Los que causan problemas entre la gente
Hechos 17.1-8 TLAI
Una de las cosas que se esperan comúnmente de nosotros los cristianos, de quienes nos consideramos discípulos de Cristo, es que seamos portadores de paz, que seamos pacificadores. Y, es cierto que, en algunos momentos, nuestro Señor enseñó así. Mateo 5.9. Pero también es cierto que el Señor advirtió que seguir sus enseñanzas provocaría conflictos aún entre los más cercanos. De manera muy objetiva advirtió: No crean ustedes que he venido para establecer la paz en este mundo. No he venido a traer paz, sino pleitos y dificultades. He venido para poner al hijo en contra de su padre, a la hija en contra de su madre, y a la nuera en contra de su suegra. Cerró su advertencia diciendo algo que resulta terrible de escuchar: El peor enemigo de ustedes lo tendrán en su propia familia. Mateo 10.34-36 TLAI.
Tal advertencia de Jesús establece las bases para lo que muchos han llamado la guerra espiritual, entendiendo esta como una lucha entre el bien y el mal. Aquí debemos decir que de la expresión guerra espiritual, hay muchas interpretaciones y otras tantas consideraciones. En lo particular considero que la guerra espiritual no se da, ni exclusiva ni prioritariamente, en el aire, entre entidades espirituales, sino en la mente y en el corazón de los creyentes y los no creyentes.
Es dentro de nosotros que libramos las batallas contra los principados y autoridades espirituales subordinadas. Y creo, además, que una de las expresiones de tal guerra espiritual es la fuerte atracción que, como personas, y aún como sociedad, sentimos hacia el estatus quo, es decir, al mantenimiento de las cosas y las relaciones sociales como están. Nos vemos tentados a vivir de tal manera que nuestra presencia y forma de vida no genere problemas, que no nos distinga de los demás. En mis tiempos diríamos que lo importante es no hacer olas en nuestras relaciones humanas.
El hecho es que no permanecemos ni ajenos ni pasivos ante las crecientes evidencias del mal en nuestra sociedad. Hay cada vez más prácticas y cosas que nos incomodan: la mentira como instrumento cotidiano de la mayoría, la injusticia que somete a tantos a una pobreza indigna, la impunidad con la que muchos violan las leyes y la justicia, la corrupción que se ha convertido en uso y costumbre entre nosotros, la violencia que tanto sufrimiento causa. Estas y tantas otras cosas que nos inquietan también nos presionan para que demos testimonio de que, al estar en Cristo, somos diferentes. Son cada vez más las cosas que exigen de nuestra Presencia Testimonial.
Sin embargo, cada vez más somos tentados a asumir la normalidad de tales cosas. Consciente e inconscientemente estamos dispuestos a acostumbrarnos a lo que pasa. Ello porque sabemos que si actuamos de forma diferente a la manera en que quienes están a nuestro alrededor actúan, podemos perder nuestro lugar en la sociedad, es decir, nuestro estatus. Podemos ser rechazados, señalados y aún perseguidos. Es decir, que, si somos congruentes con nuestra identidad cristiana, podemos perder el estatus que hemos logrado. Podemos perder nuestro lugar en la sociedad.
El seudobeneficio del estatus quo es la tranquilidad, la comodidad, la ausencia de dificultades. Sin embargo, el factor psicológico de tal propuesta, como tantos otros engaños de Satanás, es que nos impide asumir que en la mayoría de los casos el mantenimiento del estado actual de las cosas sólo traerá una mayor descomposición de la vida personal, familiar y social.
Resulta interesante que Lucas registre el hecho de que nuestro Señor Jesús dedicó los cuarenta días siguientes a su resurrección a hablarles acerca del reino de Dios. Además de interesante tal acotación resulta importante porque Jesús les habló a sus discípulos acerca de un orden distinto de vida; de una manera diferente de hacer la vida. Jesús se refiere, por lo tanto, a la confrontación entre un estatus quo, un estado de cosas, conocido y aceptado por todos como lo normal y un nuevo estado de cosas, ajeno, diferente y en conflicto al estado de cosas que es propio de quienes viven sin Dios y sin esperanza.
Tan radical la confrontación que el mismo Jesús advierte que no ha venido a traer paz, sino a poner en disensión a las personas. Mateo 10.34 PDT. Disensión no es otra cosa que falta de acuerdo, por lo tanto, Jesús ha venido a trastornar el orden de las relaciones personales. Esta alteración es el trastorno propio de la irrupción de la luz entre la oscuridad. No sólo la deshace, sino que pone en evidencia lo que la misma ocultaba.
Cuando Pablo y sus compañeros llegan a Tesalónica, se hizo evidente que su sola presencia fue un factor precipitante del conflicto entre la luz y las tinieblas espirituales que oscurecían el entendimiento de los habitantes de aquella región. Lucas nos dice que los que no creían tuvieron celos. Los celos son la expresión de las identidades disfuncionales de quienes no soportan el cambio del estado de las cosas en el que se sienten seguros y cómodos. Esta clase de personas denunciaron que habían llegado a Tesalónica los que trastornan al mundo entero, los que causan problemas entre la gente.
Como Pablo y los suyos tenían el poder para provocar una alteración del curso normal de sus vidas, los tesalonicenses los consideraban como un peligro que debía ser evitado a toda costa. Por eso buscaron expulsarlos de su ciudad.
De tal experiencia podemos hacer un par de consideraciones. La primera tiene que ver con el efecto que causa nuestra presencia entre los que están bajo el reino de las tinieblas. ¿Estamos trastornando su forma de vida? ¿Nuestra sola presencia, y la proclamación que hacemos de Jesús como Señor y Salvador, perturban el equilibrio mental y emocional de aquellos con los que convivimos?
Es importante que nos hagamos tales preguntas pues no se trata de si procuramos perturbar o no. A nuestra naturaleza, una naturaleza de luz, y a la evidencia de la misma, le resulta connatural el perturbar los ambientes donde Cristo no es el Señor. Sólo en los casos en los que nosotros disminuimos nuestra intensidad lumínica, es que nuestra presencia no resulta perturbadora.
La segunda consideración tiene que ver con el propósito y el compromiso de los creyentes. El primer verso del capítulo que nos ocupa tiene como ejes dos verbos: pasando y llegaron. Ambos revelan que la presencia de Pablo y sus compañeros en Anfípolis, Apolonia y Tesalónica no fue accidental, ni meramente pasiva. Ellos tuvieron la intención de ir a tales lugares para proclamar el evangelio de Cristo.
Es decir, Pablo y los suyos eran animados por una intención trastornadora. Para ellos el estatus quo, el estado de cosas en la sociedad tesalonicense, era una afrenta al reino de Dios. Tal estado de cosas, en el que se encontraban aquellas ciudades, las personas que las habitaban, no era propio de su condición de seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, había que hacer lo que se tenía que hacer para que las cosas cambiaran. Había que trastornar la vida de aquellas personas, confrontándolas, aunque ello significara el causar problemas.
El estatus quo, la manera en que son las cosas en la sociedad dentro de la que hemos sido llamados a servir no tiene por qué ser aceptado por nosotros como normal y menos como natural. Por ello resulta especialmente preocupante que la máxima aspiración de no pocos cristianos sea llegar a ser felices, es decir, a ser cada vez más, como los demás.
Animados por tales valores, cada día son, aceptan, participan de, y hacen como quienes no tienen a Dios como Señor. Resulta paradójico que cada día tratan, más y más, de ser como los otros, como aquellos a quienes asumen como triunfadores. Y, en tal convicción, cada día su luz mengua más y más y han dejado de ser sal que preserva y da sabor del reino a la vida.
Debemos proponernos ser inconformes y estar incómodos dentro de una cultura que hace culto a la conformidad y la comodidad. Debemos, porque, no tenemos derecho a olvidarlo, tener presente siempre que somos diferentes, que somos agentes de cambio. Que estamos aquí, no para sumarnos al orden presente, sino para convertirnos en alternativas reales en las que el reino de Dios se haga presente. Con todo lo caro y doloroso que ello pueda resultar, debemos aspirar a que nuestra presencia sea rechazada, no por nosotros mismos, sino por quien vive y actúa en y desde nosotros.
El cristiano que no incomoda a quienes viven bajo los valores del orden presente tiene un problema: ha dejado de ser luz. La luz siempre contrasta, se distingue de las tinieblas. Y, como pasa cuando alguien ha estado a oscuras y, de pronto, ve luz, esta le incomoda, le provoca problemas. Cuando el cristiano no incomoda con su testimonio no se debe a que la oscuridad sea más intensa, sino a que su luz se ha debilitado.
Debemos vivir sabiendo que el éxito de nuestra vida no se medirá por los consensos que hayamos logrado al final de la misma, sino por aquellas vidas que hayamos trastornado para el reino de Dios.
A ello los animo, los convoco, los exhorto.
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