El Señor Añadía a la Iglesia los que Habían de Ser Salvos

Lucas 11.1; Hechos 2.47

 Ser salvo significa estar en comunión con Dios. Esta es una comunión real, personal. Pero también es una comunión que se vive en la compañía de otros creyentes. Nadie ha sido llamado a salvación en soledad o aislamiento. Por el hecho mismo de la salvación, quien es salvo es incorporado a la comunión de los creyentes. El individuo, la persona, es hecho pueblo. Por lo tanto es convocado a vivir en conformidad con su llamamiento, privilegiando la comunión con sus hermanos, pues esta es evidenciadota de la comunión íntima que el creyente tiene con Dios. No es creíble el amor a Dios que no pasa por el amor a los hermanos en la fe (1Jn 4.19).

Lucas nos dice que, “cada día el Señor añadía a la Iglesia los que habían de ser salvos”. De ahí que resulte que quien está en Cristo está en la Iglesia. No se puede estar en Cristo y no estar en la Iglesia. La Iglesia es siempre una comunidad enferma, pero también una comunidad sanadora. Enferma por cuanto sus miembros son santos, pero perfectibles. Sanadora porque en la comunión con el Espíritu Santo, la Iglesia, cada uno de sus miembros, es perfeccionada día a día. Así, aún cuando los individuos que la formamos todavía practicamos el pecado, Cristo Jesús quita de su iglesia toda mancha y arruga, hasta que llegue el momento en que se la presente a si mismo santa y sin mancha.

Resulta interesante atender al planteamiento que los discípulos de Jesús le hicieron: Enséñanos a orar, lo mismo que Juan enseñó a sus discípulos. Lo primero que resalta de este pasaje es la existencia de dos grupos de discípulos: el de Jesús y el de Juan. Lo segundo es la necesidad de cada grupo de ser identificado por separado. Los seguidores de Jesús no querían orar como lo hacían los de Juan; tampoco pretendían que estos fueran enseñados por Jesús a orar.

La manera de orar les daba identidad y sentido de pertenencia. Así, estaban en condiciones de reconocerse y comprometerse mutuamente. Sin dejar de ser creyentes, Iglesia diríamos hoy, asumían que por diferentes razones formaban parte de una expresión específica del pueblo de Dios. Es decir, eran cuerpo, pero también eran miembros diferentes y con diferentes funciones.

La diversidad del cuerpo de Cristo es una riqueza en si misma. Sobre todo, es poderosa por cuanto permite que los integrantes de cada diversidad estén en mejores condiciones de alcanzar y formar a aquellos con quienes mejor se identifican. Los cristianos no debemos avergonzarnos, ni preocuparnos, por las diversas manifestaciones del cuerpo de Cristo. Todas son una y solo una Iglesia.

Si bien nosotros no hacemos la comunión de la Iglesia, ni somos nosotros quienes nos incorporamos a la misma, lo cierto es que tenemos ciertas responsabilidades:

Debemos guardar la unidad del Espíritu. Se nos ha dado una riqueza invaluable. Dios nos ha llamado para cumplir tareas permanentes y circunstanciales en su cuerpo: proclamación, formación, consolación, ayuda, etc. Tareas que, para su cumplimiento, requieren de un ambiente propicio, no contaminado. Para ello, somos llamados a:

Ser humildes y amables. Esto se refiere tanto a una actitud como a un modelo de relación. El humilde privilegia el interés del otro por sobre si mismo. Está dispuesto a ceder y lo hace con amabilidad, es decir, de tal forma que resulte sencillo amarle.

Tener paciencia. Grandeza y constancia de ánimo en las adversidades. Significa permanecer haciendo lo bueno bajo circunstancias adversas. Ante el error, el pecado o la omisión del otro, siempre somos animados a actuar de acuerdo con su conducta y no de acuerdo con nuestro llamamiento. Así se rompe la unidad. Tenemos la responsabilidad de mantenernos haciendo lo bueno, lo propio, lo que corresponde. Así damos al otro la oportunidad de que recapacite, de que atienda a su buena conciencia y a que nos imite.

No pocos dejan de tener constancia en ánimo en las adversidades cuando son confrontados en y por la Iglesia. La confrontación directa e indirecta los desanima. Es que detona las situaciones no resueltas de la persona que prefiere aislarse o aún retirarse, con tal de no enfrentar aquello que le duele o que no ha superado.

Soportarnos los unos a los otros. La primera lectura de esta expresión nos lleva al aguantarnos los unos a los otros. Y, en efecto, una vez salvo, pronto descubre uno que tiene que aguantar a los hermanos. La Palabra va más allá de esto. La propuesta bíblica es que sirvamos como soporte al otro, a los otros. Que cuando la Iglesia, en general o alguno de sus miembros, esté bajo presión y en riesgo de derrumbarse nosotros les soportemos.

Tentación frecuente es la de abandonar la Iglesia cuando las cosas no están bien, o cuando a nosotros nos parece que no están bien. Bajo el dominio de sus emociones, no pocos salen de sus congregaciones no para responder a un llamado específico, sino para huir de una situación que no les resulta cómoda. No toman en cuenta que si alguno o algunos de sus hermanos están actuando indebidamente es cuando mayor soporte necesita. No solo necesita del soporte de los demás, sino del que uno puede proporcionarle.

Solo por una razón podemos soportarnos los unos a los otros: nuestro compromiso con la expresión del cuerpo de Cristo que es nuestra congregación. Cierto es que somos hermanos de todos los creyentes y que si nos vamos a otra iglesia seguimos siéndolo. Pero, también es cierto que si no nos comprometemos con “los domésticos de la fe”, no hay evidencia de nuestro compromiso con el resto del cuerpo.

La obligación contraída es el vínculo que nos une a aquellos a quienes debemos nuestro soporte. Solo permanece quien se asume obligado. Quien, ante la crisis se va, hace evidente el no haber contraído obligación alguna con sus hermanos.

Finalmente, el llamamiento que se nos hace solo puede ser cumplido en la proximidad, en la relación cercana, profunda de los creyentes. Así que se empieza por estar juntos, por reunirse como cuerpo periódicamente y desarrollando redes de relación familiares y personales cotidianamente. Estar juntos, reunirnos, nos proporciona la oportunidad de animarnos unos a otros. De infundir vigor unos a otros. Por el contrario, al dejar de congregarnos, perdemos vigor y, al no poder dar vigor a los otros, contribuimos a su debilitamiento.

Somos el pueblo de Dios, somos, en efecto, un pueblo especial. Vivamos así y no como los que no son pueblo.

 

 

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