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Se lo merezcan o no

21 junio, 2020

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Efesios 6.1-9

MJG telestai

Mi padre, cercano y lejano, pero siempre presente.

Empecemos diciendo que este pasaje resulta no sólo anacrónico sino conflictivo. No parece propio de nuestra cultura. Sin embargo, sigue siendo Palabra de Dios. Y, además, quienes han regido su vida conforme al mismo son prueba irrebatible de su acierto y conveniencia. Habiendo dicho esto, ocupémonos del tema. Generalmente, los hijos descubren a sus padres cuando llegan a la adolescencia. En la adolescencia dejan atrás la imagen idealizada propia de los niños y aprenden, a veces dolorosamente, la verdad que hay en sus padres.

Es a partir de descubrir quién es en realidad papá, que el honrar a los padres, respetarlos y tener para ellos un temor reverente (obediencia), se convierte en una difícil elección. Una elección que, por lo demás, deberá hacerse día a día por el resto de la vida y que estará condicionada por el amor, la confianza y la fe que los hijos puedan cultivar en favor de sus padres.

Nuestro pasaje reclama dos elementos fundamentales del trato de los hijos a los padres: obediencia y honra. La primera tiene que ver con la estructura del sistema familiar. Se les pide a los hijos que obedezcan, que se sujeten, a sus padres. El familiar es un sistema jerárquico, es decir, requiere para su correcto funcionamiento del liderazgo y autoridad de unos, así como del seguimiento y la sujeción de otros.

En un contexto cultural en el que se hace un culto a las relaciones democráticas, es decir, a las relaciones entre iguales, resulta difícil mantener el principio bíblico de la sujeción de los hijos a los padres.

Sin embargo, generalmente son los propios padres los que erosionan tal principio de autoridad familiar. Al no asumir su responsabilidad de manera integral: como hombres, como esposos, como padres, etc., renuncian a su autoridad y favorecen un caos familiar que termina por confundir e incapacitar a los hijos. Cuando el padre deja de ser quien se necesita que sea obliga a los hijos a saltarse etapas en el proceso de su madurez personal, los obliga a madurar antes de tiempo. Es el equivalente de privar a los hijos del gateo, y de animarlos y, aún presionarlos, a que caminen sin haber desarrollado aún sus habilidades sicomotoras. Se dice que los padres disfuncionales obligan a sus hijos a que maduren más rápido, lo que les quita el tiempo que requieren para ser niños, para atender lo que es propio de la niñez.

Así como es en la adolescencia cuando los hijos conocen mejor a sus padres, también es la etapa en la que los hijos se descubren a sí mismos. Uno de los retos del adolescente es el identificar y asumir sus propias limitaciones. Aceptar que hay cosas que no sabe, otras que no puede y otras más que no le son propias, es un principio de sabiduría que todo adolescente debería cultivar celosamente. A ello debe sumársele el reconocimiento de que sus padres requieren del aporte de su sujeción y obediencia, para poder cumplir adecuada y oportunamente con la tarea fundamental que les ha sido encargada: la formación inicial de su carácter.

Porque los padres están para mucho más que alimentar, proteger, proveer y sustentar. Su tarea fundamental es dar forma a quienes todavía no la tienen. Reconocer sus propias limitaciones y las responsabilidades y capacidades paternas, ayuda a que los hijos conscientes puedan obedecer a sus padres. Desde luego, también contribuye a ello la congruencia paterna. Cuando el padre actúa con rectitud moral, con respeto a la esposa y a los hijos, en conformidad con los valores que proclama y reclama de los suyos, los hijos adolescentes encuentran lógico obedecer a sus padres. Pero, cuando los padres no son congruentes, cuando abusan o son omisos, cuando lastiman intencionalmente a los suyos o se muestran insensibles a ellos, la obediencia se convierte en un peregrinar cuesta arriba que termina convirtiéndose en sumisión obligada y dura hasta que los hijos pueden librarse del yugo paterno.

El segundo elemento reclamado a los hijos es el que honren a sus padres. Honra y veneración van de la mano. Así, Pablo llama a los hijos a que estos veneren a sus padres. Venerar es respetar en sumo grado a alguien por su dignidad. Es decir, se pide un respeto de gran calidad no en razón de lo que la persona hace, tiene o ha logrado, sino por lo que ella es. Y esta es una demanda-invitación atemporal. Lo mismo vale para los niños, los adolescentes y los adultos. Ello, porque los padres son, primero que nada, personas dignas, es decir, merecedoras de nuestro aprecio y respeto. Aunque, aceptémoslo, para los hijos, los padres empiezan a chochear mucho antes de hacerse viejos. Muy pronto los hijos descubren que sus padres son poco inteligentes, poco capaces, pobretones, pasados de moda, hasta nacos. Y, cada descubrimiento de tales cualidades conlleva un poco más de menosprecio y, por lo tanto, de menor respeto. En algunos casos, tal descubrimiento es mera percepción de los hijos. En otros, desafortunadamente, es la conducta del padre la que hace evidente su falta de probidad y, por lo tanto, conlleva a la pérdida de la autoridad moral que fundamenta su dignidad o merecimiento paterno.

Desafortunadamente, cuando los padres lastiman intencional, sistemática y prolongadamente a sus hijos e hijas, siembran en ellos dolorosas semillas de amargura. Convierten su paternidad en una dolorosa experiencia para sus hijos. Los marcan con cicatrices perennes, imborrables. Son cicatrices abiertas que permanecen vivas el resto de la vida de los hijos lastimados. Resultan más dolorosas porque en los hijos pervive el deseo, la necesidad y aún el placer de amar al padre abusivo. Ello explica que cuando algunos hijos se encuentran con el padre que los abandonó, se alegran, al mismo tiempo que se enojan y se duelen cuando se separan.

Aquí debo decir a los hijos en tal condición que no deben sentirse culpables por las emociones que la presencia o el recuerdo de sus padres provocan en ellos. Que tienen derecho a sentirse dolidos y enojados. Que no tienen la obligación de sentir bonito en la presencia de los padres que los lastimaron. Que tienen derecho a ser reconocidos en su dolor y reivindicados por quien los ha lastimado. Pero, también debo decir que a estos hijos e hijas les conviene considerar el recurso del perdón. No en beneficio del padre ofensor, principalmente, sino en beneficio de sí mismos. Porque, quien perdona queda libre el poder de las heridas recibidas. Pronto nos ocuparemos de esto con mayor detalle.

Hay una pregunta que tenemos que hacernos todos. ¿Por qué respetar a quien cada día es menos digno de honra… o parece serlo? La respuesta pasa por el hecho fundamental de que el respeto a los padres tiene que ver con la calidad humana de los hijos y no tanto con la de los padres. Es decir, el hijo respeta, venera, a sus padres no tanto por lo que estos son, ni por lo que fueron, sino por lo que el hijo mismo es. Si el hijo sigue siendo una persona completa, equilibrada, íntegra, a pesar de las deficiencias de los padres, podrá respetarlos. Pero, si el hijo permite que lo que sus padres son o hacen, le lleve a él a no ser digno, íntegro, libre del poder de sus emociones, poco respeto podrá tener para ellos.

Es esta una condición que sólo es posible en la comunión con Cristo y resultado de la salvación que Cristo ofrece. Por eso resulta tan importante que los hijos se conviertan a Cristo, cuando lo hacen y son regenerados son hechos nuevas criaturas, libres del poder de las heridas recibidas de sus padres, entre otras cosas. Los hijos que abundan en su comunión con Cristo pronto descubren que en él y por él son libres del poder de lo que les hicieron y de lo que no hicieron en su favor sus padres.

Así, los hijos honran a sus padres en la medida que son, y se ocupan de ser, en Cristo, ellos mismos: dignos, íntegros y libres del poder de sus emociones. La mejor honra de un hijo a su padre es desarrollar integralmente todo su potencial humano: espiritual, intelectual y físico. Es asumir su condición de otro, uno diferente e independiente de su padre. Él mismo y no mera extensión del padre.

Se honra al padre al ocuparse con sabiduría y sentido de la oportunidad de la propia vida, de la vida propia. En cuanto a su trato y relación con sus hijos, los padres tienen la facultad para hacer, pero no la de deshacer. Lo resultados de su paternidad deben ser negociados individualmente por cada uno de los hijos. Conscientes de que son diferentes a sus padres y que, por lo tanto, otros.

Los hijos pueden decidir, consciente e inconscientemente, lo que harán con la herencia recibida. Pueden escoger qué toman y que rechazan respecto del modelo de vida heredado de sus padres y que, quizá, inconscientemente, han hecho propio. No resulta sencillo hacerlo, pero toca a los hijos pagar el precio de ser como un árbol plantado junto a corrientes de agua: que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae.

Los excesos y las omisiones de los padres marcan a los hijos, pero no tienen el poder para definirlos. Gracias a la obra redentora de Jesucristo, quienes han sido lastimados, y aún deformados, por sus padres pueden ser regenerados. Cuando en ellos es recuperada la imagen y semejanza de Dios, gracias a la sangre de Cristo, quedan libres para amar, obedecer y venerar a sus padres. Es decir, gracias a Jesucristo los hijos podemos honrar a nuestros padres. Se lo merezcan o no, como diría Anita Mendieta.

En el Día del Padre

19 junio, 2011

Pensando en Manuel, mi amado padre

La paternidad es una institución en crisis. Entre otras razones, porque aunque cada día aumenta el número de los que procrean hijos, cada día hay menos padres. Es decir, cada día hay menos hombres que aman a sus esposas, lideran a sus familias y que forman a sus hijos. Las consecuencias de ello son evidentes, dolorosas y con un potencial de dolor y daño que provoca temor y tristeza. Al mismo tiempo que, a quienes hemos tenido el privilegio de un padre amoroso, fiel y congruente, nos mueve la gratitud por tan precioso don recibido.

Tres son las principales causas que explican la crisis de la institución paterna:

Inmadurez del padre. La Biblia muestra diversos ejemplos de cómo padres inmaduros condujeron a sus familias al fracaso. Abraham, Isaac, Jacob, David, etc., son muestra de ello. Algo que tal tipo de padres tiene en común es que provienen de entornos familiares disfuncionales. De familias que no animaron en sus hijos un carácter firme, responsable y comprometido. Lo mismo vemos en nuestros días. Cada vez más, quienes forman una familia provienen de familias disfuncionales. Van por la vida carentes de identidad y, por lo tanto, no tienen la capacidad para actuar de manera íntegra y son esclavos de sus temores y pasiones.

Menosprecio de la esposa. Alguien ha dicho que muchas mujeres han pasado de la sumisión al menosprecio del marido. El menosprecio es poco aprecio, poca estimación. No siempre, el poco aprecio es resultado del desamor o de la condición del menospreciado. Mical, la hija de Saúl, estaba enamorada de David –héroe valiente, hombre con fama y poder, exitoso por sobre todos-, y, sin embargo, lo menospreciaba. En términos generales el menosprecio del marido tiene que ver más con la mujer que con este. Muchas mujeres han mamado el menosprecio al marido de sus propias madres. Dado que les resulta tan natural, no sólo tienen dificultad para tomar conciencia de ello, sino que lo transmiten sistemáticamente a sus hijos. El esposo menospreciado termina siendo un padre menospreciado.

Ingratitud. La tarea de los padres y las madres, ni tiene precio ni debe ser pagada. Pero, se espera que sea agradecida. Es decir, que se responda debidamente al beneficio recibido. Muchos padres varones, si no la mayoría, llegan al momento en que perciben la ingratitud de los suyos. Hay señales, actitudes, sobre todo, que les muestran que lo que hacen ha dejado de ser correspondido por su familia. Como en el caso de Absalón, se trata de que el quehacer del padre se asume, por la esposa y por los hijos, como una obligación absoluta, no merecedora de aprecio y valoración. Lo cotidiano del servicio paterno, como del materno, provoca que se estime como natural, cuando es una expresión extraordinaria y valiosa del amor del esposo y del padre. Quizá en las familias en las que tanto la esposa como los hijos, desde edades tempranas, contribuyen al gasto familiar, las expresiones de ingratitud sean menores, dado que en razón de su esfuerzo pueden valorar mejor el significado del aporte paterno al bienestar familiar.

Cuando una, o las dos últimas causas se suman a la primera, no resulta raro que el padre entre en crisis. Su inmadurez empodera el efecto del menosprecio y la ingratitud percibidos. Pero, aún en el caso de los hombres maduros, el enfrentar el menosprecio y la ingratitud de los suyos les dificulta el mantener su entrega a la causa paterna. Quienes de plano no renuncian a ella la realizan cuesta arriba, desgastándose más y más cada día. ¿Qué es, entonces, lo que el marido y padre comprometido necesita hacer para cumplir con su tarea como cabeza de la esposa y la familia?

Caminar cotidianamente el camino de la conversión. El hombre sensible a la dirección del Espíritu Santo desarrolla una conciencia de Dios que le revela sus debilidades y le anima y dirige a abundar en sus fortalezas. Sin embargo, la acción del Espíritu Santo no es suficiente. Se requiere que el esposo y padre se convierta, haga lo que le corresponde. Que, siendo guiado por el SSTO, identifique las áreas que requieren de su madurez y se comprometa en la tarea de crecer integralmente. Toda crisis, aún aquellas que parecen ser, o son, fruto de la injusticia de los demás, conllevan el beneficio de la reflexión. Nos animan a reflexionar y, por lo tanto, a valorar la importancia y las áreas de la conversión requerida. Jacob se convirtió a Dios, luchó con él y se convirtió a él. Dejó de ser el usurpador, para ser uno que gobernara a su casa como Dios a su pueblo.

Asumir el reto de la autonomía. Somos lo que somos, no lo que los demás quieran hacer de nosotros.  El esposo y padre debe procurar pensar, sentir y actuar en función de lo que es y no estar sometido a los afectos y tratos circunstanciales de los suyos. Como líder de la familia enfrenta el reto de ejercer la doble tarea de marido y esposo animado por la visión que Dios le ha dado para los suyos. En tal tarea no siempre contará ni con la comprensión ni con el acuerdo de su familia, pero habrá de discernir con la ayuda del Espíritu Santo lo que mejor conviene. Por lo tanto, deberá asumir la cuota de incomprensión familiar resultante. Así como deberá asumir las inconsistencias afectivas y aún la soledad que es propia de su condición de líder.  Como David, el esposo/padre cristiano debe estar dispuesto a confesar sus faltas y a pedir fervientemente que Dios lo limpie de toda impureza y le de un espíritu (una manera de pensar), renovado cada día.

Permanecer fiel a la visión recibida. Los hijos son don de Dios, por lo tanto, quien los recibe también recibe una visión para ellos. El padre fiel ve en sus hijos lo que Dios ve en ellos y acompaña al Señor en la tarea de cumplir el propósito que él tiene para cada uno. En este sentido, el padre fiel es llamado a asumir la doble dimensión del discipulado cristiano. Él mismo debe permanecer siendo un discípulo de Cristo, amando aún a aquellos los de su familia que le son ingratos, que le lastiman, que se vuelven sus enemigos circunstanciales o permanentes. Ello, al mismo tiempo que no renuncia a la tarea de discipular a los suyos, a su esposa y a sus hijos. Puede hacerse esto aún en medio de la ingratitud y el cuestionamiento injustos, cuando se tiene presente el objetivo que Dios ha animado en el corazón del esposo/padre para cada uno de los suyos. Aquí resulta de especial valor comprender y tener presente lo que la Madre Teresa de Calcuta dice a los padres:

Para los padres

Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño.

Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.

Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño,
perdurará siempre la huella del camino enseñado.