Pastores Machistas

Publicado 8 noviembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Injusticia, Ministerio, Parejas, Vida Cristiana, Violencia Intrafamiliar

Tags: , , ,

Hace algunos años recibí en la iglesia que pastoreaba a una familia numerosa, procedente de otra zona de la Ciudad. Al pasar las semanas pude apreciar que la esposa se mostraba retraída, molesta e incómoda durante las actividades de la iglesia. La abordé y le pregunté la razón de su malestar. Su razón fue breve, contundente: Juan me pega para que venga a la iglesia. Cuando encaré al marido y le reclamé el que golpeara a su esposa me contestó: El pastor que me bautizó me dijo que yo debía obligar a mi esposa a que asistiera a la iglesia; que si era necesario golpearla para que entendiera, lo hiciera, porque así estaría yo ayudando para que ella fuera salva.

Fui invitado a compartir la Palabra en un desayuno de parejas. Al terminar mi participación, el Pastor de esa iglesia pidió a un hombre que estaba sentado en la misma mesa que nosotros, que tuviera una palabra de bendición para las familias ahí representadas. Pude observar el inmediato malestar reflejado en el rostro de la esposa de tal hombre; la verdad es que no oré y mejor la observé con atención. Había amargura, coraje y desesperanza en su mirada. Al terminar la reunión se acercó a mí y me pidió que habláramos. Me contó que desde el inicio de su matrimonio su marido había sido sistemáticamente infiel. Le pregunté si el Pastor estaba enterado de ello y me dijo que sí, pero que cada vez que ella buscaba el consejo y la pastoral, se le recomendaba que comprendiera a su marido, que fuera paciente y lo ayudara, pues alguna razón tenía él para actuar de la manera en que lo hacía.

Recientemente conocí del caso de una mujer quien, habiendo descubierto que su marido tiene otra familia, buscó la intervención de su Pastor. Este no solo no quiso hablar con el marido, también le prohibió a ella que le reclamara a su esposo por su conducta; le advirtió que debía seguir estando sometida a él pues, a pesar de sus errores, él seguía siendo la autoridad espiritual de ella y de su familia. La previno advirtiéndole que si ella denunciaba públicamente a su marido, o si iniciaba cualquier intento de separación, no contaría más con la bendición de Dios pues, le aseguró, al quedar fuera de la autoridad de su esposo, quedaría automáticamente fuera de la cobertura divina.

Si bien no todos los pastores reaccionan de maneras similares a las aquí mencionadas ante el abuso que sufren las mujeres a manos de sus esposos, sí tenemos que reconocer lamentablemente que muchos, quizá la mayoría de los pastores, terminan poniéndose del lado de los esposos abusadores cuando estos son denunciados por sus mujeres. En no pocos casos, son las mujeres abusadas quienes sufren el castigo pastoral y quienes resienten las presiones de la congregación que ha aprendido a no aceptar, ni a hablar de la violencia intrafamiliar que se da a su interior.

Desde luego, el de la violencia intrafamiliar, como hemos dicho, es un asunto complejo y multifactorial. La manifestación de tal fenómeno en los ambientes fuertemente religiosos se complica más en tanto que se explica y justifica con argumentos espirituales. Una mujer me decía: Por años intenté defenderme del abuso de mi marido. Pero, cuando nos hicimos cristianos, y él me mostraba que la Biblia enseña que yo debía obedecerle en todo, tuve que aguantarme ante su maltrato, pues, ¿cómo poder ir contra lo que Dios ha establecido? — ¿De veras la Biblia enseña que los hombres tenemos el derecho y hasta la obligación de disciplinar a nuestras mueres, aún al extremo de la violencia física? ¿De veras tienen razón los pastores que se ponen del lado de los maridos abusadores y exigen que las mujeres lastimadas se sigan sometiendo incondicionalmente a sus maridos?

La respuesta para tales interrogantes y otras semejantes a estas, es una, simple y categórica: No, ni la Biblia enseña que los hombres tienen el derecho de abusar de sus mujeres; ni tienen razón los pastores, ni otros líderes espirituales, que justifican a los abusadores y lastiman aún más a las mujeres lastimadas.

La Biblia enseña, en efecto, que las esposas deben estar sujetas a sus maridos. Tal es la enseñanza paulina en Efesios 5.22ss, por ejemplo. Pero, cualquier estudioso de la Biblia, sabe que tal admonición bíblica empieza en el verso 21 del mismo capítulo, cuando la Palabra de Dios ordena: Someteos unos a otros en el temor de Dios. Es decir, la mujer se somete a su marido, cierto; pero, también el marido debe someterse a su mujer. Desde luego, quienes leen la Biblia con anteojos machistas sólo destacan lo que conviene a su condición de machos. Terminan haciendo lecturas parcializadas y descontextualizadas; ejercicio que termina en una temeraria manipulación del texto bíblico a favor de sus propios intereses.

¿Qué es lo que las mujeres abusadas o en riesgo de serlo, deben hacer ante tal aproximación machista a los textos bíblicos? Primero, y aunque parezca una contradictoria ofensa a las mujeres que me escuchan o leen, debo pedirles que aprendan y se decidan a pensar por sí mismas. Que no compren lo que los hombres, sus esposos y pastores, les dicen, sin asegurarse que tales enseñanzas tienen un real sustento bíblico. Para ello, las mujeres deben convertirse en cuidadosas lectoras de la Biblia y en dedicadas estudiantes de la misma. Para tal tarea, cuentan con la inspiración del mismo Espíritu Santo que guía a los hombres sinceros y obedientes a la Palabra.

En segundo lugar, conviene que las mujeres hagan un inventario de los recursos con los que cuentan para enfrentar las situaciones de abuso que las oprimen. Espirituales, intelectuales, económicos, familiares y, aún, los recursos legales a su disposición. Y, siguiendo la instrucción de nuestro Señor, antes de tomar cualquier decisión, antes de empezar a construir su torre o de salir a la guerra, deben considerar si están dispuestas a perseverar hasta la victoria en el proceso de su liberación integral. De su propio éxodo, que no sólo consistió en salir de Egipto, sino en llegar a la Tierra Prometida. No empiecen lo que no están dispuestas a hacer hasta el final, y de la manera correcta. Porque, quienes empiezan y luego vuelven atrás, terminan fortaleciendo aún más las ataduras en manos de sus maridos.

Y, finalmente, ante la actitud de los líderes espirituales que actúan bajo prejuicios machistas, conviene, primero, que las mujeres distingan entre ellos y Dios. Cosa difícil, pero necesaria. La decepción que sientan ante los errores de sus pastores no tiene que llevarlas a alejarse, ni a decepcionarse, de Dios mismo. Deben saber que Dios está del lado de quienes sufren opresión y violencia, se trate de los pobres, de los huérfanos… y de las mujeres que no son tratadas como vasos frágiles por sus maridos. Además, como lo hiciera nuestro Señor ante el alguacil que lo golpeaba injustamente, las mujeres que sufren de la incomprensión pastoral deben estar dispuestas a encarar a sus pastores y pedirles que actúen con fidelidad y lealtad a la Palabra de Dios. Con caridad y firmeza, las mujeres que sufren abuso pueden convertirse en agentes de cambio que contribuyan a la sanación del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, que por ahora está siendo dañado por tanta violencia en contra de las mujeres que forman parte de la misma.

Es tiempo de que la Iglesia de Cristo se detenga para que, en oración y con un espíritu humilde, se dedique al estudio de la Palabra de Dios a la luz de tantos males que le aquejan, entre ellos el del estado deplorable de muchos de sus matrimonios. De ahí mi invitación a mis compañeros pastores y demás líderes espirituales para que corramos el riesgo de acercarnos, desde una perspectiva diferente, a los pasajes bíblicos que habiendo siendo tan mal entendidos y tan mal enseñados, causan tanto dolor a aquellos por quienes Cristo se entregó, para que tuvieran vida en abundancia y gozaran la paz que es fruto de la justicia.

Preparativos para la Conquista

Publicado 7 noviembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Compromiso, Espíritu Santo, Fe, Fruto del Creyente

Tags: , , ,

Josué 1.1-9

La historia de Josué es un buen ejemplo de cómo se alcanzan las victorias espirituales. Estas tienen que ver con las promesas que Dios ha hecho a los suyos. No con lo que uno desea, no con lo que uno cree necesitar, no con lo que a uno le gustaría lograr. No, las victorias espirituales son el cumplimiento del propósito divino en su pueblo. Es en el cumplimiento de tales promesas que el creyente encuentra su plena realización, el gozo de su vida y los recursos para que esta sea fructífera: para él, para los suyos y para quienes están a su alrededor.

Nuestro pasaje ha sido atinadamente titulado: Preparativos para la conquista. El tino resulta del hecho de que las promesas de Dios se conquistan. Es decir, se ganan, se consiguen, generalmente con esfuerzo, habilidad o venciendo algunas dificultades. Desde luego, el grado del esfuerzo o la habilidad requeridos, así como el de las dificultades a enfrentar, está directamente relacionado con la importancia y la trascendencia de la promesa recibida. Tal el caso del bautismo del Espíritu Santo. Si consideramos que el Espíritu Santo es Dios mismo habitando y obrando en y al través del creyente, resulta obvio que el ser llenos, bautizados, con el Espíritu Santo requiere de grados importantes de esfuerzo y valor de nuestra parte.

A Josué Dios, de manera reiterada, le mandó diciendo: Esfuérzate y sé valiente. Estos dos parecen ser los elementos comunes a toda conquista espiritual. Son los que caracterizan a las mujeres y los hombres que al través de la historia han hecho suyas las promesas de Dios. Todo acto de fe, todo milagro, es precedido y acompañado hasta el final de tales virtudes: Esfuerzo y valor.

Esfuerzo, nos dice el diccionario, es el: Empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Dios parte, para el cumplimiento de sus promesas, de lo que ya hay en nosotros. Conocimiento, fe, disposición, etc. Y nos ordena que explotemos al máximo los dones que ya hemos recibido. Como a Josué se nos llama a tomar ánimo; es decir, a invertir toda nuestra energía, nuestras capacidades, nuestros recursos, en la tarea que nos ocupa. A la conquista de la promesa recibida dedicamos el todo de nuestros recursos y lo hacemos hasta el extremo del agotamiento. Esto se refiere tanto al lugar, la importancia que le damos a lo que queremos alcanzar, como a los costos que estamos dispuestos a gastar en ello. San Pablo da buen ejemplo de ello cuando asegura: Y yo con el mayor placer gastaré lo mío,  y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas,  aunque amándoos más,  sea amado menos. 2Co 12.15 Otro buen ejemplo es el del reformador escocés John Knox, quien oraba diciendo: “Señor, dame Escocia o muero”.

El valor, es la cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. Es decir, como Josué hubo de hacerlo, nosotros debemos estar dispuestos a hacer cosas que nunca hemos hecho, a hacer lo que hacemos de manera que nunca antes lo habíamos hecho y a enfrentar peligros y riesgos que, de no estar ocupados en la empresa que perseguimos, no tendríamos que enfrentar. A Jesús, Pedro preocupado por los riesgos que enfrentaba al denunciar la injustica y el pecado, le rogaba que tuviera compasión de sí mismo y evitara el ir a Jerusalén. Jesús, no solo lo equipara a Satanás, sino que lo acusa de dejar de ver las cosas de Dios y ocuparse de las de los hombres. Es decir, Jesús reafirma su propósito de pagar los costos de su ministerio ante la consideración que Pedro hace de replegarse, de dejar de luchar por aquello que representa tantas dificultades y sacrificios.

Esto nos lleva a otra acepción más del término valor: La subsistencia y firmeza de algún acto. A Josué, y a nosotros, no sólo se nos pide coraje ante las dificultades y peligros; también se nos pide que perseveremos luchando hasta alcanzar el fin perseguido. Muchas de las tragedias, las frustraciones y los desánimos de los creyentes tienen que ver con el hecho de que dejaron de luchar. Matrimonios frustrados, hijos fracasados, trabajos empecatados, sueños abortados, etc., tienen como común denominador el que quienes creyeron posible y, por lo tanto, empezaron a luchar para obtener la victoria, dejaron de luchar y se sienten satisfechos apenas manteniendo el fuerte.

Nosotros queremos ser llenos del Espíritu Santo y sabemos que Dios ha prometido darlo a quienes lo pidan. Como esta, tenemos otras victorias a la vista: la sanación de nuestra iglesia, el crecimiento integral de la misma, el testimonio relevante a la sociedad mexicana. Y todo esto es posible porque Dios nos lo ha prometido y llamado a alcanzarlo. Así es que tenemos que esforzarnos y ser valientes.

Pareciera paradójico que algo en apariencia tan sencillo como la práctica de la oración, resulte tan difícil de ser logrado. Pero, resulta que en la conquista de una vida de oración está la raíz de todas las demás conquistas espirituales. La oración es poderosa, es poder. Se gana mucho más postrado ante el Señor, puertas cerradas, que con un activismo desgastante. Por lo tanto, es tiempo de que nos dediquemos a la oración con esfuerzo y con valor. Que hagamos de la oración, y nuestra súplica de ser bautizados con el Espíritu Santo, la prioridad principal de nuestra vida. Que dediquemos tiempos y lo hagamos de maneras que nunca antes hemos experimentado. Que organicemos nuestra vida alrededor del cultivo de la oración.

Y, debemos hacerlo con valor. Quien ora es como quien va a la guerra. Enfrenta riesgos y peligros reales porque atenta contra el orden del príncipe de este mundo. Así que se necesita fuerza, vigor para orar, pero también se necesita que seamos perseverantes. Que nunca sea suficiente lo que hemos orado y que siempre estemos dispuestos a ir por más en nuestra vida de oración.

A nosotros, como a Josué, se nos asegura que si nos esforzamos y somos valientes, si no tememos ni desmayamos, Dios estará con nosotros dondequiera que vayamos, hará prosperar nuestro camino y que todo nos salga bien. Tal nuestra promesa, tal nuestra esperanza.

 

Ante las Masacres de Cd. Juárez y Tijuana

Publicado 25 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Apologética, Compromiso, Corrupción, Discipulado, Espiritualidad, Fe

Tags: , ,

Esta mañana escuché el lamento dolorido del corazón de un pastor. Una conocida periodista entrevistaba al aire al sacerdote de la mayoría de los jovencitos asesinatos el sábado pasado en Ciudad Juárez, el padre Roberto Ramos. Ellos eran no sólo asiduos asistentes, sino gente comprometida en las tareas de evangelización y servicio a su comunidad religiosa. Es decir, los asesinados eran gente limpia, jóvenes que confiaban en el poder del evangelio para la transformación de sus vidas y las de otros jóvenes que, como ellos, enfrentan el cotidiano reto de elegir el bien entre tanta abundancia del mal como la que se da en esa ciudad fronteriza. Más allá de su ser católicos, eran hombres y mujeres, casi niños, a quienes su fe en Dios animaba y alentaba para ser luz en medio de las tinieblas.

Muy temprano, también, he tenido la oportunidad de ver algunas fotografías del centro de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos, en el que apenas anoche fueron asesinados catorce hombres jóvenes que estaban luchando por salir de la drogadicción y recuperar la libertad de su alma. Me llama la atención que, en algunas de tales fotografías, destaque la razón social, el nombre, de la organización que patrocina el trabajo del albergue de referencia: El Camino, A.C. A todas luces, quienes se han comprometido en la tarea de ofrecer a drogadictos y alcohólicos, así como a sus familiares, una alternativa de vida, lo hacen animados por su fe en Jesucristo, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. De la misma manera que quienes, derrotados por el pecado y atraídos por la luz de Cristo, buscaron en el camino de la fe la salida de una manera de vivir que era más muerte que vida. Con muchas probabilidades, era una perspectiva evangélica-cristiana la que animaba a quienes ahora están muertos, a buscar en Dios la luz que iluminara sus respectivas vidas.

No sé ustedes, pero enterarme de cuestiones como estas me provoca, al igual que al sacerdote católico de referencia, dolor, ira y tristeza. Pareciera que estamos ante el fracaso de la fe, del poder del evangelio, del testimonio de la iglesia. Pareciera, también, que Dios se ha ido o que ha endurecido su corazón ante tanto dolor humano. Sin embargo, como el corazón dolido de ese pastor asegurara a la reportera esta mañana, ni la muerte de catorce jovencitos, ni las muchas otras expresiones de la violencia injusta que sufre nuestro País en particular, son la voluntad de Dios. Tanto dolor, tanta muerte, tanta pérdida, confusión y frustración, lastiman y ofenden también a Dios. Por eso, decía el párroco de la Iglesia del Señor de los Milagros, en medio de toda esta violencia y del dolor que la misma genera, podemos estar seguros que Dios está de nuestro lado.

Sí, podemos asegurar también nosotros, Dios está de nuestro lado, del lado de la justicia. La Biblia nos asegura que Dios se acuerda de los afligidos y no olvida sus lamentos; castiga a quienes les hacen violencia. Y, también asegura: Esto ha dicho el Señor: “A los pobres y débiles se les oprime y se les hace sufrir. Por eso voy ahora a levantarme, y les daré la ayuda que tanto anhelan.» Salmos 9.12; 12.5

Si esto es así, si las cosas que están sucediendo en nuestro país no sólo no son la voluntad de Dios, sino que al ir contra la misma provocan que Dios actúen en contra de los violentos y los corruptos e ineptos, ¿cuál es nuestro papel como comunidad cristiana?, ¿qué somos llamados a hacer ante la violencia que destruye miles de vidas (alrededor de 30,000 bajo la presente administración federal), y daña a miles más que enfrentan la orfandad, la ausencia de los hijos y hermanos, etc.? ¿Podemos quedarnos callados, acostumbrándonos a lo que sucede a nuestro alrededor, rogando porque a nosotros no nos suceda?

Desde luego que no. La Iglesia, la comunidad de creyentes que nos asumimos discípulos de Cristo, tenemos una doble obligación: primero, la de ser solidarios con aquellos que sufren la violencia injustamente. Es decir, hacer nuestra la causa de ellos y asumir su dolor y la injusticia que padecen como nuestra. Además, tenemos la obligación de la denuncia profética, tenemos que levantarnos y denunciar tanto la injusticia de la violencia asesina, como la injusticia de un sistema político, económico y social que permite y favorece el fortalecimiento del poder de los delincuentes.

Una vez debo denunciar, como muchos otros lo están haciendo también a riesgo de su propia seguridad, que la estrategia presidencial para contrarrestar a la delincuencia organizada ha fracasado. El empecinamiento del Presidente Calderón para ignorar las voces que alertan sobre la falta de atención a las causas sociales que favorecen a la delincuencia, no sólo es fanático sino también irresponsable. Reitero que es fácil ir por la vida ofreciendo la sangre de otros, cuando la propia se encuentra bajo seguro resguardo. Sobre todo, cuando mucha de la sangre que se derrama en una estrategia sin rumbo ni concierto, es sangre inocente y que no tiene a quienes reclamen por ella.

Los delincuentes, los asesinos, deben ser detenidos. La suya es una cruzada injusta y pecaminosa. Como destino sólo tienen el castigo de Dios y nosotros no podemos ni darles la razón, ni ponernos de su lado. Mucho menos, justificar lo que hacen. Nuestro deber cristiano incluye tanto el llamarlos al arrepentimiento, como denunciar como malas sus obras. En este sentido, la Iglesia de Cristo, debe estar al lado de las autoridades fieles que enfrentan con sabiduría, valor y sacrificio a los delincuentes.

Pero, nuestra tarea profética también incluye el denunciar que gobiernos que propician la pobreza de muchos para mantener el bienestar de los pocos, son igualmente contrarios a la voluntad de Dios y, por lo tanto, igualmente injustos y pecadores. El avance de la llamada delincuencia organizada no sería tal si no se contara con la complacencia y aún con la colusión de muchas autoridades. Por ello, no basta con que el Presidente denuncie que hay gobernadores y funcionarios que, como cantaba Pedro Infante, ante el avance de la delincuencia se agachan y hacen a un lado. Si lo sabe, si sabe quiénes son las autoridades que actúan a lo Pedro Infante, y cuenta con los elementos probatorios de su dicho, su deber es denunciarlas y perseguirlas con los recursos que la ley y su investidura le proveen y no seguir haciendo política con la aplicación de la justicia. Al igual que él, los muchos políticos, funcionarios, y hombres y mujeres de autoridad, que se llenan la boca insinuando la culpabilidad de otros, tienen la obligación de la congruencia para así contribuir a detener no sólo a los que matan con las armas a los inocentes, sino contra aquellos que con el hambre, la pobreza, la marginación y la explotación, atentan injustamente con la vida presente y futura de millones de mexicanos.

Como Iglesia, como comunidad de creyentes en Cristo, ya se trate de católicos o de cristianos-evangélicos, todos somos llamados a asumir como propia la responsabilidad de ser, efectivamente, luz y sal en este Mundo. Luz, porque guiamos, porque animamos con nuestro ejemplo a que todos sigamos las enseñanzas de Cristo. Como sal, porque contribuimos a detener, cuando menos a estorbar, el crecimiento de la injustica que se evidencia en la muerte, y la pérdida de la esperanza, de los inocentes. Como sucedió en Monterrey, también este fin de semana, somos llamados a comprometernos en la oración intercesora a favor de nuestro México. Pero, como Juan el Bautista, también somos llamados a pararnos en la plaza pública y denunciar a los poderosos recordándoles que no les es lícito hacer lo que están haciendo.

Como en otras ocasiones, conviene que un servidor asuma la total y exclusiva responsabilidad de lo aquí dicho. Sé que corro el riesgo de que mi voz sea apagada y lo asumo en la esperanza de que, si esto fuera así, Dios levantará a otros que denuncien la injustica y proclamen la llegada del año agradable del Señor. Es este el tiempo de llorar con los que lloran, de hacer nuestro el dolor de los que sufren, pero, también es el tiempo de proclamar con fe y compromiso santo la buena noticia de nuestro Señor Jesucristo, quien ha venido para que los hombres tengan vida y vida en abundancia.

Termino mis palabras en la confianza de que seguiremos caminando juntos. Y que, de no ser así, podremos decir como ese profeta de nuestros tiempos, el Pastor Juan Marcos Rivera, decía: ahí nos vemos, Jesús, por el camino.