Jesús, razón para la esperanza

Lucas 2.1-11

La historia de la Navidad es una historia de amor y de compromiso. El que Dios haya enviado a su único Hijo con el propósito de que este sirviera como precio de expiación, como pago de la deuda de todos nosotros, sólo puede ser comprendido desde la perspectiva del amor divino y del compromiso que de este resulta. Juan el evangelista nos asegura que el amor tan grande de Dios es la razón que él tuvo para enviar a su Hijo como garante de nuestra salvación. Es su amor, la profundidad del mismo, lo que lleva a Dios a contraer la obligación de ocuparse de nuestra salvación.

Dicen que hay una gran diferencia entre los animales y los seres humanos ante la muerte de uno igual a ellos. Cuando las fieras atacan una manada esta reacciona espantada, pero procurando proteger a los más débiles. Sin embargo, una vez que su congénere ha sido capturada y aun cuando esté siendo devorada por las fieras, el resto de la manada prosigue pastando y haciendo lo que le es natural. A diferencia de los animales, las personas resultan afectadas profundamente por la muerte de los suyos, al grado de que el todo de su vida se ve alterado. Sin embargo, más tarde o más temprano, terminamos aceptando lo inevitable y seguimos nuestra vida como mejor podemos.

Dios no se ha dado tal lujo. Cuando él nos ha visto bajo el ataque y el poder de nuestro enemigo. Cuando él nos ha visto muertos y derrotados por el pecado, él no se ha resignado y, por el contrario, ha renunciado a no hacer nada y ha llegado hasta el sacrificio personal al despojarse de su Hijo Unigénito para darnos vida y recuperar así la comunión con nosotros. Quizá ello se debe a que Dios no sólo reconoce nuestra necesidad de él, sino que asume que no puede seguir siendo el mismo distanciado de nosotros.

Un purista de la teología podría acusarme de desconocer quién es Dios al asegurar que él no puede seguir siendo el mismo distanciado de nosotros. Desde luego, Dios puede, pero se ha negado a poder por una sola razón: nos ama. El amor descubre nuestro potencial, pero también hace evidentes nuestras limitaciones. Así Dios, al amarnos se ha hecho vulnerable y para superar esta se ha comprometido al extremo por y con nosotros.

Debemos destacar que este quehacer divino en dirección nuestra, este acercarse de Dios, resulta necesario porque nosotros nos hemos alejado de él. No es él quien se ha ido, somos nosotros quienes nos hemos apartado de él. No es él quien ha dejado de amarnos, somos nosotros quienes lo hemos dejado de amar. No es él quien ha dejado de interesarse en nosotros, somos nosotros quienes por muchas razones y sinrazones hemos decido dejarlo de lado.

En apariencia hemos dejado de necesitarlo. Hemos visto como algunos cercanos a nosotros, iguales a nosotros, han caído destruidos y, sin embargo, hemos seguido paciendo y haciendo lo que nos parece natural. Pero, Dios nos ama. Además, Dios ve, Dios sabe, Dios conoce. Ve, sabe y conoce que lejos de él estamos en peligro de muerte. Y, lo que más le preocupa, estoy seguro, es que sabe que quienes no están con él terminan convirtiendo se sus enemigos. Y, como Dios se conoce, sabe que a sus enemigos sólo les espera el castigo de la condenación eterna.

Todo ello anima y da sentido al amor de Dios. Jesús se convierte en razón para la esperanza de una vida nueva para quienes responden a la iniciativa divina. Los ángeles traen la buena noticia, la que será causa de una gran alegría para todos: nos ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

Todos sabemos que una relación que se distancia y que no es atendida ni cultivada termina por romperse. Me dirijo, entonces, a quienes se han distanciado de Dios, a quienes no están atendiendo ni debida ni oportunamente su relación con el Señor. Quiero invitarles a que vean a Jesús como la invitación del Señor a restablecer su relación perdida, descuidada. A que adviertan en el gesto divino la importancia que Dios da a la relación con ustedes, con nosotros. A que vean, en esta celebración navideña, que Dios no se ha resignado a perder la relación con los que se han alejado de él. Y que, mucho menos, Dios quiere asumirse como enemigos de aquellos que, por cualquier razón, han roto lanzas con él.

Al celebrar la Ceremonia de las Luces, damos testimonio de que la obscuridad -por más total y abrumadora que resulte- no puede resistir el poder de la vela más pequeña. Que estemos aquí, los que perseveramos y los que se separan, puede y debe ser el principio de una nueva vida. Una vida en la que la luz de Cristo irrumpe en medio de la obscuridad de nuestra vida. Una vida en la que Jesús, y no nosotros mismos, es la razón de nuestra esperanza. Dejemos que su luz vaya iluminando nuestra vida y consumiendo todo aquello que nos impide estar en paz con Dios.

Si Jesús ha venido a acercarnos a Dios es tiempo, entonces, de que nosotros nos acerquemos a Dios por medio de Jesús.

 

 

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One Comment en “Jesús, razón para la esperanza”

  1. Angel Mendoza Rodriguez Says:

    Acertado el conocimiento del rompimiento y sin herir los sentimientos de nadie nos invitas a la Reflexión, de estar cerca de Dios por conducto de Jesus. Gracias mi amigo ADONIRAM. espero saludarte personalmente muy pronto. Y si es posible que toques al piano claro de luna. Atte. Angel Mendoza.


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