Filipenses 4.11-13 TLAI
Cuando iniciamos este ciclo de reflexiones, La Familia Bajo Fuego, propuse a ustedes la importancia de considerar qué de lo nuestro provoca, facilita o redimensiona las actitudes y los eventos que favorecen la disfuncionalidad de nuestras familias. En tal sentido les planteé considerar tres espacios de participación fundamentales: nuestra espiritualidad, nuestros valores y lo que llamé, nuestras expectativas relacionales. Si expectativa es aquello que tenemos la esperanza de conseguir, se trata entonces del tipo de relaciones familiares, primariamente, de las que esperamos participar.
Estudiosos de la conducta humana proponen que es la mente el principal campo de batalla de las personas. Joyce Meyer, conocida escritora, asegura: Nuestros pensamientos nos meten en problemas más que ninguna otra cosa. Esto es porque nuestros pensamientos son las raíces de cada palabra y hecho. A Mahatma Gandhi se le atribuye haber dicho: La persona que no está en paz consigo misma, será una persona en guerra con el mundo entero. Y, nuevamente Joyce Meyer asegura: Preocupación, duda, depresión, enojo y sentimientos de condenación: todos ellos son ataque a la mente.
La clave de nuestra comunión con Dios es el amor y la confianza que del mismo resulta. Nos sabemos amados, Cristo es nuestro principal argumento, y, por lo tanto, podemos estar seguros de su interés, comprensión y su ayuda en nuestro favor. Nunca será suficiente el recordar que la esencia de nuestra comunión con Dios es su amor y no nuestros méritos. Que la intimidad de nuestra relación con él es fruto de su amor y se fortalece con nuestra confianza en él. Dios nos ama y su amor es nuestro principal recurso para enfrentar todos los retos de la vida.
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