El poder de la comunión con Dios

Romanos 8.35 TLA

IMG-20190309-WA0005La clave de nuestra comunión con Dios es el amor y la confianza que del mismo resulta. Nos sabemos amados, Cristo es nuestro principal argumento, y, por lo tanto, podemos estar seguros de su interés, comprensión y su ayuda en nuestro favor. Nunca será suficiente el recordar que la esencia de nuestra comunión con Dios es su amor y no nuestros méritos. Que la intimidad de nuestra relación con él es fruto de su amor y se fortalece con nuestra confianza en él. Dios nos ama y su amor es nuestro principal recurso para enfrentar todos los retos de la vida.

El enemigo más peligroso de nuestra confianza en el amor de Dios es la culpa tóxica. Los estudiosos del tema coinciden en que la culpa, como las demás emociones, no es ni buena ni mala en sí misma. Puede resultar conveniente cuando contribuye a la toma de consciencia de que se ha incurrido en algún error, se ha traspasado algún límite, y se busca la manera de resarcir el daño provocado o de enmendar el camino. La culpa tóxica, por el contrario, es una recriminación sin sentido, sin razón objetiva, que no permite a una conveniente adaptación al medio y que conduce a la persona a una condición auto depresiva. En la cual, la persona puede quedar atrapada, incapaz de crecer integralmente, pudiendo volverse intolerante, perfeccionista y desarrollar la convicción de no merecer nada bueno de la vida.

Uno de los espacios más propicios para el desarrollo de la culpabilidad tóxica es, desafortunadamente, el espacio familiar. La cultura familiar se convierte en el cristal con el que asumimos qué es bueno y qué es malo. Hacemos nuestras las expectativas de otros, quienes por su importancia en nuestra vida se convierten en referentes poderosos. A la expectativas de ellos respecto de nosotros, sumamos las propias. Al fin expectativas sin fundamento o viabilidad, se convierten en espacios de fracaso que marcan nuestra identidad. Por ejemplo, ante la disfuncionalidad de los nuestros, asumimos que es nuestra responsabilidad arreglar, corregir, rescatar a quienes y lo que está mal. Al no poder hacerlo, terminamos asumiendo que es nuestra culpa aquello de lo que, en la práctica, no es nuestra responsabilidad.

Paradójico resulta, entonces, el que sea en el ámbito de nuestras relaciones primarias, nucleares, donde aprendamos que la confianza de ser aceptados, comprendidos y apoyados dependa más de lo que hacemos que del hecho de que somos familia. Aprendemos el principio del condicionamiento mutuo, tanto como una acción como un efecto. Es decir, aprendemos a condicionar -a que las cosas dependan de alguna condición establecida, consciente o inconscientemente, por nosotros-, al mismo tiempo que sufrimos el efecto de las condiciones de otros.

Desafortunadamente, lo aprendido en el ámbito familiar fácilmente lo llevamos al ámbito de nuestra relación con Dios. Aprendemos el que nuestra relación con él sea una relación culposa. Hemos aprendido que no somos merecedores de su amor, de su comunión ni de sus favores. Y, es cierto, pero, también lo es que somos beneficiarios de la gracia divina. Es decir, del amor inmerecido y que, por lo tanto, podemos relacionarnos íntima y confiadamente con Dios porque él nos ama. Porque la razón de su amor descansa en quien él es y en que nos ha hecho sus hijos al través de la obra redentora de Jesucristo, su Hijo.

Dios nos ama porque él quiere amarnos. Y, la Biblia nos asegura que no hay nada que pueda separarnos del amor de Dios en Cristo. Me encanta la traducción TLA: ¿Quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? Nada ni nadie. Romanos 8.35 Es cierto que no pocos, condicionados por su aprendizaje culposo, pretenden matizar tal declaración bíblica, preocupados por lo que parece ser un salvoconducto para pecar libremente. Pero, lejos está el sentido bíblico de tal exceso. Por el contrario, lo que Pablo asegura es que podemos mantenernos en la santidad, la seguridad y la libertad que el amor de Dios significa bajo la influencia de cualquier fuerza que quiera afectarnos. Nos recuerda que, porque Dios nos ama es que podemos permanecer firmes en su comunión independientemente de las veleidades a las que la vida nos enfrenta.

En los ambientes familiares disfuncionales lo primero que se pierde es la convicción del amor mutuo. Vemos en las actitudes y acciones de los otros, sean reales o no, la confirmación de su falta de amor. Si lo hace, pensamos, es porque no me ama. Si me amara, presumimos, actuaría de otra manera. El mis razonamiento lo hacemos respecto de nosotros mismos. Dudamos de nuestro amor, ante nuestra intolerancia, hartazgo y prejuicios. Pero, el problema es nuestro condicionamiento para culpar o asumir la culpa, ante el impacto de lo que no siempre podemos enfrentar, manejar o superar.

De ahí la importancia de asumirnos amados por Dios, nuestro Padre, nuestra raíz, nuestro origen. Dios es la fuente de nuestro equilibrio integral. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos, asegura la Biblia. Hechos 17.28 Saber y asumir tal verdad nos da una perspectiva diferente de nosotros mismos y del cómo de nuestras relaciones familiares. Primero, porque comprobamos que nuestro valor como personas no está determinado por el cómo de tales relaciones, sino porque somos amados, somos hijos, de Dios. Además, porque al asumir que somos hijos amados nos concienciamos de que tenemos la visión, la capacidad y el poder para aportar lo que nuestra familia requiere para su restauración. Nos asumimos agentes de cambio animados por el poder, la dirección y el testimonio del Espíritu Santo. Sabiéndonos alternativa a, y no mera consecuencia de, nuestros sistemas familiares disfuncionales.

Nuestra comunión con Dios no depende, primordialmente, ni de lo que sabemos de él ni de lo que hacemos o dejamos de hacer. Depende del cultivo de nuestra confianza, de la esperanza firme de que su amor es suficiente para mantenernos en sintonía con él. Que por amor él nos anima, nos llama y nos corrige porque quiere estar en armonía con nosotros. Que aún cuando nos castiga lo hace porque nos ama, para que nos volvamos a él. Porque nada, ni siquiera el cómo de nuestra familia, tiene el poder para apartarnos del amor de Dios. Porque, podemos decir como el Apóstol: Nuestro Dios me amó mucho y me perdonó: por medio de Jesucristo me dio confianza y amor. 1 Timoteo 1.14 TLA

 

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