Archivo para abril 2011

En Valles de Sombra y de Muerte

25 abril, 2011

Los últimos días han estado llenos de conflictos y situaciones especialmente difíciles para muchas familias que conocemos. Enfermedades graves, dolorosos y complejos conflictos familiares, tensiones económicas, etc., son los diferentes rostros de la problemática que nuestras familias enfrentan. Ello significa, desde luego, que muchos de los miembros de la Iglesia de Cristo han sido alcanzados por los días malos.

Los días malos forman parte de la vida. Nadie escapa a ellos, son prácticamente connaturales a nuestra condición de seres humanos. Por ello, por más difíciles que resulten no pueden llamarnos a sorpresa. El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de sinsabores, decía el justo Job. Sería, ocioso, entonces, ocuparnos de tratar de descubrir los porqués de tales días. Así como los hechos son, también los días malos son. Nada los cambia, nada los evita.

Sin embargo, el hecho de que sean muchas las familias que estamos enfrentando días malos, algunos excepcionalmente malos, nos obliga a la reflexión. Indudablemente hay algo más, un elemento extraordinario, un doloroso aporte a nuestra vida personal, familiar y congregacional en tales circunstancias de conflicto. Conviene recordar que en la dimensión espiritual simplemente no hay coincidencias. Debemos asumir que las cosas extraordinarias, como las que estamos viviendo, responden a un propósito y tienen un origen. En no pocos casos, este origen se encuentra en el enemigo de nuestras almas. En otros muchos, las cosas extraordinarias, aún las situaciones conflictivas, tienen su origen en Dios o son aprovechadas por el Señor para nuestro perfeccionamiento  y para el cumplimiento de su propósito en y al través de nosotros.

Es mi convicción que los días malos que estamos atravesando contienen un triple propósito:

§  Concienciarnos acerca de nuestra fragilidad.

§  Fomentar nuestra dependencia de Dios.

§  Provocar nuestro compromiso con Dios y su Iglesia.

Uno de los más grandes engaños es el de nuestra autosuficiencia. Vivimos una era en la que uno de los principios gobernantes es: si se descompone, arréglalo. Se nos anima a asumirnos fuertes, autosuficientes, permanentes. La verdad es que no lo somos. En pleno Siglo XXI, seguimos siendo frágiles.

Nuestra cultura nos hace menospreciar la fragilidad. No queremos ser débiles, resulta penoso serlo. Nos obligamos a ser fuertes. La cultura del reino de Dios, por su lado, nos recuerda que nuestra debilidad es un espacio de oportunidad para Dios. Que mientras más débiles somos, más se perfecciona el poder de Dios en nosotros. Así, nuestra debilidad no se traduce, necesariamente, en derrota o pérdida. Por el contrario, es la puerta por la que entramos al territorio de la victoria divina.

Asumir nuestra fragilidad, aceptarla, nos coloca en las manos del Señor. Pretender que somos fuertes, ignorar nuestras debilidades, nos coloca fuera del señorío de Dios quien, no debemos olvidarlo, gobierna en medio de la tormenta.

Mientras más delgado el hilo del que colgamos, mayor valor le reconocemos y mayor cuidado le dedicamos. Sin Dios no podemos hacer nada. Fuera de él nada somos. Si no fuera por su gracia no estaríamos aquí, ni podríamos superar los días malos que nos desgastan.

En los días malos tenemos que confiar, depender de Dios. Ello nos obliga a replantear el cómo de nuestra vida. A identificar aquellas actitudes, conductas y omisiones que nos ponen en riesgo de apartarnos de Dios y, por lo tanto, quedar fuera de su cuidado y amoroso cuidado.

Sabernos dependientes de Dios nos obliga a confesar nuestros pecados para quedar libres de su peso, al mismo tiempo que recomponemos nuestro caminar en la fe. Quien depende de Dios, como teme provocar su ira o incomodidad, se esfuerza por agradarlo en todo.

Los días malos hacen evidente aquello que, en nuestra vida, debe hacernos transitar la dura senda del arrepentimiento, la confesión y el arrepentimiento.

Los días malos son días de compromiso. Son días en los que las obligaciones contraídas, por nosotros con Dios, deben ser renovadas y redimensionadas. La razón es sencilla, no podemos pedir a Dios que intervenga en nuestro favor sin asumir, por nuestro lado, el que Dios tiene derecho de que nosotros cumplamos con lo que le hemos ofrecido y prometido.

Desde luego, Dios no espera de nosotros más de lo que podemos hacer. Así que no le resulta tan importante el monto de nuestra ofrenda, sino la condición de nuestro corazón. Se ha comprometido a no menospreciar al corazón contrito y humillado. Al corazón que se encoge y humilla buscando agradarlo en todo.

Todos nosotros hicimos muchas de nuestras promesas cuando nuestros días eran brillantes. Pero, algunas de las promesas más significativas, más trascendentes, las hemos hecho, precisamente, en medio de muchos días malos. Generalmente, cuando estos pasan, nos olvidamos de ellas y renunciamos a su cumplimiento.

Nuestras enfermedades, los conflictos familiares, las dificultades económicas, etc., reclaman que cumplamos lo que hemos prometido. Que seamos fieles, que renovemos nuestro compromiso y vayamos más allá de lo que hemos alcanzado.

Terminemos diciendo que los días malos no tienen el poder para definir el todo de nuestra vida. Nuestra vida es más que nuestros conflictos y aún que nuestros fracasos. Estos nos derriban, pero no nos destruyen. La razón para ello es que los transitamos, como todos los valles de sombra y de muerte, siempre bajo la guía y con el apoyo de la vara y del cayado de nuestro Dios, quien, no debemos olvidar, es nuestro Pastor.

¡He Visto al Señor!

24 abril, 2011

Hoy la cristiandad celebra la resurrección de Jesús. La pasión y muerte de Jesús no tienen sentido sino a la luz de su resurrección. Es la resurrección la clave, el acontecimiento que da sentido y significado, al dolor y al fracaso presentes en la cruz. El Apóstol Pablo dice: “Si… Cristo no resucitó… vana es nuestra predicación y vana la fe que en Dios hemos depositado… Si el ser cristianos nos fuera de valor sólo en esta vida, somos los seres más desgraciados del mundo”. 1 Corintios 15.13ss

Si la resurrección es la clave que nos permite entender la pasión y la muerte, estas son los elementos que dan sentido a la resurrección. Parecería una perogrullada decir que, “no hay resurrección que no sea precedida de la muerte y del fracaso”.

El Drama de la Crucifixión

Alrededor de la pasión y muerte de Jesús encontramos una serie de crisis de crecimiento que son valiosas para nosotros y nuestro caminar:

María y las otras mujeres. Jesús, en su trato cotidiano, hizo por las mujeres algo que nadie había hecho por ellas: les dio esperanza. Jesús mismo representaba la posibilidad de una posición nueva ante la vida y los demás. Dignidad, respeto, aprecio. Lo siguieron sin comprenderlo. El caminar termina “al pie de la cruz”, “mirando de lejos” dice Marcos. Cristo la razón de su esperanza es el principal argumento de su fracaso. Lo que Cristo no hace por sí mismo se traduce en la pérdida propia de aquellas mujeres. Juan 19.25

Tomás, el valiente incrédulo. Siempre hemos criticado a Tomás y lo usamos para simbolizar nuestra propia incredulidad. Pero, ¿nos hemos preguntado el por qué de la incredulidad de Tomás? Tomás creyó en Jesús, por eso le siguió… hasta Jerusalem. Fue fiel y animoso, aún cuando no entendía. “Muramos con él”, había dicho. ¿Cómo no ser incrédulo de quien había roto su confianza y lo había dejado solo? Las crisis se viven en distintos grados. Diez estaban reunidos después de la muerte de Jesús. ¿Dónde estaba Tomás? ¿Por qué no lo había ido a buscar? Su “sólo creeré si veo las heridas”, ¿era la respuesta de quien se siente reprochado por sus propios hermanos? Juan 14.5; Juan 11.16

Pedro, el defensor cobarde. Protector de la vida y del buen nombre de Jesús. El que deja todo por seguir a Jesús y descubre que, de seguir siguiéndolo, tendría que pagar el precio último, el de su propia vida. ¿Cómo seguir a quien llegó al final del camino? ¿Por qué confesar a quien está perdiendo la vida? ¿Cómo no renegar de quien no hace por sí mismo? Juan 20. 17ss; Marcos 16.6-7

En la cruz del calvario murió Jesús. Pero al pie de esta, o a lo lejos, y más lejos, hubo muchas más muertes: las de la fe, la confianza y la esperanza de sus discípulos. Paradójicamente, mientras resucitaban muchos que no tenían nada que ver con Jesús; sus seguidores padecían hasta la muerte.

Las Celebraciones de la Resurrección

Nuestra fe en Jesús no es vana; ni siquiera cuando hemos perdido la esperanza, la fe misma, o cuando lo hemos negado. Nuestra fe sigue contando gracias a la realidad esplendorosa de la resurrección.

María, mensajera. No es María la madre de Jesús la mensajera de la resurrección. Es “aquella María”, quien, perdida la esperanza representada por el Jesús vivo, acude al sepulcro a perfumar el cadáver putrefacto de su Maestro. Es esta mujer, llorosa y confundida, la que se convierte en portadora del mensaje de vida: “Ve, busca a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y al Padre de ustedes, a mi Dios y al Dios de ustedes”. “Quiero que le digan a Pedro y a los demás discípulos que Jesús va delante de ellos a Galilea. Allí lo verán como les dijo”. María se convirtió, entonces, en “la que había visto al Señor”. Jn 20.18 NVI

Tomás, el visionario. La observación de Jesús: “Has creído porque me viste. ¡Benditos los que sin verme han creído!”, nos distrae de la declaración de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. ¿Recuerdan a los discípulos? “Hemos visto al Señor”. “Nosotros, hemos visto al Señor”. Tomás, el incrédulo, ve lo que ellos no ven: en Jesús ve a Dios mismo. A veces el fracaso, la huida, resulta una especie de colirio espiritual. Dejamos de ver para poder ver. Es la realidad presente del resucitado el elemento refundador de nuestra fe. Jn 20.28

Pedro, el que amaba más que los demás. Jesús no deja pasar la oportunidad de recordarle a Pedro su traición: una fogata y una pregunta que se repite tres veces. Lo acorrala. Lo lastima porque quiere sacar lo que está en el fondo. No busca razones, explicaciones o disculpas. Quiere saber si Pedro lo ama “más que los demás”. La resurrección pone las cosas en su lugar. Un riesgo calculado de Jesús es la negación circunstancial de los suyos. Esta le lastima pero no lo atrapa. Él está seguro de que detrás y a pesar de la negación, vive un amor único. ¿Me amas como nadie más me ama?

La celebración petrina incluye a todas las otras. La resurrección de Jesús viene a poner en eminencia el elemento fundamental del amor. El seguimiento de Jesús no consiste en la mera perseverancia de la confianza, de la fe o de la convicción. Reclama la perseverancia del amor. Jn 21.15ss

En Conclusión

En la resurrección de Jesús celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, sí, pero, sobre todo celebramos el triunfo del amor. Del amor de Dios, ciertamente; pero también el triunfo de nuestro amor por él. Amor que permanece en la fe y en la desesperanza, en la convicción y en la duda, en la defensa y en la traición. Gracias al poder de Dios en Jesús, su amor recrea la vida, la fe y la esperanza.

Consumado Es

22 abril, 2011

La muerte se enfrenta de la misma manera en que se ha enfrentado la vida. Se muere de la misma manera en que se vive. En la cruz, nuestro Señor Jesucristo no fue otro distinto a quien lo fuera a lo largo de su vida y ministerio. Intercedió por los pecadores, se ocupó de los desafortunados como María y Juan, guió hacia Dios a quien se arrepintiera, refrendó su comunión y confianza con su Padre, dio testimonio de su condición humana, etc. Y plenamente consciente de que todo había llegado a su fin, dijo “consumado es”; con lo cual mostró, hasta el final, el propósito y compromiso de su vida: cumplir y hacer cumplir la voluntad de su Padre.

En efecto, la expresión: consumado es, o, todo está cumplido, no se refiere al hecho de que se ha llegado al final de la vida, sino al hecho de que, habiendo cumplido con la tarea que daba razón a la vida, ya no quedan más motivos para seguir viviendo. Juan nos dice que Jesús inmediatamente después de haber hecho el recuento de su tarea, inclinó, entonces, la cabeza y expiró.

La mayoría de nosotros se preocupa más del hecho de la muerte que lo que se ocupa de la razón de su vida. Tememos morir, deseamos vivir. Pero, no siempre la razón que anima nuestro deseo de vivir es la intención de cumplir el propósito de nuestra vida. En Jesús podemos comprender el equívoco de tal forma de vida y el sufrimiento que resulta de la misma. Veamos por qué.

Para nuestro Señor Jesús la vida es el espacio en el que participamos del quehacer de Dios en nuestro aquí y ahora. Es decir, Jesús no sólo vive plenamente consciente de la existencia y de la presencia de Dios en su vida; sino que también está consciente de la imbricación del ser de Dios y de su propio ser en el todo de la vida. Dicho de otra manera, Jesús se da cuenta que lo que Dios está haciendo en el mundo le incluye y le afecta, de la misma manera en la que lo que él hace en su día a día incluye y afecta a Dios mismo. En algún momento, nuestro Señor declaró que él no decía ni hacía sino aquello que oía decir y veía hacer al Padre. cf.  Jn 14.24

Desde pequeño, Jesús cultiva la consciencia de su relación vital con el Padre que está en los cielos. Es decir, adquiere una consciencia respecto de la trascendencia de su vida. Se da cuenta que la vida es más que lo que vemos y nos ocupa cotidianamente. Jesús adquiere y cultiva, desde niño y hasta el momento mismo de su muerte, un sentido de misión. Alguien ha dicho que la misión de cada uno marca el camino por donde se ha de transitar, qué es lo que se hace y para qué se hace, cuáles son los objetivos de vida principales, cuál el enfoque a lo largo de la misma y qué es aquello a lo que se rinde culto mientras se vive.

Sin embargo, la vida misma de Jesús y lo que la Biblia enseña respecto de este tema, nos muestran que no se trata de un destino manifiesto o de una perspectiva de vida fatalista. El sentido de misión no nos obliga a vivir de cierta manera. Desde la perspectiva bíblica, el sentido de misión más que una obligación impuesta es un llamado a una forma de vida. Requiere del ejercicio de la libertad personal de elección, así como de la renovación constante del compromiso libremente contraído. Nadie es obligado a vivir para Dios ni, mucho menos, a cumplir con la tarea que el Señor le encomienda. Ello no quita, sin embargo, el hecho de que el éxito de la vida depende de si se ha vivido o no para Dios y de si se ha cumplido con la tarea recibida. Vivir muchos años y no cumplir con la tarea recibida, hacen el más absoluto fracaso de cualquiera.

La misión de nuestra vida no la construimos nosotros, la descubrimos en el cultivo cotidiano de nuestra relación con Dios. El Apóstol Pablo nos asegura que lo que somos, a Dios se lo debemos. Y, añade, que él nos ha creado por medio de Cristo Jesús, para que hagamos el bien que Dios mismo nos señaló de antemano como norma de conducta. Ef 2.10

Me gustaría relacionar tal declaración paulina con la que encontramos en Proverbios 10.22: La bendición del Señor es riqueza que no trae dolores consigo. Primero, porque la comprensión de ambos pasajes nos permite entender que el que vivamos para cumplir la voluntad de Dios no significa que hemos de vivir una vida gris, dolorida e insatisfecha. En el hacer la voluntad del Padre hay bendición y esta bendición no trae dolores consigo. Es decir, ni siquiera los sufrimientos logran agotar el gozo de la presencia divina en el creyente.

La segunda cosa a destacar es que la comprensión de ambos conceptos nos da la clave para entender tanto si vamos por buen camino (si estamos haciendo lo que Dios nos ha llamado a hacer), como si hemos de esforzarnos en seguir viviendo o debemos prepararnos para ir al encuentro de nuestro Señor. La clave consiste en preguntarnos si la vida que estamos viviendo nos trae bendición o simplemente añade tristeza a nosotros y a los nuestros en el día a día. Si el fruto de nuestros esfuerzos es más y más tristeza, podemos estar seguros que hemos llegado a un punto de inflexión, en nuestra vida.

La vida está llena de puntos de inflexión, es decir, de momentos en los que debemos reconsiderar el curso de nuestra vida y tomar las decisiones y hacer los cambios conducentes. Una traducción inglesa de puntos de inflexión es turning points, es decir, puntos para dar vuelta. No se llega a la meta sin haber dado las vueltas necesarias. Jesús mismo tuvo que modificar el rumbo, tuvo que retomar la dirección correcta. Es decir, el mismo Jesús tuvo que convertirse a Dios y resintonizar su vida con el propósito divino una y otra vez. Lo hizo, por ejemplo en Getsemaní, cuando pidió que pasara de él la copa del sufrimiento, pero reiteró su disposición a que no se hiciera en él su voluntad, sino la del Padre. Y, me parece, lo hizo también en la cruz, cuando, de acuerdo con el Evangelista Lucas, gritó diciendo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, murió. Lc 23.46

La historia de Jesús no termina con su muerte, pues él, habiendo sido resucitado por el Padre, vive y reina para siempre. Saber esto nos da confianza. Primero, para vivir determinados a cumplir con la tarea que hemos recibido, sabiendo que forma parte de la tarea divina que nos trasciende y llega hasta la eternidad. Pero, también nos da confianza para tomar las decisiones que convienen en el momento oportuno. Nos da confianza para seguir viviendo, cuando las dificultades y dolores parecieran decirnos que no vale la pena hacerlo; y nos da confianza para entregarnos en las manos del Señor, aún cuando nuestro deseo de vida siga latiendo en nosotros.

En la cruz del Calvario la muerte fue despojada de su poder definitorio. A partir de Cristo, quien muere en comunión con Dios, sigue viviendo. Por Cristo, aún en la muerte hay esperanza para aquellos que han cumplido con la tarea recibida y pueden decir: consumado es, todo está cumplido, todo está hecho. Quiera Dios que su Espíritu nos dirija y nos ayude para que también nosotros lleguemos al final de nuestra carrera sabiendo que, por la gracia de Dios en nosotros, perseveramos en fidelidad y fuimos tierra fértil en la que la semilla de Dios produjo fruto abundante.