Archivo para noviembre 2016

Fidelidad como condición de fe

27 noviembre, 2016

Juan 15.5-10

Generalmente nos acercamos a Dios pensando en la solución de nuestros problemas. Y Dios está efectivamente interesado en nuestros problemas, pero, sólo en la medida que su intervención sobrenatural nos libera para cumplir con el propósito que él tiene para nuestras vidas. Lo que Dios ha venido haciendo en nosotros y con nosotros no representa un fin en sí mismo. Es apenas el medio que Dios está usando para capacitarnos, fortalecernos y hacernos libres en, y de aquello que nos impediría llevar fruto. Porque llevando fruto es la manera en que nosotros honramos a Dios.

Este fruto tiene que ver con el Reino, el gobierno-el orden-, de Dios sobre los hombres. El propósito de Dios es el restablecimiento de su orden en la creación entera. Ello implica que los valores del Reino: la justicia, la verdad, la paz, etc., sean «los nuevos motores» del quehacer humano. Quienes hemos nacido de nuevo y hemos alcanzado la salvación por medio de Cristo, somos agentes de esta justicia de Dios, sus promotores. Nos toca a nosotros establecer el dominio de Dios en las circunstancias que nos corresponde vivir.

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Vete y no peques más

20 noviembre, 2016

Juan 8.1-11

Volvemos a una historia bien conocida por todos. Se acostumbra poner el énfasis en lo injusto de la acusación contra la mujer dado que no se presentó junto con ella al hombre con el que adulteraba. También se señala cómo es que Jesús hizo huir a los acusadores con sólo pedirles que el primero sin pecado lanzara la primera piedra. Hoy quiero invitar a ustedes a considerar que la autonomía con la que Jesús actúa hace posible y empodera la nuestra propia.

Juan señala que los fariseos y los maestros de la ley tendieron una trampa a Jesús. Quisieron acorralarlo entre lo que la ley establecía y su disposición a su solidaria compasión con los débiles. Armaron bien la trampa y pusieron a Jesús entre la espada y la pared. Pero, él revirtió el efecto y quienes quedaron atrapados fueron los acusadores. Su consciencia los puso entre la espada y la pared. Se fueron, sí, pero lo hicieron acusados, cada uno por sí mismo.

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Aléjate de mí, Satanás

13 noviembre, 2016

Mateo 16.21-23

Vivimos una cultura que promueve la permisividad. Es decir, de una tolerancia excesiva con las personas que se manifiesta consintiéndoles cosas que otros castigarían o reprimirían. La primera consecuencia de ello es que hemos aprendido que nadie tiene el derecho de criticar, y muchos menos juzgar, nuestras decisiones y conductas. Desde luego esto requiere que, de nuestra parte, también asumamos que no tenemos el derecho de criticar ni mucho menos juzgar a otros.

Es un hecho que los círculos cristianos hemos sido permeados por tal cultura. Cada vez es mayor el número de quienes se niegan a ser juzgados y el de que se niegan a juzgar. Como evidencia de un acercamiento individualista a las cuestiones de la fe se pretende que la conducta impropia de alguno de los miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia, es un asunto entre la persona y Dios. Además, se califica a quienes, contra la corriente, juzgan y confrontan a quienes han fallado en su fidelidad de carentes de amor. Puesto que, se asegura, juzgar o confrontar a quien ha caído no es un acto de amor.

Nuestro pasaje resulta incómodo pues acudimos a un Jesús que no responde a nuestras expectativas. Ante el sano deseo de Pedro de que Jesús no enfrentara los sufrimientos que el mismo estaba anunciando -por cierto, que el discípulo lo hace de manera comedida: ¡Dios nos libre, Señor! —dijo—. Eso jamás te sucederá a ti-, Jesús reacciona con lo que parece una dureza excesiva diciéndole: —¡Aléjate de mí, Satanás! Representas una trampa peligrosa para mí. Ves las cosas solamente desde el punto de vista humano, no desde el punto de vista de Dios.

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