Perfectamente Santos

Que Dios mismo, el Dios de paz, los haga a ustedes perfectamente santos, y les conserve todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, sin defecto alguno, para la venida de nuestro Señor Jesucristo. 1 Ts 5.23

 

Cuando el Pastor Armando Águila me invitó a compartir este pasaje con ustedes, vinieron a mi mente dos experiencias. La primera vivida en la década de los años setenta en Cuba. Tuve la oportunidad de hacer una visita pastoral a las iglesias cubanas. En un encuentro con jóvenes cristianos universitarios les pregunté cómo habían sido aceptados en la Universidad, siendo creyentes, y cómo hacían para permanecer escalando posiciones de reconocimiento académico, como era el caso en la mayoría de ellos. Después de un embarazoso silencio, uno de los jóvenes me dijo: Simplemente, nos ocupamos de ser los mejores en todo. Y, cuando alguien nos pregunta el porqué de nuestro esfuerzo y dedicación, les hacemos saber que nuestra condición de discípulos de Cristo nos obliga a dar testimonio de su Reino en todas y cada una de las áreas de nuestra vida personal.

La segunda experiencia la viví en esta Ciudad. Fui invitado como ponente ante un grupo de catedráticos universitarios, artistas e intelectuales y empresarios. Al terminar mi exposición, uno de los empresarios ahí presentes expresó su desconfianza y poco aprecio hacia los cristianos evangélicos. Disculpándose conmigo, explicó que su negocio es la renta de equipo de luz y sonido para eventos masivos. Por ello, nos dijo, conoce bien a los más reconocidos artistas evangélicos. No pocos les han recomendado a jóvenes para que trabajen con él, enfatizando que se trata de personas honestas por ser cristianas. Sin embargo, su malestar se debe a que se trata de jóvenes sin ambiciones ni deseos de superación. Jóvenes que con el pretexto de servir a Dios, abandonan trabajo y estudios a la menor provocación. Jóvenes que prefieren ser despedidos a trabajar los días que en sus congregaciones hay actividades. Terminó asegurando que la fe cristiana-evangélica convierte a los jóvenes en personas sin propósito ni sentido en la vida. En personas que no trascienden y no pueden tener una influencia positiva en la sociedad.

Con esto en mente acerquémonos a la propuesta paulina. El interés manifiesto del Apóstol tiene que ver con que los creyentes sean perfectamente santos. Desde luego, el Apóstol no pretende que los creyentes sean perfectamente perfectos. Los términos que utiliza nos permiten comprender su propósito si lo parafraseamos así: que en todo lo que hacen, estén consagrados al Señor. Es decir, hay un principio holístico, en el que el creyente es la suma de su todo, por lo que se requiere de una vida íntegra e integradora en el servicio del Señor.

Cuando el Apóstol define nuestro ser como la integridad del espíritu, el alma y el cuerpo, hace ver la importancia de tal presupuesto holístico. Contra la idea de dividir la vida en dos esferas principales: lo espiritual (el alma), y lo material (el cuerpo), la Biblia nos enseña que somos uno, compuestos del espíritu, el alma y el cuerpo. Los teólogos proponen que el cuerpo y el espíritu, pueden ser separados; pero el espíritu y el alma, sólo pueden ser distinguidos. Pero, en tanto permanecen integrados, la persona es una sola, un solo ser.

Los términos utilizados por el Apóstol definen al cuerpo como la naturaleza física de la persona y el espíritu como la naturaleza espiritual de la misma. Otros definen al cuerpo como: el instrumento de la vida. Al espíritu como el hombre fuera del cuerpo. El elemento sensible de la persona, aquello por lo que percibe, reflexiona, siente, desea. Y al alma como: el asiento de la personalidad; de la voluntad y el propósito de la persona. Así, la persona es más que su cuerpo puesto que puede vivir fuera del mismo. El espíritu es el hálito o aliento de vida que Dios insuflara en Adán y que compartimos con el resto de los seres vivos. Esto es lo que nos permite entender al Predicador cuando asegura: Dije en mi corazón: Es así, por causa de los hijos de los hombres, para que Dios los pruebe, y para que vean que ellos mismos son semejantes a las bestias. Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Ecl 3.18 y 19

El alma es el sentido de personalidad o identidad de la persona. Mientras que el espíritu es el elemento vital, el que da vida a la persona, el alma es la vida resultante aquello en que se constituye –se convierte- en la persona. Por tal razón, el alma (la manera de pensar, sentir, relacionarse y crear de la persona), se convierte en el factor de equilibrio del ser humano.

Lucas 2.40 nos ayuda a entender mejor esto cuando se refiere al crecimiento integral del niño Jesús asegurando: y el niño crecía y se hacía más fuerte, estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios. La fortaleza se refiere al crecimiento físico, la sabiduría al crecimiento del alma y el gozar del favor de Dios al cultivo de su espíritu.

Cuando el empresario al que me referí al principio expresaba su desconcierto sobre la manera en la que la iglesia forma a sus jóvenes, denunciaba una realidad que se ha convertido en la norma de no pocos de nosotros, pero no por ello resulta connatural a nuestra condición de seres creados a imagen y semejanza de Dios. En efecto, esta persona se daba cuenta de la importancia que damos al cultivo de nuestra espiritualidad, nuestra relación íntima con Dios, así como al cuidado de nuestro cuerpo y bienestar físico. Pero, descuidamos el crecimiento de nuestra alma, nuestra psique. Quien sólo se ocupa del cuidado de alguna de sus áreas integradoras, termina siendo un fenómeno. Como aquel que sólo ejercita uno de sus brazos y descuida por completo al otro. Se deforma, es decir, pierde su forma original, deja de ser quien es.

Los creyentes cubanos han entendido bien esto. Por ello es que sus jóvenes se ocupan de ser personas físicamente sanas, al mismo tiempo que cultivan con celo y entusiasmo su relación personal y congregacional con Dios, fortaleciendo así su espíritu. Además, se ocupan de ser como los jóvenes hebreos en la corte de Nabucodonosor: muchachos en quienes no hubiese tacha alguna, de buen parecer, enseñados en toda sabiduría, sabios en ciencia y de buen entendimiento. Daniel 1.3ss

Desafortunadamente, los cristianos evangélicos hemos hecho de nuestro cuerpo el factor de equilibrio de nuestra condición de humanos. La razón y el propósito por el que, generalmente, servimos a Dios es nuestro cuerpo: su salud, su longevidad, su fortaleza, su comodidad. En segundo lugar nos ocupamos de las cosas espirituales: la oración, la alabanza, el congregarnos. Pero, cada vez menos, somos una comunidad pensante, interesada en el cultivo del conocimiento, de la ciencia. Dado el menosprecio que hemos desarrollado a las cosas que consideramos materiales o carnales, cada día somos corporativamente más ignorantes y, en consecuencia, ejercemos menos influencia en la sociedad. Somos menos luz y menos sal.

Sea mi convocatoria a ustedes, a comprometernos en un crecimiento integral. A colaborar con Dios en el proceso de hacernos completamente santos. Que nos propongamos que nuestro cuerpo sea un instrumento al servicio de Dios y no solamente beneficiario de sus bendiciones. A que el cultivo de nuestra espiritualidad tenga como propósito no el recibir de Dios, sino el de ofrendar nuestro todo a su servicio. Y que mediante el cultivo de nuestra alma, nuestra manera de pensar, nuestro amor por la sabiduría, la administración de nuestras emociones, la calidad de nuestras relaciones, etc., podamos llevar el fruto que es propio de la vocación a la que hemos sido llamados.

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