Aléjate de mí, Satanás

Mateo 16.21-23

Vivimos una cultura que promueve la permisividad. Es decir, de una tolerancia excesiva con las personas que se manifiesta consintiéndoles cosas que otros castigarían o reprimirían. La primera consecuencia de ello es que hemos aprendido que nadie tiene el derecho de criticar, y muchos menos juzgar, nuestras decisiones y conductas. Desde luego esto requiere que, de nuestra parte, también asumamos que no tenemos el derecho de criticar ni mucho menos juzgar a otros.

Es un hecho que los círculos cristianos hemos sido permeados por tal cultura. Cada vez es mayor el número de quienes se niegan a ser juzgados y el de que se niegan a juzgar. Como evidencia de un acercamiento individualista a las cuestiones de la fe se pretende que la conducta impropia de alguno de los miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia, es un asunto entre la persona y Dios. Además, se califica a quienes, contra la corriente, juzgan y confrontan a quienes han fallado en su fidelidad de carentes de amor. Puesto que, se asegura, juzgar o confrontar a quien ha caído no es un acto de amor.

Nuestro pasaje resulta incómodo pues acudimos a un Jesús que no responde a nuestras expectativas. Ante el sano deseo de Pedro de que Jesús no enfrentara los sufrimientos que el mismo estaba anunciando -por cierto, que el discípulo lo hace de manera comedida: ¡Dios nos libre, Señor! —dijo—. Eso jamás te sucederá a ti-, Jesús reacciona con lo que parece una dureza excesiva diciéndole: —¡Aléjate de mí, Satanás! Representas una trampa peligrosa para mí. Ves las cosas solamente desde el punto de vista humano, no desde el punto de vista de Dios.

Jesús hace tres cosas que, generalmente, no consideramos de buen gusto, políticamente correctas: Reprende[1] (confronta), a Pedro públicamente; utiliza términos muy duros, lo llama Satanás (no lo acusa de ser Satanás sino de actuar como este lo hace); lo juzga al asegurarle que tiene un punto de vista meramente humano y, por lo tanto, distinto al de Dios. Todo esto hace aquel que es la más perfecta expresión del amor divino.

¿Podemos acusar a Jesús de actuar incongruentemente? O, ¿acaso estaremos ante una expresión dolorosa del amor? Considerando el momento, la preocupación expresada por el Señor al asegurar que el dicho de Pedro lo convierte en una trampa peligrosa para Jesús mismo, me inclino a considerar como válida la segunda consideración. Jesús reprende a Pedro porque lo ama y buscando que crezca en su proceso de conversión al Señor.

Antes decíamos que hay quienes consideran que las faltas de un cristiano en pecado son un asunto sólo entre Dios y él. No hay tal. Jesús se ve en la necesidad de reprender a Pedro delante de sus compañeros discípulos dado que la actitud de Pedro puede afectar negativamente a sus pares, al mismo tiempo que estorba el cumplimiento del propósito divino presente en Jesús. Dado que somos un solo cuerpo, no hay nada de individual en nuestras conductas personales. Si estas no honran a Dios, terminan siendo una trampa, un obstáculo, que impide el progreso del Reino de Dios entre los suyos y en el mundo mismo.

Como se hace evidente en el caso que nos ocupa a Jesús le preocupa el bien superior por sobre las emociones o el sentir de Pedro. Ese bien superior le lleva a lastimar al discípulo en aras de conservarlo dentro del propósito divino. Algo similar se pide de nosotros como miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia. Jesús nos pide que no juzguemos por las apariencias (la manera de aparecer o presentarse a la vista o al entendimiento una persona o cosa. Característica o conjunto de características que parece poseer una persona o cosa y que realmente no tiene). Juan 7.24 Pablo, por su parte, nos anima a que juzguemos espiritualmente: Deben renovarse espiritualmente en su manera de juzgar, y revestirse de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se distingue por una vida recta y pura, basada en la verdad. Efesios 4.23,24 Además, pide a la iglesia de Corinto que confronte y reprenda a quien, siendo miembro del cuerpo de Cristo, practica el pecado. 1 Corintios 5.11-13

Termino proponiendo a ustedes que nuestra Iglesia quiere ser hallada fiel, que si estamos comprometidos con nuestros hermanos en la fe, debemos estar dispuestos a juzgarnos unos a los otros: no por las apariencias y de manera espiritual (conducente a la fortaleza y el crecimiento del cuerpo). En la convicción de que al hacerlo así estaremos animados por el amor y propiciaremos que quienes han caído en el error se vuelvan al Señor. Es esto lo que Santiago propone cuando nos recuerda que nuestra tarea es hacer volver a quienes han caído en el pecado. Santiago 5.19,20

[1] Expresar severamente a una persona la desaprobación por lo que ha hecho.

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