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Escucha a tu Padre, que te Dio la Vida

23 junio, 2013

Proverbios 23.22

Escuchaba a un predicador que aseguraba que la falta de respeto que los padres experimentan respecto de sus hijos se debe a que los padres no han sabido ganarse el respeto deseado. Aseguraba este predicador que los padres no tienen derecho a ser respetados a menos que cumplan acertadamente su tarea paterna. Escuchar tal propuesta me provoco un conflicto. Para empezar, pensé que de ser cierta la propuesta de marras, ningún padre podrá ser respetado ya que ningún padre cumple acertadamente con su tarea paterna. Dirían los que saben que en el ejercicio de la paternidad, como en todo, existe siempre un margen de error. La segunda cuestión que consideré tiene que ver con la responsabilidad de los hijos, como seres creados a imagen y semejanza de Dios, para ser y hacer de acuerdo con su identidad. Es decir, para superar las deficiencias del padre, considerar los aciertos que este haya tenido y asumir como propia la responsabilidad de respetarlo.

De cualquier forma, creo que el predicador tuvo el acierto de ocuparse del tema de la paternidad destacando un hecho fundamental: la forma en la que los padres vivimos nuestra paternidad está determinada, cuando menos condicionada, por la manera en la que hemos vivido nuestra condición de hijos. Ante el modelo de paternidad bajo el cual nos formamos, son dos las respuestas más comunes. La primera, consiste en convertirse en mero continuador del modelo parental conocido. Somos como nuestro padre fue. La segunda representa la antítesis al modelo parental conocido, somos y hacemos con nuestros hijos exactamente lo contrario que nuestro padre fue e hizo. Somos lo contrario de lo que nuestro padre fue. La debilidad común de tan comunes modelos es una sola: renunciamos a ser el padre que cada uno de nuestros hijos necesitan.

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Hablemos de la Generación Ni-Ni

19 octubre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Recientemente se ha acuñado el término Generación Ni-Ni. Con este se pretende distinguir al creciente número de jóvenes, de entre 12 y 20 años, que ni estudian ni trabajan. En México, la media nacional de los jóvenes en tal situación es de 20%. Sin embargo, en algunas zonas urbanas este porcentaje aumenta hasta un 30% o más.

Por razones obvias, quienes forman parte de la Generación Ni-Ni se incorporan a la misma abandonando los estudios. Los porcentajes de alumnos que abandonan la secundaria y el bachillerato son sumamente preocupantes; alcanzan hasta un cuarenta por ciento. Sí, de cada cien alumnos que entran a secundaria, cuarenta o más no terminan el bachillerato. Desde luego, una de las causas principales para ello es el estado de crisis económica que vive nuestro país desde hace muchas décadas. Lo sorprendente es que, si bien el 22% de los que abandonan la escuela lo hacen por razones económicas, alrededor de un 34% lo hacen porque “no les gusta la escuela”. Es decir, por falta de interés de los mismos estudiantes y, obviamente, por la falta de interés de sus propias familias.

Debemos destacar esto último pues la Generación Ni-Ni no es un asunto exclusivo de los jóvenes. Sólo se explica en función de un modelo familiar que no porque está presente prácticamente en todo el mundo, resulta ser un modelo adecuado, funcional. Más bien, los jóvenes que forman la Generación Ni-Ni ponen en evidencia que sus modelos familiares no han resultado ser lo suficientemente funcionales para guiarlos en sus procesos de crecimiento y maduración integrales.

Así, al acercarnos a la consideración del problema que representa la Generación Ni-Ni, y los problemas y conflictos que quienes forman parte de la misma enfrentan, debemos, primero, asumir que se trata de un asunto de responsabilidad compartida. Sí, los jóvenes que abandonan la escuela, como los que permanecen en ella sin asumir el compromiso de su propia formación escolar, son responsables del fracaso presente y futuro resultante de sus malas decisiones. Pero, mucha responsabilidad tienen también sus padres, y los integrantes de su familia nuclear. A veces, cuando escucho el lamento de algunos padres por la “mala cabeza” de sus hijos, me preguntó si, a final de cuentas, sus hijos no están obedeciendo las instrucciones de fracaso que los mismos padres les dieron con su propia falta de responsabilidad paterna.

¿Cómo es que los padres instruimos a los hijos para que fracasen? Desde luego, son pocos los padres, aunque los hay, que de manera conciente e intencional entrenan a sus hijos para que fracasen. Más bien, esta enseñanza se da de manera natural, inconciente, sin palabras. Se trata de la manera en que los padres y la familia viven, se conducen y eligen los valores que han de regir el todo de su vida.

Como insistimos en los diversos talleres que damos, entre ellos el Taller de Identidad, hay una mezcla familiar, propia de las familias disfuncionales, que garantiza el que los hijos estén orientados al fracaso. Pocos hijos formados en medio de esta mezcla superan las fuerzas negativas a las que han sido sometidos desde pequeños. Si es cierto aquello de las maldiciones generacionales, creo que estas son fruto de la mezcla que aquí mencionamos. Esta mezcla se compone de tres elementos básicos: padres ausentes, madres frustradas e hijos confundidos.

Los padres ausentes son tanto los que abandonan a la familia yéndose del hogar, como los que permanecen en este pero no se comprometen ni en la formación, ni en el cuidado de los hijos. Desarrollan una relación intermitente con los hijos en la que pasan de la permisividad total al castigo irracional y violento. Los hijos, y las madres de estos, saben que no cuentan con su padre. Así que se sienten atraídos hacia él, al mismo tiempo que desarrollan un fuerte rechazo ante su irresponsabilidad.

Las madres frustradas son mujeres que han sido sobrecargadas con la responsabilidad familiar. Se sienten, y de hecho lo están, solas en la tarea de sacar adelante a la familia. No solo en lo que se refiere a las cuestiones económicas sino, sobre todo, en lo referente a la formación del carácter de los hijos, así como a la educación de los mismos. Se frustran porque el hombre al que amaron y con el que procrearon los hijos las ha abandonado. También se frustran las que la atención de los hijos que ha parido, tienen que agregar la tarea de formar al hijo de su suegra, el mismo al que en no pocas ocasiones tienen que tratar, tolerar y apoyar como si fuera su propio hijo. A la frustración resultante de su relación con el marido, estas mujeres suman la que resulta de ver tan pocos resultados de su trabajo y entrega a favor de sus hijos, teniendo ellas mismas tan pocos recursos para hacerlo. Así, hacen sin esperanza y se entregan cada vez con menor entusiasmo. Asumen que su propia vida no tiene sentido y se sienten incapaces y hasta inservibles en las tareas maternas.

Los hijos confundidos aman a sus padres al mismo tiempo que están resentidos con ellos. Les duele la ausencia del padre, la pasividad del mismo. También les duele la frustración y el dolor de sus madres, al mismo tiempo que se asumen culpables en alguna medida del fracaso de ellas. Quieren, necesitan, admirar a sus padres; buscan en ellos la seguridad y apoyo que les hace falta; esperan que los guíen, que les pongan límites comprendiendo sus capacidades y limitaciones. Al no obtener lo que esperan se confunden respecto de sí mismos, de su propia importancia y acerca de la conveniencia para salir adelante. Después de todo, asumen, la vida de sus padres es la profecía de lo que sus propias vidas habrán de ser.

Conviene entonces recordar que los padres son los cauces que conducen a sus hijos hasta el mar de la vida. Y que los hijos que carecen de cauces, como los ríos, se desbordan y agotan su potencial inútilmente y ocasionando dolor para sí mismos y para cuantos están y estén junto a ellos. Dado que lo que pasó, pasó y no podemos hacer nada con ello, conviene que los padres que tienen hijos que ni estudian ni trabajan, empiecen a hacer en su aquí y ahora lo que pueden hacer y es conveniente que hagan. ¿Qué es lo que pueden hacer? Hebreos nos recuerda que el padre que ama a su hijo lo disciplina, lo castiga.

Los padres pueden decidir, en el consejo de la Palabra de Dios, la oración y la consejería pastoral, un marco disciplinario para sus propias vidas y las de su familia. Aún aquellos padres de hijos mayores, pueden establecer pautas de comportamiento familiar. Cierto es que no podrán obligar a sus hijos a que hagan lo que ellos, como padres, consideran lo adecuado; pero sí podrán hacer y dejar de hacer lo que les corresponde. Por ejemplo, no podrán obligar al hijo o a la hija a que estudien o trabajen, pero sí podrán dejar de mantenerlos y proveerles lo que, en justicia, corresponde a los hijos proveer para sí mismos. Si Dios permite, pronto abundaremos sobre el tema.

Los jóvenes integrantes de la Generación Ni-Ni, deben considerar que son valiosos, que son capaces y que, con la ayuda de Dios, su vida puede ser plena y satisfactoria. Tienen que luchar contra sí mismos y contra las fuerzas que los controlan. Deben saber que están siendo víctimas del poder del diablo quien ha venido a sus vidas con el único propósito de robarlos, destruirlos y matarlos. En este sentido, los jóvenes que ni estudian ni trabajan, deben saber que ni siquiera el fracaso de sus padres tiene el poder para impedirles triunfar en la vida. Deben saber que, en Cristo pueden ser más que vencedores.

Desde luego, hay que pagar precios altos. Uno de ellos consiste en asumirse –reconocerse a sí mismos- como responsables de sus propias vidas. De lo que piensan, de lo que son y aún de lo que sienten. Dejar de acusar “a la vieja de mi madre”, al “tal por cual de mi padre, o del maestro o del jefe”, etc., de lo que son, hacen o dejan de ser o hacer. El primer paso hacia la libertad consiste en asumirnos responsables de nosotros mismos. A veces, para dar tal paso habremos de separarnos, y hasta alejarnos, de quienes nos ayudan a permanecer atados en una condición que no nos es propia. Más allá del dolor, las dificultades y aún la tristeza que padezcamos al hacerlo, podemos estar seguros que, a final de cuentas, valdrá la pena caminar en la dirección adecuada.

Dicen los que han estudiado el asunto que una de las razones principales por las que los jóvenes no se interesan ni en estudiar ni en trabajar, es la pérdida de la esperanza. En estricto sentido, dejan de tener fe: en ellos mismos, en sus padres y familias, en la sociedad, en Dios, etc. Y, ciertamente, hay muchas razones que justifican el no tener fe. Pero, no se puede hacer la vida sin fe, sin confianza, sin esperanza. Necesitamos fe para salir adelante: fe en nosotros mismos, fe en los nuestros, fe en la vida, sí, pero, sobre todo, fe en Dios.

Especialmente los jóvenes que han sido criados en los ambientes cristianos, a veces encuentran que la fe de sus padres no les resulta ni atractiva, ni útil. Y tienen razón. La fe no es una cuestión de herencia, de imitación. El sacerdote Gustavo Gutiérrez dijo que, en cuestiones de fe, cada quien tiene que beber en su propio pozo. Ello implica que cada quien tiene que cavar, excavar, hasta encontrarse personal e individualmente con Dios.

Dios te ama, joven que me escuchas. Él está de tu lado y su interés principal es que tengas una vida abundante, plena y trascendente. Puedes venir a él y ponerlo a prueba. Puedes establecer una relación personal con él y descubrir quién es él y cuáles son las bendiciones que de él resultan. Sobre todo, en tu relación con él encontrarás la razón, el sentido de tu vida. Sabrás a donde quieres llegar y descubrirás que, en su amor, él está dispuesto a proveer lo que necesites para ser mucho más que un ni-ni.

Sin conocerte, oro por ti. Y, si en algún momento consideras que sería bueno que platiquemos, escríbeme. Será bueno que podamos caminar juntos el difícil camino de la vida.

Evita que te Desprecien por ser Joven

12 octubre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

“Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo”, le decía Pablo a Timoteo. Tal recomendación nos indica que el conflicto del menosprecio a los jóvenes, por su condición de tales, es más viejo que todos nosotros juntos. Cuando menos, desde hace dos mil años, los jóvenes enfrentan el reto de la desconfianza, las exigencias y el menosprecio de los mayores.

Para contextualizar, y entender mejor la recomendación paulina, debemos analizar algunos conceptos. El elemento clave es la palabra “joven”. Biológica y sicológicamente el término apropiado es adolescente. Este se refiere a la etapa de transición entre la niñez y la edad adulta. Generalmente se acepta que va de los 12 a los 20 años. A esta etapa la conocemos como la de la adolescencia. Adolescentia tiene dos sentidos, el negativo (ad dolescere), al que le falta mucho; y, en un sentido propositivo, el que está creciendo. Es esta una década de ajustes en las áreas de las relaciones heterosexuales, la orientación ocupacional, el desarrollo de los valores, el desarrollo de la responsabilidad personal, el rompimiento de los vínculos de dependencia emocional respecto de los padres.

De lo anterior podemos concluir algunas cuestiones básicas: la etapa de indefinición e inestabilidad emocional, afectiva y vocacional es del todo natural en toda persona. Pero se trata de una etapa limitada en el proceso del desarrollo de la identidad. Inicia al término de la infancia y da lugar a la edad adulta. De los 12 a los 20 años. Lo que es propio de la adolescencia, ni es propio de la infancia, como tampoco lo es de la edad adulta.

A veces vemos a niños que viven como adolescentes. Lo más grave son los adultos que viven como adolescentes. Uno de los problemas sociales más importantes de nuestros días es la llamada adolescencia prolongada. Fernández Enguita, dice “los jóvenes crecen actualmente sin un cometido, se están preparando para hacer algo hasta los 20 o los 30 años, por ello los deberes no surgen de manera espontánea y las familias no saben como inculcarlos”. Se trata, entonces, de que cada día es mayor el número de adultos que mantiene relaciones de codependencia con sus padres, propia de los adolescentes. Esta codependencia se caracteriza por el ejercicio de los derechos propios de los adultos y la negación de las responsabilidades propias de los mismos.

Desde luego, situaciones así son altamente conflictivas. Desde los padres, existe el malestar por la dependencia excesiva de sus hijos en cuestiones económicas, de disciplina, de compromiso y, sobre todo, de autonomía. Desde los hijos, existe el malestar por la intrusión de sus padres en la toma de decisiones, que se supone, son propias y exclusivas de cada persona. Se dan así relaciones de atracción y rechazo, de necesidad y hastío, de gratitud y molestia, de aceptación y menosprecio.

Tres son las principales causas de situaciones como esta:

  1. Padres sobreprotectores. Se trata de aquellos padres que ven en sus hijos el medio para realizarse a sí mismos; como de quienes niegan a sus hijos la capacidad para ser ellos mismos. Son los padres que por cuestiones de temor, ignorancia y necesidad de control, no dejan que sus hijos lleguen a ser quienes son. Los menosprecian, por eso los sobreprotegen y al proceder así, los incapacitan, los castran, impidiendo que maduren y que sean fructíferos.
  2. El temor a la competencia profesional/laboral. Especialmente en economías débiles, como la nuestra, salir de la protección del hogar acarrea una serie de temores que pueden incapacitar a las personas en su proceso de desarrollo integral. Sobre todo cuando la formación paterna (de padre y madre), se ha realizado bajo el principio de que los hijos no deben sufrir. No se les prepara, por lo tanto, para la lucha ni para que aprendan a enfrentar el dolor de la vida. Los hijos formados bajo tales premisas van por la vida siendo temerosos e incapaces de asumir los retos que les son propios.
  3. El no cumplimiento de los estándares de belleza. En su fragilidad emocional y ante la falta de desarrollo de su identidad, el joven no acepta su auto imagen al compararla con los estándares culturales de belleza. Ello le lleva a regresiones y/o a la prolongación inconciente de su propia infancia. Sus actitudes infantiles, tanto como su apariencia, le protegen de los peligros del crecimiento. Hasta hace poco tiempo se pensaba que los conflictos y traumas resultantes de la conciencia de fealdad, era propia, exclusiva de las mujeres. Sin embargo, es notorio que cada vez más son los jóvenes varones los que se sienten presionados para cumplir con ciertos cánones de belleza y armonía corporal. Ana Delia, mi esposa, no deja de sorprenderse ante el creciente número de jovencitos heterosexuales que cuidan de sus cejas con mayor esmero que muchas muchachas.

Cualquiera de las tres causas mencionadas y las muchas combinaciones de las mismas propician que los jóvenes se resistan a convertirse en adultos. El adulto que insiste en conducirse como joven provoca un menosprecio a su juventud. Este era el riesgo de Timoteo: se encontraba en una etapa de transición que resultaba atractiva y confortable. Me llama la atención que Pablo no exhorte a quienes están alrededor de Timoteo para que lo respeten en su condición de joven, lo cual parecería ser lo conducente. Pablo, por lo contrario, desplaza el eje de la responsabilidad a Timoteo mismo. Le dice: “Timoteo, tú eres responsable de que la gente no te menosprecie por ser joven”.

“Timoteo, usa tu molestia, tu coraje, para evitar el menosprecio por tu juventud”. El coraje puede agotarse en el berrinche, o puede dar lugar a las revoluciones[1], sociales y personales.

¿Cómo hacerlo? Desde luego, no haciendo berrinche porque no se le respeta. Convirtiéndose en un modelo, en un ejemplo. El problema de la adolescencia prolongada es que [en ella] no se apela ya al esfuerzo. El resultado es una educación permisiva que crea personas light, sin carácter y sin voluntad, no preparadas para la vida.

“Timoteo, esfuérzate y dale sentido a tu vida.” Modifica tu forma de hablar, de portarte. Ámate –acéptate a ti mismo y a los demás-, ten fe y mantente puro.

Cambiar la manera de hablar. “De la abundancia del corazón habla la boca”. No sólo se trata de hablar con propiedad, la forma, sino del contenido de nuestro hablar. Hablar con propósito, hablar con sentido. La PNL ha mostrado la estrecha interrelación existente entre lo que decimos, lo que somos y lo que hacemos. Un joven que hace suyas las letras de las canciones nihilistas[2], tipo Molotov, sólo podrá aspirar a una vida sin sentido. A esta exhortación paulina corresponde el crecimiento en fe y en pureza de vida consecuentes del hablar con sentido, honrando a Dios, a sí mismo y al prójimo.

Cambiar la manera del comportamiento. Esto corresponde al actuar como adulto, con derechos, sí, pero también con responsabilidades. “[La] adolescencia prolongada, cada vez más extendida, impide la madurez que se logra a partir de la emancipación[3]. Hay que salir del nido.” Asegura el pedagogo Gerardo Castillo de la Universidad de Navarra. Sí, hay que ser constantes y evitar la inestabilidad.

Cambiar la manera de amar. Jóvenes, empiecen a amarse a ustedes mismos. Mucha de su inseguridad personal que se manifiesta en los celos, las contiendas, la rebeldía que caracteriza su conducta, tiene como raíz la falta de amor a sí mismos. Del que no se aceptan a ustedes mismos porque su cuerpo, su condición socio-económica, su apariencia, no corresponden a los estándares de belleza y éxito que esta cultura –animada por los antivalores satánicos-, promueve como los únicos válidos.

Algo que la vida nos ha enseñado es que solo es posible respetar a quienes se respetan a sí mismos. Y, resulta difícil respetar –reconocer como igual-, a quien, siendo un adulto o un adolescente mayor, insiste en comportarse como niño. El que los demás le respeten a uno, deviene del respeto a sí mismo. Y este no se gana exigiéndolo, el respeto a sí mismo se ejerce, se practica, se vive. Mis Timoteos, eviten que los desprecien por ser jóvenes.


[1] Modificar profundamente. Cambiar modos de pensar o hacer.

[2] nihilismo. (Del lat. nihil, nada, e –ismo). 1. m. Negación de todo principio religioso, político y social. 2. m. Fil. Negación de toda creencia.

[3] emancipar. (Del lat. emancipāre). 1. tr. Libertar de la patria potestad, de la tutela o de la servidumbre. U. t. c. prnl. 2. prnl. Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia.