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Como Vasijas de Barro

28 marzo, 2011

El pasaje que hemos leído, en 2Corintios 4.7-10, es uno de los pasajes más hermosos y poéticos de la literatura neotestamentaria. Parte de un supuesto que ha sido descuidado y desperdiciado, más aún, menospreciado por los muchos predicadores de la Teología de la Prosperidad. Se trata del supuesto de la fragilidad, como el punto de partida de nuestra experiencia cristiana. El Apóstol Pablo no se ocupa de dorarnos la píldora y animarnos a creer que somos lo que no somos. Por el contrario, se refiere a los creyentes, los describe, como meras vasijas de barro. Es decir, de una manera tan sintética y poética, el Apóstol asume nuestra fragilidad, nuestra impotencia y nuestra pobreza ante las vicisitudes de la vida.

Desde luego, no podemos encontrar belleza en la fragilidad, la impotencia y la pobreza, a menos que la contrastemos con aquello que hace de la fragilidad, la impotencia y la pobreza algo hermoso. Lo que contrasta y transforma tales realidades es, precisamente, el tesoro que procede de Dios: la salvación de nuestras almas y la incorporación al cuerpo de Cristo, la Iglesia; es decir, la verdad de Cristo en nosotros. Para Pablo, mientras más evidentes nuestras limitaciones, más resplandeciente la gloria de Dios que habita y se manifiesta en nosotros. Mientras mayor nuestra pequeñez, mayor la grandeza y el brillo de Cristo en nosotros; con todo lo que incluye su amor, su cuidado, su poder y su propósito en nuestra vida.

Pablo hace una relación contrastante de las circunstancias de la vida. Se ocupa del acoso que sufren los cristianos, de los apuros o dificultades que estos enfrentan, de las persecuciones a las que la fe en Cristo nos expone, a las caídas que el creyente enfrenta de tanto en tanto, etc. Asombra la honestidad del Apóstol. Ciertamente, debiera ser considerado como un mal publicista de la fe cristiana. Me decía alguna vez un pastor: hermano, no debemos hablar de problemas a los que vienen a la iglesia, la gente lo que quiere es oír de paz, de  tranquilidad, de gozo. Bueno, me temo que tales pastores no invitarían a Pablo a predicar en sus púlpitos, porque el Apóstol reconoce públicamente que la vida cristiana también se compone de acoso, apuros, persecución y que los cristianos caen en su fe muchas veces más de las que imaginamos.

Creo que Pablo lo hace, precisamente, para destacar el hecho y la importancia de la gracia divina. Este, el de la gracia de Dios, es un tema de primordial importancia para el creyente. Vivimos y andamos por gracia. Es decir, hemos sido salvos y nos mantenemos firmes en la comunión con Cristo, por su gracia, por su disposición favorable hacia nosotros. Hay quienes han aprendido que su comunión con Cristo depende, prioritariamente, de sus propios méritos. Que mientras más buenos sean y más cosas buenas hagan, más seguros pueden estar en Cristo. Otros viven aterrorizados por sus dudas, sus faltas y sus temores. Han aprendido a pensar que no pueden dar la medida de santidad que les asegure la entrada a la comunión y el amor de Dios en Cristo.

En nuestro pasaje, Pablo nos recuerda que somos, simplemente, vasijas de barro. Despostilladas, de tanto uso, poco agradables en su apariencia y, siempre, en el riesgo de agrietarse y terminar rotas. Pero, estas vasijas que somos nosotros, llevamos, poseemos, contenemos, el tesoro del poder de Dios que no sólo habita en nosotros, sino que se manifiesta en y al través de nuestra vida. Sólo por gracia, sólo porque Dios ha querido amarnos y privilegiarnos con su poder maravilloso, mismo al que no limita ni nuestra debilidad, ni nuestras propias limitaciones. Es cierto que somos llamados a hacer las buenas obras que Dios preparó desde el principio, para que anduviésemos por ellas. Es cierto, también, que somos llamados a santidad y a esforzarnos en la práctica de la justicia. Pero, también es cierto que si podemos hacer buenas obras, que si podemos mantenernos santos y practicando la justicia, ello se debe al poder que habita en nosotros y no a la calidad de vasijas que somos.

Ahora bien, la gracia se manifiesta de manera muy concreta en relación a nuestras fragilidades. Pablo destaca lo que debe ser entendido como un quehacer divino que convoca a un quehacer humano: estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados,  pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. En este juego de contrastes, el Apóstol se refiere tanto a lo que Dios hace, como a lo que somos llamados a hacer. Permítanme tratar de explicarme.

Recuerdo a una mujer a la que, cuando sus hijos eran muy pequeños, la abandonó el marido. Fueron años difíciles los que enfrentó, literalmente a sus hijos para que estos salieran adelante en la vida. Desarrolló una muy especial relación con el mayor; desde pequeño este le proveyó de amor, comprensión y compañía. Los hijos salieron adelante, la mujer se hizo vieja. Llegaron los nietos y la vida parecía recompensar todo lo que antes había negado. Sin aviso previo, el hijo mayor muere. La madre se queda tan sola como nunca antes lo había estado. Se derrumba, se viene abajo y parece que todo hubiera acabado para ella. La muerte de su hijo mostró de manera ostensible la tremendamente frágil que era esta mujer y la absoluta carencia de recursos propios para enfrentar los apuros de la vida.

Los que estábamos a su lado temimos por ella. Guardábamos silencio cuando la acompañábamos, porque sabíamos que nuestras palabras eran insuficientes para remediar su pena. Pero, el que estaba y está en ella, ni tuvo temor, ni se quedó callado. La gracia de su Señor se hizo evidente en ella. La mujer encorvada por el dolor, la mujer que suspiraba por el hijo perdido, ella, esa vasija frágil, se levantó de entre la tragedia y dio testimonio de que si bien, la vida la había derribado, no había logrado rematarla.

Estoy seguro que la primera sorprendida fue ella misma. Como madre amorosa vivía temiendo siempre que algo malo pasara a alguno de sus hijos. Cuando la muerte de su primogénito la sorprendió, creyó que su propia vida había llegado a su fin. Lloró, se aisló, se derrumbó. Pero, una mañana se despertó temprano, se levantó y descubrió que podía seguir viviendo porque algo dentro suyo la animaba, la fortalecía y la guiaba a una nueva vida.

Como esta mujer, todos nosotros hemos enfrentado, y quizá estamos enfrentando, situaciones que parecieran tener el poder de acabar con nosotros. Déjenme decirles y asegurarles algo: nada tiene el poder para destruir a los que estamos en Cristo Jesús. Quienes llevamos en nosotros el Espíritu de Dios, ese tesoro al que se refiere el Apóstol, podemos salir delante de cualquier situación y circunstancia que enfrentemos. Podemos hacerlo no por nuestros propios méritos y fortaleza, sino por el Espíritu que habita en nosotros por la pura gracia de Dios.

Los días malos son, también, días de confianza y esperanza. El creyente puede estar seguro que los valles de sombra de muerte se acaban, y que al final abren espacios de bendición nunca antes conocidos. Que en las dificultades que enfrentamos la gracia sobreabunda. Que Dios es fiel y él nos sostiene cuando las fuerzas se nos acaban y él mismo se encarga de fortalecernos ante la adversidad. Hace muchos años, el Profeta Isaías, se refirió a esta confianza cuando le dijo a Dios: Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado. Sea esta nuestra confianza, nuestra seguridad que se mantiene a pesar de la fragilidad de nuestro barro.

Jesús los convence, pero la Iglesia no*

15 enero, 2011

Juan 13.15; Hebreos 10.23-25

Dan Kimball ha escrito un libro con el título Jesús los convence, pero la iglesia no. Kimball verbaliza la que para muchos resulta una experiencia difícil, conflictiva y aun enajenante: La asistencia a iglesias que cada vez menos, resultan relevantes para la vida diaria de las personas. Diversos estudios muestran que el número de asistentes a las reuniones congregacionales está disminuyendo significativamente, especialmente entre los hombres y los jóvenes. Dichos estudios también muestran que un alto porcentaje de quienes todavía asisten a la iglesia se han convertido en consumidores pasivos de los bienes religiosos. Buscan diversos beneficios pero están lejos de comprometerse vitalmente con la vida congregacional. Como buenos consumidores y ante la variedad de ofertas religiosas a su alcance, cuando su congregación no recompensa sus expectativas, simplemente la cambian por otra. Muchos están más dispuestos a dar su dinero que su tiempo. Así, la pertenencia a una congregación suele convertirse en un problema complejo, costoso y no siempre satisfactorio.

¿Por qué habrían de comprometerse las personas con su congregación? ¿Qué razones podría tener un cristiano para hacer de su iglesia una de sus prioridades vitales? Desde luego, el Nuevo Testamento nos da muchas razones para ello. La primera tiene que ver con una cuestión ontológica, del ser mismo de la Iglesia: Esta es el cuerpo de Cristo quien al través de la misma actúa entre los hombres. Donde Cristo, la Iglesia; donde la Iglesia, Cristo. Además, la Iglesia es el espacio primario de servicio de los discípulos; en la misma crecen, maduran y se capacitan en el ejercicio de los dones espirituales, para así estar en condiciones de servir con el evangelio a los no creyentes e incorporarlos a la Iglesia. También, al contribuir de manera comprometida con sus recursos intelectuales, sociales, económicos, etc., los miembros de la Iglesia sirven como vasos comunicantes de la gracia divina, propiciando así la capacidad y la disposición de la comunidad de creyentes para realizar las tareas que se le han encomendado: la evangelización, el trabajo pastoral, la asistencia a los necesitados, el testimonio profético ante la injusticia social, etc. Una última razón a mencionar aquí es que la hermandad, otro nombre para congregación, facilita el fortalecimiento mutuo, es decir, para que los cristianos se animen (acicateen), mutuamente en la lucha espiritual a que son llamados.

Sin embargo, hay una razón fundamental para el compromiso congregacional. En Juan 13.35, nuestro Señor Jesús previene: Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos. El contexto del dicho de Jesús es de por sí relevante y revelador, Jesús está a punto de ser entregado a sus asesinos y, por lo tanto, la comunidad de sus discípulos surge como una comunidad distinta y alternativa a las multitudes que se ocuparán de destruir a Jesús y su obra. Como nunca antes en la vida y el ministerio de Jesús se hace evidente el contraste entre la luz y las tinieblas, entre el reino de este mundo y el Reino de Dios.  De ahí que Jesús encomiende a los suyos que desarrollen y fortalezcan un modelo de vida y de relaciones que, como hemos dicho, los distinga de, y sirva como a quienes viven sin Dios y sin esperanza.

La comunidad cristiana en general y cada congregación cristiana en particular tienen una doble tarea: Anunciar la realidad de Cristo, tanto de palabra como por obra; y, atraer a Cristo a quienes viven en tinieblas y bajo el poder del pecado. El Apóstol Pablo exhorta a los filipenses (2.15,16): Para que nadie encuentre en ustedes culpa ni falta alguna, y sean hijos de Dios sin mancha en medio de esta gente mala y perversa. Entre ellos brillan ustedes como estrellas en el mundo, manteniendo firme el mensaje de vida. Según el Apóstol, los cristianos brillamos como estrellas en el mundo; con tan poética frase, Pablo actualiza el dicho de Jesús, quien nos asegura (Mateo 5.13,14): Ustedes son la sal del mundoustedes son la luz del mundo. Resumiendo así a la doble función de la Iglesia: Su ser diferente y su encarnación en medio de los sin luz, para traerlos a Cristo.

Schökel y Mateos, en las notas de su traducción de la Biblia, salen al paso de quienes presumen que dado que la experiencia salvífica es una cuestión intimista e individual, el Reino de Dios no tiene por qué afectar el todo de nuestra vida, ni el de la comunidad en la que estamos insertos. Tales autores aseguran: El Reino de Dios no es pura interioridad, sino un hecho social con exigencias muy definidas; no se trata de proponer una ideología, sino de realizar un modo nuevo de vida… Jesús quiere realizarlo en un grupo que refleje las características del Reino de Dios, para que sea sal de la tierra y luz del mundo, por presentar de hecho la meta que él propone. Así, “entrar en el Reino de Dios” y hacerse discípulo de Jesús llegan a ser equivalentes.

Retomemos el núcleo de tal declaración: Un hecho social con exigencias muy definidas… [se trata] de realizar un nuevo modo de vida. Como creyentes somos llamados a ser agentes de cambio en un ambiente distinto y hostil a Cristo; y, para lograrlo debemos constituirnos en una comunidad alternativa cuya característica principal es el amor. El amor como mandamiento, como compromiso y no como mera sensación o sentimiento; mucho menos que como mera amistad. Juan 13.34,35

El amor de los creyentes es fruto de su unidad con Cristo y del cultivo de la unidad entre la comunidad cristiana. De ahí que el amarse de los discípulos no es otra cosa sino el que estos, procuren mantener la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos. Efesios 4.3 Desde luego, esto sólo es posible en la medida que los discípulos, (1) permanecen juntos (congregados); (2) en unidad de propósito; y, (3) procurando mutuamente el bien de cada uno. Hebreos 10.23-25 Es decir, los creyentes son llamados a desarrollar entidades sociales que contrasten con aquellas agrupaciones u organizaciones sociales carentes de Cristo; procurando convertirse en modelos alternativos y atractivos para estas últimas.

La actividad de la iglesia no puede limitarse exclusivamente a las reuniones de la misma. Los creyentes agrupados en cada congregación son llamados a desarrollar redes relacionales incluyentes de todos y cada uno de los espacios vitales de unos y otros. Pero, desde luego, resultan fundamentales para el desarrollo de tales redes relacionales, las reuniones cultuales, sociales y de crecimiento de la congregación. Mientras menos se reúna la iglesia, más débiles los cimientos del modelo alternativo. De hecho, los cristianos que tiene como costumbre el no congregarse, pueden, y en muchos casos sucede, terminar siendo asimilados por los modelos de vida ajenos a Cristo.

Es un hecho que a menor compromiso, menor fruto y, por lo tanto, mayor insatisfacción. Así que podemos sintetizar nuestra respuesta a las preguntas planteadas diciendo que hemos de comprometernos con la congregación a la que pertenecemos porque sólo así podremos ser el tipo de personas y de comunidad que puedan brillar como estrellas en medio de una generación perversa; al mismo tiempo que resultaremos un testimonio viviente de la realidad de Cristo y, por lo tanto, su palabra se volverá relevante y atractiva para quienes ahora viven vacíos de él.

En la medida que crezcamos en el propósito de ser cada vez más miembros los unos de los otros (Romanos 12.5); y en la medida que nos esforcemos para permanecer unidos, sostenidos y ajustados por todos los ligamentos, realizando la actividad propia de cada miembro, (Efesios 4.16), habremos de comprobar el valor y la importancia del compromiso con nuestra congregación y podremos alegrarnos al comprobar que honramos a Dios con nuestro fruto abundante y permanente. Juan 15.16

* Esta frase corresponde al libro del mismo nombre, escrito por Dan Kimball, Editorial VIDA

Amor y Respeto

21 noviembre, 2010

Efesios 5.33

Amor y respeto es una combinación de por sí difícil y rara. Sobre todo, cuando se trata de las relaciones de pareja, de la relación matrimonial. Amor, desde luego, es quizá la palabra que más se asocia con el matrimonio, pero pocas veces se la coloca en el mismo casillero con la palabra respeto. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica y en lo que se refiere a la relación matrimonial que representa -y quizá hasta reproduce- el misterio de la relación de Cristo con su Iglesia, amor y respeto no son uno sin el otro y ambos resultan mutuamente condicionantes.

No resulta una cuestión menor que Pablo concluya su enseñanza respecto del cómo de la relación matrimonial refiriéndose, primero, a la tarea y responsabilidad del marido. Este, enseña Pablo, debe amar a su mujer como a sí mismo. Como sabemos, el Apóstol se refiere al amor ágape y este no es un impulso que provenga de los sentimientos, no siempre concuerda con la general inclinación de los sentimientos, ni se derrama solo sobre aquellos con los que se descubre una cierta afinidad. Busca el bien de todos, no busca el mal de nadie y sí busca el hacer bien a todos, mayormente a los de la familia de la fe. (Vine, W. E.) Esta larga cita resulta de por sí interesante pues contrasta con el significado que tradicionalmente atribuimos a la palabra amor. Para empezar, el término ágape desvincula al amor de los sentimientos, por lo que amor no es lo que se siente ni siempre concuerda con ello. Amor tampoco significa estar de acuerdo, tener afinidad con el ser amado. El amor ágape tampoco es un impulso, sino una disposición.

El llamado paulino a que el hombre ame a la mujer como a sí mismo revela la sabiduría bíblica. Los hombres no siempre nos gustamos a nosotros mismos, no siempre nos sentimos bien con nosotros mismos… pero siempre estamos a favor de nosotros mismos. Buscamos nuestro bien, procuramos nuestro bienestar. Por ello, somos pacientes con nosotros mismos, mantenemos la esperanza de que llegaremos a ser mejores y buscamos la manera de lograr aquello que nos hemos propuesto. Esto es, precisamente, lo que Pablo nos pide para nuestra esposa.

Pasada la emoción propia del enamoramiento, el esposo descubre que no siempre se siente impulsado a sentir bien, respecto de su esposa. Que, contra lo que él creyó, su mujer no siempre es una fuente de renovado entusiasmo y de burbujeante alegría. Es más, no resulta raro que el marido encuentre que la afinidad (proximidad, analogía o semejanza de una cosa con otra), no es un bien presente en su relación. Que la atracción o la disposición para adecuar sus caracteres, opiniones, gustos, etc., o es cosa del pasado o nunca existió entre ambos. En tal circunstancia, el llamado bíblico es a amar a la esposa con amor ágape, es decir, con una disposición favorable independientemente de las circunstancias que se viven.

Tal disposición consiste en el mantenimiento intencional y sostenido de la búsqueda del bien de la esposa, así como el negarse de manera comprometida a buscar o propiciar el mal de su mujer. Por el contrario, persiste en el propósito de hacer el bien a su mujer y para ello se decide a privilegiar a su esposa por sobre cualquier otra relación o interés. Los hombres que son respetados por sus mujeres encuentran menos difícil el amarlas de tal manera.

Y esto nos lleva a considerar la cuestión del respeto que las esposas deben a sus maridos. El mismo es, de por sí, un tema difícil de considerar. Sobre todo porque el término respeto, de fobeo, significa tener miedo; menos cruda, pero igualmente difícil, sería la traducción reverenciar. Aun la traducción latina respectus, resulta complicada: Veneración, acatamiento que se hace a alguien. Prefiero la segunda acepción del término: Miramiento, consideración, deferencia. Porque no se trata que la esposa tema al marido, ni que se incline ante él. Se trata de que reconozca los espacios de elección, de decisión y de autonomía que son propios de su esposo y actúe en consecuencia, con madurez, consideración y aprecio.

El respeto tiene que ver con la calidad del trato que la esposa da a su marido. Nuestra cultura ha privilegiado la aparición de hombres light y de mujeres autosuficientes. Por lo general, las mujeres son presionadas para actuar con mayores responsabilidades a edades menores a las que tienen los hombres cuando se les exige que sean responsables. El carácter light de los hombres, provoca que su umbral del dolor no sea suficiente para afrontar con madurez los retos de la vida. Por lo tanto, no pocos hombres son dependientes, pasivos y seguidores… de mujeres que se asumen fuertes, capaces y autosuficientes.

Resulta natural que en tales casos las mujeres encuentren difícil el respetar a sus maridos. Pero, también sucede que mujeres que han dejado de crecer integralmente, sea por renuncia consciente o por su propia inmadurez, dejan de estar satisfechas consigo mismas y, por lo tanto, también dejan de respetarse a sí mismas. A menor respeto a sí misma, a mayor insatisfacción consigo, la esposa encontrará cada día más difícil el respetar a su marido, el tratarlo con miramiento, consideración y deferencia.

Quizá se trate de una trampa sicológica que lleva a algunas mujeres a desarrollar un mecanismo de defensa, útil para evadir la responsabilidad propia respecto de sus circunstancias. Pero, quizá se trate, también, de una inadecuada comprensión de las cuestiones espirituales. Muchas mujeres que han dejado de crecer se afana con una espiritualidad escapista, en la que la moral, los convencionalismos y los ritos religiosos son el todo; pero, al mismo tiempo, renuncia a crecer y madurar su psique, su alma: Su inteligencia, sus conocimientos, su lenguaje, su capacidad creativa, etc. Estas mujeres se vuelven activistas, pues la mucha actividad les da la sensación de que están avanzando cuando, quizá, solo están patinando en el mismo sitio.

Solo quien está en equilibrio consigo misma puede respetar a su marido… aún cuando este no haga mucho para merecer tal respeto. La razón es que el respeto al marido tiene que ver, principalmente, con lo que la mujer es y no con lo que el marido tiene, ha logrado o parece merecer.

Como podemos ver, amor y respeto son cuestiones relativas a uno mismo, antes que al otro. Tienen que ver con lo que uno es, antes que con lo que quisiéramos que el otro sea. En cierta manera, la estabilidad matrimonial es fruto de la estabilidad personal integral: Espiritual, mental y física. De ahí la necesidad de la constante conversión a Dios y sus propósitos. En cada nueva etapa de la relación matrimonial la pareja encuentra nuevos retos para el amor y el respeto. La rutina, la costumbre, la cercanía, paradójicamente, hacen más difícil que los hombres amen, se dispongan a favor de sus esposas. A mayor conocimiento de las debilidades del marido, que con el creciente deterioro físico, mental y social del mismo, son más cada día, las mujeres pocas razones encuentran para respetar a sus esposos.

Pero, es el cultivo de la comunión con Dios y la sabiduría que de ella resulta, lo que permite a maridos y esposas el hacer lo que les es propio. Llevar nuestra relación matrimonial a Cristo, ofrecérsela a Dios como una ofrenda, no la hace menos difícil, quizá, pero sí la hace más viable. Porque la gracia divina, que nos justifica, añade y quita lo que hace falta a nuestra relación. Sobre todo, porque nos fortalece y sostiene en la emocionante y difícil tarea de mantener unidos y colaborando al amor y el respeto.