Ser mujer es una experiencia inigualable. Conlleva los más grandes privilegios del ser humano, y los más crueles menosprecios. La mujer es al mismo tiempo eje que convoca: a la vida, a los hombres, a la familia; y la extraña, a la que, cuando conviene, se le margina, se le ignora, se le usa.
Desafortunadamente, este desigual trato a las mujeres se justifica con una particular interpretación del mensaje bíblico. La mujer, nos dicen, es segunda, va después del hombre, al ser formada del hombre es menos que el hombre. Además, la mujer tiene la culpa de que el pecado haya marcado a la humanidad, pues ella engañó a Adán. Finalmente, la mujer es un ser emocional, con poca capacidad para pensar racionalmente, por lo que es necesario que esté bajo el cuidado –y la consecuente subordinación-, del hombre. La mujer no puede ser persona, si no cuenta con la compañía y la cobertura masculina, dirían algunos.
Quienes hacen suya tal postura, hombres y mujeres por igual, cuentan con una serie de pasajes bíblicos que, consultados fuera de su contexto, parecen darles la razón. Pero, ¿qué es lo que la Biblia nos dice de Dios y de las mujeres?
La mujer, imagen y semejanza de Dios (más…)
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