Archive for the ‘Día del Padre’ category

Eso de ser un padre viejo

20 junio, 2016

Uno de los problemas más frecuentes, angustiantes y complejos en la vejez es el que resulta del dolor causado por los hijos. Muchas veces, al escuchar las quejas, los lamentos y aún lo que se dice acerca de lo que enfrentan muchos ancianos, resulta difícil sustraerse del juicio fácil y condenatorio en contra de los hijos que parecen ser la fuente del dolor que viven sus padres. Sin embargo, la simpatía que podemos tener para los ancianos solos, incomprendidos y abandonados, no debe llevarnos a ignorar tanto las causas como las circunstancias que propician la difícil relación entre estos y sus hijos.

En cierta manera, la vejez viene a consolidar los modelos de relación establecidos desde la juventud de los padres y la niñez de los hijos. Consolidar es, según el diccionario, el dar firmeza o solidez a algo. La vejez afirma la forma en que padres e hijos aprendieron a relacionarse. Así que, en la vejez, se ve cumplida la ley de la siembra y la cosecha: el final de la vida es el tiempo en que se recoge mucho de lo que se ha sembrado.

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En el Día del Padre, ¿obediencia y honra?

20 junio, 2015

Efesios 6.1-9

CP Hombría BíblicaGeneralmente, los hijos descubren a sus padres cuando llegan a la adolescencia. En la adolescencia dejan atrás la imagen idealizada propia de los niños y aprenden, a veces dolorosamente, la verdad que hay en sus padres. Es a partir de tal circunstancia que honrar a los padres, respetarlos y tener para ellos un temor reverente (obediencia), se convierte en una difícil elección. Una elección que, por lo demás, deberá hacerse día a día por el resto de la vida y que estará condicionada por el amor, la confianza y la fe que los hijos puedan cultivar en favor de sus padres.

Nuestro pasaje reclama dos elementos fundamentales del trato de los hijos a los padres: obediencia y honra. La primera tiene que ver con la estructura del sistema familiar. Este es un sistema jerárquico, es decir, requiere para su correcto funcionamiento del liderazgo y autoridad de unos así como del seguimiento y sujeción de otros. En un contexto cultural en el que se hace un culto a las relaciones democráticas, es decir, a las relaciones entre iguales, resulta difícil mantener el principio bíblico de la sujeción de los hijos a los padres. Sin embargo, generalmente son los propios padres los que erosionan tal principio de autoridad familiar. Al no asumir su responsabilidad de manera integral: como hombres, como esposos, como padres, etc., renuncian a su autoridad y favorecen un caos familiar que termina por confundir e incapacitar a los hijos. Cuando el padre deja de ser quien se necesita que sea obliga a los hijos a saltarse etapas en el proceso de su madurez personal, los obliga a madurar antes de tiempo. Es el equivalente de privar a los hijos del gateo, y de animarlos y, aún presionarlos, a caminar sin haber desarrollado aún sus habilidades sicomotoras.

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Las Virtudes de los Padres

22 junio, 2014

Ser padre es una bendición y un reto. Cuando Jacob se bendijo a su primogénito, Rubén, le llamó “el principio de mi vigor” (de mi poder generativo). En cierto sentido, el hombre sólo es tal cuando genera otras vidas. Desde luego, ser hombre es mucho más que ser padre, pero hoy hablamos de los padres.

La Biblia nos muestra los aciertos y errores de muchos padres. Hoy quiero destacar algunos de los retos de la paternidad haciendo referencia a ciertos personajes bíblicos. Quizá no solo quienes ya son padres quieran oírme, sino también aquellos que contemplan la posibilidad de llegar a serlo.

Primera virtud deseada: Visión[1].

Los hijos son “flechas en manos de valientes”. Las flechas se disparan, se envían más allá de donde se encuentra el arquero. Igual pasa con los hijos, vienen a la vida para ir más allá de sus padres. Llegar a su destino es responsabilidad de los hijos, sin embargo, “dispararlos” en la dirección correcta y con la fuerza adecuada es responsabilidad de los padres.

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En el Día del Padre

19 junio, 2011

Pensando en Manuel, mi amado padre

La paternidad es una institución en crisis. Entre otras razones, porque aunque cada día aumenta el número de los que procrean hijos, cada día hay menos padres. Es decir, cada día hay menos hombres que aman a sus esposas, lideran a sus familias y que forman a sus hijos. Las consecuencias de ello son evidentes, dolorosas y con un potencial de dolor y daño que provoca temor y tristeza. Al mismo tiempo que, a quienes hemos tenido el privilegio de un padre amoroso, fiel y congruente, nos mueve la gratitud por tan precioso don recibido.

Tres son las principales causas que explican la crisis de la institución paterna:

Inmadurez del padre. La Biblia muestra diversos ejemplos de cómo padres inmaduros condujeron a sus familias al fracaso. Abraham, Isaac, Jacob, David, etc., son muestra de ello. Algo que tal tipo de padres tiene en común es que provienen de entornos familiares disfuncionales. De familias que no animaron en sus hijos un carácter firme, responsable y comprometido. Lo mismo vemos en nuestros días. Cada vez más, quienes forman una familia provienen de familias disfuncionales. Van por la vida carentes de identidad y, por lo tanto, no tienen la capacidad para actuar de manera íntegra y son esclavos de sus temores y pasiones.

Menosprecio de la esposa. Alguien ha dicho que muchas mujeres han pasado de la sumisión al menosprecio del marido. El menosprecio es poco aprecio, poca estimación. No siempre, el poco aprecio es resultado del desamor o de la condición del menospreciado. Mical, la hija de Saúl, estaba enamorada de David –héroe valiente, hombre con fama y poder, exitoso por sobre todos-, y, sin embargo, lo menospreciaba. En términos generales el menosprecio del marido tiene que ver más con la mujer que con este. Muchas mujeres han mamado el menosprecio al marido de sus propias madres. Dado que les resulta tan natural, no sólo tienen dificultad para tomar conciencia de ello, sino que lo transmiten sistemáticamente a sus hijos. El esposo menospreciado termina siendo un padre menospreciado.

Ingratitud. La tarea de los padres y las madres, ni tiene precio ni debe ser pagada. Pero, se espera que sea agradecida. Es decir, que se responda debidamente al beneficio recibido. Muchos padres varones, si no la mayoría, llegan al momento en que perciben la ingratitud de los suyos. Hay señales, actitudes, sobre todo, que les muestran que lo que hacen ha dejado de ser correspondido por su familia. Como en el caso de Absalón, se trata de que el quehacer del padre se asume, por la esposa y por los hijos, como una obligación absoluta, no merecedora de aprecio y valoración. Lo cotidiano del servicio paterno, como del materno, provoca que se estime como natural, cuando es una expresión extraordinaria y valiosa del amor del esposo y del padre. Quizá en las familias en las que tanto la esposa como los hijos, desde edades tempranas, contribuyen al gasto familiar, las expresiones de ingratitud sean menores, dado que en razón de su esfuerzo pueden valorar mejor el significado del aporte paterno al bienestar familiar.

Cuando una, o las dos últimas causas se suman a la primera, no resulta raro que el padre entre en crisis. Su inmadurez empodera el efecto del menosprecio y la ingratitud percibidos. Pero, aún en el caso de los hombres maduros, el enfrentar el menosprecio y la ingratitud de los suyos les dificulta el mantener su entrega a la causa paterna. Quienes de plano no renuncian a ella la realizan cuesta arriba, desgastándose más y más cada día. ¿Qué es, entonces, lo que el marido y padre comprometido necesita hacer para cumplir con su tarea como cabeza de la esposa y la familia?

Caminar cotidianamente el camino de la conversión. El hombre sensible a la dirección del Espíritu Santo desarrolla una conciencia de Dios que le revela sus debilidades y le anima y dirige a abundar en sus fortalezas. Sin embargo, la acción del Espíritu Santo no es suficiente. Se requiere que el esposo y padre se convierta, haga lo que le corresponde. Que, siendo guiado por el SSTO, identifique las áreas que requieren de su madurez y se comprometa en la tarea de crecer integralmente. Toda crisis, aún aquellas que parecen ser, o son, fruto de la injusticia de los demás, conllevan el beneficio de la reflexión. Nos animan a reflexionar y, por lo tanto, a valorar la importancia y las áreas de la conversión requerida. Jacob se convirtió a Dios, luchó con él y se convirtió a él. Dejó de ser el usurpador, para ser uno que gobernara a su casa como Dios a su pueblo.

Asumir el reto de la autonomía. Somos lo que somos, no lo que los demás quieran hacer de nosotros.  El esposo y padre debe procurar pensar, sentir y actuar en función de lo que es y no estar sometido a los afectos y tratos circunstanciales de los suyos. Como líder de la familia enfrenta el reto de ejercer la doble tarea de marido y esposo animado por la visión que Dios le ha dado para los suyos. En tal tarea no siempre contará ni con la comprensión ni con el acuerdo de su familia, pero habrá de discernir con la ayuda del Espíritu Santo lo que mejor conviene. Por lo tanto, deberá asumir la cuota de incomprensión familiar resultante. Así como deberá asumir las inconsistencias afectivas y aún la soledad que es propia de su condición de líder.  Como David, el esposo/padre cristiano debe estar dispuesto a confesar sus faltas y a pedir fervientemente que Dios lo limpie de toda impureza y le de un espíritu (una manera de pensar), renovado cada día.

Permanecer fiel a la visión recibida. Los hijos son don de Dios, por lo tanto, quien los recibe también recibe una visión para ellos. El padre fiel ve en sus hijos lo que Dios ve en ellos y acompaña al Señor en la tarea de cumplir el propósito que él tiene para cada uno. En este sentido, el padre fiel es llamado a asumir la doble dimensión del discipulado cristiano. Él mismo debe permanecer siendo un discípulo de Cristo, amando aún a aquellos los de su familia que le son ingratos, que le lastiman, que se vuelven sus enemigos circunstanciales o permanentes. Ello, al mismo tiempo que no renuncia a la tarea de discipular a los suyos, a su esposa y a sus hijos. Puede hacerse esto aún en medio de la ingratitud y el cuestionamiento injustos, cuando se tiene presente el objetivo que Dios ha animado en el corazón del esposo/padre para cada uno de los suyos. Aquí resulta de especial valor comprender y tener presente lo que la Madre Teresa de Calcuta dice a los padres:

Para los padres

Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño.

Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.

Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño,
perdurará siempre la huella del camino enseñado.

Ser Padre es un Don, Tener un Padre es una Bendición

20 junio, 2010

La paternidad inicia siendo un privilegio bendecidor: beneficia al hombre que se convierte en padre y, los padres fieles son fuente de bendición para sus hijos.

Debemos asumir, sin embargo, que por el pecado del hombre, al hablar de la paternidad siempre provocaremos alegrías y tristezas. Los padres son uno de esos temas que, tratando de lo mismo, provocan reacciones diferentes. Porque, así como hay quienes se alegran al ver y/o recordar a su padre, hay otros a quienes la presencia, o el mero recuerdo de su padre, son fuente de dolor inmensurable; es decir, de un dolor que no se puede medir. Hoy hay quienes celebran gozosos la realidad presente, aún cuando su padre ya no les acompaña, de la paternidad bendecidora con que fueron, están siendo privilegiados. Otros y otras, por el contrario, este día guardan silencio. Se apartan de quienes celebran la bendición encarnada por sus padres y rumian, tristes y molestos, expresiones de menosprecio que apenas si pueden disimular su dolor y frustración por el conflicto al que les condenó la paternidad de sus padres.

¿Cómo superar tal dualidad? ¿Tienen derecho a celebrar aquellos cuyo padre es una bendición, ante la realidad desheredada de los sin padre? ¿La paternidad doliente de muchos debe apagar la alegría de los otros? Es esta una disyuntiva que unos y otros enfrentamos y a la cual trataremos de dar respuesta.

La palabra padre, nos dicen los lingüistas, significa, entre otras cosas, raíz. Ello contribuye a explicar la importancia que tienen los padres respecto de sus hijos: son su raíz, su principio. Por ello, no importa lo que pase al través de la vida, los hijos seguimos estando unidos a nuestros padres, aún en aquellos casos en los que los hijos no conocieron a sus padres o fueron abandonados por ellos. Unos y otros, llevamos la marca de nuestros padres. Ellos nos determinan porque son nuestro origen.

Así que la falta o ausencia, física, espiritual, moral o sicológica del padre, parece convertirnos en personas sin raíces, sin punto de referencia y, por lo tanto, sin identidad propia. Por ello resultan tan dolorosas las burlas de quienes lastiman a los sin padre, diciéndoles “tú no tienes papá”. Especialmente cuando, en la infancia, tales palabras resultan armas letales en los labios de niños pequeños quienes, sin comprender el alcance de sus palabras, sí saben que la carencia del padre es desgracia casi imposible de superar. O, como resulta doloroso el silencio apenado de quienes, al preguntarnos por nuestro padre, se enteran de que este murió, nos abandonó o, simplemente, nunca supo de nosotros.

Tanto los que nos recuerdan que “no tenemos papá” o que este “no nos quiere”, como los que guardan apenado silencio ante la evidencia de nuestra relación difícil con el padre, solo vienen a ahondar en nuestra propia confusión, en nuestro dolor y, sobre todo, en nuestro coraje ante el hecho de nuestra paternidad insatisfecha.

Un personaje bíblico que siempre ha llamado mi atención es el discípulo Juan. No sabemos si este tenía papá o no. La Biblia guarda silencio al respecto, pero, algunos indicios apuntarían a que Juan no tenía padre en el tiempo de su relación con Jesús. La relación tan estrecha que el discípulo guardaba con su Maestro, además de destacar su juventud le hace ver como un joven necesitado del cariño y el cuidado paterno. Necesidades que parecen satisfacer en su relación con Cristo. En fin, no sabemos si el papá de Juan había muerto, o si, por causa de la fe de Juan, le había desconocido. Lo que sí sabemos es que Jesús le consiguió otra mamá a Juan, a María, su propia madre.

Por ello, no deja de llamar la atención el que, cuando Juan declara que los que hacen lo justo son “hijos de Dios”, haga una especie de paréntesis para enfatizar gozosamente: “Miren cuánto nos ama Dios el Padre, que se nos puede llamar hijos de Dios, y lo somos”. En medio de una profunda reflexión teológica, Juan termina por asumirse, en última instancia, como hijo de Dios el Padre.

Manuel y Gersom, mis hijos, dicen que soy su padre. Pero, en realidad, por causa de su fe, como consecuencia de que han sido reconciliados con Dios por Jesucristo; en realidad, repito, su raíz no soy yo, es Dios. Mi padre no es Manuel, es Dios. Sí, si has nacido de nuevo, tu padre no lo es tu papá, tu Padre es Dios.