Por gracia, en él y para él

Juan 15.1-8

Hemos dicho que uno de los peores pecados de la iglesia, si no el peor de ellos, es el reduccionismo que se hace del evangelio y, consecuentemente, de la gracia. La mayor evidencia de tal reduccionismo consiste en nuestro asumir que todo lo de Dios gira alrededor de nosotros, de nuestros intereses y nuestras necesidades. Domesticamos la fe, la hacemos apenas relevante para las cuestiones personales y familiares. En consecuencia, la tarea de la iglesia se vuelve en un mero asistencialismo; es decir, a prestar ayuda a quienes se hayan enredados y sufren las consecuencias de una vida que se agota en sí mismos. La tarea pastoral se deforma y resulta incapaz de preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia. Efesios 4.11

Una de las causas que explican tal perversión del evangelio y de la gracia consiste en el acercamiento meramente intelectual como presupuesto de la fe. Es decir, al conocimiento teórico de Dios mismo, así como de la persona y obra de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo. Huelga decir que, en no pocos casos, tal conocimiento ni siquiera es propio de la persona, no resulta de su propio esfuerzo y raciocinio. Más bien, se nutre del testimonio de otros que, se pretende, conocen más que él.

La estructura misma de nuestros cultos favorece tal formación de la fe. El centro de nuestras reuniones es la predicación de la palabra de Dios. Es decir, un especialista, por lo general el pastor, enseña a los demás lo que él sabe. Los creyentes asumen una actitud pasiva, reciben el conocimiento digerido y consciente e inconscientemente escogen lo que les sirve y se aplica a sus muy particulares circunstancias. Esto equivale a la experiencia que adquiere quien realiza operaciones aritméticas con una calculadora. Lo que busca es el resultado, sin comprometerse en el proceso.

Nada más alejado que lo que nuestro Señor Jesús vivió en relación con su Padre y a lo que él nos llama respecto de nuestra relación con él. Los capítulos 15 al 17 de Juan nos revelan la preeminencia que Jesús da a la relación sobre el mero conocimiento. En Juan 15.4, el Señor nos convoca a permanecer en él, y nos asegura que él permanecerá en nosotros. Eugene H. Peterson, en su traducción The Message, nos ayuda comprender mejor el sentido de tal convocatoria, él traduce: Vivan en mí. Hagan de mí su hogar, así como yo hago de ustedes el mío.

Lamentablemente, la fe de muchos resulta de las ideas que tienen respecto de Dios. Es decir, de las imágenes que se crean en la mente y de la apariencia de aquello que se cree conocer. En contraste, Jesús se refiere a la experiencia de la presencia de Dios en la vida de sus hijos y de su iglesia como cuerpo de Cristo. Se refiere al hecho de haber sentido, conocido y/o presenciado la realidad de Dios en la propia vida. En su oración por los suyos, nuestro Señor hace más comprensivo esto cuando asegura: Les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo estoy en ellos, y tú estás en mí. Que gocen de una unidad tan perfecta que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amas tanto como me amas a mí. Juan 17.22,23

Este estar en ellos se da mediante la presencia del Consolador, el Espíritu Santo que está en nosotros y nos confirma que somos hijos de Dios. Romanos 8.16 Desde luego, la primera consecuencia del que tengamos el Espíritu de Dios en nosotros es nuestra redención y el que podamos estar en comunión íntima con el Señor. Esto nos capacita, nos da vida eterna (Juan 17.3), y nos convierte en dispensadores de la gracia que está en nosotros. Juan 16.24  De acuerdo con este pasaje, la comunión con el Señor nos lleva a ser al mismo tiempo beneficiarios y dispensadores de la gracia. En efecto, él asegura: Pidan en mi nombre y recibirán y tendrán alegría en abundancia. Peterson traduce así: Su gozo será tanto como el río que se desborda por sus costados. Al lector atento de Juan esta idea le transporta al momento en que Jesús le asegura a la mujer samaritana: Todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna. Juan 4.13 La veracidad de las palabras de Cristo se hizo evidente en que, Muchos de los habitantes de aquel pueblo creyeron en Jesús movidos por el testimonio de la samaritana, que aseguraba: — Me ha adivinado todo lo que he hecho. Juan 4.39

En el evangelio de Juan encontramos, una y otra vez, la dimensión global del propósito divino. No hay esfera humana que no interese a Dios y que no resulte afectada por la gracia. Dios amó al mundo (Juan 3.16), y envía al mundo a aquellos que han hecho de Jesús su casa y en quien él mismo habita. Es decir, la relación con Jesús se compone tanto de una fuerza centrípeta como de una centrífuga. Jesús nos atrae hacia sí mismo, en un grado de intimidad tal que nos hacemos uno con él; al mismo tiempo que nos envía al mundo -al otro-, para que este también se una a Cristo. Que permanezcamos unidos a él requiere que participemos de su propósito global.

Él ha puesto en nosotros el agua de vida que corre hasta desbordarse y alcanzar a quienes también la necesitan. Fijémonos que Jesús le aclara al Padre: no te pido que los quites del mundo. Juan 17.15 Es decir que Jesús no está interesado en que la gracia se agote en ellos solos, sino que aquellos que la han recibido se conviertan en agentes de cambio globales, quienes toman todo en su conjunto y se ocupan de que la gracia que han recibido impacte el todo y el detalle de los individuos, las familias, las instituciones, y la sociedad en su conjunto.

Jesús no quiere que sus discípulos se aíslen espacialmente del resto de las personas. Tampoco quiere que seamos ajenos al orden actual, sus procesos y sus consecuencias. Lo que Jesús quiere es que nos encarnemos sin perder nuestra identidad de personas santas por la gracia. Juan 17.16-19 Desde luego, el propósito de Jesús sólo se cumple cuando nosotros le imitamos. En el verso 19, Jesús dice: Y me entrego por ellos como un sacrificio santo, para que tu verdad pueda hacerlos santos. Que nos entreguemos requiere que salgamos de nosotros y de las cuestiones que nos atrapan y nos hacen patinar sin avanzar.

Termino invitándolos a que hagamos lo que tenemos que hacer, terminemos lo que debemos terminar, soltemos lo que debes soltar. Sí, a que hagamos lo que resulta necesario para que estemos libres para abundar en nuestra comunión con Cristo y para hacer de nuestra presencia en el mundo un espacio del testimonio poderoso de la gracia transformadora. A que vivamos en él y para él.

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