Archivo para agosto 2010

Vamos Adelante a la Perfección

30 agosto, 2010

Hebreos 5.11-6.9b

Nuestro pasaje resulta, de inicio, difícil de ser abordado. Se aproxima peyorativamente a los lectores, los califica de inmaduros e incapaces para comprender las cosas más profundas de la fe cristiana. Sin embargo, más allá de la forma que evidencia la frustración típica de un pastor, lo importante es el llamado implícito y explícito a ir adelante, a la perfección. Destaca la necesidad de que los creyentes pasen de los rudimentos (los primeros y más sencillos principios de una ciencia, literatura o doctrina religiosa),  y se ocupen de la perfección, es decir de madurar para tener el conocimiento completo, mismo que les permita vivir y servir conforme al llamado que han recibido. El autor no menosprecia lo rudimentario, pero asume que no es suficiente para cumplir con el encargo de ser colaboradores de Dios en la tarea de la redención humana. 1Co 3.9

Resulta interesante el que, en este contexto de la tensión entre rudimentos y perfección, el autor sagrado se refiera al peligro de la apostasía. Relaciona la falta de crecimiento con el mantenerse aparte. ¿Aparte de qué? En primer lugar, del quehacer divino. El creyente que no hace la obra de Dios, se aparta de Dios. No solo en el sentido de que mantenerse ajeno a lo que el Señor está haciendo, sino que toma distancia, deja de estar en comunión con Dios mismo. Así que, la falta de crecimiento es causa y efecto del alejarse de Dios y, por lo tanto, de dejar de participar en lo que él está realizando cotidianamente.

Hay un primer estadio en la experiencia de los creyentes que dejan de crecer en las cuestiones de la fe. Su aproximación a Dios y a su Iglesia se caracteriza por un sentido utilitarista. Es decir, la relación con el Señor y la Iglesia está determinada por el provecho, la conveniencia, el interés o el fruto que se saca de algo. Así que, como Dios no es una máquina tragamonedas, que responde mecánicamente a los estímulos interesados de las personas, estas pronto dejan de encontrar redituable su servicio. Por lo tanto, terminan alejándose de Dios, perdiendo paulatinamente el interés y el sentido de compromiso en su vida cristiana.

Esto que se da inicialmente en el ámbito privado, puede darse en el todo congregacional. La Iglesia tiene una tarea y un papel determinantes en el establecimiento del Reino de Dios en el mundo. No sólo da testimonio de la realidad y presencia de Cristo entre los hombres, sino que sirve como un instrumento en la tarea evangelizadora y redentora que el mismo Señor hace al través y por medio de ella. Cuando las expresiones locales de la Iglesia, las congregaciones o iglesias locales, dejan de crecer y se mantienen en el nivel de lo rudimentario, pierden la razón de su ser y, aunque sigan realizando tareas rituales, se alejan más y más de Cristo; es decir, apostatan.

Siendo este un tema difícil, podemos observar en el estudio del contexto de nuestro pasaje, que si bien el autor escribe motivado por su frustración pastoral, no es esta la razón de su exhortación. Heb 6.9 Más bien, anima a los creyentes para que vayan adelante a la perfección. En pleno Siglo XXI, los creyentes contemporáneos debemos, y podemos hacer nuestra tal exhortación. En primer, porque Dios, que no es injusto, toma en cuenta todo aquello que hacemos para su gloria. Además, porque tenemos el ejemplo de otros a quienes podemos imitar y, como ellos, heredar por la fe y la paciencia las promesas que hemos recibido. Vs 12

Fe, se refiere al conocimiento de la doctrina de Cristo, la enseñanza de Cristo. Mt 28.20 El creyente debe crecer en la lectura, el estudio, la comprensión y la aplicación a su vida diaria toda, los principios del Reino de Dios contenidos en la Biblia. Pero, conocimiento-fe sin longanimidad (paciencia), ni es suficiente, ni es relevante. No alcanza y no impacta. Por ello, es que somos llamados a imitar a quienes han mantenido grandeza y constancia de ánimo en las adversidades.

Si las necesidades lacerantes de la sociedad a la cual somos llamados a dar testimonio de Cristo y a servir en nombre de él, marcan nuestra agenda de trabajo como cristianos y como Iglesia, tenemos que dejar los rudimentos y avanzar adelante a la perfección. Debemos buscar la sabiduría divina, misma que nos hará saber y comprender lo que debemos hacer en lo general y en las circunstancias particulares que enfrentamos en el día a día. Pero, también, debemos empeñarnos en el propósito de perseverar y ser constantes de ánimo para así ser hallados fieles administradores de la gracia que hemos recibido. A ello les invito, a ello les exhorto.

La Fe y Nuestras Zonas de Confort

24 agosto, 2010

Se dice que uno de los valores más apreciados por los seres humanos es el de la estabilidad. Valoramos el poder mantenernos ajenos al peligro de cambiar, preferimos permanecer en el mismo lugar o circunstancia antes que enfrentar los riesgos aparejados a los cambios. Más vale viejo por conocido, que bueno por conocer, aprendimos desde muy pequeños. Y, es cierto, nos sentimos más a gusto en los territorios y en las circunstancias que conocemos… hasta que las mismas resultan tan costosas que permanecer en ellas representa cada vez más sufrimiento, frustración y resentimiento.

Especialmente en lo que se refiere a las relaciones humanas, casi todos anhelamos el que las mismas sean lo más cómodas y placenteras posible. Sobre todo, cuando se trata de relaciones que son de gran importancia para nosotros en lo sentimental, lo emocional y aún en los laboral, aprendemos que es mejor conservar lo que se tiene aún a costa del precio que mantenernos en ellas representa. Ello explica, por ejemplo que haya parejas que en la práctica están separadas e insisten en vivir creyendo que permanecen unidas. O que en los ambientes laborales aparentemos que no pasa nada, cuando la verdad es que la relación con nuestros compañeros lejos está de ser, ya no digamos placentera, sino llevadera al menos.

En alguna medida, todos apreciamos la que los estudiosos de la conducta humana han llamado nuestra zona de confort. Raúl Hernández González cita la siguiente descripción respecto de la zona de confort: Esta es definida como el conjunto de creencias y acciones a las que estamos acostumbrados, y que nos resultan cómodas. Aquello que está dentro de nuestra zona de confort lo podemos hacer muchas veces sin mayor problema y no nos produce una reacción emocional especial; en cambio, lo que está fuera de nuestra zona de confort nos incomoda, nos produce un cierto rechazo, nos provoca ansiedad o nerviosismo, nos da palo.

Gráficamente la zona de confort puede ser representada como un vado. Es decir, como una especie de cuneta o depresión del piso, misma que permite ir de un lado al otro sin tener que salir de ella. Nosotros haríamos las veces de una pelota que se desliza hacia atrás y hacia adelante, pero siempre teniendo el cuidado de no salirnos de ella. Aprendemos a llegar al límite, pero siempre nos aseguramos que permaneceremos dentro de la realidad que conocemos. Como la mujer que le pone las peras a catorce al marido desobligado, lo amenaza con que lo abandonará si no cambia, pero siempre encuentra justificación para darle una segunda oportunidad. O el empleado cansado de los malos tratos del jefe, o del mal ambiente de la oficina, que se pone fechas para dejar ese trabajo, pero siempre encontrará una razón para permanecer en el mismo un poco más.

Lo curioso, y trágico al mismo tiempo, es que en la mayoría de los casos sabemos, o cuando menos intuimos, que ni debemos permanecer en tal condición, ni está bien que nos mantengamos haciendo lo mismo. Hay un testimonio interior, al que conocemos como la voz de la conciencia, que nos recuerda que ni ese es nuestro lugar, ni esa la vida que hemos sido llamados a vivir. Esa voz de la conciencia nos recuerda que vivir en ansiedad, desperdiciando la vida y llenándonos de amargura no es, de ninguna manera, la voluntad de Dios para nosotros. Pues, como asegura el Profeta Jeremías, los planes que Dios tiene para nosotros son planes de bienestar y no de calamidad, como traduce la Nueva Versión Internacional de la Biblia.

¿Qué es lo que explica, entonces, que nos resulte tan difícil abandonar nuestra zona de confort y tomar las decisiones apropiadas y hacer lo que conviene? Permítanme proponerles que son tres las causas de nuestra resistencia al cambio benéfico:

La Confusión. Esta consiste en un estado de desorden de las cosas o los ánimos. Es decir, la persona se equivoca en cuestiones fundamentales, aprende a creer que lo que siente es más importante que lo que sabe. Así, le confiere a sus sentimientos y emociones un papel determinante para la toma de sus decisiones. La Biblia nos enseña, sin embargo, que el cambio en nuestra vida empieza cuando cambiamos nuestra manera de pensar. Cuando pensamos a la luz, debo insistir en esto, a la luz de la Palabra de Dios, de lo que Dios nos ha dicho. Quienes permanecen en situaciones indignas han aprendido a pensar que no valen, que no merecen y que, por lo tanto, deben soportar lo que están viviendo. Dios nos dice otra cosa, él nos ha hecho personas dignas, valiosas y merecedoras del respeto y de una vida plena. Para ello es que envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para buscar y salvar lo que se había perdido; para destruir las obras del diablo y llevarnos a una vida plena… aquí en la tierra.

La Ignorancia. Muchas veces permanecemos en nuestra zona de confort porque no sabemos cómo salir de ella. Hemos vivido tanto tiempo haciendo y padeciendo lo mismo. A veces cambiamos: de personas, de lugares, de circunstancias, para descubrir que seguimos en lo mismo. ¿Cómo saber lo que debemos hacer? ¿Cómo hacer lo que sabemos debemos hacer? Cosa difícil esta, cierto; pero menos difícil cuando creemos lo que Dios nos dice en su palabra. Otra vez, el Profeta Jeremías viene en nuestra ayuda, nos recuerda el llamado de Dios: Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Dios no solamente es sabio, es la Sabiduría misma. Y, Dios no juega a las escondidillas. Siempre que lo buscamos, lo encontramos. Siempre que clamamos a él, él nos responde. Así que cuando no sabemos, él sí sabe. Cuando dudamos, él tiene la respuesta segura.

El Temor. Temor es la pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera arriesgado o peligroso… es el recelo de un daño futuro, dice la Real Academia de la Lengua. Es resultado del hecho de que nosotros no podemos ver el futuro desde nuestro presente. No sabemos qué nos espera del otro lado de la curva. Es comprensible, por lo tanto, que prefiramos mantenernos donde estamos; al fin y al cabo, aquí ya sabemos qué y cómo hacer. La verdad es que nunca sabremos lo que está al otro lado de la curva, hasta que demos vuelta. Así que la razón de nuestra confianza no puede descansar en lo que sabemos, sino con quién estamos. Nuestro Señor Jesucristo prometió que él estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Eso significa que está con nosotros de este lado, y al otro lado, de las curvas de la vida. Él está donde nosotros todavía no hemos llegado. EL Profeta Isaías nos recuerda que el Señor ha prometido: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Lo que aquí quiero decirte es que no tienes que permanecer en la circunstancia que, ni es propia de ti, ni te está haciendo bien. Puedes, y si me dejas ir un poquito más allá, debes salir de ella. Tomar las decisiones adecuadas y oportunas; hacer lo que conviene en el momento preciso, es lo único que alimentará tu estima propia. Porque solo cuando asumes la responsabilidad de tu propia dignidad y pagas el precio de ser tú mismo, tú misma, puedes recuperar el equilibrio de tu vida. La buena noticia es que puedes, podemos hacerlo. La razón es sencilla, contamos con la comprensión, la disposición y la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, mismo que dijo: Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Corre el riesgo, sal de tu zona de confort y vive la vida abundan que nuestro Señor Jesucristo ha hecho posible para ti.

Entregar el Espíritu

2 agosto, 2010

Hace muchos años, más de treinta, tuve la oportunidad de volar por primera vez en una pequeña avioneta. Cruzamos buena parte de la Sierra Madre, en el Estado de Chihuahua, así que tuvimos que despegar y aterrizar varias veces en rústicas pistas, entre tierra y no pocas piedras. Al observar al piloto que, después de que la avioneta se encarreraba un tanto sobre la pista, jalaba una palanca produciéndose así el despegue, le pregunté: ¿cómo sabe cuándo es el momento de jalar la palanca para elevarse? El piloto, quizá extrañado por mi pregunta, dudó un poco y entonces me contestó: la avioneta te dice cuándo está lista para dejar la tierra y volar.

Tan pocas palabras compusieron uno de los mejores sermones que haya yo escuchado. Resultaron una parábola sobre la fe, la confianza y la entrega de nuestra vida a Dios, nuestro Señor. Y es que al reflexionar sobre la respuesta del piloto vienen a mí los momentos de la vida en los que debemos dejar, separarnos, distanciarnos de alguien o de algo para poder ir al encuentro de lo que está delante. Pienso en las mujeres y los hombres de la Biblia quienes llegaron a períodos clave, determinantes en y de sus vidas, en los que tuvieron que renunciar a la seguridad de sus espacios, al pretendido control de sus circunstancias y se entregaron a lo desconocido.

Algunos, cuando la vida o Dios mismo los llamó a ir más allá de lo que eran, tenían y estaban haciendo, respondieron en obediencia y, como Abraham, salieron de su tierra, dejando a su parentela para ir a lugares que no sabían dónde quedaban. Otros, como Jonás, simplemente no quisieron dejar de ser lo que eran, ni de tener lo que tenían; tampoco quisieron caminar caminos oscuros y correr riesgos desconocidos. Estos últimos, decidieron permanecer en tierra, caminar sí, pero en dirección contraria a la que Dios les estaba indicando.

Es que no resulta fácil ni sencillo dejar la seguridad de lo que somos y tenemos. Una de las tendencias naturales del ser humano es la que lo inclina al confort, a la comodidad de lo que conoce y puede controlar. Cuando la vida lo coloca en situaciones de cambio, sobre todo cuando la propuesta de la vida conlleva, o parece hacerlo, el riesgo del dolor y del sufrimiento, las personas nos resistimos a salir de nuestra zona y confort y nos aferramos a lo que somos, tenemos, nos hace sentirnos seguros.

Pero, resulta, que como las avionetas de la Sierra de Chihuahua, no importa cuántas veces hayamos aterrizado y despegado en nuestra vida, siempre habrá una vez más para hacerlo, siempre habrá una nueva pista de la cuál tendremos que partir para ir al encuentro de nuestra realidad y destino. Esta realidad tiene que ver con el todo de nuestra vida y la enfrentamos y vivimos, en acuerdo o en desacuerdo, cada día… hasta que se acaben los días de viajar.

Pensemos en los padres de familia y en esa circunstancia, accidente de tiempo inevitable, que significa el dejar ir a los hijos y quedarse solos y a solas. Mientras menos tienen los padres, como individuos y como pareja, más difícil les resulta dejar lo que conocen y controlan. Se aferran a los hijos, no por los hijos mismos, sino por lo que ellos representan para los padres incapacitados para volar a la nueva etapa de sus vidas. En la mayoría de los casos el aferrarse a los hijos, o a los padres, provoca una serie de complicaciones tales que lejos de hacer la convivencia entre los padres y sus hijos mayores una fuente de bendición, paz y crecimiento, se convierte en motivo de discordia, frustración y amargura crecientes.

O pensemos también en aquellos hombres y mujeres que iniciaron alguna empresa importante en la vida. Fueron visionarios, valientes y arrojados, dispuestos a volar por zonas que no conocían y a recorrer caminos en los que no sabían qué habrían de encontrar. Pero, llegados a la vejez se niegan a pasar la estafeta. Se aferran a lo que fueron e hicieron, a lo que tanto les costó y a lo que con tanto esfuerzo lograron echar a andar. Por lo tanto, no dan oportunidad a otros para que enriquezcan la empresa iniciada por ellos. Se aferran creyendo sinceramente que pueden seguir en control, cuando en la realidad lo único que están haciendo es sofocar, asfixiar, la obra que Dios les encomendó y que con tanto éxito hicieron fructificar en el tiempo favorable. Es esta una historia que se repite, una y otra vez, en empresas familiares de todo tipo; así como, desafortunadamente, en un número creciente de iglesias y movimientos eclesiales que habiendo sido fructíferos ahora languidecen bajo el liderazgo de hombres y mujeres cansados; mismos que no han estado dispuestos a despegar y dar así la oportunidad a que la vida siga y otros tomen la estafeta que ellos recibieron de quienes les precedieron o de Dios mismo.

Hay un tercer espacio en el que el reto de dejar lo conocido para asumir e ir hacia lo que no conocemos, se vuelve especialmente difícil y doloroso. Tiene que ver con la aceptación de nuestro propio desgaste, de esa dinámica en la que el deterioro de nuestra humanidad parece ir en proporción inversa a nuestro deseo de ser todavía relevantes, útiles y productivos. No sé ustedes, pero a veces me encuentro con que todavía tengo mucho más que dar, que aquello que mi cuerpo está en condiciones de hacer, de procesar. Queremos seguir al mismo ritmo que lo hicimos hasta aquí… o hasta ayer. Queremos seguir trabajando, comiendo, relacionándonos, importando… como antes. Por eso nos volvemos, no solo perseverantes, sino tercos y hasta groseros cuando otros, no falta quien lo haga, nos recuerden que ya no somos, ni podemos, lo que antes éramos y podíamos.

Son circunstancias en las que tenemos que dejar de correr por las pistas de arena y piedra conocidas para elevarnos a las realidades nuevas que tenemos por delante. La cuestión es que hemos aprendido que siempre será mejor aquello que resulte de nuestras fuerzas e inteligencia. Por eso queremos seguir haciendo, permaneciendo, controlando y no aceptamos que ha llegado un momento, una manera diferente de ser y hacer. Hemos creído que si hacemos más, si nos esforzamos más, si nos presionamos a nosotros mismos y a los demás, podremos lograr todavía cosas buenas, importantes y trascendentes.

Resulta, sin embargo, que al ir a la Palabra de Dios nos encontramos que cuando las mujeres y los hombres temerosos de Dios han llegado a tales momentos de cambio, la respuesta no ha estado en el hacer más, sino en el que permanezcamos quietos. Isaías reclama, en nombre de Dios, que en medio de su conflicto, Israel todavía siguiera creyendo que la respuesta a su tragedia estaba en hacer más de su propia mano. Isaías (30.15), les recuerda: así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: en descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Y no quisisteis, sino que dijisteis: No, antes huiremos en caballos;  por tanto,  vosotros huiréis. Sobre corceles veloces cabalgaremos; por tanto, serán veloces vuestros perseguidores.

Siempre he creído que quien sí creyó tal promesa y la hizo suya fue, precisamente, nuestro Señor Jesús. Lucas nos cuenta que, en la cruz, Jesús llegó al momento en que ya nada podía hacer, ni por sí mismo, ni por los que habían confiado en él. Todo lo que fue, todo lo que hizo, todo lo que pudo había llegado a su fin. Entonces, relata Lucas, Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Jesús llegó al lugar y al momento en el que tuvo que soltar todo lo que había estado en su control y abandonarse en los brazos y la gracia del Padre.

¿Qué no podría haber hecho otra cosa? ¿Qué su fe no era suficiente para bajar de la cruz? ¿Qué no tenía el poder para echar fuera los demonios que poseían a la multitud que lo estaba crucificando? A todas estas preguntas la respuesta es una sola: sí. Pero, nuestro Señor Jesús supo que había llegado el momento de estar quieto y descansar en la misericordia del Padre. Que había llegado el momento en el que habría de conocer lo que hasta ese instante no había conocido del Padre: su poder para resucitarlo a él y para redimir a todos los que hacen suyo el sacrificio del Calvario.

Entre los que me leen hay quienes, al igual que las avionetas, intuyen que ha llegado el momento de despegar, de abandonar la pista que representa lo que conocen, disfrutan y controlan. Naturalmente, algunos tienen temor y otros se rebelan ante tal revelación. Sin embargo, es tiempo de entregar el espíritu, el aliento, el aire que les queda (nos queda), y abandonarnos en las manos del Señor para que sea él quien haga de y con nosotros lo que él se ha propuesto. En algunos casos, quizá, como en el de Jesús en la cruz, ello implique que se acepte que se ha llegado al final del camino. Como la Nicolina, una mujer a quien tuve el honor de pastorear. En la camilla de la sala de urgencias del hospital al que la llevaron me dijo: Pastor, me muero. Le recomendé entonces: Nicolina, si se ha llegado el momento, deje de luchar y entréguese al Señor. De veras, dijo. Reposó la cabeza sobre la camilla y así, en paz, el Señor la llevó a su presencia.

En otros casos, quizá los más, entregar el espíritu significa entregar el control de nuestra vida, renunciar a lo que controlamos, o creemos hacerlo (nuestra salud, nuestra provisión, la felicidad de los nuestros, etc.), y reposar en el Señor. Creo que es esta la expresión mayor y más sublime de nuestra fe. La que no solo cree que Dios puede hacer cosas para nosotros, sino la que cree también que él puede hacer grandes cosas con y en nosotros. Es la fa que anima nuestro salir de casa y dejar a la parentela para ir al encuentro de su bendición. Es la fe que se cristaliza en el entrar en el reposo del Señor y habitar confiados bajo la sombra del Omnipotente.

Cuando el piloto no entiende lo que la avioneta le está diciendo corre el riesgo de estrellarse en la tierra que ha sido llamado a abandonar. No permitamos que esta tierra, con todo lo que tiene y representa, nos impida entrar en la profundidad del amor y el consuelo de nuestro Dios. Recordemos que él, cuando todo se nos ha quitado, nos prepara un banquete delante de nuestros enemigos y nos ha preparado lugar del que nunca más tendremos que separarnos, el lugar de su presencia amorosa e infinita.

Estando en la cruz nuestro Señor Jesucristo supo que había llegado el momento de jalar la palanca. ¿Cómo lo supo? ¿Qué señal tuvo de que era el momento propicio para abandonarse en los brazos del Padre? Estoy seguro que fue el testimonio mismo del Espíritu del Padre lo que hizo que Jesús supiera. El mismo Espíritu de Dios está en nosotros y sigue dando testimonio al nuestro de que somos hijos de Dios y, por lo tanto, podemos saber y entender los tiempos divinos. Te animo a que, como Jesús, te mantengas en comunión con el Padre, así sabrás cuando ha llegado el tiempo de jalar la palanca y podrás disfrutar del reposo del Señor.