Los Retos en la Vejez

Pastor Adoniram Gaxiola

La expectativa de vida en nuestro país se incrementa año con año. Por ahora, se espera que los hombres vivan un promedio de 75 años y que las mujeres alcancen casi los 78 años de vida. El que cada día haya un mayor número de ancianos representa una serie de retos para los que, en general, ni la Nación, ni las familias, ni los ancianos mismos, estamos preparados. Se requiere de servicios médicos especializados, así como de programas sociales de atención a los adultos mayores. Se hace necesaria la adaptación física de calles, edificios y medios de transporte. Se requiere también que el gobierno destine grandes cantidades de dinero para apoyar a los ancianos que viven en pobreza y abandono. En fin, el crecimiento del número de ancianos pone a prueba el todo de la estructura socio-económica del país.

El que las personas vivan más años, también representa una serie de retos para las familias. Estos tienen que ver con la necesidad de atender las necesidades elementales de quienes cada vez tienen menos fuerza, recursos y capacidad para ver por sí mismos. Ello obliga a la familia a ocuparse de manera creciente de cuidar, acompañar y servir a sus ancianos; lo cual obliga a organizar horarios, distribuir recursos y asignar tareas en función de los abuelos. Los retos también tienen que ver con las dinámicas de relación que se dan al interior de las familias, es decir con la forma en la que conviven bajo un mismo techo ancianos, adultos, jóvenes, adolescentes y niños. Desde luego, representa un reto el hecho de que la mayoría de los ancianos no cuentan con, ni pueden generar, recursos propios. Aunque también resulta un reto el hecho de que, en no pocos casos, son los ancianos los únicos miembros de la familia que cuentan con un ingreso regular, por más magro que este resulte, el de su pensión.

Hay, sin embargo, un área en la que el reto de convivir por más tiempo con los padres y abuelos resulta especialmente conflictivo. Se trata del área de las relaciones entre los hijos adultos y sus padres ancianos, especialmente cuando estos acusan un deterioro emocional y de sus facultades mentales. Cuando su mente ya no funciona con la claridad de tiempos pasados y la memoria se complica; tanto por lo que olvida como por aquello que insiste en recordar. Cuando la capacidad para tomar decisiones adecuadas y oportunas merma y es suplida con actitudes y conductas tercas e inflexibles.

Alguna ocasión, nuestro Señor Jesús le advirtió a Pedro (Jn 21.18): “Te aseguro que cuando eras más joven, te vestías para ir adonde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde no quieras ir”. Aunque Juan advierte que Jesús se refería a la muerte que tendría Pedro, sus palabras describen con precisión el cambio fundamental que la vejez propicia. Se trata de un cambio de roles, de funciones, tanto del anciano como de los suyos.

De acuerdo con nuestro Señor Jesús, en la vejez se llega a un momento en el que la persona anciana ya no decide por sí misma: lo que hace, a donde va, la forma en que administra su tiempo y recursos económicos, etc. Los porqués de tal cambio son muchos y tienen que ver con un hecho que no deja de resultar doloroso, penoso y hasta deprimente. Se trata del deterioro integral que acompaña a la vejez; lo que el Apóstol Pablo refiere como el “desgaste del hombre exterior) (2 Co 4.16). Es el desgaste integral del anciano lo que le obliga a dejar de ser y hacer lo que hacía cuando joven y tener que depender de otros para que hagan por él y en lugar de él.

Pero el desgaste del hombre exterior del anciano y de la anciana, les afecta a ellos. El “otro te vestirá”, de las palabras de Cristo, implica que otros, generalmente los hijos y los nietos, son quienes asumen la tarea de hacer por sus padres y abuelos lo que ellos ya no pueden, o ya no deben, hacer. Así, los viejos dejan de hacer lo que hacían y los jóvenes empiezan a hacer lo que no habían hecho. Y, es que, cuando los ancianos se debilitan, toca a los jóvenes apuntalarlos. Como a una pared agotada por el tiempo.

Es esta una experiencia llena de dolor, conflictos y hasta enfrentamientos. Una experiencia que propicia la aparición de raíces de amargura tanto en los ancianos como en sus hijos y demás familiares. También una experiencia que viene a reabrir las heridas que han acompañado, desde la niñez, especialmente la relación entre padres e hijos. Recuerdo a una mujer quien tuvo que atender a su padre en los últimos años de su vida. Por un accidente de tránsito, él había perdido la memoria y no podía valerse por sí mismo, casi ni para los aspectos básicos de su cuidado persona. Aunque se volvió un hombre tranquilo y dócil, su demencia lo volvió terco y difícil en su trato. Su hija me decía, llena de culpa, como había momentos en los que, mientras lo atendía y aseaba, se preguntaba: “¿qué hago yo con este hombre que me golpeaba a mi madre, nos maltrataba y terminó por abandonarnos cuando más lo necesitábamos?”

Como esta mujer, muchos hijos enfrentan, al tener que cuidar a sus padres ancianos, una ambivalencia de sentimientos. Que los aman, no hay duda… en la mayoría de los casos. Pero, de que se cansan, se desesperan y hasta se hartan de servirlos, tan poco hay duda alguna. El conflicto se complica cuando la razón que los hijos tienen para servir a sus padres pasa por la culpa, por el remordimiento. No han sido pocos los hijos que me han confesado que atienden a sus padres, procurando recompensarlos por el abandono o el maltrato que en su juventud les prodigaron. Otros más, lo hacen animados por el temor de que si ellos no atienden a sus padres, sus propios hijos no los ayudarán cuando se hagan viejos.

El resultado de tales conflictos internos en los hijos es que dejan de ser lo que sus padres ancianos necesitan. Alguien me decía: “Los padres ancianos dependientes requieren de columnas a su alrededor. Cuando sus hijos, sea por cansancio, resentimiento o culpa, se doblan, ya no sirven de apoyo a sus padres. Peor aún, contribuyen a que el deterioro de los padres ancianos se vuelva en el deterioro de toda la familia”.

La relación entre los ancianos dependientes y sus familiares es parecida a la relación entre un tornillo y su tuerca. Para que haya firmeza entre ambos, se requiere apretar lo necesario y aflojar lo conveniente. Si se aprieta de más, pueden dañarse el tornillo y la tuerca; si se deja floja la unión, no hay fortaleza y se propicia un daño mayor. Así, los hijos, nietos y familiares de los ancianos dependientes tienen que aprender a ser firmes cuando se requiere y tolerantes cuando convenga. Ello implica la disposición a pagar las emociones, sentimientos y reclamos resultantes. Pero, buscando su bien, si hay que vestir al padre, hay que vestirlo. Y, si no es el tiempo de hacerlo, hay que dejarlo desnudo. Así lo honraremos, lo protegeremos y lo serviremos aún cuando nuestro corazón, y el suyo, rebosen de dolor, confusión y tristeza. El amor, la caridad, nos lleva a hacer lo que hay que hacer y a dejar de hacer lo que no conviene.

En algún momento el Salmista exclama: “Si el Señor no me hubiera ayudado, yo estaría ya en el silencio de la muerte” (Sal 94.17). Quienes convivimos con ancianos dependientes, padres, abuelos, hermanos, etc., podemos decir lo mismo. Sí, si el Señor no nos ayudara, lo que enfrentamos pudiera destruirnos. Pero, también los ancianos que tienen que ir renunciando a vestirse como, e ir a donde quieren, saben que si el Señor nos los ayudara, su suerte sería peor. Saber esto nos permite comprender un hecho importante: los retos que enfrentamos, los ancianos y sus hijos, no tienen el poder para destruirnos.

Dios ha puesto a nuestra disposición los recursos que necesitamos para ser más que vencedores en estas cosas. Podemos aprender, podemos recibir consejo y ayuda para hacer y dejar de hacer; podemos consolarnos los unos a los otros y, sobre todo, podemos contar con la gracia divina que nos anima, dirige y fortalece en el día a día.

Por ello quiero terminar con una palabra de esperanza. Decir a quienes se sienten culpables y/o lastimados por aquellos a los que sirven, su padre o su madre, que el sacrificio de Cristo les libra de toda culpa. Que pueden venir a él y encontrar descanso para sí mismos. Decirles, también, a los ancianos, que no hay nada de malo en ser débil y necesitar ayuda. Para empezar, porque en su debilidad se manifiesta el poder de Dios. Pero, también, porque su debilidad da la oportunidad a quienes los aman a aprender nuevas formas de expresarles su amor. Y que el amor de sus hijos es, a pesar de los errores que como padres hayan tenido, sí, es fruto de lo bueno que ellos sembraron en sus corazones. Recordar a todos que también en estos retos se cierta la promesa implícita en la declaración de Pablo, cuando nos llama a creer que todo lo podemos en Cristo, que nos fortalece.

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