1 Pedro 3.7; 1 Timoteo 2.8
En la Biblia existe una clara reciprocidad entre la espiritualidad y las relaciones familiares. Desde la perspectiva bíblica ambas son mutuamente condicionantes. Resulta interesante y muy importante el hecho de que la comunión con Dios resulta afectada por el cómo de las relaciones familiares. La santidad en el ámbito familiar afecta el todo de nuestra comunión con Dios. Pero, no sólo eso, sino que nuestra santidad personal afecta la comunión de los nuestros con Dios y termina por afectar nuestra propia influencia y capacidad al enfrentar los problemas familiares.
Es un hecho que las familias cristianas enfrentan una severa crisis causada por el abandono de la fe por parte de sus hijos. Algunos, tratando de minimizar el problema proponen que se trata de un mero abandono de la iglesia y no del abandono de la fe. Difícil resulta, sin embargo, asumir que la persona mantiene firme su fe en el Dios de Jesucristo cuando rechaza, y hasta huye, de la comunidad de creyentes que son cuerpo de Cristo, la Iglesia. Además del hecho de que la experiencia demuestra que quien se aleja de la Iglesia y abandona las reuniones y actividades de la misma termina negando su fe en Dios en lo cotidiano de su vida.
Generalmente, los hijos descubren a sus padres cuando llegan a la adolescencia. En la adolescencia dejan atrás la imagen idealizada propia de los niños y aprenden, a veces dolorosamente, la verdad que hay en sus padres. Es a partir de tal circunstancia que honrar a los padres, respetarlos y tener para ellos un temor reverente (obediencia), se convierte en una difícil elección. Una elección que, por lo demás, deberá hacerse día a día por el resto de la vida y que estará condicionada por el amor, la confianza y la fe que los hijos puedan cultivar en favor de sus padres.
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