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Ordena tu Casa

3 septiembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías 38

porque morirás. Le dijo Isaías a Ezequías, por mandato de Dios. No siempre resulta un placer el que el siervo de Dios visite nuestra casa. En ocasiones, lo que tiene que decirnos de parte del Señor no resulta agradable, ni esperanzador.  Es fácil comprender el que Ezequías haya volteado su rostro a la pared y orado pidiendo que el Señor le concediera más tiempo de vida. También resulta fácil comprender que quien amaba tanto la vida, su propia vida, hubiera llorado amargamente.

Generalmente, quienes se ocupan de esta historia exaltan el que Dios haya escuchado la oración de Ezequías y le haya concedido quince años más de vida. Es decir, enfatizan el hecho de la misericordia divina y del poder de la fe. Por ello animan a quienes están en su lecho de muerte a que oren con fe y confíen que Dios puede sanarlos… como a Ezequías. Y es cierto. Dios, en su misericordia, escucha el clamor de sus hijos y con frecuencia responde positivamente a la petición que le hacen.

Sin embargo, quienes solo se ocupan del hecho milagroso dejan de lado dos cuestiones importantes. La primera, que más vida no significa necesariamente más sabiduría, ni una mejor vida. La mera lectura de los pasajes subsecuentes nos muestra que, quizá, hubiera sido mejor para Ezequías y los suyos que el Señor no hubiera respondido a su oración. En efecto, Ezequías, al celebrar sus quince años más de vida atrajo la maldición sobre su pueblo y sobre sus hijos. La historia es sencilla, el rey de Babilonia se enteró de que Ezequías había estado enfermo y le envío cartas y un regalo celebrando su recuperación. Ezequías estaba tan contento de haber sanado y honrado por la visita de los mensajeros de Baladán, que “les mostró todos sus tesoros”. Cuando Isaías se enteró, vino a Ezequías y le advirtió que llegaría el día en que “todo lo que sus antepasados habían atesorado hasta ese día, sería llevado a Babilonia. Además, algunos de sus hijos y descendientes serías llevados para servir como eunucos del rey de Babilonia”. La falta de prudencia, la sensación de seguridad y poder resultantes del milagro recibido, hicieron que Ezequías convirtiera la bendición recibida por él, en una maldición para los suyos. No deja de llamar poderosamente mi atención la respuesta de Ezequías al Profeta: “Lo que ha dicho el Señor es bueno”, porque pensaba: “Al menos mientras yo viva, habrá paz y seguridad”. Ezequías quiso más vida, para él; no porque pensara en el bien de los suyos y de su pueblo.

Lo segundo que se deja de lado es que después de quince años, Ezequías durmió y fue enterrado en los sepulcros de los hijos de David.2 Re 20.21. El milagro no evitó la muerte, solo la pospuso. Más aún, el milagro hizo evidente la necesidad de que Ezequías ordenara su casa. Parece que el milagro le hizo olvidar la instrucción, la palabra, que Dios le había dado al través del Profeta: ordena tu casa. No la ordenó, no tuvo dominio propio, y la consecuencia fue que los suyos resultaran dañados y que la herencia de sus padres fuera robaba por Babilonia.

Así que, sin importar los años de vida con que se cuente, es responsabilidad de todos ordenar la casa. El orden no tiene que ver con la muerte, sino con la vida misma. Esto empieza por el poner orden en las relaciones personales. El advenimiento de la muerte destaca la importancia de arreglar, redimensionar, ajustar los modelos de relación familiar en que participamos. Hay que cerrar ciclos, dicen algunos. Perdonar y pedir perdón, arreglar hasta donde sean posibles los diferendos con la familia, etc.

También tiene que ver con el anticipar las posibles causas de desorden provocadas por nuestra ausencia. Hay padres que, respecto de sus bienes, actúan como los niños que van por la calle pateando un bote. Nunca lo recogen, solo lo echan más adelante. Son los padres que se niegan a aclarar y formalizar lo que tiene que ver con su herencia. Algunos, dadas las dificultades y diferencias que ya enfrentan, prefieren dejar a sus hijos y parentela el problema de arreglar lo que solo competía a ellos mismos hacerlo. Desde los inmuebles, hasta las cosas más pequeñas. La muerte amplifica el poder de división que la herencia tiene.

Sobre todo, ordenar la casa, también implica el ponerse a cuentas con Dios. Privilegiar el cultivo de la comunión y el afirmamiento de la fe. Ordenar la casa significa poner en orden los fundamentos de nuestra fe. ¿Qué es lo que creemos? La muerte, ¿derrota o victoria? ¿Mejor la vida en la tierra, que el descanso en el Señor? Nuestra fe, ¿resulta suficiente para la vida, pero insuficiente ante el hecho de la muerte?

Es un acto de fe asumir que nuestro hombre exterior se va desgastando día a día. Un pasaje desconocido y poco apreciado es Hebreos 9.27. Nos informa que “está establecido que los hombres mueran…” Tal hecho forma parte de nuestra fe. Y conviene que nos preparemos para cuando esta palabra se cumpla en nuestra vida. Podemos hacerlo porque, en Cristo, la muerte es apenas el paso a la eternidad. Porque nuestra muerte anuncia la vida plena, abundante, que Cristo ha ganado para nosotros. Podemos hacerlo, además, porque el hecho de nuestra muerte dará paso a esa dimensión de la eternidad en la que habremos de gozar de la comunión perfecta, libre de dolor y llanto, con nuestro Dios.

Sí, aunque todavía tengamos quince años más de vida por delante, conviene ordenar la casa.

Serán mis Testigos

29 agosto, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Hechos 1.8

En nuestro pasaje destaca el hecho de que Jesús, el Cristo resucitado, necesita de testigos para ser creíble entre las personas. Hace algún tiempo, en su reflexión de Semana Santa, Horacio Ocampo nos enfrentó con el hecho de que las tragedias, el dolor, la decepción y el sufrimiento humano, llevan no solo a la desesperanza sino hasta la incredulidad respecto de la existencia y del interés de Dios en nuestra persona y circunstancias. En efecto, cada vez más, la gente parece tener menos razones para creer en el evangelio de Jesucristo.

En las palabras “serán mis testigos”, encontramos tanto una promesa como una exigencia. La promesa surge del privilegio de ser nuevas criaturas en Cristo, somos nuevos, somos otros. Gozamos de privilegios particulares que exaltan a Jesús y hacen evidente la gracia divina en nuestras personas… independientemente de nuestra débil condición de humanos.

La exigencia tiene que ver con nuestra disposición a vivir de tal manera que el Cristo resucitado se manifieste en nosotros y al través nuestro. El término elegido por Cristo para indicar el modo en que podemos hacerlo presente es rico en significado. En efecto, Jesús dice literalmente, “ustedes serán mis mártires”, los que dan testimonio mediante su muerte. La manifestación plena de la vida de Cristo requiere de nuestra muerte. Es decir, de nuestro desaprender lo que es propio de nosotros mismos y crecer en la identificación con Cristo: siendo cada día más como él es. De nuestro disminuir, para que él crezca en nosotros. En este sentido, tres son las áreas de testimonio que nos son reclamadas:

  • Nueva mentalidad. El creyente enfrenta el reto de dar vida a la cosmovisión de Cristo. Al principio integral e integrador de la mente de Cristo respecto del todo lo creado, sujeto al señorío de Dios. Donde el Espíritu-Mente de Cristo significa dominio propio (sobre los deseos, las motivaciones más profundas, etc.). Al recuperar la imagen y semejanza de Dios en él, el creyente recupera su gobierno interior, su punto de equilibrio. Así, da testimonio de que el caos que caracteriza la conducta de los individuos y los pueblos, no solo es ajeno a su identidad, sino superable en Cristo.
  • Nuevas relaciones. Mientras que, cada vez más, las relaciones humanas se caracterizan por un principio de utilitarismo, el creyente es llamado a hacer evidente el amor ágape que Cristo mismo encarna. Como Cristo, somos llamados a vivir para la edificación del otro… aún a costa de nuestra propia pérdida. El pensar como Cristo piensa, implica que, en nuestra relación con el otro partimos de un principio de servicio encaminado a buscar, propiciar, el bien integral del otro: “Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de los otros”. (Fil 2.4).
  • Nuevo fruto. Vivimos una era de esterilidad en la que poco produce fruto y más poco de este fruto perdura. Vivimos entonces una era de escasez. Somos llamados a ser testimonio de la vida abundante, de la plenitud de Cristo y del significado de la misma en lo cotidiano de la vida. Pero también somos llamados a vivir de tal manera que nuestro fruto permanezca. A hacer lo que conviene, no involucrándonos en empresas o tareas a las que no somos llamados, y a hacer de tal manera que nuestro fruto permanezca. El fruto abundante y permanente glorifica al Padre.

La Presencia del Espíritu Santo

El testimonio-marturion, es privilegio de quienes tenemos el Espíritu Santo. Vivir desde nuestro morir –a nuestra manera de pensar, de relacionarnos y de producir-, requiere de la llenura del Espíritu Santo. No se trata solo de disposición, capacidades y recursos. Se trata, también, de presencia, de la presencia de Cristo en nosotros, manifestada por el poder de su Espíritu. El cristiano es llamado a desear, buscar y conservar el Espíritu Santo. Lamentablemente, dedicamos más tiempo, recursos y esfuerzos para alcanzar nuestras metas personales, temporales. No siempre nos ocupamos en la misma proporción al propósito de ser llenos de su Espíritu. El testigo se ofrenda a sí mismo para que Cristo se manifieste en él y al través suyo.

Dios da su Espíritu a quien se lo pide. Así que tarea nuestra no es producir ni el Espíritu, ni sus frutos. Tarea nuestra es pedir ser llenados con su Espíritu Santo. Así estaremos en condiciones de hacer creíble a Cristo a aquellos que actualmente viven “sin Dios y sin esperanza.” Ef 2.12

Que la promesa del Señor en el sentido de que nosotros habremos de hacerlo creíble, así como el llamado a ser sus testigos requiere del compromiso que surge de la sensibilidad ante el deterioro de las personas y la sociedad toda, así como de nuestra inconformidad militante ante el triunfo del mal. De ahí que convenga que hagamos nuestras las palabras de Bertolt Brecht:

No aceptes lo habitual como cosa natural,
pues en tiempo de desorden sangriento, de confusión organizada,
de arbitrariedad consciente de humanidad deshumanizada,
nada debe parecer imposible de cambiar.

A Punto de Ahogarme

28 agosto, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Salmo 69

El silencio, la pasividad de Dios, su lejanía, se convierten en la mayor causa de nuestro dolor. Además, el sufrimiento propio de los creyentes se caracteriza por ser, en principio, injusto. No hay, o cuando menos no resulta evidente, una razón justa que lo explique, que lo haga lógico. Al contrario, las dificultades parecen crecer en proporción inversa a nuestra búsqueda y servicio cristianos. Mientras más nos acercamos a Dios, más son nuestras dificultades. Más crece el número de nuestros enemigos. Más razones para el desánimo aparecen dentro de nosotros.

Los momentos de prueba, sea cual sea la expresión de los mismos: enfermedad, pobreza, rompimiento de relaciones, son, siempre, momentos de definición.

El camino más fácil es alejarse de Dios y de su iglesia. De jure o de facto. Algunos se alejan tratando de evitar el sufrimiento.

El salmista David, por su lado, como prototipo de Cristo, nos enseña que el momento de la prueba es la ocasión para radicalizar nuestra fidelidad. En primer lugar, dejando a un lado su dolor y derecho a la lástima propia, para encarar su realidad: es pecador. «Dios mío, tú sabes cuán necio he sido; no puedo esconderte mis pecados.»

En segundo lugar, desviando el centro de su atención de sí mismo a sus hermanos en la fe. «Que no pasen vergüenza… que no se decepcionen» Por mi causa, por mi culpa.

En tercer lugar, reconoce la razón de sus sufrimientos: «Por ti he soportado ofensas; mi cara se ha cubierto de vergüenza.»

Si los momentos de prueba son momentos de definición, ¿cómo podemos definirnos de la manera apropiada?

En primer lugar, estando preparados para la prueba. El Eclesiástico dice:

«Hijo mío, si tratas de servir al Señor, prepárate para la prueba. Fortalece tu voluntad y sé valiente, para no acobardarte cuando llegue la calamidad. Aférrate al Señor, y no te apartes de él… Acepta todo lo que te venga, y sé paciente si la vida te trae sufrimientos.»

El Apóstol Pedro, por su parte, dice (1Pedro 4.12ss):

«Queridos hermanos, no se extrañen de verse sometidos al fuego de la prueba, como si fuera algo extraordinario. Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también se llenen de alegría cuando su gloria se manifieste.»

En segundo lugar, abundando en nuestra fidelidad. Nosotros decidimos respecto de nuestra fidelidad, no las circunstancias. Aunque generalmente hagamos a las mismas las responsables de nuestros altibajos espirituales. A la iglesia de Esmirna, después de que el Señor le dice que no tenga miedo de lo que va a sufrir, la anima a que se mantenga fiel hasta la muerte.

Fieles hasta el extremo de la muerte. A diferencia de los que creen que la felicidad, o la paz, mañosamente ofrecidas son suficientemente valiosas para justificar el hecho de su infidelidad. Se engañan y son engañados. El mismo que reclama la fidelidad hasta el extremo de la muerte, es el que otorga «la vida como premio».

Jesús, que dijo, «en el mundo tendréis aflicción». También dijo: «Pero confiad, yo he vencido al mundo.»