Archivo para agosto 2014

No Sin el Poder del Espíritu Santo

9 agosto, 2014

Hch 1.8; Ro 15.13; 1Tes 1.5

Como sabemos, el poder del Espíritu Santo, su dunamis, no es otra cosa sino la capacidad de llevar cualquier cosa a cabo. Dios en nosotros puede y nosotros, llenos de su Espíritu Santo, también podemos. De acuerdo con la oración de nuestro Señor Jesucristo, registrada por Juan, de la misma manera en la que el Padre está en el Hijo, así también el Hijo está en los creyentes. Así, el poder que opera en el creyente es el mismo poder que operaba en Jesús el Cristo.

Generalmente, cuando se trata de hablar del poder de Jesucristo, la primera cuestión que se destaca es la capacidad que él tuvo para sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, alimentar a las multitudes y obrar muchos otros milagros. Sin embargo, la lectura cuidadosa de los evangelios nos muestra que tal capacidad no era sino la expresión de una más relevante: aquella que le llevó conocer la mente del Padre (su carácter y su propósito), y, por lo tanto, a mantenerse en una relación confiada, fiel y fructífera. Es tal capacidad, la de conocer al Padre y mantenerse en relación con él, la que le permitió, consecuentemente, hacer todas esas cosas que llaman nuestra atención y que no eran sino las señales que hacían evidente que el Reino de Dios se hacía presente en Jesús hombre.

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Te Elegí antes de que Nacieras

3 agosto, 2014

Jeremías 1.1-10; 18,19

Conocí a una muchacha que descubrió que su madre trató de abortarla. Como muchas otras personas en tales circunstancias iba por la vida sintiéndose miserable, poca cosa. Asumió el rechazo inicial de su madre como la constante en su relación con los demás. No sólo se consideraba rechazada por unos y otros, sino que se rechazaba a sí misma.

Cuán diferente posición existencial respecto de aquellos que se saben fruto de la intención amorosa de sus padres. Estos van por la vida sintiéndose seguros y valiosos. Confiados. Se saben elegidos. Es decir, elegidos por Dios desde la eternidad para lograr la gloria. Como Jeremías, a quien Dios le hace saber que lo escogió antes de que naciera para encomendarle una tarea especial, para enviarlo con un propósito, dándole el poder necesario para cumplirlo y para estar con él para cuidarlo.

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