Que no se Rompa la Cadena
Hechos 18.24-28
Que no se rompa la cadena. Desde que inicié mi carrera ministerial escuché de mi Padre, muchas veces, decirme: hijo, que no se rompa la cadena. Se trataba, desde luego, de una invitación para que el don que yo había recibido mediante la imposición de manos de otros ministros, no se agotara en mí sino que fluyera también a otros. También era una exhortación para que el depósito de la fe que yo había recibido no se acabara en mí. Me llamaba a vivir de tal manera que mi vida comunicara la fe en Dios, mediante el cultivo de la fe, de la santidad y el testimonio de mi confianza en el ser y quehacer del Señor.
Dos cosas muy importantes resultan del llamado de mi Padre: la primera, me liberara de la responsabilidad del tener que responder por lo que otros hicieran con el don que habían recibido, dado que cada eslabón es responsable de sí mismo. En este sentido, era que el llamado de mi Padre consistía en que no permitiera que mi eslabón se rompiera y así la cadena se interrumpiera.
La segunda enseñanza resultante de la exhortación de mi padre, consiste en el hecho de tener siempre presente que los discípulos de Cristo, somos parte de algo que es mucho más grande, trascendente e importante que nosotros, que nuestro espacio y que nuestro tiempo. Así, se trata de tomar conciencia de la trascendencia de nuestro aquí y ahora, pero, al mismo tiempo, vivir de tal manera que el propósito superior, el propósito divino, se cumpla al final de los tiempos.
Me he permitido esta referencia personal para animarles a ustedes a que nos descubramos en el personaje central del pasaje leído, Apolos. Aun cuando conocemos bajo el nombre de Hechos de los Apóstoles, la obra de Lucas; hay quienes nos proponen que debiera llamarse Hechos del Espíritu Santo. Fundamentan tal propuesta en el hecho de que el actor principal de la historia bíblica es, precisamente, el Espíritu Santo; el mismo que actúa en y al través de los Apóstoles y demás cristianos.
No se trata, desde luego, que el Espíritu Santo tome el control de la voluntad de los hombres y las mujeres miembros de la Iglesia y protagonistas de su historia. Pero, sí de que al aceptar ser animados y dirigidos por el Espíritu que habita en ellos, los cristianos se convierten en colaboradores y hacedores del propósito divino en general y de los propósitos particulares para los cuales el Señor los ha llamado. Tal el caso de Apolos.
Resulta interesante la manera en que Lucas introduce a Apolos en su relato: natural de Alejandría, hombre elocuente, poderoso en las Escrituras… instruido en el camino del Señor… de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente… aunque solo conocía el bautismo de Juan. Lucas establece un contraste que nos permite ver que, en el camino y la obra de Dios, nadie es suficiente en sí mismo, nadie sabe ni puede todo por sí mismo. Nadie se concluye en sí mismo, sino que forma parte de un todo, requiere de la coparticipación de otros y en la medida que aporta lo suyo, enriquecido por sus compañeros de camino, cumple una tarea superior y de mayor importancia.
A veces pareciera que con lo que somos, hemos alcanzado y hacemos en lo personal, es suficiente. Consciente e inconscientemente vamos por la vida poniendo límites a nuestros horizontes de servicio a Dios. Nos parece que si nos realizamos, si somos mejores y tenemos más que otros, es suficiente. Sin embargo, Apolos nos revela que a menos que encajemos, que nos sincronicemos, con el todo de Dios, en su iglesia, lo que hayamos logrado no tendrá ni sentido ni mayor relevancia.
Dios nos ha llamado con un propósito específico y a lo largo de nuestra vida nos ha ido preparando para que podamos cumplir con su llamamiento y la tarea, o las tareas, que ello implica. Lo hace como hizo con Apolos, cuyo trasfondo social, así como su preparación y aún su carácter entusiasta, podrían ser indicadores del éxito total. Sin embargo, Dios al través de Lucas señala que en las cuestiones trascendentes, las importantes, puede pasarnos lo que a Apolos, quien no obstante sus logros sociales, económicos y culturales, apenas se había quedado en los fundamentos de la fe, dado que solo conocía el bautismo de Juan.
El relato lucano nos revela que, como en el caso de Apolos, en nosotros lo que hemos logrado no evita la necesidad de que aprehendamos, es decir, que hagamos nuestro, aquello de lo que carecemos. También destaca que lo que carecemos no invalida la importancia de lo que ya tenemos. Se trata, de acuerdo con el pasaje que nos ocupa, de ir más allá. Y este ir más allá es posible gracias, y solo, en el entorno de la Iglesia, del Cuerpo de Cristo.
Lucas relata que en la sinagoga de Éfeso, el lugar donde se reunían los creyentes, lo que es un dato de por sí revelador, Priscila y Aquila escucharon a Apolos, quienes lo tomaron aparte y le expusieron con más exactitud el camino de Dios. El resultado fue que en la región de Acaya (que ahora forma parte de Grecia), Apolos fue de gran provecho y refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.
De Lucas podríamos deducir que Apolos no fue llamado para ser hombre elocuente y para enseñar diligentemente. Fue llamado, y preparado, para anunciar el evangelio en Acaya y demostrar por las Escrituras que Jesús era el Cristo. Tarea para la que lo que había logrado por sí mismo no era suficiente y que sólo pudo cumplir con el aporte de Priscila y Aquila. Lo que tenemos aquí es que la vida en comunidad, el cultivo de la comunión, la cercanía de los creyentes, resulta indispensable para la capacitación, el crecimiento integral del creyente y la realización de la tarea que se le encarga.
En el cultivo de la comunión del Cuerpo de Cristo, cuando los creyentes no solo están juntos, sino en relación vital unos con otros se cumple lo que la Biblia asegura: Por su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro. Efesios 4.16 NVI. Quizá en la experiencia con Priscila y Aquila es que Apolos o el autor a los Hebreos, encuentra razón para exhortarnos para que no dejemos de congregarnos, como acostumbran a hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca. Hebreos 10.25
El testimonio de la Iglesia Primitiva se convierte en un poderoso llamado para que nosotros permanezcamos en la relación que nos permita superar nuestras deficiencias en el ánimo de que podamos cumplir con la tarea que a cada uno se ha encomendado. Pero, también es un poderoso llamado para que permanezcamos en tal calidad de comunión que resulte natural y confiable el que podamos tomar aparte a nuestros hermanos para contribuir a su crecimiento y perfeccionamiento. Haciéndolo así podemos asegurarnos que la cadena no habrá de romperse en el eslabón que somos cada uno de nosotros.
Siempre conviene recordar que nosotros, en lo individual, no somos la cadena. Somos parte de la misma, eslabones que la fortalecen o la debilitan. De ahí la importancia de cuidar nuestro testimonio personal, así como el cómo de nuestra relación activa y pasiva con nuestros hermanos. De cada uno de nosotros y de la manera en que nos relacionamos unos con otros, depende que en nosotros no se rompa la cadena, sino que seamos conductores de la gracia para que la cadena crezca.
El crecimiento integral de la vida cristiana pasa por la participación comprometida – es decir, regular, comprometida y entusiasta-, en las actividades regulares de la Iglesia. Pasa, también, por el cultivo proactivo e intencionado de las disciplinas espirituales: la oración, la lectura y estudio de la Biblia, la adoración y la mayordomía fiel. Y nada de esto puede hacerse de manera plena en la individualidad. Requerimos siempre de los nosotros, así como nuestros hermanos requieren de nosotros. Lo que a ellos les falta lo tenemos nosotros, lo que nosotros carecemos ellos pueden proporcionárnoslo.
No puedo dejar de considerar un aspecto que atañe a cada uno de nosotros. Se trata de lo que podemos llamar la dimensión familiar de la cadena de la fe. Los padres no somos los responsables últimos de la fe de nuestros hijos, dado que cada uno de ellos tendrá que responder ante el Señor por el cómo de su vida y consagración. Pero, somos los eslabones que, de alguna manera, contribuyen a la continuidad de la cadena entre quienes nos precedieron en la fe y aquellos que nos suceden, los que heredan, nuestro testimonio de fe.
Como padres nuestra responsabilidad no es el eslabón representado por nuestros hijos. Somos responsables de la clase de eslabón que nosotros somos. No debemos olvidar que la cadena se rompe por el eslabón débil, aún cuando los siguientes eslabones sean fuertes y estén bien hechos. Como padres, como mayores en la fe y en la familia, debemos vivir de tal manera nuestra fe cristiana que podamos animar a quienes nos siguen para que se fortalezcan y mantengan una relación de amor y colaboración con sus hermanos en la fe.
Sí, que no se rompa la cadena en nosotros. La fortaleza y la utilidad del eslabón que representamos dependen de nosotros, es nuestra responsabilidad. Lo mejor es que, con la ayuda de Dios, podemos asegurar la fortaleza y continuidad de la cadena porque, en Cristo, somos más que vencedores.
A esto los animo, a esto los convoco.
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