Posted tagged ‘Perseverancia’

Eso de creer en Jesús y su palabra

26 junio, 2016

Marcos 16

Creo que más de alguna vez los cristianos llegamos al momento en el que pensamos que, si hubiéramos conocido personalmente a Jesús, la historia de nuestra fidelidad sería diferente. Hubiéramos sido más santos, más perseverantes, más fieles, etc. Sin embargo, la historia de aquellos que anduvieron con el Señor no parece dar sustento a nuestras especulaciones. La historia de quienes olieron el aliento del Señor -que así de cerca de él estuvieron- resulta muy parecida a la nuestra: incrédulos, traidores, desconfiados, inconstantes en su caminar cristiano, etc.

Si he de hacerla de Abogado del Diablo de los compañeros de Jesús, sólo apuntaría en su defensa –cuando menos en un intento de explicación de sus altibajos-, que el caminar al lado de Jesús expone a las personas a una constante de tensión, les obliga a responder a cosas no conocidas e incomprensibles, a estar a la altura de circunstancias que, nunca en la vida, se le ocurriría a nadie que tendría que enfrentar. Como eso de que, al que vieron morir en la cruz y ya había sido sepultado, vivía y los mandaba llamar para encontrarse con ellos.

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La Necesidad de Orar Siempre y no Desmayar

1 septiembre, 2013

Lucas 18.1-8

 Una de los primeros nombres que recibieron los seguidores de Jesús, fue: los del camino. Desde luego, esto se refería a la autodefinición de Jesús mismo, cuando dijo yo soy el camino, la verdad y la vida. Pero también se debe a la comprensión del hecho de que seguir a Jesús es un proceso, con muchas etapas, equiparable al encontrarse siempre en camino.

El apóstol Pedro llama a los creyentes extranjeros y peregrinos. Reforzando así la idea de que nos caracterizamos por un avanzar constante. Quienes hemos viajado sabemos que los muchos días de viaje producen, ineludiblemente, cansancio. Hecho que es provocado tanto por las cosas negativas del viaje, como por la emoción y la tensión de aquello nuevo que vamos descubriendo y enfrentando.

El pasaje que hemos leído forma parte de una serie de enseñanzas de Jesús acerca de la tensión resultante de vivir como extranjeros, como extraños a los otros, nuestra fe. Ir por la vida sosteniendo valores distintos a los de quienes nos rodean; ir por la vida creyendo en la realidad de cosas que no vemos y que los demás desestiman; ir por la vida contra corriente, luchando con nosotros mismos, todo ello termina por cansarnos y desanimarnos.

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Jesús y los Árboles que Caminan

4 noviembre, 2012

Marcos 8.22-26

Esta es una historia interesante. Nos muestra a un Jesús que actúa de una manera diferente a la que le conocemos cuando de sanar a alguien se trata. En este caso, Jesús no dice la palabra, ni sana de una sola vez al ciego de la historia. Más bien, hace cosas raras: saca al ciego de la aldea, le escupe en los ojos, le pone las manos encima y le pregunta si ve alguna cosa. Pero, si la manera en que Jesús actúa resulta rara, más rara parece ser la respuesta que el ciego da a Jesús: Sí, veo a algunas personas, pero no puedo verlas con claridad; parecen árboles que caminan. NTV

Jesús nos llama a no juzgar las cosas por su apariencia. Juan 7. 24 Si este principio es válido respecto de Jesús mismo y de su conducta, luego entonces, nuestra historia nos revela algunas cuestiones importantes en el caminar de la fe. La primera, misma que resulta fundamental, es que Dios no actúa siempre de la misma manera. Los seres humanos somos animales de costumbres, se ha dicho. Ello implica el que actuamos casi siempre de igual manera y que esperamos que los demás respondan habitualmente a nuestras expectativas. Jesús no actúa así. El cómo de su relación con nosotros es un cómo personalizado, individual, siempre apropiado a nuestras circunstancias.

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Eso de Buscar Primero el Reino de Dios

20 mayo, 2012

Mateo 6.31-34

Amados hermanos, nuestro pasaje de Mateo 6, nos recuerda dos cosas: 1) Los seres humanos nos encontramos siempre en la búsqueda de satisfacer nuestras necesidades más importantes; y, 2) La realidad de Cristo en nuestras vidas obliga a una reconsideración de la importancia de las cosas y del lugar que debemos dar a las mismas.

Jesús dice: “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia”. Este “primeramente” resulta un término revolucionario, desestabilizador de nuestra manera tradicional de hacer las cosas. Jesús usa la palabra “proton”, misma que significa “primero en tiempo y en lugar”. “Antes que”, comida, bebida, vestido. Aún cuando no sepamos qué significa eso de “buscar primeramente el reino de Dios y su justicia”, resulta un serio problema estar dispuestos a dejar para después la búsqueda de lo básico: alimento, bebida y vestido.

Pero Jesús, y su Padre, no ignoran que comer, beber y vestir, son las necesidades básicas. Así que se ocupan de ellas. “Ustedes tienen un Padre celestial que ya sabe que las necesitan”, dice Jesús. “Por lo tanto” busquen primeramente el reino de Dios y su justicia y recibirán también todas estas cosas (y todas estas cosas les serán añadidas). En otras palabras, “cuando ustedes hacen la voluntad de su Padre, él les provee todo lo que les hace falta”.

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Virtud: Excelencia, Valor-Bravura

12 noviembre, 2011

2 Pedro 1.3-11

Construir sin cimientos lleva a la ruina. Pero, construir solo los cimientos no hace la casa, y la inversión inicial termina convirtiéndose en pérdida total. En asuntos de la fe sucede algo similar. Quien construye su fe en meras experiencias, sentimientos o emociones, corre el riesgo de terminar confundido, defraudado y en fracaso. Quien solo llega al nivel inicial del caminar cristiano, la fe, pronto encontrará que la misma no es suficiente, ni tiene sentido a menos que se siga adelante en el conocimiento y servicio de Cristo.

Para Pedro no es suficiente con tener fe. A esta hay que agregarle otros valores. El primero de ellos es la virtud. Es este un término interesante. Su primer significado es “[el] estado de una cosa que constituye su excelencia propia y la capacidad para realizar bien su función”. Los Padres de la Iglesia, sucesores del liderazgo apostólico, consideraron como virtudes cardinales las siguientes cuatro: prudencia (sabiduría), fortaleza, templanza y justicia. Dado que según el diccionario virtud es también la potestad de obrar, entendemos que los creyentes hemos sido capacitados para actuar con excelencia en el cultivo de tales virtudes.

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Preparativos para la Conquista

7 noviembre, 2010

Josué 1.1-9

La historia de Josué es un buen ejemplo de cómo se alcanzan las victorias espirituales. Estas tienen que ver con las promesas que Dios ha hecho a los suyos. No con lo que uno desea, no con lo que uno cree necesitar, no con lo que a uno le gustaría lograr. No, las victorias espirituales son el cumplimiento del propósito divino en su pueblo. Es en el cumplimiento de tales promesas que el creyente encuentra su plena realización, el gozo de su vida y los recursos para que esta sea fructífera: para él, para los suyos y para quienes están a su alrededor.

Nuestro pasaje ha sido atinadamente titulado: Preparativos para la conquista. El tino resulta del hecho de que las promesas de Dios se conquistan. Es decir, se ganan, se consiguen, generalmente con esfuerzo, habilidad o venciendo algunas dificultades. Desde luego, el grado del esfuerzo o la habilidad requeridos, así como el de las dificultades a enfrentar, está directamente relacionado con la importancia y la trascendencia de la promesa recibida. Tal el caso del bautismo del Espíritu Santo. Si consideramos que el Espíritu Santo es Dios mismo habitando y obrando en y al través del creyente, resulta obvio que el ser llenos, bautizados, con el Espíritu Santo requiere de grados importantes de esfuerzo y valor de nuestra parte.

A Josué Dios, de manera reiterada, le mandó diciendo: Esfuérzate y sé valiente. Estos dos parecen ser los elementos comunes a toda conquista espiritual. Son los que caracterizan a las mujeres y los hombres que al través de la historia han hecho suyas las promesas de Dios. Todo acto de fe, todo milagro, es precedido y acompañado hasta el final de tales virtudes: Esfuerzo y valor.

Esfuerzo, nos dice el diccionario, es el: Empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Dios parte, para el cumplimiento de sus promesas, de lo que ya hay en nosotros. Conocimiento, fe, disposición, etc. Y nos ordena que explotemos al máximo los dones que ya hemos recibido. Como a Josué se nos llama a tomar ánimo; es decir, a invertir toda nuestra energía, nuestras capacidades, nuestros recursos, en la tarea que nos ocupa. A la conquista de la promesa recibida dedicamos el todo de nuestros recursos y lo hacemos hasta el extremo del agotamiento. Esto se refiere tanto al lugar, la importancia que le damos a lo que queremos alcanzar, como a los costos que estamos dispuestos a gastar en ello. San Pablo da buen ejemplo de ello cuando asegura: Y yo con el mayor placer gastaré lo mío,  y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas,  aunque amándoos más,  sea amado menos. 2Co 12.15 Otro buen ejemplo es el del reformador escocés John Knox, quien oraba diciendo: “Señor, dame Escocia o muero”.

El valor, es la cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. Es decir, como Josué hubo de hacerlo, nosotros debemos estar dispuestos a hacer cosas que nunca hemos hecho, a hacer lo que hacemos de manera que nunca antes lo habíamos hecho y a enfrentar peligros y riesgos que, de no estar ocupados en la empresa que perseguimos, no tendríamos que enfrentar. A Jesús, Pedro preocupado por los riesgos que enfrentaba al denunciar la injustica y el pecado, le rogaba que tuviera compasión de sí mismo y evitara el ir a Jerusalén. Jesús, no solo lo equipara a Satanás, sino que lo acusa de dejar de ver las cosas de Dios y ocuparse de las de los hombres. Es decir, Jesús reafirma su propósito de pagar los costos de su ministerio ante la consideración que Pedro hace de replegarse, de dejar de luchar por aquello que representa tantas dificultades y sacrificios.

Esto nos lleva a otra acepción más del término valor: La subsistencia y firmeza de algún acto. A Josué, y a nosotros, no sólo se nos pide coraje ante las dificultades y peligros; también se nos pide que perseveremos luchando hasta alcanzar el fin perseguido. Muchas de las tragedias, las frustraciones y los desánimos de los creyentes tienen que ver con el hecho de que dejaron de luchar. Matrimonios frustrados, hijos fracasados, trabajos empecatados, sueños abortados, etc., tienen como común denominador el que quienes creyeron posible y, por lo tanto, empezaron a luchar para obtener la victoria, dejaron de luchar y se sienten satisfechos apenas manteniendo el fuerte.

Nosotros queremos ser llenos del Espíritu Santo y sabemos que Dios ha prometido darlo a quienes lo pidan. Como esta, tenemos otras victorias a la vista: la sanación de nuestra iglesia, el crecimiento integral de la misma, el testimonio relevante a la sociedad mexicana. Y todo esto es posible porque Dios nos lo ha prometido y llamado a alcanzarlo. Así es que tenemos que esforzarnos y ser valientes.

Pareciera paradójico que algo en apariencia tan sencillo como la práctica de la oración, resulte tan difícil de ser logrado. Pero, resulta que en la conquista de una vida de oración está la raíz de todas las demás conquistas espirituales. La oración es poderosa, es poder. Se gana mucho más postrado ante el Señor, puertas cerradas, que con un activismo desgastante. Por lo tanto, es tiempo de que nos dediquemos a la oración con esfuerzo y con valor. Que hagamos de la oración, y nuestra súplica de ser bautizados con el Espíritu Santo, la prioridad principal de nuestra vida. Que dediquemos tiempos y lo hagamos de maneras que nunca antes hemos experimentado. Que organicemos nuestra vida alrededor del cultivo de la oración.

Y, debemos hacerlo con valor. Quien ora es como quien va a la guerra. Enfrenta riesgos y peligros reales porque atenta contra el orden del príncipe de este mundo. Así que se necesita fuerza, vigor para orar, pero también se necesita que seamos perseverantes. Que nunca sea suficiente lo que hemos orado y que siempre estemos dispuestos a ir por más en nuestra vida de oración.

A nosotros, como a Josué, se nos asegura que si nos esforzamos y somos valientes, si no tememos ni desmayamos, Dios estará con nosotros dondequiera que vayamos, hará prosperar nuestro camino y que todo nos salga bien. Tal nuestra promesa, tal nuestra esperanza.