Serán mis Testigos

Pastor Adoniram Gaxiola

Hechos 1.8

En nuestro pasaje destaca el hecho de que Jesús, el Cristo resucitado, necesita de testigos para ser creíble entre las personas. Hace algún tiempo, en su reflexión de Semana Santa, Horacio Ocampo nos enfrentó con el hecho de que las tragedias, el dolor, la decepción y el sufrimiento humano, llevan no solo a la desesperanza sino hasta la incredulidad respecto de la existencia y del interés de Dios en nuestra persona y circunstancias. En efecto, cada vez más, la gente parece tener menos razones para creer en el evangelio de Jesucristo.

En las palabras “serán mis testigos”, encontramos tanto una promesa como una exigencia. La promesa surge del privilegio de ser nuevas criaturas en Cristo, somos nuevos, somos otros. Gozamos de privilegios particulares que exaltan a Jesús y hacen evidente la gracia divina en nuestras personas… independientemente de nuestra débil condición de humanos.

La exigencia tiene que ver con nuestra disposición a vivir de tal manera que el Cristo resucitado se manifieste en nosotros y al través nuestro. El término elegido por Cristo para indicar el modo en que podemos hacerlo presente es rico en significado. En efecto, Jesús dice literalmente, “ustedes serán mis mártires”, los que dan testimonio mediante su muerte. La manifestación plena de la vida de Cristo requiere de nuestra muerte. Es decir, de nuestro desaprender lo que es propio de nosotros mismos y crecer en la identificación con Cristo: siendo cada día más como él es. De nuestro disminuir, para que él crezca en nosotros. En este sentido, tres son las áreas de testimonio que nos son reclamadas:

  • Nueva mentalidad. El creyente enfrenta el reto de dar vida a la cosmovisión de Cristo. Al principio integral e integrador de la mente de Cristo respecto del todo lo creado, sujeto al señorío de Dios. Donde el Espíritu-Mente de Cristo significa dominio propio (sobre los deseos, las motivaciones más profundas, etc.). Al recuperar la imagen y semejanza de Dios en él, el creyente recupera su gobierno interior, su punto de equilibrio. Así, da testimonio de que el caos que caracteriza la conducta de los individuos y los pueblos, no solo es ajeno a su identidad, sino superable en Cristo.
  • Nuevas relaciones. Mientras que, cada vez más, las relaciones humanas se caracterizan por un principio de utilitarismo, el creyente es llamado a hacer evidente el amor ágape que Cristo mismo encarna. Como Cristo, somos llamados a vivir para la edificación del otro… aún a costa de nuestra propia pérdida. El pensar como Cristo piensa, implica que, en nuestra relación con el otro partimos de un principio de servicio encaminado a buscar, propiciar, el bien integral del otro: “Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de los otros”. (Fil 2.4).
  • Nuevo fruto. Vivimos una era de esterilidad en la que poco produce fruto y más poco de este fruto perdura. Vivimos entonces una era de escasez. Somos llamados a ser testimonio de la vida abundante, de la plenitud de Cristo y del significado de la misma en lo cotidiano de la vida. Pero también somos llamados a vivir de tal manera que nuestro fruto permanezca. A hacer lo que conviene, no involucrándonos en empresas o tareas a las que no somos llamados, y a hacer de tal manera que nuestro fruto permanezca. El fruto abundante y permanente glorifica al Padre.

La Presencia del Espíritu Santo

El testimonio-marturion, es privilegio de quienes tenemos el Espíritu Santo. Vivir desde nuestro morir –a nuestra manera de pensar, de relacionarnos y de producir-, requiere de la llenura del Espíritu Santo. No se trata solo de disposición, capacidades y recursos. Se trata, también, de presencia, de la presencia de Cristo en nosotros, manifestada por el poder de su Espíritu. El cristiano es llamado a desear, buscar y conservar el Espíritu Santo. Lamentablemente, dedicamos más tiempo, recursos y esfuerzos para alcanzar nuestras metas personales, temporales. No siempre nos ocupamos en la misma proporción al propósito de ser llenos de su Espíritu. El testigo se ofrenda a sí mismo para que Cristo se manifieste en él y al través suyo.

Dios da su Espíritu a quien se lo pide. Así que tarea nuestra no es producir ni el Espíritu, ni sus frutos. Tarea nuestra es pedir ser llenados con su Espíritu Santo. Así estaremos en condiciones de hacer creíble a Cristo a aquellos que actualmente viven “sin Dios y sin esperanza.” Ef 2.12

Que la promesa del Señor en el sentido de que nosotros habremos de hacerlo creíble, así como el llamado a ser sus testigos requiere del compromiso que surge de la sensibilidad ante el deterioro de las personas y la sociedad toda, así como de nuestra inconformidad militante ante el triunfo del mal. De ahí que convenga que hagamos nuestras las palabras de Bertolt Brecht:

No aceptes lo habitual como cosa natural,
pues en tiempo de desorden sangriento, de confusión organizada,
de arbitrariedad consciente de humanidad deshumanizada,
nada debe parecer imposible de cambiar.

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