Jesús y los Árboles que Caminan

Marcos 8.22-26

Esta es una historia interesante. Nos muestra a un Jesús que actúa de una manera diferente a la que le conocemos cuando de sanar a alguien se trata. En este caso, Jesús no dice la palabra, ni sana de una sola vez al ciego de la historia. Más bien, hace cosas raras: saca al ciego de la aldea, le escupe en los ojos, le pone las manos encima y le pregunta si ve alguna cosa. Pero, si la manera en que Jesús actúa resulta rara, más rara parece ser la respuesta que el ciego da a Jesús: Sí, veo a algunas personas, pero no puedo verlas con claridad; parecen árboles que caminan. NTV

Jesús nos llama a no juzgar las cosas por su apariencia. Juan 7. 24 Si este principio es válido respecto de Jesús mismo y de su conducta, luego entonces, nuestra historia nos revela algunas cuestiones importantes en el caminar de la fe. La primera, misma que resulta fundamental, es que Dios no actúa siempre de la misma manera. Los seres humanos somos animales de costumbres, se ha dicho. Ello implica el que actuamos casi siempre de igual manera y que esperamos que los demás respondan habitualmente a nuestras expectativas. Jesús no actúa así. El cómo de su relación con nosotros es un cómo personalizado, individual, siempre apropiado a nuestras circunstancias.

Pero, quizá hay un elemento presente en el todo del quehacer divino: cuando Dios hace algo en, por o con nosotros, nos lleva fuera de la aldea. Es decir, Jesús reclama un principio de intimidad, de estar a solas con nosotros para así poder hacer lo que conviene en nuestro favor. Otra vez, entonces, volvemos a la importancia que tiene el cultivo de nuestra comunión personal con el Señor; el aprender a apartarnos para dedicarnos a la oración y a la meditación de su Palabra, así como el estar en la disposición de escuchar lo que él tiene que decirnos de manera personal y privada. Creo que nuestro aislamiento, nuestro ponernos aparte, facilita el que podamos encontrarnos con el Señor y entender tanto lo que él hace, como el propósito que tiene para hacerlo.

La otra cosa que destaca de nuestra historia es el hecho de que nuestro crecimiento en Cristo es, siempre, un proceso y nunca una cuestión acabada. El ciego de Betsaida fue sanado en dos tiempos. Algunos estudiosos de la Biblia consideran que esta es una referencia acerca de la gradual educación de los discípulos mismos en cuestiones de fe. De ser esto así, podemos comprender un par de cuestiones: la primera, que no hay lugar para la desesperación ni la frustración cuando nos enfrentamos al hecho de nuestra inmadurez actual. Hay quienes se exigen lo que no corresponde y exigen de los demás lo que estos no pueden ser ni hacer. En el caso de nuestra historia, lo importante es que en cada una de las etapas el ciego aparece acompañado por Jesús. La expresión: Jesús tomó al ciego de la mano, resulta importante y esperanzadora. Jesús nos acompaña y compensa con su compañía aquello de lo que carecemos para enfrentar nuestro aquí y nuestro ahora. Además, su compañía – y no nuestra justicia-, es la razón para nuestra esperanza confiada respecto de lo que podremos ser el día de mañana.

La segunda cuestión a comprender es que somos llamados a permanecer humildes en el proceso de nuestro perfeccionamiento, de nuestro crecimiento integral. Humildad es una palabra poco apreciada entre nosotros. Quizá porque su primer significado: virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento, parece poner el énfasis en aquello que carecemos. Sin embargo, el ciego de Betsaida hace un aporte singular a nuestra comprensión de la humildad como una condición para nuestro crecimiento integral. En efecto, nuestro ciego declara, como hemos visto, que puede ver a algunas personas, pero que no puede verlas con claridad, que las ve como árboles que caminan. Puedo ver, aunque no puedo hacerlo claramente, dice aquel hombre.

La humildad nos llama a reconocer nuestras limitaciones, cierto, pero también a reconocer lo que ya hemos alcanzado y a actuar en consecuencia con ello. Hacerlo nos hace vulnerables, hasta aparecer como quienes no están en equilibrio. Árboles que caminan, no es una declaración que de testimonio de la salud mental de una persona. Pero, lo cierto es que aquel hombre veía personas que caminaban, lo cual no podía hacer antes. Y, aunque las veía limitadamente, lo cierto era que su visión estaba mejorando. Él mismo estaba en camino de ser otro y, por lo tanto, de hacer su vida y relacionarse con las personas de una manera diferente.

En el caminar de la fe, cada uno vive su propio proceso de manera única y no por ello de mayor o mejor valía que el de sus hermanos en la fe. En nuestro caminar a veces ni nos entendemos a nosotros mismos, ni comprendemos lo que Dios está haciendo y al través nuestro. Ello nos lleva a desesperar, sobre todo cuando lo que vemos que Dios hace no corresponde a lo que esperamos o hemos determinado, consciente e inconscientemente, como lo apropiado. Lo cierto es que estamos creciendo, que ya no estamos donde estábamos. Así que, de la mano de Cristo, podemos seguir a la siguiente etapa. Agradecidos por lo que ya tenemos, podemos alcanzar lo que se nos ha prometido. Saber esto nos permite el no menospreciar las cosas pequeñas que hemos logrado y permitir que las mismas sean el principio y el sustento de lo que, de la mano de Cristo, todavía podremos alcanzar.

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