Archivo para septiembre 2009

Rompiendo la Maldición de la Pareja

28 septiembre, 2009

La meditación, Mujeres Necias, ha provocado un buen número de llamadas, comentarios y aún encuentros con personas interesadas en el tema. Resalta el hecho de que un buen número de mujeres me han recordado aquel adagio que dice: “La mula no era arisca, la hicieron”. También ha llamado mi atención el que varios hombres hayan mostrado su satisfacción porque se trató un tema que les afecta y duele: la necedad de sus propias esposas. Pero, lo que más llama mi atención es que unas y otros insistan en permanecer en un modelo de relación, una manera de ser pareja, que no les satisface y sí les hiere constante y crecientemente.

Una vez más, hemos comprobado que la problemática de las parejas es compleja, particular y, siempre, diferente. Podemos hacer una paráfrasis de aquel popular dicho y declarar que, en materia de conflictos, cada pareja es un mundo. Sin embargo, también hemos encontrado que hay un factor que se encuentra presente en la mayoría de las parejas, tanto las que permanecen juntas –aunque no necesariamente por ello unidas-, como las separadas, divorciadas o en camino a ello. Que este factor trasciende cuestiones de edad, nivel social, confesión religiosa, etc. Se trata de un modelo de relación en el que se pretende que la mujer debe estar necesariamente subordinada al marido.

Culturalmente estos hombres y mujeres han aprendido que toca a la mujer la tarea de seguidora y al hombre el asumir la responsabilidad de la jefatura familiar; entendiendo esta como el derecho del hombre a decidir lo que está bien para la mujer y los hijos, lo que deben ser y hacer estos y la manera en que la familia debe organizarse. El resultado es una relación simbiótica que lejos de satisfacer a los miembros de la familia les impone roles y cargas que no les son propias. La mujer sumisa debe pagar el precio de su relegamiento, de su menosprecio y de la renuncia a su dignidad. A cambio de ello recibe el seudo beneficio de la protección, la seguridad económica y, sobre todo, el de no tener que asumir la responsabilidad de su propia vida, ya que lo que de lo que ella es y hace debe responsabilizarse a su marido. Este, por su lado, recibe el seudo beneficio de ser el señor de la familia, impone su voluntad y no tiene que dar cuenta de lo que es y hace a nadie. Pero, a cambio de ello, debe llevar sobre sus hombros no solo la responsabilidad de proveer a los suyos los recursos que requieren, sino que también resulta responsable del éxito o fracaso de los mismos. A fin de cuentas, la felicidad de los suyos depende de él, puesto que él los dirige.

Dado que tal manera de relación conyugal-familiar es contraria a la identidad con la que hemos sido creados, la misma fructifica en insatisfacción respecto de sí mismo y del otro y conduce, irremediablemente, a conflictos que atentan contra la estabilidad y la unidad de la pareja. Desafortunadamente, insistimos, una inadecuada interpretación de los pasajes bíblicos relativos al matrimonio, resulta ser el marco teórico que empuja a hombres y mujeres a relacionarse de manera tan destructiva. Conviene que, una vez más, consideremos lo que la Biblia dice al respecto.

Para empezar, no debemos olvidar nunca que hombre y mujer fuimos creados en un principio de igualdad. Al propósito divino de “hagamos al hombre”, sigue la declaración bíblica: “varón y hembra lo creó”. El relato de la presencia de Adán y Eva en el paraíso, destaca sobre todo el principio de equilibrio que guarda la Creación toda, incluyendo la relación entre los seres humanos. Adán era Adán y Eva, Eva. Cada quién él mismo y ambos en relación. La desafortunada experiencia de Eva con la serpiente, evidencia que la mujer era libre de tomar decisiones por sí misma; al igual que lo era Adán. En la desobediencia de ambos se hace evidente la libertad individual del ser humano.

Cuando Adán trata de justificarse ante el reclamo de Dios por su desobediencia, acusa a Eva, cierto, pero, cabe destacar, la identifica como su compañera. “La mujer que me diste como compañera”. Sin embargo, tal calidad de relación termina por el pecado. Dios, castiga a Adán y a Eva, modificando la calidad de iguales con la que fueron creados. Con ello hace evidente que el equilibrio que caracteriza a la Creación ha sido roto, habrá enemistad, trabajo improductivo, dolor, etc. En el caso particular de la mujer, Dios advierte que su deseo la llevará a su marido y él tendrá autoridad sobre ella.

Así, podemos ver el que la ascendencia del hombre por sobre la mujer es resultado del pecado y consecuencia del hecho de que la mujer pierde su identidad dado que hay una fuerza interior que la obliga a someterse a la voluntad del esposo; de la misma manera que las bestias se ven impelidas a devorar a otras. Tal es el sentido del término usado por el escritor bíblico. Es la naturaleza caída de la mujer, por el pecado, la que le lleva a necesitar compulsivamente de su marido.

Sin embargo, ni la ascendencia del hombre sobre la mujer, ni la necesidad compulsiva que la mujer tiene respecto de su marido, son elementos que contribuyen a la salud de la pareja. El hombre que controla, pronto se siente abrumado y fastidiado por tener que ser el responsable único de la salud de su familia. La mujer obligada a depender del marido en razón de su falta de identidad, pronto se llena de amargura y procurará vengarse del marido.

La salvación que hombres y mujeres recibimos en Cristo regenera en nosotros la identidad con la que hemos sido creados. Nunca será suficiente, menos demasiado, el recordar el principio bíblico de que, en Cristo, somos nuevas criaturas y que todas las cosas son, también nuevas. Por ello es que el Apóstol Pablo nos recuerda que, en Cristo, ya no hay diferencias cualitativas entre hombres y mujeres, así como tampoco las hay entre judíos y no judíos. En Cristo, Dios ha reconciliado todo consigo mismo. En consecuencia, en Cristo se recupera el principio de equilibrio que caracterizó el hecho de la Creación.

Es indispensable considerar tal realidad para poder comprender el principio neotestamentario de la sujeción. Este incluye, desde luego, la sujeción de la mujer al hombre, pero no se agota en ella. En Cristo no es solo la mujer la que se sujeta al hombre, este también se sujeta a la mujer y, en el cuerpo de Cristo, todos nos sujetamos unos a otros.

El término usado en el Nuevo Testamento y que se traduce como sujetar, es un término interesante. Para empezar, es un término militar. Su traducción literal podría ser: “ordenar a las tropas en un desfile bajo las órdenes de un líder”. Respecto de la familia, puede traducirse como: “una actitud voluntaria de ofrecimiento, cooperación, aceptación de responsabilidades y para llevar una carga”. No se puede, por lo tanto, traducir tal término como un acto de rendición absoluta de la mujer ante la voluntad de su marido. Debe traducirse como un principio de colaboración entre los esposos, recordando que solo quienes son iguales en calidad puede colaborar entre sí.

Un elemento ignorado tradicionalmente en la interpretación de este asunto es que, en tratándose de la pareja, la razón del sometimiento no lo es la pareja, ni el marido, ni la mujer. Es decir, que la mujer no es llamada a someterse a su marido por el marido mismo. Ella y él son llamados a someterse mutuamente, por causa de Cristo. Por lo que Cristo es para ellos y en ellos. De no someterse mutuamente no podrá cumplirse en ellos el propósito divino para sus vidas. En un desfile, el sometimiento de los soldados tiene como propósito el que las tropas puedan cumplir su tarea. Por ello deben marcar el paso al unísono y caminar al ritmo y en la dirección que su comandante en jefe les indica. El comandante en jefe de la familia no es el marido, es Cristo.

No hay, por lo tanto, una razón bíblica que sustente el principio de subordinación incondicional de la mujer al hombre en el matrimonio. Ni siquiera cuando la Biblia establece que el marido es la cabeza de la esposa. Pues, también en este caso se parte del hecho de que la cabeza del cuerpo de Cristo, la Iglesia, es Cristo mismo. Así, cualquier sometimiento y cualquier autoridad están condicionados al liderazgo de Cristo.

Hay otra razón práctica que, desafortunadamente, explica mucho de las crisis de parejas y familias cristianas. El marido no resulta un líder a seguir en su relación con Cristo. Cada vez más las iglesias se están llenando de hombres vacíos de Cristo y, por lo tanto estériles, sin frutos de fe. No viven a Cristo, han encontrado en el cumplimiento de ritos y el hacer ciertas obras piadosas, el todo de su fe. Pero ni son luz, ni son sal. Coincidentemente, son los hombres que tienen la necesidad, también compulsiva, de ser obedecidos por sus esposas. Son aquellos a quienes la individualidad de su mujer les lastima y pone en riesgo. Por ello, exigen que se les reconozca como la cabeza, sin estar ellos mismo sujetos a la cabeza que es Cristo.

Cuando nosotros necesitamos que nuestra esposa sea lo que queremos; cuando la obligamos, manipulamos, chantajeamos, etc., para que sea y haga lo que a nosotros conviene, solo estamos evidenciando nuestra propia inmadurez. Nuestra falta de sentido y dirección en la vida. ¿Cómo entonces podemos exigir, esperar, que nos sigan? ¿Cómo puede un comandante exigir que sus soldados marquen el paso, cuando él mismo no sabe si es primero el derecho o el izquierdo; cuando él mismo es inconstante en su propio caminar? ¿Cómo puede el esposo esperar y exigir a su esposa que le siga, cuando él mismo no camina en dirección a Cristo?

Por otro lado, la mujer que en razón de las heridas que ha recibido a lo largo de su vida, primero en casa de sus padres y luego al lado del marido, insiste en cobrar las facturas, aún a costa de su propia dignidad y de la estabilidad de su hogar, ¿cómo puede esperar mayor respeto, comprensión y apoyo de aquel al que persigue y lastima? ¿Cómo puede exigir que su marido confíe en ella, cuando lo menosprecia y critica frecuentemente? Más aún, ¿cómo puede esperar que sus hijos reconozcan el liderazgo familiar del padre, cuando ella boicotea la autoridad paterna?

Como en muchos otros casos, la sanidad de las relaciones matrimoniales pasa por la conversión a Cristo. No basta asumirnos creyentes, tenemos que negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz diariamente y… seguir a Cristo. Tomar la cruz significa, en algunos casos, confrontar, pactar y volver a empezar. En otros, significa ofrecer el sufrimiento, el desencanto y aún el dolor que se vive, a Jesucristo, Señor y Salvador nuestro, comprometiéndonos a seguir practicando la justicia aún cuando el otro persevere en su mal. Esta práctica de la justicia nos llevará a comprobar que, en efecto, el bien siempre triunfa sobre el mal.

Estoy convencido de que muchas relaciones de pareja podrán recuperarse cuando los esposos amemos a nuestras mujeres como Cristo ama a su Iglesia. Cuando en aras de nuestra fidelidad a Cristo los hombres nos entreguemos a nosotros mismos a nuestras esposas. A que, en fe y obediencia, podamos asumir para nosotros y comprometernos con ellas, a que así como nos hemos entregado a Cristo, así nos entregamos a ellas. Que así como somos de Cristo, así somos de ellas.

Pero, también estoy convencido de que muchas relaciones de pareja podrán recuperarse cuando las mujeres se decidan a seguir el mandato bíblico y no solo se sujeten a su marido, sino que lo respeten. Porque, estar sujeta no es sinónimo de ser respetuosa. Se respeta a quien se aprecia, a aquel a quien se le reconoce que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Sobre todo, en tratándose del esposo, se le respeta porque se reconoce que él y la esposa son una sola persona. Así, al respetar al esposo la mujer se respeta a sí misma.

Déjenme terminar recordando a hombres y mujeres que, en Cristo, nosotros y ellas somos otros, distintos a lo que fuimos sin Cristo. Somos nuevas criaturas, luz y sal, comunidad de amor; y, en particular, somos ministros de la reconciliación.

¿Quién será mi Mensajero?

27 septiembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías 6

Los creyentes recibimos un doble llamado de Dios. El primero, a aceptar la salvación que él nos ofrece por medio de Cristo. El segundo, a cumplir con una tarea específica, particular e irrepetible. Al ser salvos, se desarrolla en nosotros una capacidad especial para ver y oir lo que nos rodea. Mientras más profundizamos en ese estado de salvación-comunión al que hemos sido llamados, tenemos una capacidad mayor para ver lo que no es aparente. Más aún, para mirar de otra manera lo que nuestros ojos ven, y para escuchar de manera distinta lo que nuestros oídos oyen. Tal el caso de Isaías.

Isaías era sacerdote, como nosotros. Como sacerdote tenía un lugar privilegiado en el templo para observar y participar de las ceremonias religiosas que ahí se realizaban. Con toda seguridad, el día del relato, se celebraba un “culto de acción de gracias” por el rey Ozías. Isaías veía lo mismo que sus compañeros sacerdotes, lo mismo que el pueblo. Pero, también miraba otras cosas. Primero, miraba que la devoción mostrada a Dios en el templo, contrastaba con formas de vida, personales y comunitarias, en las que Dios era ignorado. El entusiasmo religioso no era correspondido con la fidelidad de lo cotidiano. El sabía de la situación que había llevado a Dios a reclamarle a Israel: “Todo es música de arpas, salterios, tambores y flautas, y mucho vino en sus banquetes; pero no se fijan en lo que hace el Señor, no toman en cuenta sus obras”. Además, miraba el corazón de Dios. Es decir, como quien está cercano al ser amado, Isaías conocía el sentir de Dios respecto de lo que pasaba ese día en el templo… y en la vida cotidiana de Israel.

En ese contraste, en esa coyuntura, Isaías tiene una visión. En la visión escucha una pregunta. Y en la pregunta recibe un llamado: “¿A quién voy a enviar? ¿Quién será mi mensajero? Sorprendentemente, Isaías no pregunta ¿a dónde?, o ¿para hablar a quién? No, simplemente responde: “Aquí estoy, envíame a mí”.

¿Qué llevó a Isaías a responder de tal manera? ¿Qué buscaba, qué esperaba? ¿Éxito profesional? ¿Realización personal? ¿Riquezas, fama? Todo lo tenía. Era miembro de la minoría más influyente y rica de Israel, después de la Casa Real. Entonces, ¿lo animaba una tarea emocionante, gratificante, exitosa en sí misma? Basta leer los vvss 9 al 13, para darnos cuenta de que no había lugar para tales expectativas.

Entonces, ¿qué llevó a Isaías a unirse a Dios en una tarea tan poco prometedora?

En primer lugar, la conciencia del señorío y la magnificencia de Dios. El sabía que al Rey al que se celebra en el templo no es a Ozías, sino al Todopoderoso de Israel. Él es el centro de la vida de su pueblo. Es él quien gobierna, es a él a quien se le debe todo honor y gloria. “Sentado en un trono muy alto”. “El borde de su manto llenaba el templo”. “La tierra esta llena de la gloria del que es Santo, Santo, Santo”.

En segundo lugar, la conciencia del carácter y condición de Isaías. “Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros”. La santidad de Dios evidencia, por contraste, el pecado de Isaías. La magnificencia de Dios evidencia, también por contraste, la vulnerabilidad de Isaías. Y al tener conciencia de todo ello, también tenía conciencia de la gracia recibida. Él no era mejor que los demás, pero Dios le daba un trato diferente, especial, bendecido. Como a nosotros. Que hemos recibido, como principal privilegio, el de la salvación.

Pero hay un elemento más: Isaías oye las voces de los seres como de fuego, mira las puertas del templo temblar y ve llenarse de humo el santuario entero. Hay miles de personas congregadas en el templo y solo Isaías ve y oye. Y lo que ve y oye lo altera.

Hay quienes, como Isaías, están viendo y oyendo cosas que los que están a su alrededor ni imagina. Están alterados y están confundidos. Algunos cierran los ojos para no ver. Otros, como niños ante lo que no comprenden se enojan, con Dios o con el sujeto de su visión.

¿Qué es lo que ven? Simplemente, lo mismo que Dios ve: millones de hombres y mujeres sin Dios y sin esperanza, multitudes en aflicción, familias disfuncionales, jóvenes sin futuro, etc. E Isaías, como Dios mismo, no permanece indiferente, no puede permanecer indiferente.

Lo que hace diferente a Isaías de quienes no quieren ver y oir lo que otros no ven y oyen; y de los que ante la confusión se desesperan y aún enojan, es un par de cosas: Isaías sabe que Dios no revela nada a sus siervos, a menos que tenga el propósito de involucrarlos en lo que él está haciendo al respecto. Así que, Isaías también sabe que en lo que vemos está el llamado.

Quien se ocupa de ti para mostrarte lo que hay en su corazón, te está llamando para que lo sirvas. Su pregunta es retórica. Porque es la pregunta del que lo llena todo. Del Rey. De tu Señor. Así que, en realidad, no pregunta, te ordena que vayas.

A veces nos resistimos a salir del templo y a abandonar a Ozías, con todo lo que él representa. El hecho es que Dios ya no está en el templo, ni en las ceremonias que ahí se realizan, ni en la alegría del pueblo que celebra a Ozías. Dios ha dejado de estar en lo que te resulta cotidiano, cómodo, manejable. Dios está afuera… o en otro lugar, y es ahí a donde él te está llamando.

Algunos de ustedes están en crisis. Ven y escuchan lo que otros no. Han descubierto que ya no encajan… pero quieren seguir estando “entre el porche y el Altar”. Sólo tengo una invitación que hacerte, a ti que, sabemos, estás viendo y oyendo lo que otros no: ve y haz a donde, y lo que, el Señor te está llamando. Recuerda que en lo que ves y oyes está el llamado. Ve a él y ve con él.

Cultivar la Comunión con Dios I

23 septiembre, 2009

Cuando en CASA DE PAN hablamos de comunión con Dios, no nos referimos a una cuestión intimista, limitada al cultivo de una experiencia sensorial. Estar en comunión con Dios es mucho más que sentir su presencia y, desde luego, mucho más que apartarse para leer la Biblia, orar y alabar al Señor. De hecho, comunión es: participar de una misma cualidad o circunstancia, parecerse en ella. Así, estar en comunión con Dios consiste en sintonizar la propia vida con el carácter, el propósito y el quehacer divinos. Veamos:

Dios es santo, tal es su carácter. Ello implica que estar en comunión con Dios significa practicar lo bueno y abstenerse de toda expresión del pecado. El cristiano que cultiva la comunión con Dios, se abstiene de aquello con lo que Dios no comulga. Pero, no solo se abstiene, también se consagra para, con su vida, dar testimonio del poder del bien.

El propósito de Dios es que los hombres sean salvos. Jesucristo es la evidencia más contundente de que en la agenda de Dios no hay asunto más importante que este. El creyente asume tal propósito y dedica el todo de su vida para colaborar con Dios en la tarea de la redención humana. No deja de ser, ni de hacer, lo que le es propi, todo lo que es y hace lo orienta para que sea un instrumento que proclame la obra redentora de Cristo y anime a los hombres a volverse a él.

Los cristianos se suman a lo que ven hacer al Padre. Se niegan a sí mismos para poder participar de la obra de Dios. Consuelan a los que están tristes, acompañan a los que padecen tribulaciones, alimentan y visten a los pobres; en fin, son luz del mundo y sal de la tierra. El estudio de la Biblia, el cultivo de la oración y la comunión con los santos, la Iglesia, les permite saber qué es lo que Dios está haciendo a favor de la humanidad.

Estar en comunión con Dios consiste, entonces, en sintonizar la vida para que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo. Efesios 4.15

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