Pescadores de Hombres

Publicado 15 agosto, 2009 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Pastor Adoniram Gaxiola

Como sabemos, el llamado a salvación conlleva el llamado al ministerio. No se trata de dos llamados diferentes, sino de dos dimensiones de uno mismo: el llamado a seguir a Cristo. Uno de los principios implícitos en el llamamiento divino es que llamamiento es destino. Tanto si se obedece, como si se ignora, aquello para lo cual hemos sido llamados determina nuestro presente y nuestro futuro.

Mateo, en su relato del llamamiento de Pedro y Andrés, descubre la estructura del llamamiento divino. En efecto, establece el “volverse a Dios” como el eje central de tal llamamiento. Además, descubre que, en la mayoría de los casos, el llamamiento al ministerio parte de un principio evolutivo; es decir, afecta la conducta, el propósito y la actitud de la persona, y le lleva a pasar de una situación (o estado), a otra. Finalmente, Mateo destaca que la única respuesta apropiada al llamamiento recibido es la obediencia inmediata y definitiva.

Nadie puede, ni tiene derecho, a ignorar la realidad y cercanía del reino de los cielos. Este debe ser entendido como el gobierno de Dios. En la economía de la salvación, Jesús indica el momento en que Dios retoma el dominio sobre la Creación toda. Jesús anuncia la derrota definitiva del diablo y, por lo tanto, llama a los hombres a que reconozcan en sí mismos la soberanía divina. Para ello tienen que cambiar su manera de pensar y asumir como propio lo que Jesús revela del Padre. Son llamados a conversión para que en ellos se haga presente y evidente el reinado de Dios en medio de una esfera de pecado.

Quienes asumen el gobierno de Dios en su vida, son llevados a un nuevo nivel, a otra esfera vital. No solo es afectado el todo de su vida que ahora está bajo el gobierno de Dios, sino que el propósito de la misma es redimensionado, elevado para estar en sintonía con el propósito mismo de Dios. Según Mateo, Jesús llama a “pescadores en activo” y les indica que seguirán siéndolo, pero ya no de peces sino de hombres. Es decir, los llama a evolucionar porque solo en un nuevo estado, definido aquí como el de “pescadores de hombres”, podrán hacerse uno con su Señor.

Los llamamientos revolucionarios, aquellos que implican que la persona no evolucione sino que ocupe un estado lateral, son los menos. A pocos se les llamó a hacer algo más que evolucionar, a que se ocupen de algo diametralmente diferente a lo que han venido realizando. Pero, a la mayoría de los discípulos de Cristo se les anima a que evolucionen a una nueva esfera de servicio, manteniendo un lazo con lo que ha sido su vocación, espacio vital y experiencia. Dejan todo, sí, pero en el sentido de que van a una nueva esfera más trascendente, más demandante y más acorde con su nueva naturaleza espiritual.

No se trata de que dejen de ser lo que son, ni que renuncien a sus conocimientos y experiencia. Se trata de que pongan todo ello al servicio de una causa superior, la causa de Cristo. Seguirán siendo pescadores, sí; pero, hemos dicho, ya no de peces, sino de hombres. Comprender esto es vital para poder entender y responder positivamente al llamamiento al ministerio. Primero, porque se hace evidente que Dios se vale de lo que somos y solo lo perfecciona y eleva a una nueva dimensión. Después, porque revela que el área de nuestro servicio es, precisamente, el área de nuestra influencia natural. Finalmente, porque eleva el nivel de compromiso, desde luego, pero añade a nuestra tarea una dimensión de trascendencia, de eternidad.

Mateo registra de manera breve, pero sustancial, la calidad de la respuesta de Pedro y Andrés: “Al momento dejaron sus redes y se fueron con él”. Quizá la brevedad de su relato sea el testimonio de su propia experiencia. Él mismo, cuando Jesús le dijo “sígueme”, se levantó y lo siguió.

Los cristianos somos salvos y llamados al ministerio. La relación con Cristo redimensiona el todo de nuestra vida. Cristo mismo nos invita a ver lo que él ve y a actuar en consecuencia. A “alzad vuestros ojos y mirad que los campos ya están listos para la siega,” nos invita. Es decir, el llamamiento que hemos recibido implica que lo mejor de nuestra tarea, de nuestro aporte en la vida, se da a partir de nuestra relación con Cristo. Sí, en y con él podemos dejar nuestras redes y, siguiéndole, hacer aquello con lo que impactaremos la eternidad.

Cuando los Padres se Llenan de Dios

Publicado 14 agosto, 2009 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Tener hijos es, al mismo tiempo, bendición, oportunidad y reto. Es una tarea difícil de llevar a cabo. Mucho más cuando se es padre o madre de más de un hijo. Cada uno de estos demanda de un tratamiento particular, cambiante y al mismo tiempo firme en cuanto a los principios que animan y guían a los padres.

Desde luego, el ejercicio de la tarea paterna requiere de algunos recursos indispensables. Entre estos destacan: la sabiduría para guiar y acompañar a los hijos en las distintas etapas de su vida; el valor para “dejarlos ser”, es decir, para respetar sus decisiones; el coraje para aceptar los propios errores y volver a empezar todas las veces que sea necesario; el conocimiento para entenderse a sí mismos y poder saber qué es lo que los hijos necesitan. Dado que esta lista es apenas enunciativa, cabe enfatizar la importancia de un recurso al que no siempre se le dedica la atención debida: la espiritualidad.

La espiritualidad es el cultivo de la relación personal con Dios. Esta se da en lo privado, pero también en la compañía de otros creyentes. La relación con Dios es cimiento y fuente. Cimiento, por cuanto provee a los padres y a los hijos del equilibrio necesario en cualquier circunstancia de la vida. Fuente, porque lo que hay de Dios en uno fluye, como el agua de los ríos, y termina bendiciendo a los demás. Cuando los padres “se llenan de Dios”, se convierten en cauces de la bendición que el Señor tiene para los hijos. Por ello, conviene que los padres se esfuercen, día a día, en estar llenos de Dios; serán benditos ellos y de bendición para sus hijos.

Bendecirá a los que temen a Jehová, a pequeños y a grandes. Aumentará Jehová bendición sobre vosotros; sobre vosotros y sobre vuestros hijos. Salmos 115:13,14

La Fe y las Enfermedades Mentales

Publicado 3 agosto, 2009 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Con frecuencia creciente escuchamos a diversas personas decir “que se encuentran en la depre”. Es decir, se asumen depresivas y aseguran que lo que hacen y dejan de hacer es consecuencia de la depresión que experimentan. Sorprende, no solo el número de quienes se asumen en depresión, sino la ligereza con la que se auto diagnostican. También sorprende el que, especialmente madres de adolescentes y jóvenes justifican las conductas de sus hijos con el argumento de que “están deprimidos”.

Lo cierto es que los especialistas previenen sobre el riesgo de caer en el error de llamar depresión a lo que no lo es. Vivir episodios de tristeza, melancolía, infelicidad, o sentirse miserable y desanimado, no significa necesariamente que se esté enfermo de depresión. La depresión es eso, una enfermedad que afecta tanto al organismo, como al estado de ánimo y a los patrones de pensamiento de la persona. Como todas las enfermedades, el diagnóstico de la depresión requiere de la valoración médica. Y no de cualquier médico, sino de los especialistas en siquiatría.

Dado que se trata de una enfermedad que afecta al organismo de las personas, la depresión, como todas las enfermedades mentales, no puede ser superada solo con la determinación de la persona de “echarle ganas”. Animar a quien sufre de depresión, o alguna otra enfermedad mental, para que “se proponga salir adelante”, que “decida ponerse bien” o que “declare su sanidad”, etc., no le ayudará a superar su padecimiento. Al contrario, puede ello provocar un recrudecimiento del mismo gracias al sentimiento de culpa que el paciente asume al sentirse responsable de no “echarle las ganas suficientes” para superar su estado de ánimo.

Desafortunadamente, las enfermedades mentales son campo propicio para prejuicios y mitos que, lejos de ayudar a los enfermos, los perjudican. En particular, ciertas aproximaciones parciales y sin sustento en el campo de la fe bíblica, contribuyen a hacer más complejos los padecimientos mentales. Por ejemplo, hay quienes pretenden identificar toda enfermedad mental con posesiones satánicas. Así, el número de hombres y mujeres, con diversos tipos de enfermedades tales como la sicosis, la esquizofrenia, la depresión, el trastorno bipolar, la ansiedad, el Alzheimer, etc., que van, o los llevan, de una iglesia a otra buscando “liberación”, resulta alarmante. Tan alarmante como la ligereza e irresponsabilidad con la que algunos líderes religiosos, sean pastores, profetas, líderes de células, maestros, etc., acusan a quienes padecen algún tipo de enfermedad mental de ser los responsables de su supuesta posesión pues, o no han confesado sus pecados, o no han renunciado a las llamadas maldiciones generacionales resultantes del pecado de sus antepasados, o, peor aún, “no tiene la fe suficiente” para que Dios los escuche.

Desde luego, aquí debemos reiterar nuestra convicción en la realidad presente de la sanidad divina. También creemos en la liberación de los endemoniados, mediante la oración y la invocación del nombre que es sobre todo nombre, el nombre del Señor Jesús. No solo creemos en ello, lo practicamos y son muchos los testimonios de lo que hemos visto y de lo que el Señor nos ha permitido hacer mediante la práctica de la oración por los enfermos y la liberación. Pero, no es esta la cuestión. Más bien se trata de que tanto los ministros como los miembros de la Iglesia seamos llamados a discernir los espíritus. Es decir, a distinguir entre lo que son enfermedades mentales y las posesiones demoniacas. La razón es sencilla, unas y otras requieren de aproximaciones y tratamientos distintos.

Así que a quienes padecen alguna enfermedad mental, o a los familiares de enfermos mentales, permítanme decirles que las enfermedades mentales no son denigrantes ni motivo de vergüenza alguna. El enfermo mental merece el respeto de los demás y aún cuando le resulte difícil, por los síntomas y la problemática de su propia enfermedad; merece también apreciarse y respetarse a sí mismo. Quienes padecen enfermedades mentales deben estar seguros de que Dios los ama, los comprende y se ocupa de ellos. Que su enfermedad no los hace ser menos que el resto de los mortales. Sí, no deben olvidar que, como enfermos, son dignos de respeto y merecedores del aprecio y cuidado de los demás.

Pero también deben tomar en cuenta que su enfermedad debe ser atendida debida y oportunamente por los médicos apropiados. Que no les denigra ser atendidos por un siquiatra, ni tomar los medicamentos que su médico les indique. Desafortunadamente, hay quienes piensan que la fe y la medicina están reñidas. No hay tal, la ciencia y la sabiduría que comparten los médicos les ha sido dada por Dios. Proverbios nos recuerda que: “Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia”. Quienes aconsejan a quienes padecen esquizofrenia, ansiedad, trastorno bipolar, Alzheimer, etc., que dejen de tomar los medicamentos indicados por su médico, son irresponsables y habrán de responder por los daños que contribuyen a crear en el enfermo.

Desde luego, la atención médica de quienes padecen enfermedades mentales puede y debe ser acompañada de la oración. La búsqueda confiada que resulta de nuestra fe en el poder y el amor de Cristo, deben ayudarnos a perseverar en oración hasta que la respuesta determinada por Dios se haga evidente. Hemos acompañado y sido testigos de sanidades extraordinarias de quienes padecieron esquizofrenia, por ejemplo. Pero, también hemos comprobado, aún personalmente, cómo es que la gracia divina opera aún cuando los nuestros sigan padeciendo tales enfermedades. Hemos podido comprobar cómo en nuestra debilidad se hace manifiesto el poder de Dios y cómo, también, se hace evidente la suficiencia de su gracia.

Déjenme terminar reiterando a los familiares de pacientes con enfermedades mentales, que estas no nos disminuyen en dignidad. Es decir, que tener familiares mentalmente enfermos, aún en casos extremos de demencia, no significa que la vergüenza haya caído sobre nosotros. Por el contrario, este tipo de enfermedades es, siempre, una oportunidad de bendición pues permite a las familias abundar en la confianza en Dios, pero también en el cultivo de la caridad, la compasión y la paciencia. Los enfermos mentales pueden carecer de la capacidad para ejercitar su área cognitiva, cierto, pero aún pueden expresar y sentir afecto y distintas manifestaciones de cariño. Gracias a ello, aún cuando ni los podamos entender, ni ellos lo puedan hacer con nosotros, la comunión espiritual es posible si perseveramos en el propósito de vivir llenos del Señor. Porque él en nosotros permitirá que su presencia fluya hasta el espíritu de los nuestros, sin importar su condición espiritual, como ríos de agua viva que transmiten bendiciones abundantes.