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Vinculados a Cristo

8 abril, 2012

Romanos 6.1-13

Al encontrarnos para celebrar que Cristo ha resucitado, rescatamos una vieja tradición cristiano-evangélica que, desafortunadamente, se está perdiendo. Proclamamos nuestro convencimiento respecto de la resurrección bautizando a hombres y mujeres que, al hacerlo, mueren al pecado y renacen a la vida abundante del resucitado, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Desde luego, tenemos razón para ello. el Apóstol Pablo nos asegura que, al ser bautizados nos vinculamos, nos unimos a Cristo, tanto en su muerte como en su resurrección. Es decir, mediante el bautismo nos hacemos uno con Cristo, participantes de sus padecimientos y de su gloria. Pudiendo así, por su gracia y su poder, vivir una nueva vida: no sólo libres del poder del pecado sino capacitados para hacer el bien y paras reconciliar a los hombres con Dios.

Resulta evidente que para el Apóstol el bautismo es mucho más que un rito, que un acto protocolario. En el bautismo sucede algo que trasciende el momento presente y afecta la eternidad misma. ¿De qué estamos hablando?

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El Bautismo en Agua, ¿qué, para qué y cómo?

26 junio, 2011

El que creyere y fuere bautizado será salvo

Una de las declaraciones más contundentes de nuestro Señor Jesucristo la registra el Evangelio de Marcos 16.16: El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Lejos de ser una expresión aislada, tal declaración es consistente con la enseñanza bíblica respecto de la estrecha relación que existe entre el bautismo en agua y la salvación.

Nacer de agua y del Espíritu

Según el evangelista Juan, nuestro Señor Jesús le indicó a Nicodemo que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Juan 3.5 Tal enseñanza se refiere al misterio mismo de la obra redentora realizada por nuestro Señor Jesucristo. Una vez que, por el pecado, la persona está muerta espiritualmente no basta una tarea de recomposición de su naturaleza caída. Lo que se requiere es que la persona nazca de nuevo, que sea regenerada en ella la naturaleza con la que fue creada. De hecho, el Apóstol Pablo enseña que quien está en Cristo, nueva criatura es. 2 Corintios 5.16

En la enseñanza a Nicodemo, nuestro Señor se refiere a la obra del Espíritu Santo, quien regenera al creyente y le da nueva vida. Pero, destaca también, en primer orden, el nacimiento de agua. De manera unánime, los estudiosos de la Biblia asumen que con tal expresión el Señor se refiere al bautismo. Henry Alford asegura: Nacer de agua se refiere a la prenda y señal externa del bautismo —ser nacido del Espíritu a lo que significa, o sea la gracia interna del Espíritu Santo.

La salvación es, desde luego, una obra de gracia; pero no es una cuestión unilateral. No es suficiente con que Dios esté dispuesto a remitir los pecados por la sangre derramada por Jesucristo, su Hijo; se requiere que el creyente exprese de manera pública y suficiente su fe y, por lo tanto, la aceptación que hace de la obra de gracia ofrecida por Dios y su compromiso para vivir en consecuencia.

De acuerdo con la enseñanza paulina, es por el bautismo en agua que estamos en Cristo, que somos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte. Ello se debe al hecho de que en el bautismo morimos a nosotros mismos y renacemos para vivir para Dios. Romanos 6.3-14

De tal suerte, el bautismo en agua es la expresión contundente de la fe del creyente. A quien no le es suficiente el creer, sino que debe expresar pública y contundentemente tanto lo que cree respecto de la obra redentora de Jesucristo, como lo que se propone hacer en consecuencia.

En este sentido, el bautismo es, además de una ordenanza establecida por el mismo Señor Jesucristo, en razón de su autoridad (Mateo 28.19ss), un sacramento. Es decir, la señal evidente del quehacer salvífico de Dios, así como de la conversión a él del creyente.

Para perdón de los pecados

La respuesta que da Pedro a quienes habiendo oído las buenas nuevas de Jesucristo preguntaron: ¿qué haremos?, es sumamente reveladora del propósito, el cómo y la obra del bautismo en agua. En efecto, el Apóstol Pedro exhorta: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Hechos 2.37,38.

Lo primero que destaca de tal declaración es el hecho de que la conversión tiene que ver con lo que se piensa y no con lo que se siente. El término usado por Pedro, metanoeo, se refiere a un cambio de opinión o de propósito. Del contexto se desprende que la persona que no está en Cristo simplemente no puede vivir en comunión con él, tener en sí misma el Espíritu Santo de Dios.

Quien no está en Cristo, está en pecado y es, por lo tanto, enemigo de Dios. Santiago 4.4 Nadie puede, por sí mismo, cambiar su condición de enemigo a ser uno con Cristo. Romanos 3.20 Por lo tanto, se requiere de la gracia divina que opera en favor del creyente mediante la remisión de sus pecados. Es decir, mediante el perdón de los pecados.

La Biblia declara que todos los seres humanos hemos pecado y, por lo tanto, estamos destituidos de la gloria de Dios. Romanos 3.23 Otra traducción, La Palabra, lo expone así: puesto que todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios. Este estar privados de la gloria de Dios, no sólo separa a la persona del Señor, sino que la hace esclava de Satanás. Juan 8.34; Romanos 6.16-20 Como esclavos bajo el poder del diablo, sólo tenemos una mayor degradación integral de nosotros mismos, misma que afecta a los nuestros y termina por destruir el todo de la vida. Jesucristo, según su propio testimonio, ha venido para liberarnos del poder del pecado y para destruir las obras del diablo. Juan 10.10; 1 Juan 3.8 Él ha pagado el precio de nuestra redención y por lo tanto tiene el poder para perdonar nuestros pecados.

De acuerdo con Pedro, es el bautismo el medio establecido por Dios para el perdón de los pecados. Según Pedro, el arrepentimiento no es suficiente; a este ha de seguirle el bautismo en agua. Conviene aquí citar a J. W. McGarvey, quien explica que el perdón de los pecados no tiene que ver con la convicción interior de la persona, sino con la determinación de Dios mismo. Al respecto, McGarvey dice:

Pero el perdón no es un acto que se verifique dentro del alma del culpable; ocurre en la mente del que perdona, y esto no puede ser conocido por quien ha sido perdonado, sino por algún medio de comunicación.

El medio por el cual Dios comunica su perdón es, precisamente, el bautismo en agua. Dado que la Iglesia, el cuerpo de Cristo, es quien lo realiza en el nombre (la autoridad del Señor), la misma tiene el poder para testimoniar que Dios ha perdonado los pecados de quien ha sido bautizado. Es tal sentido que debemos entender lo que Pablo dice a Tito [3.5]: Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo.

Que el bautismo en agua sea para el perdón de los pecados, plantea un serio cuestionamiento a la razón y validez del bautismo de los infantes. Primero, porque los niños son sin pecado y así, ya es de ellos el reino de Dios. Mateo 18.3; 19.14 La Biblia asegura que Dios no imputa, no hace responsables a los hijos del pecado de los padres, ni viceversa. Ezequiel 18.20 En segundo lugar, porque para que el bautismo sea válido se requiere de la fe de quien se bautiza. El bautismo en agua es mucho más que un mero símbolo, que un mero rito. Es un pacto que requiere tanto de la voluntad de Dios ya expresada en Jesucristo, como de la voluntad del creyente que se manifiesta, precisamente, en el acto del bautismo. 1 Pedro 3.21 Y, en tercer lugar, porque en el bautismo el creyente confiesa sus pecados, así como su propósito de honrar a Dios el resto de su vida.

Quienes fueron bautizados de niños, no se bautizaron, los bautizaron. Por el contrario, la forma imperativa de la instrucción petrina contenida en Hechos 2.38, así como la indicación dada a Saulo para su propio bautismo: Levántate, bautízate y lávate de tus pecados, invocando el nombre del Señor [Hechos 22.16], son evidencia de la necesidad de que el bautismo en agua sea resultado del arrepentimiento, la conversión y la decisión personales, antes que de la fe y la buena intención de padres y padrinos.

Aquí hay agua;  ¿qué impide que yo sea bautizado?[1]

La manera en que la Iglesia Primitiva realizó la ceremonia bautismal nos proporciona un modelo a seguir. Para empezar, debemos tomar en cuenta que la palabra bautismo viene del término baptisma, que se refiere al proceso de inmersión, sumersión, y emergencia [salir a la superficie]. De ahí que, siguiendo la práctica neotestamentaria, nosotros practicamos el bautismo por inmersión; es decir, sumergiendo por completo en agua a la persona. Desde luego, no consideramos que sea la cantidad de agua la que determine la validez del acto. Pero, imitamos a la Iglesia Primitiva en esta práctica.

Por otro lado, y de indudable superior importancia, durante la ceremonia bautismal invocamos la autoridad de nuestro Señor Jesucristo sobre el creyente, utilizando la fórmula bautismal que la Iglesia Primitiva utilizó de manera recurrente en el primer Siglo de la Era Cristiana. El libro de los Hechos de los Apóstoles, registra que la Iglesia Primitiva bautizó utilizando la fórmula en el nombre de Jesucristo, o alguna de sus variantes. Hechos 2.38; 8.12,16; 10.48; 19.5 Desde luego, esto no contraviene lo establecido por nuestro Señor Jesucristo en Mateo 28.19, pues, tal como lo comprueba Lucas 24.47, nuestro Señor enseñó que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones.

Al respecto conviene hacer dos precisiones. Aunque nosotros recuperamos la fórmula bautismal utilizada por la Iglesia Primitiva, reconocemos la validez de los bautismos realizados utilizando la fórmula: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Primero, porque la misma aparece en labios de nuestro Señor Jesucristo. Además, porque entendemos las razones doctrinales históricas que hicieron necesario que la Iglesia Primitiva desarrollara tal fórmula –en las postrimerías del primer Siglo-, ante los embates heréticos que atentaban contra la doctrina de la doble naturaleza de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Resulta importante recuperar lo que el conocido y respetado teólogo católico Hans Küng, declara al respecto:

¿Qué quiere decir ´en nombre de Jesús´? Nombre, en este contexto, es un concepto jurídico que significa autoridad y ámbito jurídico. Al pronunciarse sobre el neófito el nombre de Jesús, pasa a ser propiedad del Señor resucitado, es sometido a su señorío y protección. Se torna propiedad del Señor resucitado y participa así de su vida, de su espíritu y de su relación filial con Dios. Tiene parte en el Señor mismo. En este sentido, la fórmula trinitaria sólo atestiguada en Mt 28,29 es desarrollo de lo contenido en la fórmula cristológica… Este es también el sentido de la fórmula bautismal trinitaria: El bautismo se administra en el nombre de aquel en quien, por el Espíritu, Dios mismo está con nosotros.[2]

Finalmente, Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, suma suficientes evidencias que muestran que el bautismo es oficiado por los líderes espirituales de la comunidad cristiana. Pedro, Silas, el mismo Pablo, entre otros, fueron los encargados de oficiar las ceremonias bautismales de la Iglesia Primitiva. Por ello es que nosotros imitamos esta práctica y son los ministros de la Iglesia quienes, en ceremonia pública y frente a ella, ofician tan importante ceremonia. Así, la Iglesia es testigo fiel de la conversión –la muerte al pecado y el nacimiento a una nueva vida del creyente-; al mismo tiempo que por la autoridad que le ha sido conferida, la Iglesia declara en el nombre de Jesucristo que los pecados del neófito han sido perdonados.

En conclusión

En el libro citado, Hans Küng declara que el bautismo es más que un mero signo de fe y de confesión, destinado solamente a confirmar la fe… pero, el bautismo no da sin más solidez a la fe; la fe no es simplemente resultado natural o fruto automático del bautismo. De ahí la importancia de que quienes han venido a Cristo y creído en su evangelio, se bauticen de manera voluntaria y consciente. As, al nacer de nuevo por el poder de la sangre de Jesucristo, podrán caminar en comunión perfecta con el Señor y se le unirán en la magna tarea de la evangelización y la diaconía, siendo así testigos de Cristo en medio de una generación que vaga sin Dios y sin esperanza. Así se cumplirá en nosotros la promesa de nuestro Señor Jesucristo:

recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y los capacitará para que den testimonio de mí en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el último rincón de la tierra. Hechos 1.8


[1] Hechos 8.36

[2] La Iglesia. Küng, Hans. Biblioteca Herder. Págs. 249 y 250

La Doctrina del Bautismo en Agua

22 mayo, 2011

El capítulo dos del libro de los Hechos de los Apóstoles, contiene información privilegiada sobre el surgimiento de la Iglesia. Conviene leerlo con atención. Podemos, para efectos de su estudio, dividir dicho capítulo en tres secciones principales: la primera compuesta por los versículos 1 al 13, relata el descenso del Espíritu Santo sobre los creyentes. La segunda parte, versos 14 al 42, contiene el llamado Discurso de Pedro. La última parte contiene información esencial sobre el modelo de la iglesia primitiva, el que estudiaremos en sesiones siguientes.

En el Discurso de Pedro, hay un parte aguas que conviene atender: Pedro ha venido informando a sus oyentes del plan divino para salvar a la humanidad. Destaca el papel de Jesucristo, su pasión y muerte, su resurrección y su carácter de «Señor y Mesías». En ese momento de su predicación, Pedro es interrumpido por los oyentes con una pregunta clave: “¿Qué debemos hacer?” La respuesta petrina resulta fundamental para nuestra fe y es uno de los elementos básicos de la doctrina cristiana. Veamos:

Pedro les contestó: vuélvanse a Dios y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo, para que Dios les perdone sus pecados, y así el les dará el Espíritu Santo. Hch 2.38.

En esta declaración encontramos los siguientes elementos:

1. Vuélvanse a Dios. Obviamente aquí Pedro está haciendo un llamado a la conversión. Sin embargo, añade un elemento muy interesante: arrepiéntanse, metanoeo, que la versión Reina Valera traduce como arrepiéntanse. Literalmente se refiera a un “dar media vuelta” y en su sentido figurado apela al “cambio en la manera de pensar”. “Piensen de manera diferente”, les dice Pedro. Llamado que se repite como el principio y el sustento de la nueva vida en Cristo. Ro 12.2; Ef 4.23; Flp 2:5; 3.15; 2 Tes 2.2

2. Bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo. De acuerdo con el libro de los Hechos, la Iglesia Primitiva utilizó siempre la fórmula bautismal “en el nombre de Jesucristo” y sus variantes. No existe una contradicción con Mateo 28.19, fórmula que se empezó a utilizar a fines del primer siglo. El hecho es que la invocación del nombre sobre el creyente significa que este “pasa a ser propiedad de”, o “a quedar bajo la autoridad de”, aquel cuyo nombre es invocado sobre él. Además implica la identificación que el creyente hace con Jesucristo en el bautismo, sin la cual no podría gozar de la nueva vida que es resultado de la resurrección de Cristo y, por lo tanto, del creyente mismo. Ro 6.3-14.

Aquí cabe destacar que arrepentimiento-conversión y bautismo en agua van de la mano. Los cristianos en general han considerado al bautismo en agua como un sacramento u ordenanza. Entendiendo estos como los ritos religiosos que son «fuente o signos de gracia». Es decir, aquellos mediante los cuales Dios hace algo extraordinario, sólo propio de él, en el creyente; así como en el que este [el creyente] hace algo extraordinario, sólo propio de él, en respuesta al quehacer divino. Hch 2.38; 8:16; 10:48; 19:5; 22.16.

En el bautismo en agua se hace evidente el perdón de los pecados del creyente, así como la reconciliación de Dios con él por medio de Jesucristo. Por su parte, el creyente hace pública su fe en Dios, su aceptación del sacrificio de Cristo y su compromiso de vivir consagrado a Dios. Ro 5. 1-5

Conviene señalar que hay distintas tradiciones cristianas que no consideran necesario el bautismo en agua. Otros insisten en un modelo bautismal particular: inmersión o aspersión; otros de si se debe o no bautizar a los niños; otros más discuten sobre la fórmula del nombre a ser utilizada, la corta de Hechos o la posterior de Mateo. Para cada inquietud hay diferentes respuestas que deben ser estudiadas y meditadas a la luz de la diversidad del Cuerpo de Cristo.

Pero, también conviene decir que en CASA DE PAN consideramos que aunque el bautismo de los niños tiene un cierto valor testimonial de la fe de los padres y como un elemento del proceso de conversión a Dios, el bautismo en agua del adulto que viene a Cristo y establece un compromiso personal, voluntario e intencional, resulta en un necesario y conveniente paso de obediencia. Por ello, no tenemos problemas en lo que algunos consideran el rebautismo. Ello porque entendemos que el bautismo del infante tuvo como sustento la fe de sus padres y padrinos, mientras que el bautismo del creyente adulto es expresión de su fe y ratificación de su compromiso personal.

3. Para que Dios les perdone sus pecados. La declaración oficial del perdón de Dios es recibida en el bautismo en agua y por el testimonio de la Iglesia que avala la legitimidad del bautismo recibido. Por lo tanto, requiere del arrepentimiento personal, voluntario y sincero del creyente; así como de la manifestación de su compromiso de santidad, resultante de la nueva vida en Cristo. No es la inmersión, ni el agua, lo que produce el quehacer divino; sino la “conciencia limpia” del creyente, la que produce la salvación. 1 Pe 3 21.22.

4. Y así él les dará el Espíritu Santo. Junto con la reconciliación con Dios, la nueva vida en Cristo, la comunión de la Iglesia y los dones del Espíritu, el creyente recibe gracias al bautismo en agua, la promesa del bautismo del Espíritu Santo. Este es particular y diferente al primero. Implica el apoderamiento espiritual del creyente para realizar de manera extraordinaria las tareas que le son propias, sobre todo en el trabajo de la evangelización y el discipulado. Jn 14,15-31; 20.19-23; Hch 1.8; 2.1-13.

En Conclusión

El bautismo en agua es el medio por el cual el creyente se incorpora al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, dado que es testimonio público del Pacto de Salvación que Dios establece con quienes aceptan el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo como el único medio de redención.

Siguiendo la tradición apostólica, en CASA DE PAN utilizamos la llamada fórmula corta, atestiguada de manera reiterativa en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como la utilizada por la Iglesia Primitiva. Sin embargo, reconocemos como válido el bautismo celebrado bajo la fórmula larga o trinitaria, siempre que este se haya realizado como expresión de la voluntad de la persona y en la comprensión del significado pleno del bautismo, según lo que enseña la Palabra de Dios.

Dado que la Biblia nos enseña que el bautismo nos incorpora a un estado de gracia, muertos para el pecado y vivos para Dios, animamos a quienes no se han bautizado a que lo hagan. Al mismo tiempo que animamos a quienes ya han sido bautizados a que perseveren en su comunión y servicio a Dios, fortalecidos por el poder del Espíritu Santo.