De fuera, conflictos, y de dentro, temores

2 Corintios 7.5-7

Cuando Pablo utiliza la expresión: “de fuera, conflictos, y de dentro, temores”, para describir la crisis enfrentada en Macedonia, nos hace un gran favor. Sí, nos ayuda a expresar adecuadamente la complejidad de las crisis que enfrentamos y como es que las resentimos personalmente. “Luchas a nuestro alrededor y temores en nuestro interior”.

Con su definición Pablo se anticipó varios siglos a la definición de esa realidad tan conocida en nuestro tiempos, el estrés. Este, no debemos olvidar, es la consecuencia de la incapacidad de la persona para responder adecuadamente a las amenazas físicas o emocionales, reales o imaginarias, de su entorno. Está estresado quien ha perdido el equilibrio interior por la correlación de fuerzas externas y fuerzas internas, en determinadas circunstancias.

El ser humano enfrenta, en particular, dos tipos de crisis: las de crecimiento (naturales y previsibles), y las imprevistas o accidentales. Desde luego, las segundas resultan más dramáticas e impactantes. Después de todo, toman por sorpresa a las personas.

Las crisis de crecimiento, aunque dolorosas y complejas, resultan menos difíciles de manejar. Para ello se cuenta con un recurso sumamente importante, la previsión. Ver desde antes, no solo es una cuestión de anticiparse en el tiempo. Es, también, el poder anticipar el curso de los acontecimientos considerando el principio de causa y efecto; o, en términos bíblicos, de siembra y cosecha.

“Lo que el hombre siembra, eso es lo que cosecha”, es el principio bíblico contenido en Gálatas 6.7. Este principio abunda en el presupuesto bíblico que indica que quien desea vivir en bendición, seguro y próspero, debe sembrar lo necesario. 1 Pe 3.10ss; Sal 34.12-16

Este es un principio aplicable al todo de la vida humana. Tiene que ver con la prosperidad económica, o material. La Biblia enseña que hay que trabajar para obtener riquezas, dones materiales. También enseña que quien desee vivir sano debe cuidar su cuerpo. Insiste en que las relaciones armónicas son fruto, resultado, del amor y la amabilidad mutuos. Enseña, que quien quiera que sus hijos sean hombres y mujeres de bien, debe educarlos en el temor de Dios.

Gracias a Dios, los cristianos podemos ver desde antes. Por lo tanto, podemos saber cuáles serán las consecuencias a esperar de lo que estamos haciendo o dejando de hacer. Saber que hemos sembrado lo bueno, nos ayuda a permanecer en equilibrio pues, podemos estar seguros, que la ley natural de la siembra y la cosecha, habrá de cumplirse independientemente de las circunstancias.

Por lo tanto, no puede estar en equilibrio aquel que sabe que el fruto de lo que siembra no será bueno. Aún cuando no se haya llegado al momento de la cosecha, no podrá tener paz pues vivirá bajo el temor expectante de que aquello que sembró dé el fruto correspondiente. Dado que puede prever, quien siembra para la carne, vive la angustia y la ansiedad de quien espera lo adverso. Mientras que quien ha sembrado el bien, puede mantenerse tranquilo, en equilibrio, pues lo que espera le resulta agradable.

Sin embargo, sabemos que a pesar de que sembramos el bien con frecuencia encaramos, nos llegan, cosas malas, impensadas e inesperadas. Son estas las que propician las crisis accidentales. Generalmente, estas no son resultado de nuestra propia siembra, sino resultado de las fuerzas generadas por otros y aún por la naturaleza misma. En algunos casos enfrentamos el fruto de la siembra individual de otros; así como, con frecuencia, debemos cosechar el resultado del quehacer social. (Algunos distinguen, por cierto, entre pecado individual y pecado social, para explicar mejor esto.

La Biblia misma nos previene de la inminencia de los días malos. Estos llegan, cuando y de donde menos los esperamos. No siempre son resultado de nuestras decisiones o acciones, pero siempre terminan afectándonos personalmente. Aunque empiezan fuera de nosotros, se convierten en “una cuestión personal”. ¿Cómo enfrentarlos?

Lo primero, es recordando que “Dios nos anima”, es decir nos da la energía necesaria para prevalecer en la crisis.

Lo segundo, es que Dios se sirve de otras personas para hacerlo. Cuando se sufre injustamente, se genera una solidaridad trascendente. Siempre hay quienes son acercados por Dios para consolarnos, apoyarnos ante la injusticia y sostenernos. La presencia de otros, a veces muy otros, es un testimonio de la presencia de Dios en medio de nuestros días injustamente malos.

Así que, el remedio para que el estrés no destruya, ni a nosotros ni a los nuestros, es que abundemos en medio de la crisis, sembrando el bien. La paz interior resultante será la mejor plataforma que nos permita permanecer firmes en el Señor, sin importar los conflictos y temores enfrentados.

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