Soledad en Familia

Publicado 22 abril, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, Espiritualidad, Familia, Soledad

Pastor Adoniram Gaxiola

Con frecuencia nos encontramos que uno de los problemas más serios que enfrentan los miembros de la familia es, precisamente, la soledad. Soledad es, según la Real Academia Española: la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Si tal cosa es la soledad, difícil no solo asumir que quien es parte de una familia, de una comunidad humana, carezca de compañía. Sin embargo, son muchos los que viviendo en la misma casa que los suyos, compartiendo muchas horas del día, aun durmiendo acompañados, o acompañadas, sufran de lo que bien podríamos llamar: soledad en familia.

Desde luego, son muchos los rostros de la soledad en familia. Pensemos, por ejemplo, en las madres de familia. Curiosa o lamentablemente, representan la mayoría de quienes se quejan de sentirse solas. Por lo general, no se trata de las madres solteras, divorciadas, separadas, o viudas. Más bien, quienes se quejan de padecer tal soledad son mujeres casadas, que viven en compañía de su marido y, no pocas veces, de sus hijos y hasta de sus nietos. También están las hijas solteras, generalmente las que han tenido que renunciar a su propia vida en aras de acompañar y servir a los suyos: a sus padres, a sus hermanos, a sus sobrinos, etc. No pocos adolescentes, mujeres y hombres, se asumen en soledad. Se aíslan y los marginan, el ruido que hacen con su música y con su conducta retadora, pareciera ser la manera en que algunos adolescentes quieren gritar su soledad. Están, también y en número creciente, los abuelos. Verdaderos extranjeros en sus propios hogares, diferentes, marginados y siempre a la caza de un gesto, una palabra, una acción que les recuerde que no sólo están vivos, sino que también son amados por los suyos. Desde luego, no pocos de los que padecen del mal de la soledad en familia son los hombres de la casa. Maridos y padres, sí, pero que se sienten extraños, fuera de lugar, en la compañía de aquellos a los que aman y que les aman.

Alguien ha dicho que la soledad no consiste en estar solo, sin compañía; sino, más bien, soledad es el no sentirse apreciado por los demás. El aprecio es la estimación afectuosa de alguien. Así, ser apreciado es ser reconocido con afecto; es decir, saber que aquellos a quienes uno ama y que son importantes para nosotros, están inclinados a nuestro favor y por lo tanto dispuestos a mostrarnos su amor, interés y favor incondicionalmente.

La soledad de las mujeres casadas no consiste, entonces, en la percepción que ellas tienen de la carencia de la compañía del esposo, sino en la falta de disposición del mismo para mostrar a su esposa amor, interés y favor incondicional. La soledad de las hijas solteras pasa por el dolor de la ingratitud. Ellas no solo han entregado su propia vida, sus recursos, su tiempo, a los que aman. También han tenido que, en no pocos casos, enfrentar la ingratitud, el reproche injusto, los desaires de aquellos a quienes han servido. A veces, sirven cada vez más esperando que se les reconozca el mérito de su entrega y, en no pocos casos, la muerte de los que sirvieron sólo viene a confirmar que su amor, su entrega y su servicio, al igual que ellas mismas, no fueron apreciados ni reconocidos con afecto.

En tratándose de los adolescentes y de los ancianos, nos encontramos con que se cumple aquello de que los extremos se unen. Quizá la principal razón que ambos grupos tienen para explicar su no ser comprendidos, su saberse ajenos a quienes les rodean, no es solo su edad, sino el hecho de que se encuentran en una etapa de transición. En efecto, adolescencia y vejez no son etapas terminales, son etapas que anuncian el advenimiento de una nueva forma de vida. En el caso de los adolescentes, se les anuncia la llegada de la edad adulta, en la que se hará notorio quienes son y qué pueden hacer. En el caso de los ancianos, etapa que anuncia la cercanía de la eternidad. Del dejar esta vida para dormir y esperar la manifestación plena de la vida eterna. ¿Quién podrá comprender a quienes viven tales circunstancias?

Los hombres, aún llenos de amigos, siguen estando solos en casa. Aislados, cuando no se les comprende y aislándose cuando no se comprenden a sí mismos. Asumiendo sus responsabilidades y cansándose de las mismas. A veces queriendo recibir un poco más, y deseando dar un poquito menos. Cuando no son lo que se espera que sean, pagan el precio de la incomprensión y hasta el abandono.

El salmista oraba, en solitario, preguntándose: ¿de dónde vendrá mi socorro? Algunos buscan la respuesta a su soledad en los lugares altos, en los montes. Es decir, fuera de sí mismos y en aquello que los hombres pueden construir por sí mismos. Lo cierto es que la soledad, entendida esta como el no ser apreciados por los demás se resuelve dentro de uno mismo. El camino que nos libra de la prisión de la soledad empieza en el interior de nuestra mente, de nuestro corazón.

Primero, porque empieza tomando conciencia de que somos personas apreciadas por Dios. Para saber esto no necesitamos buscar, preguntar, escuchar a otros. “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón”, dice Dios. Cuando en nuestra soledad buscamos a Dios sucede algo extraordinario: su Espíritu da testimonio al nuestro de que somos sus hijos. Quien se sabe hijo de Dios está en condiciones de enfrentar el hecho de su soledad, sea esta real o apenas una percepción.

Real, o apenas una percepción. ¿Qué significa esto? Bien, esto nos lleva al segundo paso. Una vez que nuestro espíritu tiene el testimonio de la presencia y compañía divinas, estamos en condiciones de analizar si realmente los que amamos no nos aprecian, o si se trata de una percepción equivocada de nuestra parte. ¿Qué es lo que nos hace pensar y sentir que no les interesamos? ¿Será que lo que recibimos no nos es suficiente porque nuestro vaso está roto y se filtra? O, ¿será que somos nosotros los que inconcientemente nos alejamos impidiendo a los demás que formen parte del círculo interior de nuestros afectos y sentimientos?

El tercer paso para superar nuestra soledad consiste en preguntarnos qué tanto estamos dispuestos a mostrar nuestra vulnerabilidad a los que nos aman. Que tan dispuestos estamos a mostrarnos tal como somos, tal como estamos. Dios, cuando quiso comprendernos mejor, se hizo hombre. Es decir, estuvo dispuesto a conocer y dejarse conocer. A hablar y a escuchar. A dar y a recibir. A agradecer y a mostrarse complacido con el agradecimiento de los demás. Nos sorprenderemos cuando permitamos que los otros vean lo que hay en nosotros y que escuchen lo que la voz de nuestro corazón quiere decirles.

Hay un factor que está al inicio, durante y al final del camino que nos lleva más allá de la soledad. Este es el cultivo de la comunión con Dios. Estar en comunión con Dios significa gozar de su compañía. Esta es un acompañar que sale del corazón, del lugar donde el Espíritu de Dios habita en nosotros. No depende, por lo tanto, de factores externos, simplemente, está en nosotros. Y desde nuestro interior, fructifica. Primero, porque trae orden y equilibrio en nosotros mismos. Dado que él es suficiente, llena cualquier vacío, real o supuesto, que resulte de nuestras relaciones con los demás. Dado que él es fiel, permanece el mismo independientemente de nuestras circunstancias. Por lo tanto, llenos de su presencia podemos enfrentar los retos que suponen nuestras relaciones con los que amamos.

Cristo en nosotros significa una total ausencia de soledad. Cuando nuestros familiares no satisfacen nuestras necesidades espirituales y afectivas, Cristo lo hace. Cuando los demás no nos aprecian, Cristo lo hace. Cuando nos sentimos, o estamos solos realmente, Cristo hace evidente su presencia. Cuando ya no nos queda nada, Cristo sigue siendo nuestro todo.

No hay nadie que, en algún momento de su vida, no haya experimentado el dolor provocado por la soledad en familia. Tampoco hay nadie que no vaya a experimentarlo en algún otro momento de su vida. La razón es sencilla, nadie es suficiente para satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón. ¿Nadie, he dicho? Bueno, no es verdad, sí hay uno que puede hacerlo y este es Dios. El salmista decía, lo que les invito sea nuestra oración confiada y constante:

¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí. Si me elevara sobre las alas del alba, o me estableciera en los extremos del mar, aun allí tu mano me guiaría, ¡me sostendría tu mano derecha! Y si dijera: Que me oculten las tinieblas; que la luz se haga noche en torno mío, ni las tinieblas serían oscuras para ti, y aun la noche sería clara como el día. ¡Lo mismo son para ti las tinieblas que la luz!

Amarse a Uno Mismo

Publicado 27 febrero, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, Familia

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Pastor Adoniram Gaxiola

2 Samuel 13.10-22

Amarse a uno mismo resulta de primordial importancia. Quien se ama está en paz consigo mismo, por lo tanto puede conservar su equilibrio interior en cualquier circunstancia. Sobre todo, quien se ama a sí mismo puede mantener su dominio propio ante los retos implícitos en toda relación humana. Es más, amarse a sí mismo es una capacidad inherente a la condición de ser humano. La misma naturaleza humana, el diseño divino con que hemos sido creados hace que el amarnos, tanto como capacidad como necesidad, esté unido a nuestra identidad. Por ello quien no se ama a sí mismo sufre un desgarramiento de su identidad, pues no sólo no se ama, sino que se priva a sí mismo de lo que le es propio. Atenta contra sí mismo, de la misma manera que lo hace quien destruye las columnas que sostienen a una construcción.

Son muchas las razones que explican la falta de amor a uno mismo, el desamor. Fundamentalmente se originan tanto en el interior de la persona, como en su entorno social inmediato, la familia. La persona, al nacer, es maleable en su carácter por lo que resulta especialmente sensible a los estímulos familiares que recibe. Se dice que el carácter emocional de las personas se define en los primeros años de vida. Así, la persona no solo aprende a sentir respecto de los demás, sino que también aprende a sentir respecto de sí misma. Uso de manera reiterativa la expresión aprende a sentir, porque  no necesariamente lo que la persona siente respecto de sí mismo y respecto de los demás es natural, propio de su identidad. Más bien, aprehende lo que los demás sienten y perciben de ella. Es decir, hace propio, coge, lo que los demás tienen para ella. Dada su inmadurez emocional, la persona no tiene el juicio que le permite distinguir lo verdadero de lo falso, lo propio de lo impuesto, lo bueno de lo malo.

Un personaje bíblico que nos permite entender mejor esto es Absalón, el hijo de David. Absalón fue uno de los 19 hijos varones de David y tuvo una hermana. La familia de David era una familia en extremo disfuncional. El padre era un hombre pasional, inestable y sensual. Sus hijos sufrieron las consecuencias del pecado de su padre, fueron marcados existencialmente por el ambiente familiar, especialmente Absalón. En él podemos descubrir un peculiar sentido de lealtad familiar, protege y venga su hermana por la deshonra ocasionada por su hermano mayor, Amnón. Pero, también traiciona a su propio padre, al extremo de ponerlo en peligro de muerte. La historia de David y Absalón descubre a un hijo consentido, que había aprendido a sentirse superior, con mayor derecho y enfermamente cercano y enfrentado a su padre.

Absalón difícilmente podía amar a otros, puesto que no estaba en equilibrio consigo mismo… no parece que pudiera amarse a sí mismo.

Los conflictos de los padres, el alejamiento entre ellos y la separación de facto que los hijos pueden percibir, así como el abandono real o virtual que enfrenten, atenta contra el amor propio de estos. Lo mismo sucede con las relaciones diferenciadas y privilegiadas respecto de los hijos, los que resultan menos favorecidos por sus padres aprenden que no hay en ellos qué los haga dignos de ser amados. Pero, también, los que son amados en exceso aprenden a sentir lo que no es propio, lo que no les ayuda a desarrollar y conservar el equilibrio interior. Como Amnón sienten que los demás están a su servicio y disposición, necesitan someter a los otros para sentirse completos, todavía dignos de ser amados.

Si todo esto resulta importante y digno de ser tomado en cuenta, no es, con todo, lo más importante. Dios creó al hombre para vivir en comunión con él, lo hizo digno [merecedor] de ser amado y Dios es el primero que ama al ser humano de manera incondicional. Porque lo ama, el hombre es lo que más importa a Dios, más que la naturaleza, más que el Universo, más que los ángeles. Por amor al hombre, Dios entregó a su propio Hijo con el fin de recuperar la relación de amor que inicialmente se propuso. Sin embargo, el diablo no sólo ha querido arrebatarle a Dios su gloria y señorío; ya que no pudo hacerlo se propuso arrebatarle a quien Dios más ama: el hombre, creado a su imagen y semejanza. Satanás quiso hacer del hombre un ser indigno de ser amado, por ello es que, según la enseñanza de Jesús nos revela: el diablo ha venido a robar, matar y destruir lo que de Dios hay en el hombre.

Lo interesante es que Satanás destruye dando, incrementando aquello que daña al hombre. Santiago nos enseña que el pecado, el errar, empieza cuando cada uno de su concupiscencia es atraído y seducido. [1.14] Una traducción más actual dice que cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seduce. [NVI] Los malos deseos, la concupiscencia, no son otra cosa sino deseos desordenados.

La construcción de nuestro carácter, desde la infancia, generó, desarrolló deseos de dos clases: deseos ordenados y deseos desordenados. Los primeros animan y fortalecen lo que nos es propio, la superación, el gusto de lo bueno, el servicio a los demás. Los deseos desordenados, por el contrario, animan y fortalecen actitudes y conductas que atentan contra nuestra dignidad propia y, por lo tanto, dificultan de manera creciente el que nos amemos a nosotros mismos.

Más y más de lo que los deseos desordenados producen, poder, sensualidad, dinero, promiscuidad, etc., nunca producen mayor amor propio. Como Absalón, no se amó más cuando derrocó a su padre, ni siquiera se amó más cuando se acostó con las mujeres de David. Por eso es el diablo nos quita dándonos. Él sabe que mientras más tengamos de lo que es fruto de nuestros deseos desordenados, más vacíos estaremos y menos razón tendremos para amarnos a nosotros mismos.

Jesucristo dijo que él había venido para destruir las obras del diablo y para que nosotros tuviéramos vida en abundancia. ¿Cómo lo hizo? Recuperando en nosotros el amor del Padre. No que el Padre hubiera dejado de amarnos, sino que nuestro pecado hizo que dejáramos de ser amables; es decir, dignos de ser amados. Lo hizo, destruyendo las obras del diablo y dándonos un nuevo espíritu, una nueva manera de pensar y de sentir. Pablo lo define así: Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio. [2 Ti 1.7]Es decir, en Cristo ha traído a nosotros el equilibrio perdido y, por lo tanto, ha recuperado la paz que nos permite amarnos a nosotros mismos y amar a nuestros semejantes.

Siempre me ha parecido excepcionalmente importante y atractiva la declaración paulina: Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. [Fil 4.7] Lo importante es la promesa: la paz de Dios guardará nuestros corazones y pensamientos. Es decir, lo que sentimos y lo que pensamos. El término sugiere que la paz de Dios pondrá una guardia militar que impida el ataque del enemigo. Más aún, resulta interesante que el Apóstol se refiere, como paz, a la armonía entre Dios y el hombre y, por consiguiente la armonía de este consigo misma y, en consecuencia la capacidad para poder permanecer en equilibrio en las vicisitudes de las relaciones humanas.

En conclusión

La Biblia nos enseña que en y por Cristo, aquellos que han perdido el derecho de ser amados por Dios y por lo tanto la capacidad de amarse a sí mismos, recuperan tanto el derecho como la capacidad de hacerlo. Pero, también nos enseña que se ama a sí mismo quien se sabe amado por Dios y permanece en una relación nutricia con su Señor. Enseña que nuestro amor a nosotros mismos se nutre del amor que el Padre nos tiene y manifiesta. Que, a final de cuentas, nos amamos con el mismo amor que somos amados.

Y que ese amor en nosotros, el amor de Dios, recupera definitiva, aunque paulatinamente, el equilibrio interior que nos permite ser libres del poder de nuestros más íntimos deseos desordenados. Sabiéndonos amados, podemos amarnos a nosotros mismos.

Amar a Dios

Publicado 21 febrero, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Espiritualidad

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Pastor Adoniram Gaxiola

Deuteronomio 11.1

Los seres humanos llevamos el aliento de Dios en nosotros mismos. La Biblia dice que Dios, al formar a Adán, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. Más allá de las complejidades de tal aseveración está el hecho de que llevamos algo de Dios mismo en nosotros. Este aliento de vida (sea lo que ello signifique), tiene la capacidad para provocar una doble atracción: Dios nos atrae a sí mismo y nosotros experimentamos la necesidad de Dios. Es decir, existe en Dios y en nosotros la necesidad de permanecer en comunión, en armonía; así que el amor a Dios no es otra cosa sino el amar a quien está en nosotros mismos, así como el amor de Dios no es otra cosa sino el que Dios ama lo que de él está en nosotros.

La historia de vida de cada persona explica cómo es que la misma responde al amor de Dios. En el Antiguo Testamento el amor de Dios es entendido como misericordia. Es decir, que Dios ama a quien no merece ningún favor por su pecado. Y es que la historia de vida de cada uno explica las razones por las que nos hemos separado de Dios. Resulta incómodo asumirnos pecadores, pero lo cierto es que lo somos. Tan cierto como que nuestro pecado se ha convertido en rebelión contra Dios, al negarnos a seguir sus mandamientos; como cierto es que al pecar hemos ido contra nosotros mismos, contra nuestros intereses, nuestra conveniencia, nuestra paz y nuestra integridad. Por ello es que el amor de Dios también es entendido como gracia, dado que se trata del amor al culpable. Sí, los seres humanos somos víctimas y culpables de nuestra historia de vida. Sufrimos, cierto, las consecuencias de los errores de otros, pero también sufrimos las consecuencias de nuestras propias equivocaciones.

La Biblia declara que Dios nos ha amado, ha seguido sintiéndose atraído hacia nosotros, a pesar de nosotros mismos. Ro 5.8 Nuestro pecado no ha sido suficiente razón para que Dios renuncie a su propósito de mantener la comunión con nosotros. Más aún, no se trata solo de una atracción nostálgica, sino de un deseo ardiente que la Biblia describe así en Santiago 4.5: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente. Ello explica que Dios se haya propuesto proveer el recurso único para recuperar con la humanidad toda, y con cada uno de nosotros en particular, esa relación armónica que él y nosotros necesitamos. Así, Dios ha provisto en Jesucristo el camino a la recuperación del amor de Dios el Padre. Juan (3.16), lo dice así: Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.

Fijémonos que esta declaración trascendental contiene una condición clave: que todo el que cree en él no se pierda. No muera, traduce DHH. Es decir, Jesucristo, expresión excelente del amor de Dios no es suficiente para cumplir el propósito divino de mantener viva la relación con el hombre. Se requiere que este, que es amado incondicionalmente, actúe en consecuencia ante la evidencia del amor divino. Se espera del hombre que crea; ¿Qué crea qué?, que crea que Dios lo ama.

La respuesta de la persona al amor de Dios empieza en el terreno de la fe, de lo que se cree. El término bíblico pisteuo contiene dos elementos complementarios: primero, se trata de estar persuadido, convencido de algo o de alguien, y luego, de confiar en consecuencia. Creer en la Biblia significa aceptar la validez de algo y actuar en consecuencia. ¿Qué es aquello de lo que debemos estar convencidos?, de que Dios nos ama, hemos dicho. Pero, se trata de entender y acepar que Dios nos ama porque él es amor, no por lo que hemos hecho o dejado de hacer. En no pocos casos, la experiencia de vida nos hace dudar, no de que Dios ame, sino de que él pueda amarnos a nosotros. Y, en verdad, Dios tendría muchas razones para no amarnos, sin embargo lo hace. ¿Por qué?, porque Dios es amor. Asumir esto nos lleva a permanecer confiados en el Señor. A confiar en su disposición favorable para nosotros. Así como los hijos saben que sus padres están favorablemente dispuestos a favor suyo, o los amigos saben que sus amigos están incondicionalmente a favor suyo. O, de plano, como quien tiene una mascota sabe de la disposición de esta a su favor, aun cuando en ocasiones la haya lastimado injustamente. Bueno, todas estas situaciones son apenas débiles intentos de explicar lo que significa permanecer de Dios, a partir del presupuesto de su amor.

Ahora, quien se sabe amado por Dios y permanece en él, se ocupa de guardar los mandamientos del Señor. Nuestro Salvador Jesucristo aseguró: El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él… El que no me ama, no guarda mis palabras. Jn 14.21,24 Jesús se refiere a la necesaria tarea que el creyente tiene de obedecer aquello que garantiza el que se mantenga la relación de amor y armonía entre Dios y él. Contra lo que resulta ser una desafortunada insistencia en los ambientes religiosos, los mandamientos de Jesús no tienen que ver tanto con el no hacer, sino, más bien, con el hacer aquello que nos permite permanecer en Dios.

El amor de Dios da al hombre la oportunidad de que este asuma la responsabilidad de su vida. Lo anima a escoger el bien y lo ayuda a perseverar haciendo lo bueno. Además, el amor de Dios siempre recompensa, siempre facilita y hace viable la bendición, el éxito del creyente. 1 Samuel 2.30; Col 3.24 El amor obliga, cierto, pero también es verdad que el amor recompensa. Por eso es que los mandamientos de Dios no son gravosos, porque siempre el resultado, la bendición que genera el cumplirlos es mucho más rica y enriquecedora que el costo o, aún el sacrificio, que hayamos tenido que hacer para observarlos.

Finalmente, amamos a Dios cuando nuestra respuesta abunda en la fe de Cristo. Me gusta la expresión: que por fe Cristo habite en sus corazones. La fe es una cuestión de relaciones, de nuestra relación con Dios y su Hijo Jesucristo. Su Espíritu Santo mora en nosotros y quiere habitar permanentemente en nuestro corazón. Se trata de un permanecer intenso, no una mera visita, no una cuestión superficial. Siguiendo la figura doméstica, se trata de que Cristo se meta hasta la cocina de nuestro ser y quehacer. La fe, el deseo de algo más, de ir más allá de lo que hemos alcanzado, la convicción del ad maiora nátí sumus, nos lleva a permanecer arraigados y cimentados en amor a Dios, a Cristo y a nuestro prójimo.

Es en el camino, en la zona de incertidumbre y no en la comodidad de nuestra zona de confort, donde podemos descubrir cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo. Respondemos al amor de Dios cuando, por la fe, salimos de las situaciones que impiden o nos amenazan con hacerlo, el que nos mantengamos unidos a Cristo. Cuando nos negamos a permanecer en relaciones indignas, a cultivar actitudes negativas, a detenernos en el camino de la superación personal, familiar y social. Es decir, cuando nos negamos a seguir asumiendo como propio lo que nos es ajeno, lo que no corresponde a nuestra condición de amados de Dios.

Salir al camino y enfrentar el riesgo de la incertidumbre, la soledad, la incomprensión y aún el sacrificio no requiere de mayor conocimiento, ni siquiera de un entendimiento pleno de lo que dejamos y adonde nos dirigimos. Requiere de nuestra confianza, de nuestro responder confiado al amor de Dios. Es en el camino de la fe en el que encontramos la plenitud de Dios. Es cuando respondemos a su amor confiando que se hace cierta en nosotros la promesa divina que dice: Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Josué 1.5 O, más aun, aquella que nos recuerda: pero el Señor me ha dicho: «Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.» Así que prefiero gloriarme de ser débil, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 2 Corintios 12.9