Fidelidad como condición de fe

Juan 15.5-10

Generalmente nos acercamos a Dios pensando en la solución de nuestros problemas. Y Dios está efectivamente interesado en nuestros problemas, pero, sólo en la medida que su intervención sobrenatural nos libera para cumplir con el propósito que él tiene para nuestras vidas. Lo que Dios ha venido haciendo en nosotros y con nosotros no representa un fin en sí mismo. Es apenas el medio que Dios está usando para capacitarnos, fortalecernos y hacernos libres en, y de aquello que nos impediría llevar fruto. Porque llevando fruto es la manera en que nosotros honramos a Dios.

Este fruto tiene que ver con el Reino, el gobierno-el orden-, de Dios sobre los hombres. El propósito de Dios es el restablecimiento de su orden en la creación entera. Ello implica que los valores del Reino: la justicia, la verdad, la paz, etc., sean «los nuevos motores» del quehacer humano. Quienes hemos nacido de nuevo y hemos alcanzado la salvación por medio de Cristo, somos agentes de esta justicia de Dios, sus promotores. Nos toca a nosotros establecer el dominio de Dios en las circunstancias que nos corresponde vivir.

Al respecto hay dos cosas que debemos considerar seriamente: La Biblia nos enseña que cuando en la tentación del desierto, el diablo le ofreció a Jesús «todos los reinos de este mundo», Jesús no cuestionó que el diablo pretendiera poseer tal poder y autoridad, aceptó tal hecho. Jesús no desconoce que el diablo es el príncipe de este mundo, es decir, quien gobierna el orden presente. Juan 14.30 Y, tampoco desconoce que el gobierno del diablo se ha traducido en robo, muerte y destrucción. Juan 10.10

Por ello es que Jesús hace su «declaratoria de misión» asegura que él vino a «buscar y salvar lo que se había perdido». Lucas 19.10 Dios, mediante la resurrección, sentó a Jesús «a su derecha en el cielo, poniéndolo por encima de todo poder, autoridad, dominio y señorío, y por encima de todo lo que existe, tanto en este mundo como en el venidero. Sometió todas las cosas bajo los pies de Cristo, y a Cristo mismo lo dio a la iglesia como cabeza de todo. Pues la iglesia es el cuerpo de Cristo, la plenitud misma de Cristo; y Cristo es la plenitud de todas las cosas.» Efesios 1.20-23

Esto nos lleva a la segunda consideración: A pesar de que Cristo Jesús está en la iglesia y se hace presente en ella y al través suyo, no son pocos los casos en los que el poder de Dios se agota en nosotros mismos. No porque Dios esté limitado, sino porque nosotros -sus agentes-, no nos ocupamos de fructificar. Nos ocupamos de nosotros mismos y de un selecto grupo de privilegiados: familiares, amistades, etc. Cuando Dios nos ha llamado a ser y a hacer mucho más.

Hacer mucho más, ¿cómo? Transformar al mundo ¿con qué? ¿Cómo podemos tomar posesión de aquello que Dios nos ha entregado a nosotros que somos el cuerpo de Cristo?

En nuestro pasaje encontramos la clave. Jesús dice: «Si permanecen unidos a mí, y si permanecen fieles a mis enseñanzas, pidan lo que quieran y se les dará.» Otra traducción dice: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» Notemos que aquí se trata de un paralelismo: permanecer en Cristo es igual a permanecer en sus palabras, en sus enseñanzas, en griego, meno. Sean los mismos, no cambien, a pesar de las circunstancias. En todo tiempo, lugar y circunstancia, sean los mismos; manténganse en el mismo propósito. En esa condición podrán pedir lo que quieran y lo recibirán».

¿Cuáles son las palabras en las que debemos permanecer?

  1. «Los reinos del mundo han llegado a pertenecer a nuestro Señor y a su Cristo; y el gobernará por todos los siglos.» (Apocalipsis 11.15) «Pues es Dios que nos ha hecho él nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, según él lo había dispuesto de antemano.» (Efesios 2.10) Somos llamados a permanecer confiados y fieles a esta realidad, viviendo, haciendo y dejando de hacer en consecuencia con la fe que profesamos. La fe sólo resulta relevante en la fidelidad.
  2. «El que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; lo que ahora hay es nuevo. Por eso, nosotros ya no pensamos de nadie según los criterios de este mundo.» (2 Corintios 5.16-17) Hay quienes siguen buscando en su pasado las razones o las sin razones de su presente, olvidando que son nuevas criaturas en Cristo.
  3. «La creación espera con gran impaciencia el momento en que los hijos de Dios sean dados a conocer.» (Romanos 8.19) La creación espera el apocalipsis de los hijos de Dios, que se vea quiénes son en realidad. En la revelación de los hijos de Dios hay un poder transformador de las circunstancias que les rodean. Además de que su revelación anima y empoderamiento la revelación, el mostrarse de otros.

En estos tiempos, cuando el mal se hace cada vez más evidente. Cuando los políticos se muestran más corruptos e impunes, cuando la discriminación, el racismo, la violencia de género, etc., llenan nuestros días. Sí, en estos tiempos de desesperanza somos nosotros, los cristianos, quienes tenemos el llamado, la capacidad y el poder para establecer el orden de Dios ahí donde hace falta. A ello somos llamados, para ello hemos sido capacitados puesto que estamos unidos a Cristo y permanecemos en sus palabras.

 

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