Amar a la Pareja

Publicado 14 febrero, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Parejas

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Pastor Adoniram Gaxiola

Efesios 5.21ss

Las relaciones matrimoniales, de pareja, son de por sí conflictivas, dificultan el ejercicio del amor. Ello no deja de ser paradójico, por cuanto, se cree, el matrimonio es causa y efecto del amor de la pareja. Es mayor la paradoja cuando asumimos que lo que dificulta el ejercicio del amor no es la mera existencia de problemas en la relación de pareja, sino que los esposos asumen los problemas como conflictos; es decir, como situaciones que les amenazan en la individual y que, por lo tanto, los convierten en enemigos de su pareja.

Tres son las principales áreas de conflicto en las relaciones matrimoniales. La primera, tiene que ver con el poder, que no la autoridad, dentro del vínculo matrimonial. Quién manda, quién decide, quién marca el camino a seguir. El ejercicio del poder se convierte en un conflicto porque los esposos asumen que si ceden poder, estarán en peligro. De ahí que recurran a todos los artilugios disponibles con tal de conservar el poder. Si el otro, o la otra, ejercen poder, se asume como una afrenta a la libertad personal y como un abuso que se sustenta en la capacidad, los recursos y la experiencia del otro. De ahí que se actúe pasiva y activamente de tal forma que se pueda garantizar que mi ejercicio del poder me mantenga a salvo del poder del otro. Se presume que quien ejerce más poder, está más seguro. Y esto tiene su lógica cuando la pareja ha dejado de asumirse uno, para considerarse como dos individuos en conflicto y, por lo tanto, en competencia.

La segunda área tiene que ver con el poder del dinero; más bien, el poder que se le reconoce al dinero. En no pocos casos, el dinero se convierte en la razón de ser de la vida de las personas. Dentro del matrimonio, a mayor dinero, se presume, mayor poder y, por lo tanto, mayor derecho. El dinero deja de ser un mero instrumento al servicio de la pareja, en cuanto medio para la satisfacción de las necesidades familiares y el logro de las metas de quienes forman la familia, para convertirse en el referente que determina quién está bien, quien puede, quien tiene derecho y viceversa.

La sexualidad, es la tercera área de conflicto entre los esposos. También esto resulta paradójico ya que en el plan de Dios, el sexo cumple la doble función de unir íntimamente a la pareja y hacer evidente el placer de la relación matrimonial. De manera lateral, la sexualidad produce hijos. Pero la procreación ni es la razón principal del matrimonio, ni el fin último de la práctica sexual. Esta tiene como razón fundamental el fomentar y fortalecer la unidad física, emocional y hasta espiritual de la pareja. En la práctica del amor conyugal se hace evidente que ambos dejan de ser uno más uno, para convertirse en una nueva persona. Sin embargo, las parejas en conflicto frecuentemente hacen de la práctica de su sexualidad un espacio que les permite fortalecer su individualidad. Es en este campo donde puedo hacer evidente que se trata de mí, de mi cuerpo, de mis sensaciones, etc. Así, te doy en la medida que lo que te doy sirve para reafirmar que yo soy yo y que yo tengo el control sobre mi mismo.

El factor común de tales áreas de conflicto es la conciencia de individualidad. Quienes pelean constantemente por cuestiones de poder, dinero y sexo, solo hacen evidente que han fracaso en la tarea de convertirse en una nueva persona, el nosotros que da sentido y explica a la pareja. Yo, mío y mi, son los referentes que animan, o desaniman, el proceso de constituirse en una sola carne. Quienes así proceden, cada vez menos son una nueva persona, la pareja, y cada vez más se distancian, aíslan y resienten respecto de la persona a la que amaron, prometieron amar y ahora se preguntan si de verdad la aman y si, siendo la respuesta positiva, vale la pena que lo hagan.

En los matrimonios en conflicto todo se hace o se deja de hacer por causa de sí mismo.

Detrás de toda pareja en conflicto existe una razón pocas veces atendidas. Las parejas en conflicto, o se han alejado de Dios, o nunca se han acercado a él, ni lo han reconocido como su Señor y guía. Es decir, todo conflicto matrimonial, o de pareja, evidencia un fracaso en la relación de los esposos con Dios, tanto en el terreno individual, como en el terreno conyugal. Ya sea por ignorancia, porque se desconoce lo que Dios ha establecido como los fundamentos de la relación matrimonial; o por rebeldía, porque no se está dispuesto a obedecer lo que Dios ha establecido como lo justo, lo propio, para los esposos, la identificación espiritual se pierde. Así, las parejas en conflicto intra matrimonial, terminan en conflicto con Dios. No solo se separan entre sí, los esposos en conflicto también hacen notorio su alejamiento de Dios.

Si en el origen de los conflictos matrimoniales se encuentra una relación disfuncional con Dios, resulta lógico asumir que la solución de los conflictos matrimoniales pasa por un sintonizarse con Dios. Es decir, que en la medida que los miembros de la pareja, individualmente, y la pareja de manera conjunta, se vuelvan a Dios y procuren cumplir sus preceptos para el matrimonio y hacer suya la voluntad divina, estarán en camino del éxito matrimonial.

La Biblia revela la voluntad de Dios para el matrimonio cuando define un patrón relacional para la pareja. El pasaje que, en mi opinión, mejor describe este patrón es el de Efesios 5.21-28. La clave del pasaje está en el primer versículo: estén sujetos los unos a los otros, por reverencia a Cristo. El cómo de la relación matrimonial complementaria, satisfactoria y generadora de gozo y alegría, tiene a Cristo como su referente primario. Ni al esposo, ni a la esposa, menos a los hijos: a Cristo. Toda pareja que tiene un referente distinto a Cristo, está en curso de colisión. Es decir, está camino del conflicto, este llegará, tarde o temprano.

Reconocer a Cristo, reverenciarlo, en la intimidad del hogar empieza por darse cuenta que él está presente en el hogar. Que es testigo del quehacer conyugal y familiar. En consecuencia, se trata de vivir de tal manera, de que los esposos se relacionen de tal forma, que evidencien su respeto al Señor. Es decir, se trata de acatar, honrar, al Señor con la manera en que nos relacionamos como esposos.

Obviamente, solo estará interesado en honrar a Dios quien le teme y le ama. Quien lo reconoce como su Señor. Por eso es que hemos dicho que se trata de una cuestión espiritual, del cómo de nuestra relación con Dios y del grado de nuestra comunión con él. Quien menosprecia a Dios, lo ignora – lo deja aparte-, del todo de su vida, incluyendo su vida matrimonial.

En el matrimonio cristiano todo se hace, o se deja de hacer, por causa de Cristo.

El modelo de matrimonio cristiano, del matrimonio exitoso, requiere que la sujeción mutua se exprese de dos formas complementarias. A la mujer se le pide que se someta a su marido y al hombre que ame a su esposa. No debemos perder de vista que ambas indicaciones se refieren a la forma en que ambos muestran su sometimiento mutuo. Por ello es que el sometimiento de la mujer a su marido no es mayor que el de este a su esposa y viceversa.

Alguien ha dicho que, de acuerdo con el evangelio de Cristo, la sujeción mutua es inseparable del amor verdadero. El amoroso sí que produce la sujeción voluntaria al otro, siempre es expresión de la libertad de la persona y no resultado de la imposición violenta de la voluntad del otro. En este modelo de relación, el yo comete un suicidio temporal por cuanto el ego del cónyuge es silenciado por causa del bienestar de su pareja. Se trata de un suicidio temporal y espacial en el que uno muere en aras de que el otro viva. Se trata de un negarme a mí mismo, para que el otro pueda realizarse en mayor grado y así contribuir a la realización plena de la pareja. Pues, cuando uno se duele, ambos padecen; y cuando uno se alegra, ambos son bienaventurados.

En esta disposición de sometimiento mutuo, la instrucción a la mujer resulta redundante: las esposas deben estar sujetas a sus esposas como al Señor. No cabe duda que tal principio corresponde a un modelo matrimonial tradicional, patriarcal, hasta, en apariencia, machista. Sin embargo, la aclaración como al Señor, redimensiona el mandato. El sometimiento debido al esposo no se equipara al exigido por un déspota. No tiene como razón de ser al esposo, sino al éxito matrimonial, entendiendo este como el resultado feliz de la relación de esposos.

Además, la referencia como al Señor destaca que la cabeza y el cuerpo son una sola unidad. Así, el reconocimiento al liderazgo del marido contribuye al bienestar de la mujer misma. Al mismo tiempo que el marido, al cumplir fielmente con su tarea de cabeza de familia, dirige a los suyos a la obtención del bien común. El sometimiento de la mujer al esposo no es otra cosa que el respeto a la función y responsabilidad del mismo. La mujer no atropella, no invade y no exime de las responsabilidades que le corresponden al esposo y le deja ser y hacer lo que le es propio. Es esta una tarea que exige de la mujer paciencia, esperanza y comprensión, desde luego. Pero, también exige firmeza pues requiere que se mantenga haciendo lo bueno, aun cuando su marido parezca haber perdido el paso.

Esto nos lleva a la cuestión de cómo seguir a quien no parece tener, o de plano no tiene, rumbo. Cómo seguir a un marido que ni a brújula llega, es una cuestión que no puede dejarse de lado. La instrucción de Pedro, en el sentido de que la mujer debe someterse a su marido aun cuando este no sea creyente, destaca la confianza que el Apóstol tiene en el poder del testimonio de la mujer sujeta a Cristo. El que ella persevere haciendo el bien puede animar y conducir al marido a que él retome el camino adecuado. Es como cuando dos personas cantan y una de ellas desafina. Si la compañera de esta se deja llevar por el desentono, ambas darán al traste con la interpretación que hacen. Sin embargo, en la medida que la persona afinada se mantiene en el tono correcto, quien se ha desviado de este podrá recuperarlo y contribuir así a la armonía musical. Lo mismo sucede en la pareja. Respetar al marido significa no dejar de ser lo que la mujer es en Cristo, reteniendo sus responsabilidades y negándose a manipular, condescender o asumir como propias las responsabilidades del otro.

Cumplir con el mandato de Cristo requiere que las mujeres dejen hacer mucho de lo que han venido haciendo y que empiecen a hacer lo que les es propio, tanto en cuestiones de liderazgo familiar, como en las que tienen que ver con la generación y administración de los recursos económicos, como en el modelo de sexualidad propio de su pareja. Por ejemplo, hay mujeres que no solo cocinan, lavan y limpian para el esposo; también le dan casa y le financian sus juguetes, pero, a más de ello tienen que contribuir a partes iguales para el gasto familiar. Nada más alejado del principio bíblico que asocia al liderazgo masculino el cumplimiento mayoritario de la generación de recursos, la prestación de servicio y el cuidado de la esposa y de los hijos, en ese orden.

A los esposos la Biblia les exige, no que obedezcan a sus mujeres, sino que las amen. ¿Estamos ante una discriminación? ¿Se trata de fortalecer estructuras machistas como las únicas válidas para el matrimonio? Lo cierto es que una lectura parcial del texto bíblico así pareciera sugerirlo. Pero, una lectura cuidadosa de los textos bíblicos destacan dos cuestiones torales: La primera, se exige al hombre que ame a su esposa como Cristo amó a la iglesia. La segunda, se le exige al esposo que ame a su esposa como a su propio cuerpo, porque, se aclara, quien ama así a su esposa, se ama a sí mismo.

Difícilmente podremos encontrar una forma de sometimiento mayor, más costoso y sacrificial que el que está implícito en la manera cristiana de amar a la esposa.

Fijémonos que a los esposos cristianos se les llama a imitar a Cristo en cuanto a su amor a la iglesia. El cómo de este amor, la dimensión del mismo se explicita con la frase: dio su vida por ella. Dio, entregó, son términos interesantes. Primero, porque destacan el hecho de que la iglesia no despoja a Cristo, sino que él se auto despoja a favor de la misma. Lo mismo se llama a hacer al marido: privilegia a tu mujer por sobre ti mismo. Además, porque de manera implícita se llama al hombre no solo a renunciar a lo suyo a favor de su mujer, sino a tolerar también la prisión que ello significa. Puede hacerlo porque sabe que así su amor da fruto en la realización plena de su esposa, en el que ella pueda ser bienaventurada, feliz y exitosa.

La expresión de este amor cristiano a la esposa se evidencia tanto en el sustento y el cuidado que el marido provee a la esposa. En una cultura de pretendida igualdad, estos elementos bíblicos deben ser recuperados. Toca al marido la tarea fundamental de alimentar a la esposa. Es decir, toca al esposo cristiano la tarea de ser el primer proveedor para la esposa y sus hijos. El aporte que la esposa haga al gasto familiar siempre deberá ser complementario al aporte del marido. Cualquier otro modelo de relación, por muy necesario o civilizado que parezca, es ajeno al principio cristiano para el matrimonio. Además, toca también al marido la tarea de cuidar a la esposa. La idea es retadora, thalpo significa: calentar, suavizar por calor; luego, mantenerse caliente, como de aves cubriendo a sus polluelos con sus plumas. Se trata de un cuidado tierno que tiene como propósito garantizar el bienestar de la esposa, su comodidad. Difícilmente hay amor más enriquecedor y trascendente que el que se exige de los esposos cristianos.

Ante la mala fama del matrimonio, ante el número creciente de parejas separadas, ante las propias heridas resultantes de la relación matrimonial, parecieran ser pocas las razones para creer que el matrimonio puede funcionar y ser exitoso. Pareciera haber razón para que cada vez más solteros tengan miedo de casarse y para que cada vez más casados estén pensando en huir de, dar por terminado, su matrimonio.

La fe cristiana, el evangelio de Cristo, nos anima a renovar la esperanza. Se puede estar casado y ser feliz. Se puede estar casado y alcanzar el éxito en la vida. Sí, se puede… en Cristo. Los matrimonios en conflicto viven tiempos de conversión y de gracia. Si se vuelven al Señor y hacen suyo el modelo cristiano del matrimonio, estarán dando lugar a la gracia divina. Entonces, con la ayuda de Dios, podrán descubrirse a sí mismos como capaces de amar y amarse de una manera plena, cautivadora y, sobre todo, feliz y trascendente.

Fe y Poder

Publicado 31 enero, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Pastor Adoniram Gaxiola

En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios,

ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer

que él existe y que recompensa a quienes lo buscan. Hebreos 11.6

Generalmente el binomio fe y poder nos lleva a pensar en esas alteraciones de la realidad a las que llamamos milagros. Asociamos la fe con el poder hacer cosas extraordinarias: sanidades, resolución de conflictos, obtención de recursos, etc. Tiene más fe, hemos aprendido a pensar, aquel que le pide a Dios que intervenga en su vida en situaciones de crisis, obteniendo una respuesta favorable y a modo de parte del Señor.

Nuestro pasaje, sin embargo, contiene una declaración de fondo que nos obliga a un nuevo enfoque respecto del poder de la fe. El autor sagrado asegura: sin fe es imposible agradar a Dios. Si redactamos la misma de manera positiva, esta declaración sería: la fe hace posible el que agrademos a Dios. Este no es un punto de menor importancia. La Biblia nos enseña que el propósito del hombre, la razón de su existencia es que glorifique a Dios. Isaías transmite las palabras del Señor: Este pueblo he creado para mí;  mis alabanzas publicará. Isa 43.21 Tal declaración complementa la comprendida en el capítulo 60.21, cuando dice: renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme. El Catecismo de Westminster dice al respecto: El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios, y gozar de él para siempre.

Así, la razón de ser de la fe consiste en capacitar al hombre para que pueda cumplir el propósito para el cual ha sido creado. Sin fe nadie puede agradar a Dios, asegura la Biblia. De ahí que sin fe, nadie puede cumplir plenamente su cometido en la vida, nadie puede realizarse en tanto ser humano. Lo que el autor de la Carta a los Hebreos dice es que la fe ayuda a la persona a ser y hacer aquello que glorifica a Dios. No se refiere solamente a la capacidad para realizar cosas extraordinarias y aún sobrenaturales, sino a la capacidad de vivir lo cotidiano de manera extraordinaria. De convertir lo natural en algo sobrenatural por cuanto la forma en la que el cristiano vive, se relaciona con sus semejantes y realiza su trabajo adquiere una nueva dimensión de testimonio del poder, el amor y la presencia de Dios en medio de los hombres.

En la Biblia, los milagros son señales. Es decir, son signos que representan otra cosa, indicio de algo. Fenómenos que nos permiten conocer o inferir lo que no conocemos o podemos ver. De ahí que los milagros, en tanto señales, no son un fin en sí mismos. Son recursos al servicio del creyente que tienen como objetivo principal el animar, enseñar y aún provocar que las personas glorifiquen a Dios reconociendo que él es el Señor y nosotros sus siervos.

Es en tal sentido y con tal propósito es que el creyente recibe el poder de hacer milagros, señales. La fe, en tanto certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve, produce un doble efecto en el creyente. Primero, le anima a buscar que Dios sea glorificado en él y por él; luego, le hace creer que Dios obrará de manera extraordinaria para revelarse a sí mismo al ser humano. Ambos elementos se traducen y hacen evidente el poder que mora en el creyente.

Nosotros podemos y debemos creer que Dios dará, al través nuestro señales, extraordinarias de su poder y e interés a favor de los hombres. Podemos estar seguros que cuando nuestro propósito principal en la vida es agradar a Dios y vivimos de manera consecuente con ello, los recursos de Dios estarán a nuestra disposición. Que podremos invocar su nombre y ver como lo natural se somete a lo espiritual. Podemos orar por los enfermos y ver que sanen. Podemos orar por la conversión de las personas, y ver que ellas se vuelven a Dios. Podemos interceder por quienes están en conflicto, y ver que son liberados del mismo.

¿Qué explica el que las cosas puedan ser así? En realidad el asunto es bastante simple. Quien se propone y compromete a agradar a Dios en todo, se sintoniza con Dios. Es decir, coincide en pensamientos y sentimientos con el Señor. Entiende el corazón de Dios y, por lo tanto, conoce su voluntad. En consecuencia no hace sino lo que Dios está haciendo. Se suma al quehacer divino. Es el caso de nuestro Señor Jesucristo. Él mismo dijo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre;  porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Jn 5.19. Tal declaración resulta doblemente importante. Primero, porque Jesús testifica la unidad esencial que hay entre él y el Padre. Se refiere, por lo tanto al hecho de que el Padre está en él. Lo mismo pasa con el creyente que busca agradar a Dios, su comunión es tal que el Espíritu Santo hace su morada en él mismo. El cristiano es un cristóforo, es el que lleva a Cristo. Además, nuestro Señor se refiere al poder hacer del creyente, en cuanto este hace lo que ve hacer al Padre. Es decir, los milagros se originan en Dios mismo y lo tienen a él como razón de hacer.

Esto nos lleva a considerar, brevemente, la cuestión de los milagros que hacen muchos y que se convierten en un fin en sí mismos o que tienen el poder de engañar a las personas. Engañarlas no solo en cuanto que las llevan a adorar a ídolos: la Santa Muerte, tales o cuales advocaciones de la Virgen, fuerzas espirituales varias, etc. Sino que las llevan a considerar que los milagros son derechos adquiridos por los creyentes y a seguir lo espectacular como el sustento de la fe.

Nuestro Señor Jesús advirtió a sus discípulos que, en los últimos tiempos, se levantarían falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes señales y prodigios y podrán engañar aún a los escogidos. Desde luego, quienes así proceden no buscan agradar a Dios en todo, sino beneficiarse del amor y del poder divino. Por lo tanto, los cristianos somos llamados a examinar [comprobar] qué es lo que agrada al Señor. Efesios 5.10. Más aún, la Palabra nos exhorta: Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas. 1 Juan 4.1

En Conclusión

La fe es un don de Dios que provee poder al creyente para vivir agradando a Dios en todo lo que es y hace. Para hacer lo que agrada a Dios, el creyente requiere de un poder extraordinario, mismo que adquiere cuando están en comunión con Dios. A mayor comunión, mayor poder. Por lo tanto, es en la comunión con Dios que el creyente adquiere la capacidad para realizar cosas extraordinarias, las señales o milagros que testifican el poder, el amor y el interés del Señor en el aquí y ahora de las personas.

San Estanislao de Kotska, aseguraba: he nacido para cosas mayores (ad maiora natus sum). La fe nos hace ver lo que no vemos y aspirar a lo que no hemos alcanzado. La fe ilumina y sostiene nuestros sueños, nuestros deseos. No solo ello, los posibilita cuando estos tienen como propósito agradar a Dios. Les animo a tener fe, a abundar en la comunión con Cristo, sabiendo que hemos nacido para cosas mayores.

Fe y Ciencia

Publicado 29 enero, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Pastor Adoniram Gaxiola

Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. 2 Ti 3.16,17

Generalmente se asume que la Biblia y la Ciencia se excluyen mutuamente, que no se puede pensar científicamente y al mismo tiempo tener fe. Quizá la razón principal de tal creencia sea la ignorancia respecto de lo que la Biblia es y dice, así como de una inadecuada comprensión de lo que es la fe, su origen y propósito.

Para empezar a comprender el cómo de la relación entre la fe bíblica y la ciencia, conviene considerar algunos presupuestos necesarios en el acercamiento a la Biblia y su mensaje:

La Biblia es la Palabra de Dios y humana, al mismo tiempo. Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios en cuanto que la misma ha sido inspirada por Dios mismo. El término inspirada se traduce del literal respirada por Dios. Esto no significa que Dios haya escrito o dictado la Biblia a los más de cuarenta escritores, sino que el Señor reveló sus misterios a los hombres que la escribieron mediante su Espíritu Santo, en un período aproximado de 1,600 años.

La inspiración y la revelación divinas no dejan de lado la humanidad de los escritores bíblicos. Estos interpretan ambas en un contexto personal e histórico particular. De ahí que podamos encontrar que las cuestiones culturales, con sus peculiaridades, enfatizan, perfilan y aún complican el mensaje bíblico. Muestra de ello es la existencia de dos relatos de la Creación, de diferentes relatos acerca del Diluvio, de las restricciones culturales que relegan a la mujer en cuanto a su participación en la liturgia y el liderazgo de la iglesia, las cuestiones apocalípticas, etc.

La Biblia tiene un mensaje y un propósito. El mensaje central de la Biblia, el eje temático de la misma es Jesucristo, Señor y Salvador de los hombres. De hecho, los primeros capítulos de la Biblia (Gn 3.15), contienen el llamado proto-evangelio. Por su parte, Apocalipsis, el último libro del canon sagrado, termina con una invocación y referencia a Jesucristo mismo. La lectura de la Biblia nos revela la llamada economía de la salvación. Es decir, la razón y la manera que Dios ha tenido y establecido para reconciliar al hombre consigo mismo. Tal es la doctrina (enseñanza), bíblica: Jesucristo y su obra redentora.

Por otro lado, el comprender quién es Jesucristo, cuál su obra y las consecuencias de la misma, establece el propósito de la Biblia y el cómo y para qué de la fe bíblica. En nuestro pasaje, el Apóstol Pablo establece que la Escritura es útil para: enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. Este pasaje revela el carácter parenético de la Biblia toda: se trata de una exhortación, de un llamado a vivir de manera consecuente con lo que Dios es y lo que él mismo ha establecido como justo. A esto es a lo que la Biblia define como la vocación con que hemos sido llamados. Efesios 4.1.

La fe bíblica es confianza, pero también conocimiento. En efecto, el sentido primario de la palabra pistis, como sabemos, es firme persuasión, convicción basada en lo oído. Como podemos ver, tiene que ver tanto con la fiabilidad nuestra en lo que Dios declara en su Palabra y lo que esta nos revela de él; así como del contenido de la misma: su doctrina o enseñanza.

Sin embargo, el conocimiento que la Palabra transmite, aun cuando se traduce como ciencia, no se trata del conocimiento científico.  Sino del que permite al ser humano conocer, comprender, obedecer y, por lo tanto, vivir en comunión con Dios.

Tomar en cuenta lo anterior nos permite acercarnos de manera más objetiva y fundamentada a la cuestión de la relación entre la fe y la ciencia. Si la fe bíblica, la ciencia bíblica, no tiene como objetivo el explicar de manera científica los hechos naturales de la naturaleza, luego entonces no hay lugar para la contradicción o el enfrentamiento entre lo que la ciencia, en el sentido moderno, significa. La Biblia no se ocupa de tales asuntos. Aún aquellas cuestiones que pudieran parecer en conflicto, tales como la Creación, el origen y desarrollo de las relaciones humanas, etc., deben ser consideradas en su propio y particular contexto; así como en función del propósito de tales relatos. En el caso de las historias de la Creación, por ejemplo, la intención del texto bíblico es uno solo: establecer que Dios es origen y creador de todo lo que existe y que lo que él ha creado (incluyendo al ser humano), responde a un propósito divino.

Los autores bíblicos se valen de los recursos literarios a su alcance para relatar y hacer comprensible el quehacer divino a sus lectores. Por ello es que el lector de la Biblia tiene la obligación de interpretar en sus circunstancias y contexto histórico, lo que fue escrito en otras circunstancias y en otro contexto. De ahí, que la interpretación correcta de la Biblia es aquella que recupera los principios establecidos en sus páginas y los lleva a la práctica en las circunstancias y el contexto particular del lector.

Resulta interesante el descubrir que aun cuando la Biblia no se ocupa del conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales. Sus autores, de manera extraordinaria y sorprendente, se anticiparon hasta por varios siglos a los descubrimientos de la ciencia moderna en cuestiones tales como la astronomía, geología, física y aún en cuestiones de aeronáutica y meteorología, etc. (Para mayor información sigue este link)

El desarrollo de la ciencia, en su acepción moderna, así como la capacidad del hombre para investigar, descubrir y recrear la naturaleza se fundamenta en el cumplimiento del pacto establecido por Dios con el ser humano, en Génesis 1.28-31. A este Dios le ha concedido la facultad de tomar dominio sobre lo que él ha creado. Ha puesto bajo su facultad el observar, razonar y transformar lo que existe. Más aún, Dios ha prometido que a quien le falta sabiduría él habrá de dársela, si se la pide; y que a quien no entiende las cosas, él habrá de enseñarle cosas grandes y maravillosas. Si bien, tales promesas se refieren inicialmente al conocimiento de Dios, la experiencia ha demostrado que se cumplen también en aquellos que mediante la actividad científica procuran glorificar a Dios y servir a su prójimo.

La fe bíblica, el conocimiento de Dios y su propósito, actúa, por lo tanto, como un referente esencial para la tarea científica. Sustenta la capacidad y el derecho del hombre a hacer ciencia. Además de que, en el caso de los científicos cristianos, les dirige y empodera para que su tarea científica se traduzca en el bienestar de la humanidad, como un testimonio del amor y la presencia de Dios en medio de los hombres.

La fe bíblica no excluye ni rechaza al quehacer científico. Por el contrario, lo anima, lo orienta y lo dimensiona respecto del ser y del quehacer divinos.