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No puede dar uvas de sí misma

5 septiembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Juan 15.1-11

Una de las características de quienes son llamados por Dios a salvación y al ministerio es el deseo, la necesidad, de dar fruto. Es decir, de vivir de tal manera que la vida propia tenga sentido, propósito e impacte a otros para bien. Surge en el creyente deseoso de agradar a Dios una inquietud por compartir con otros lo que él mismo ha encontrado. Quizá a esto se refería nuestro Señor Jesucristo cuando indica que del que cree en él, “de su interior brotarán ríos de agua viva”. Juan 7.38

Sin embargo, sucede que quien quiere compartir con otros aquello que ha descubierto de Dios, lo que ha transformado su propia vida, pronto descubre una cuestión fundamental: la capacidad para compartir y aún impactar en la vida de los otros, es directamente proporcional al grado de intimidad en la relación personal con Cristo. Pero, también descubre que el deseo mismo, la necesidad, de llevar al otro a Jesucristo se da igual proporcionalidad a la profundidad de la relación personal con Cristo. A más Cristo, mayor necesidad de compartirlo, de que los otros cambien su vida y reciban el gozo de la presencia del Señor.

En nuestro pasaje, el Señor Jesús establece el principio que fundamenta y explica lo que aquí decimos. Tanto en lo que se refiere al deseo de producir fruto, como lo que tiene que ver con la capacidad para producirlo. RVA traduce Juan 15.5 así: “El que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto,  porque separados de mí nada podéis hacer”. Comprender este principio de la permanencia resulta fundamental. Se refiere al propósito y compromiso del creyente para persistir en su fe. Este propósito ser constante en la fe es causa y efecto de la relación profunda con Cristo. Dios honra nuestra fe, no la ignora sino que la recompensa. Quien le busca no resulta defraudado, le encuentra y recibe de él lo que el Señor ha determinado darle. Lucas 11.10 La consecuencia natural de buscar a Dios es más de Dios en nosotros.

Hay dos cuestiones que hacen evidente la necesidad de un poder superior al propio, de una fuerza mayor que la que tenemos cuando se trata de compartir a Cristo con otros. Primero, el sentido de urgencia que resulta de la condición vulnerable, riesgosa y hasta trágica que el otro está viviendo. La segunda cuestión es el amor que tenemos por el otro. A mayor amor, mayor necesidad del bien del otro. Mientras más le amamos, más nos duele su condición y mayor interés tenemos en que su suerte cambie.

Pero, también, a mayor amor y mayor interés, más evidente nuestra propia incapacidad para convencer, animar y aún cambiar al otro. La razón es sencilla, nosotros, apenas ramas, no podemos dar uvas de nosotros mismos. Este de nosotros mismos es la clave para entender las palabras de Jesús.

La buena noticia, el motivo de nuestro gozo en medio de las circunstancias que vivimos, es que Jesucristo, nuestro Señor, es la vid verdadera y nosotros somos sus ramas. Como sabe quien conoce lo mínimo acerca de la botánica, la vida y la fuerza de las ramas resulta de la savia que fluye desde las raíces y al través del tronco. Así, Jesús promete que: “El que permanece unido a mí, yo unido a él, da mucho fruto”. Vs 5.  Por ello, sin importar nuestras limitaciones personales, sí podemos dar fruto. No de nosotros mismos, pero sí de aquel quien está en nosotros y en quien vivimos, nos movemos y somos. Hechos 17.28

Les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría sea completa”, dice Jesús. O, como traduce RVA: “Estas cosas les he hablado para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea completo”. El término que se traduce por alegren o gozo, es una metonimia. Lo que Jesús hace es asumirse él mismo como el gozo del creyente. El “se alegren conmigo”, no se refiere solo a alegrarse por estar en compañía de Jesús, sino que él mismo es la sustancia del gozo del creyente.

Jesús dijo que él no podía hacer nada por sí mismo. Juan 5.30 Pero ello no significaba que no pudiera hacer lo que había recibido de su Padre hacer, y lo que, por lo tanto, deseaba hacer. Dado que su Padre estaba con él, podía hacer todo lo que agradaba al Padre. En la misma línea, el Señor ha hecho una grandiosa promesa para los suyos: “Antes bien,  como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. 1 Corintios 2.9

Nosotros podemos hacer y lograr todo aquello que el Padre ha puesto en nuestro corazón hacer. Filipenses 2. 13 Podemos alcanzar con el poder de su Palabra a los que amamos y confiar que el Señor hará la obra redentora en ellos. Podemos ser agentes de cambio efectivos, como lo fueron los primeros cristianos de quienes se dijo que trastornaban al mundo entero. Hechos 17.6 Sí, podemos ser y hacer todo esto, siempre y cuando permanezcamos unidos a nuestro Señor Jesucristo.

Serán mis Testigos

29 agosto, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Hechos 1.8

En nuestro pasaje destaca el hecho de que Jesús, el Cristo resucitado, necesita de testigos para ser creíble entre las personas. Hace algún tiempo, en su reflexión de Semana Santa, Horacio Ocampo nos enfrentó con el hecho de que las tragedias, el dolor, la decepción y el sufrimiento humano, llevan no solo a la desesperanza sino hasta la incredulidad respecto de la existencia y del interés de Dios en nuestra persona y circunstancias. En efecto, cada vez más, la gente parece tener menos razones para creer en el evangelio de Jesucristo.

En las palabras “serán mis testigos”, encontramos tanto una promesa como una exigencia. La promesa surge del privilegio de ser nuevas criaturas en Cristo, somos nuevos, somos otros. Gozamos de privilegios particulares que exaltan a Jesús y hacen evidente la gracia divina en nuestras personas… independientemente de nuestra débil condición de humanos.

La exigencia tiene que ver con nuestra disposición a vivir de tal manera que el Cristo resucitado se manifieste en nosotros y al través nuestro. El término elegido por Cristo para indicar el modo en que podemos hacerlo presente es rico en significado. En efecto, Jesús dice literalmente, “ustedes serán mis mártires”, los que dan testimonio mediante su muerte. La manifestación plena de la vida de Cristo requiere de nuestra muerte. Es decir, de nuestro desaprender lo que es propio de nosotros mismos y crecer en la identificación con Cristo: siendo cada día más como él es. De nuestro disminuir, para que él crezca en nosotros. En este sentido, tres son las áreas de testimonio que nos son reclamadas:

  • Nueva mentalidad. El creyente enfrenta el reto de dar vida a la cosmovisión de Cristo. Al principio integral e integrador de la mente de Cristo respecto del todo lo creado, sujeto al señorío de Dios. Donde el Espíritu-Mente de Cristo significa dominio propio (sobre los deseos, las motivaciones más profundas, etc.). Al recuperar la imagen y semejanza de Dios en él, el creyente recupera su gobierno interior, su punto de equilibrio. Así, da testimonio de que el caos que caracteriza la conducta de los individuos y los pueblos, no solo es ajeno a su identidad, sino superable en Cristo.
  • Nuevas relaciones. Mientras que, cada vez más, las relaciones humanas se caracterizan por un principio de utilitarismo, el creyente es llamado a hacer evidente el amor ágape que Cristo mismo encarna. Como Cristo, somos llamados a vivir para la edificación del otro… aún a costa de nuestra propia pérdida. El pensar como Cristo piensa, implica que, en nuestra relación con el otro partimos de un principio de servicio encaminado a buscar, propiciar, el bien integral del otro: “Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de los otros”. (Fil 2.4).
  • Nuevo fruto. Vivimos una era de esterilidad en la que poco produce fruto y más poco de este fruto perdura. Vivimos entonces una era de escasez. Somos llamados a ser testimonio de la vida abundante, de la plenitud de Cristo y del significado de la misma en lo cotidiano de la vida. Pero también somos llamados a vivir de tal manera que nuestro fruto permanezca. A hacer lo que conviene, no involucrándonos en empresas o tareas a las que no somos llamados, y a hacer de tal manera que nuestro fruto permanezca. El fruto abundante y permanente glorifica al Padre.

La Presencia del Espíritu Santo

El testimonio-marturion, es privilegio de quienes tenemos el Espíritu Santo. Vivir desde nuestro morir –a nuestra manera de pensar, de relacionarnos y de producir-, requiere de la llenura del Espíritu Santo. No se trata solo de disposición, capacidades y recursos. Se trata, también, de presencia, de la presencia de Cristo en nosotros, manifestada por el poder de su Espíritu. El cristiano es llamado a desear, buscar y conservar el Espíritu Santo. Lamentablemente, dedicamos más tiempo, recursos y esfuerzos para alcanzar nuestras metas personales, temporales. No siempre nos ocupamos en la misma proporción al propósito de ser llenos de su Espíritu. El testigo se ofrenda a sí mismo para que Cristo se manifieste en él y al través suyo.

Dios da su Espíritu a quien se lo pide. Así que tarea nuestra no es producir ni el Espíritu, ni sus frutos. Tarea nuestra es pedir ser llenados con su Espíritu Santo. Así estaremos en condiciones de hacer creíble a Cristo a aquellos que actualmente viven “sin Dios y sin esperanza.” Ef 2.12

Que la promesa del Señor en el sentido de que nosotros habremos de hacerlo creíble, así como el llamado a ser sus testigos requiere del compromiso que surge de la sensibilidad ante el deterioro de las personas y la sociedad toda, así como de nuestra inconformidad militante ante el triunfo del mal. De ahí que convenga que hagamos nuestras las palabras de Bertolt Brecht:

No aceptes lo habitual como cosa natural,
pues en tiempo de desorden sangriento, de confusión organizada,
de arbitrariedad consciente de humanidad deshumanizada,
nada debe parecer imposible de cambiar.

Pescadores de Hombres

15 agosto, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Como sabemos, el llamado a salvación conlleva el llamado al ministerio. No se trata de dos llamados diferentes, sino de dos dimensiones de uno mismo: el llamado a seguir a Cristo. Uno de los principios implícitos en el llamamiento divino es que llamamiento es destino. Tanto si se obedece, como si se ignora, aquello para lo cual hemos sido llamados determina nuestro presente y nuestro futuro.

Mateo, en su relato del llamamiento de Pedro y Andrés, descubre la estructura del llamamiento divino. En efecto, establece el “volverse a Dios” como el eje central de tal llamamiento. Además, descubre que, en la mayoría de los casos, el llamamiento al ministerio parte de un principio evolutivo; es decir, afecta la conducta, el propósito y la actitud de la persona, y le lleva a pasar de una situación (o estado), a otra. Finalmente, Mateo destaca que la única respuesta apropiada al llamamiento recibido es la obediencia inmediata y definitiva.

Nadie puede, ni tiene derecho, a ignorar la realidad y cercanía del reino de los cielos. Este debe ser entendido como el gobierno de Dios. En la economía de la salvación, Jesús indica el momento en que Dios retoma el dominio sobre la Creación toda. Jesús anuncia la derrota definitiva del diablo y, por lo tanto, llama a los hombres a que reconozcan en sí mismos la soberanía divina. Para ello tienen que cambiar su manera de pensar y asumir como propio lo que Jesús revela del Padre. Son llamados a conversión para que en ellos se haga presente y evidente el reinado de Dios en medio de una esfera de pecado.

Quienes asumen el gobierno de Dios en su vida, son llevados a un nuevo nivel, a otra esfera vital. No solo es afectado el todo de su vida que ahora está bajo el gobierno de Dios, sino que el propósito de la misma es redimensionado, elevado para estar en sintonía con el propósito mismo de Dios. Según Mateo, Jesús llama a “pescadores en activo” y les indica que seguirán siéndolo, pero ya no de peces sino de hombres. Es decir, los llama a evolucionar porque solo en un nuevo estado, definido aquí como el de “pescadores de hombres”, podrán hacerse uno con su Señor.

Los llamamientos revolucionarios, aquellos que implican que la persona no evolucione sino que ocupe un estado lateral, son los menos. A pocos se les llamó a hacer algo más que evolucionar, a que se ocupen de algo diametralmente diferente a lo que han venido realizando. Pero, a la mayoría de los discípulos de Cristo se les anima a que evolucionen a una nueva esfera de servicio, manteniendo un lazo con lo que ha sido su vocación, espacio vital y experiencia. Dejan todo, sí, pero en el sentido de que van a una nueva esfera más trascendente, más demandante y más acorde con su nueva naturaleza espiritual.

No se trata de que dejen de ser lo que son, ni que renuncien a sus conocimientos y experiencia. Se trata de que pongan todo ello al servicio de una causa superior, la causa de Cristo. Seguirán siendo pescadores, sí; pero, hemos dicho, ya no de peces, sino de hombres. Comprender esto es vital para poder entender y responder positivamente al llamamiento al ministerio. Primero, porque se hace evidente que Dios se vale de lo que somos y solo lo perfecciona y eleva a una nueva dimensión. Después, porque revela que el área de nuestro servicio es, precisamente, el área de nuestra influencia natural. Finalmente, porque eleva el nivel de compromiso, desde luego, pero añade a nuestra tarea una dimensión de trascendencia, de eternidad.

Mateo registra de manera breve, pero sustancial, la calidad de la respuesta de Pedro y Andrés: “Al momento dejaron sus redes y se fueron con él”. Quizá la brevedad de su relato sea el testimonio de su propia experiencia. Él mismo, cuando Jesús le dijo “sígueme”, se levantó y lo siguió.

Los cristianos somos salvos y llamados al ministerio. La relación con Cristo redimensiona el todo de nuestra vida. Cristo mismo nos invita a ver lo que él ve y a actuar en consecuencia. A “alzad vuestros ojos y mirad que los campos ya están listos para la siega,” nos invita. Es decir, el llamamiento que hemos recibido implica que lo mejor de nuestra tarea, de nuestro aporte en la vida, se da a partir de nuestra relación con Cristo. Sí, en y con él podemos dejar nuestras redes y, siguiéndole, hacer aquello con lo que impactaremos la eternidad.