Hablemos de la Conversión a Cristo

Sólo siguen a Cristo aquellos que se han convertido a Dios, que se han vuelto «de las tinieblas a la luz». Dado que la conversión es siempre una decisión personal, requiere de la capacidad de la persona para tomar decisiones por sí misma y, sobre todo, de que estas sean tomadas de manera conciente y voluntaria. La conversión da pie al bautismo, por ello es que el bautismo, que es para el perdón de los pecados, es propio de quienes piensan por sí mismos y toman la decisión voluntaria de bautizarse.

La Biblia nos enseña que todos los seres humanos necesitamos convertirnos a Dios. Primero, porque que todos nos hemos hecho solidarios con Adán en la inclinación al pecado y, por lo tanto, todos hemos pecado. Así que todos estamos destituidos de la gloria de Dios. Ro 3.23 Es decir, por culpa del pecado personal, todos nos hemos hecho enemigos de Dios al alejarnos de su voluntad y al negarnos, por lo tanto, a vivir de manera conciente e intencional para él.

El pecado esclaviza. Mientras más se aleja la persona de Dios, mayor el poder del diablo sobre ella. Por esto es que podemos hablar de la espiral del pecado: a mayor práctica del pecado, menor resistencia ante el mismo. San Pablo explica cómo es que el pecado se convierte en un proceso de degradación integral. Degradación que lleva no sólo a la práctica y participación personal del pecado, sino a permanecer bajo la influencia de quienes contribuyen a dicha degradación creciente. Pablo describe tal degradación diciendo: Saben muy bien que Dios ha decretado que quienes hacen estas cosas merecen la muerte; y, sin embargo, las siguen haciendo, y hasta ven con gusto que otros las hagan. Ro 1.32

Sólo se explica en función de la gracia y la misericordia divinas el que en tal condición de oscuridad y dureza de corazón, el pecador pueda reconocer la luz de Cristo y estar dispuesto a volverse a Dios. ¿Cómo puede un muerto darse cuenta de la oportunidad de vida que se le presenta? La Biblia asegura: Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Efesios 2.1-3

Cuando, por la gracia, nos damos cuenta de nuestra condición, surge en nosotros la necesidad y la intención de hacer algo para librarnos del juicio que nos condena. En Pentecostés, el Apóstol Pedro explicó a sus oyentes lo que hay que hacer, les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;  y recibiréis el don del Espíritu Santo. Hech 2.38 Es decir, Pedro hace un llamado a la conversión.

La palabra bíblica para la conversión es: epistrofe, del verbo epistrefo. Puede traducirse como «dar un giro en derredor» e implica una doble dinámica:

1) Volverse de, y

2) Volverse hacia.

A los tesalonicenses, Pablo les reconoce cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero. 1 Tes 1.9. La versión Dios Habla Hoy (DHH), traduce: cómo ustedes abandonaron los ídolos y se volvieron al Dios vivo y verdadero para servirle. Como podemos ver, convertirse implica el dejar de vivir alejados y alejándonos de Dios, para volvernos a vivir en la plena conciencia de su señorío y procurando agradarlo en todo. De acuerdo con las la doctrina bíblica, peca el que sabe hacer lo bueno y no lo hace. Lc 12.47; Stg 4.17. De acuerdo con esta enseñanza, aún cuando la persona no haya robado, asesinado o hecho alguna cosa reprobable, ha pecado por cuanto no se ha ocupado de vivir conciente, intencional e íntegramente para Dios.

Ahora bien, el término bíblico epistrofe también implica una doble participación dinámica en la conversión: primero es la gracia divina la que actúa en la persona llamándola a la conversión. Después, es a la persona a quien toca responder adecuada y oportunamente a tal impulso divino. De acuerdo con Jesús, es Dios quien toma la iniciativa de reconciliarse con el hombre, firmemente presionado por su amor: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Jn 3.16

Como podemos comprobar, la iniciativa la toma Dios que por amor ha dado a su Hijo; en consecuencia toca a las personas responder adecuada y oportunamente ante tal expresión del amor e interés divinos, para que todo aquel que en él cree: Sólo así puede cumplirse el propósito de la conversión: [que] todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Quien no cree, es decir, quien no acepta que Dios existe, que somos criaturas suyas y que debemos vivir para su gloria, ya está condenado, independientemente de si hace o no alguna de las cosas tradicionalmente llamadas pecado. Jn 3.17ss.

La respuesta del hombre ante el amor de Dios manifestado en Jesucristo implica un compromiso de vida. La persona empieza asumiendo la responsabilidad por su propio pecado. Sin dejar de tomar en cuenta las circunstancias que le llevaron a pecar, sin dejar de reconocer lo que el pecado de otros contribuyó a su propia degradación, la persona se reconoce pecadora y enemiga delante de Dios. Por lo tanto, se propone vivir para Dios. El bautismo en agua es el signo con el cual la persona establece su compromiso de vivir para Dios y el signo mediante el cual el Señor declara el perdón de los pecados de la persona y restablece una relación de armonía, paz y comunión con ella.

Pero la conversión es mucho más que el hecho de bautizarse. Es un proceso que se renueva día a día en y por el poder del Espíritu Santo. La conversión es una constante de negación al pecado y de práctica de lo bueno, así lo establece la Palabra del Señor: No entreguen su cuerpo al pecado, como instrumento para hacerlo malo. Al contrario, entréguense a Dios, como personas que han muerto y han vuelto a vivir, y entréguenle su cuerpo como instrumento para hacer lo que es justo ante él. Ro 6.13 En el capítulo doce de la misma carta, Pablo abunda: Por tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer.

Quien se vuelve, se convierte a Dios, está en paz con él y le ofrece cotidianamente el culto –el servicio-, que le es propio. Podemos, cada día, renovar nuestro compromiso con el Señor y vivir una vida a su servicio. Esta vida es plena, libre y propiciadora de bendición y bien para nosotros mismos y para quienes están a nuestro lado. Por ello, creamos a Dios cuando nos dice: en tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación. 2 Co 6.2

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