Archive for the ‘Identidad’ category

No para nosotros mismos

8 julio, 2018

Juan 16.1-16

icp la vida en el poder del SSTOCuando nos acercamos a la vida de Jesús descubrimos muy pronto que él no vivía para sí mismo. Sus prioridades no eran ni su felicidad personal, ni su familia, ni su prosperidad material, etc. En fin, esas cosas que son las que explican y dan sentido a la vida de muchos. Dos cosas eran las determinantes en Jesús: Su comunión su Padre y la realización de la tarea que le había sido encomendada. En tal sentido, Jesús no tenía vida propia. No vivía para sí, sino para el Padre. Y, no lo hacía porque no le quedara otra, él mismo aseguró: Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Juan 10.18

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Dios mío, ¿no piensas hacer nada?

11 diciembre, 2016

Salmos 35.11-17 TLAD

Una de las experiencias vitales más complejas es cuando tenemos que enfrentarnos con el hecho de que personas a las que amamos, y que nos aman, dicen cosas falsas en nuestra contra. Cuando nos levantan falso testimonio. Desde luego, las emociones dominantes parecen ser la molestia, el coraje y los deseos de revancha. Pero, creo que, en realidad, las emociones más fuertes que experimentamos cuando somos difamados son la decepción, la sensación de impotencia y, desde luego, la confusión que resulta del no poder entender el porqué de tales conductas.

El salmista expresa bien tal confusión cuando asegura: Lo que más me duele es que yo los traté bien y ahora ellos me tratan mal. Añade su estupor cuando descubre que inventan mentiras y que, sin pensarlo dos veces, aseguran: Tú cometiste eses crimen; ¡nosotros mismos lo vimos! Como hemos dicho, es esta una experiencia común a los humanos. El mismo Señor Jesús experimentó el poder complejo de los falsos testimonios, en su caso, hasta el extremo mismo de la muerte. Por ello es que en él encontramos algunos principios que nos ayudarían a enfrentar tal experiencia a la manera de Cristo. Veamos, (más…)

El Señor Añadía a la Iglesia los que Habían de Ser Salvos

27 julio, 2014

Lucas 11.1; Hechos 2.47

 Ser salvo significa estar en comunión con Dios. Esta es una comunión real, personal. Pero también es una comunión que se vive en la compañía de otros creyentes. Nadie ha sido llamado a salvación en soledad o aislamiento. Por el hecho mismo de la salvación, quien es salvo es incorporado a la comunión de los creyentes. El individuo, la persona, es hecho pueblo. Por lo tanto es convocado a vivir en conformidad con su llamamiento, privilegiando la comunión con sus hermanos, pues esta es evidenciadota de la comunión íntima que el creyente tiene con Dios. No es creíble el amor a Dios que no pasa por el amor a los hermanos en la fe (1Jn 4.19).

Lucas nos dice que, “cada día el Señor añadía a la Iglesia los que habían de ser salvos”. De ahí que resulte que quien está en Cristo está en la Iglesia. No se puede estar en Cristo y no estar en la Iglesia. La Iglesia es siempre una comunidad enferma, pero también una comunidad sanadora. Enferma por cuanto sus miembros son santos, pero perfectibles. Sanadora porque en la comunión con el Espíritu Santo, la Iglesia, cada uno de sus miembros, es perfeccionada día a día. Así, aún cuando los individuos que la formamos todavía practicamos el pecado, Cristo Jesús quita de su iglesia toda mancha y arruga, hasta que llegue el momento en que se la presente a si mismo santa y sin mancha.

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Las Necesidades de los Hombres

29 junio, 2014

A Manera de Introducción

Desde luego, las necesidades de los hombres son muchas y muy complejas. En principio parecería difícil establecer cuáles son las más importantes y urgentes. Tres personajes bíblicos, Moisés, Jesús y Absalom, pueden ayudarnos a discernir cuáles son, desde la perspectiva divina, aquellas necesidades masculinas que demandan una atención más diligente y comprometida de parte de los hombres cristianos.

Moisés y la Presencia de Dios

Éxodo 33. Hubo un momento en la vida de Moisés en el que pareció cumplirse el sueño de todo hombre: Dios le garantiza que podrá alcanzar todo lo que se ha propuesto. Que vencerá a sus enemigos, tendrá posesiones y riquezas y, además, que contará con la ayuda del ángel del Señor.

Ni Moisés ni el pueblo de Israel se alegran con tal noticia. Y tenían razón para ello pues Dios les había dicho: “pero yo no iré con ustedes”. Así, Moisés y los demás enfrentan una disyuntiva: la presencia de Dios o la realización de sus sueños.

Esta parece ser una disyuntiva común a los hombres. Con frecuencia sus sueños parecen entrar en conflicto con el carácter y el propósito divinos. Consciente e inconscientemente, siempre van tomando decisiones que, si los acercan a sus metas parecieran distanciarlos de Dios, y viceversa. Y es cierto que, en no pocos casos, los caminos de los hombres no coinciden con los del Señor. Por lo tanto, son caminos que nos separan de Dios.

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El Espíritu nos Asegura que Somos Hijos de Dios

14 abril, 2013

Romanos 8.14-17

 Jesús prometió que el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad. Tal nuestra convicción, tal nuestra confianza. En virtud de ello conviene considerar que la comprensión del qué, del cómo, de cuándo y del adónde, requiere, primero, de la convicción del quién. Cuestión toral, básica de la vida es saber quiénes somos. La conciencia de nuestra identidad, la capacidad para saber quiénes somos, a diferencia de quién hemos aprendido a ser, resulta una cuestión determinante en la comprensión del sentido, el propósito, de nuestra vida y la pertinencia de las relaciones que establecemos y la tareas que realizamos.

Sin embargo, sucede que las dinámicas relacionales en las que participamos desde antes de nuestro nacimiento contribuyen al desarrollo de una conciencia de identidad deformada. Bajo la influencia del pecado, las personas dejan de ser quienes en realidad son y se convierten en caricaturas de sí mismas. Son influenciadas negativamente por quienes tampoco tienen una conciencia sana acerca de su identidad. Se creen así ambientes enfermos, disfuncionales, pecaminosos. En estos, las personas se ven presionadas a ser lo que los demás han determinado y esperan que sean, aún cuando ello vaya en contra de la dignidad propia y contribuya a una espiral perversa en la que cada vez más se aleja uno de su verdadera identidad y vive confundido y desgastándose tratando de ser lo que no es.

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Quita lo Primero, para Establecer lo Último

24 junio, 2012

Hebreos 10.8,9

En la vida hay cosas que no pueden hacerse bien si no terminamos otras antes. Cuando lo que se ha hecho muestra su error e irrelevancia, su falta de sentido y de resultados positivos, es tiempo de dejarlo, abandonarlo para siempre. Lo nuevo requiere, siempre, del término de lo viejo.

Nuestro pasaje se refiere al fin de la era de los sacrificios de animales, en los que la sangre derramada no era suficiente para lograr la santificación de los hombres. No se trataba del modo en que se realizaban tales sacrificios, ni de quienes participaban de ellos, ni del número de los mismos. Simplemente, la sangre de los animales no tenía ningún poder para transformar la vida de los creyentes judíos. Cuando Jesús viene, él es el camino al Padre. Es el único que puede cumplir con la voluntad divina, por lo que «quita lo primero (los sacrificios de animales), para establecer esto último (la ofrenda del cuerpo de Cristo)». La obra redentora de Cristo no puede convivir, ni surtir efecto, mientras la persona busca obtener la salvación por medio de sus obras. Un modelo excluye e inutiliza al otro. 1 Corintios 10.21

En este modelo del quehacer divino es que encontramos un principio para nuestra vida. Recordemos que los principios son verdades transcendentes a cualquier tiempo o situación, sin importar que las personas estén de acuerdo o no con ellos. No puedes vivir la vida nueva, abundante, mientras sigas manteniendo lazos, compromisos con tu antiguo modelo de vida.

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