ante una discriminación? ¿Se trata de fortalecer estructuras machistas como las únicas válidas para el matrimonio? Lo cierto es que una lectura parcial del texto bíblico así pareciera sugerirlo. Pero, una lectura cuidadosa de los textos bíblicos destacan dos cuestiones torales: La primera, se exige al hombre que ame a su esposa como Cristo amó a la iglesia. La segunda, se le exige al esposo que ame a su esposa como a su propio cuerpo, porque, se aclara, quien ama así a su esposa, se ama a sí mismo.

Difícilmente podremos encontrar una forma de sometimiento mayor, más costoso y sacrificial que el que está implícito en la manera cristiana de amar a la esposa.

Fijémonos que a los esposos cristianos se les llama a imitar a Cristo en cuanto a su amor a la iglesia. El cómo de este amor, la dimensión del mismo se explicita con la frase: dio su vida por ella. Dio, entregó, son términos interesantes. Primero, porque destacan el hecho de que la iglesia no despoja a Cristo, sino que él se auto despoja a favor de la misma. Lo mismo se llama a hacer al marido: privilegia a tu mujer por sobre ti mismo. Además, porque de manera implícita se llama al hombre no solo a renunciar a lo suyo a favor de su mujer, sino a tolerar también la prisión que ello significa. Puede hacerlo porque sabe que así su amor da fruto en la realización plena de su esposa, en el que ella pueda ser bienaventurada, feliz y exitosa.

La expresión de este amor cristiano a la esposa se evidencia tanto en el sustento y el cuidado que el marido provee a la esposa. En una cultura de pretendida igualdad, estos elementos bíblicos deben ser recuperados. Toca al marido la tarea fundamental de alimentar a la esposa. Es decir, toca al esposo cristiano la tarea de ser el primer proveedor para la esposa y sus hijos. El aporte que la esposa haga al gasto familiar siempre deberá ser complementario al aporte del marido. Cualquier otro modelo de relación, por muy necesario o civilizado que parezca, es ajeno al principio cristiano para el matrimonio. Además, toca también al marido la tarea de cuidar a la esposa. La idea es retadora, thalpo significa: calentar, suavizar por calor; luego, mantenerse caliente, como de aves cubriendo a sus polluelos con sus plumas. Se trata de un cuidado tierno que tiene como propósito garantizar el bienestar de la esposa, su comodidad. Difícilmente hay amor más enriquecedor y trascendente que el que se exige de los esposos cristianos.

Ante la mala fama del matrimonio, ante el número creciente de parejas separadas, ante las propias heridas resultantes de la relación matrimonial, parecieran ser pocas las razones para creer que el matrimonio puede funcionar y ser exitoso. Pareciera haber razón para que cada vez más solteros tengan miedo de casarse y para que cada vez más casados estén pensando en huir de, dar por terminado, su matrimonio.

La fe cristiana, el evangelio de Cristo, nos anima a renovar la esperanza. Se puede estar casado y ser feliz. Se puede estar casado y alcanzar el éxito en la vida. Sí, se puede… en Cristo. Los matrimonios en conflicto viven tiempos de conversión y de gracia. Si se vuelven al Señor y hacen suyo el modelo cristiano del matrimonio, estarán dando lugar a la gracia divina. Entonces, con la ayuda de Dios, podrán descubrirse a sí mismos como capaces de amar y amarse de una manera plena, cautivadora y, sobre todo, feliz y trascendente.